Avenida del Parque, 79
Capítulo XI
once
Había transcurrido casi un mes desde que Joker desapareció, y Ross empezaba a tranquilizarse. A pesar de todo, él tenía razón: no podían hacerle nada. Era demasiado popular. Más pronto o más tarde, tendrían que llamarle y aceptar sus condiciones.
Entró en la casa, silbando. Maryann, que le esperaba en el salón, lo miró sorprendida. Era un cambio tan radical, después del nerviosismo de las últimas semanas… Buscó a alguien en el umbral que estuviera tras él, pero no había nadie.
—¿Dónde están tus guardaespaldas? —preguntó.
—Los he despedido. Estaba harto de verlos a mi alrededor —le sonrió él.
—¿Te parece prudente? —preguntó ella, abriendo aún más los ojos.
Ross se acercó al bar y se sirvió una bebida.
—Joker sabe cuándo ha perdido. No se atreven a hacer nada.
Maryann le observó en silencio.
Él bebió el contenido del vaso de un trago. El whisky quemaba al pasar por su garganta y le hizo entrar en calor. Las noches se estaban volviendo frías.
—Mañana iremos a Arrowhead, recogeremos a la niña y saldremos para Las Vegas. Nos tomaremos unas cortas vacaciones.
—Creo que deberíamos esperar un poco más —dijo ella, sacudiendo la cabeza.
—Estoy cansado de dar vueltas por aquí. No tengo por qué tener miedo. Nos iremos mañana.
—Voy a ver si Tom tiene lista la cena —dijo ella, saliendo de la habitación.
Él la contempló mientras salía, y se sirvió otro vaso. Nunca podría entenderla. Si tenía miedo, ¿por qué se quedaba con él? Nada la retenía allí. No estaban casados. Si le hubiese abandonado, no hubiera podido culparla por ello. Bebió lentamente. Quizás algún día la comprendería. Tal vez más adelante atravesaría la barrera de incomprensión que había entre ellos.
Maryann volvió a entrar en el cuarto.
—La cena ya está a punto —dijo.
Durante un momento, él no se movió de donde estaba. Le pareció que, de pronto, brillaba en su interior una luz de entendimiento. Cruzó la habitación y tomó la mano de ella.
—Marja —dijo suavemente—, casémonos mañana. Hagamos de esto una verdadera luna de miel.
Ella le miró a los ojos. Empezó a notar dentro de sí un dolor sordo.
—¿Lo quieres realmente, Ross?
—Ahora lo sé —asintió él—. Te necesito. Algo ha cambiado.
Ella miró su mano. Los dedos fuertes y morenos de Ross la tenían sujeta fuertemente. Comprendió lo que él quería decir. Algo había cambiado en Ross. Era como si el muchacho que ella había conocido siempre se hubiera hecho mayor repentinamente. Miró sus ojos, y por primera vez vio en ellos desnudez y soledad. Sintió un nudo en la garganta.
—Está bien, Ross —murmuró—. Nos casaremos mañana.
Él la atrajo hacia sí y la besó.
—No te arrepentirás —prometió.
Durante la cena se mostró alegre y lleno de planes, y pidió a Tom que abriera una botella de champán. Su excitación y felicidad eran contagiosas, y Maryann empezó a ponerse a tono con ellas.
—Construiremos una casa —dijo él.
—¿Qué tiene de malo ésta? —rió ella.
—Quiero una que sea nuestra, de acuerdo con nuestros gustos. Además, ésta no la podemos comprar. El dueño no la vende; sólo la alquila.
—Podemos esperar un poco.
Él negó con la cabeza:
—Uh, uh. La haremos ahora. Le he echado el ojo a un terreno que hay en las colinas. Tiene una extensión, aproximadamente, de seis hectáreas. Quiero que todo esté bien.
Ella adoptó una actitud formal.
—Tú eres el jefe —dijo.
Ross dejó sobre la mesa la taza de café, se puso en pie y se acercó a ella.
—Quiero que seas feliz. Eso es lo único que me importa ahora.
—Lo seré, Ross —respondió ella, cogiéndole la mano.
El reloj daba las diez cuando entraron en la sala de estar. Él se tumbó en el sofá y sacó un cigarrillo.
—Me siento muy bien —dijo—. Estoy seguro de que todo va a ir estupendamente.
Ella encendió un fósforo y le ofreció fuego.
—Claro que será estupendo, Ross. Todo lo que tenemos que hacer es procurar que sea así.
—Lo haremos —dijo él. La hizo echarse a su lado, y la besó en la mejilla—. No te he dicho nunca lo buena que eres, ¿verdad, cariño? —susurró.
Ella negó con la cabeza. Ross hizo que la apoyara sobre su pecho.
—Te quiero, y tú lo sabes. ¿No es así? Creo que te he querido siempre, pero nunca me había dado cuenta realmente. Pensaba que admitirlo me rebajaba.
Ella no respondió.
—Me acuerdo de lo que sentía cada vez que te miraba. Parecía estar a punto de explotar.
—No tienes por qué ser tan amable, Ross —sonrió ella burlonamente—. Ya te he dado el sí.
Él la miró con la sonrisa en los labios, pero su voz sonaba seria.
—Lo digo de verdad. Hay tantas cosas que siempre he querido decirte y nunca lo he hecho, que me llevaría toda una vida recordarlas.
Los ojos de Maryann se dulcificaron. Impulsivamente posó los labios contra su mejilla.
—Gracias, Ross —le dijo, bajito.
Él se aclaró la garganta, desconcertado. No estaba acostumbrado a que ella le diera las gracias. Se levantó.
—¿Vemos la televisión? —preguntó—. Podemos empezar a practicar la rutina matrimonial.
—De acuerdo —sonrió ella.
Él cruzó la habitación y encendió el aparato, ajustando los mandos.
—¿Qué tal se ve? —preguntó por encima del hombro.
—No está mal —respondió ella, observando las figuras que se agitaban en la pantalla.
—No puedo hacer nada más —dijo él, volviendo al sofá—. Debe de ser la emisora.
—No me estoy quejando —repuso ella.
Él se sentó a su lado y le tomó la mano. En silencio, contemplaron al actor que aparecía en el televisor. No era demasiado divertido, pero el hombre hacía lo que podía. Dos semanas antes el espectáculo se había pasado en directo en Nueva York. Para volverlo a transmitir por la costa lo habían grabado, y con ello perdió su espontaneidad.
Maryann observó a Ross, mientras éste miraba la televisión. El cabello negro le caía sobre la frente. Sus ojos no eran ya aquel azul metálico y duro de antes. Tenían una expresión más dulce y cálida.
El teléfono empezó a sonar en el interior de la casa. Él no hizo caso. De pronto dejó de sonar, y ella oyó la sosegada voz de Tom, pero no pudo comprender lo que decía y volvió a mirar de nuevo la pantalla.
—Señora Drego —la voz de Tom procedía de la puerta.
—¿Sí? —dijo ella, levantando la cabeza.
—La llaman, señora —dijo el viejo criado.
Ella se puso en pie. Ross la miró.
—Date prisa, pequeña —dijo, sonriente.
Ella le besó la frente impulsivamente.
—En seguida vuelvo, cariño.
Cruzó la salita, entró en la pequeña biblioteca y cogió el teléfono.
—¿Sí?
Nadie respondió. Sólo se oyó un débil ruido hueco. Un escalofrío helado la recorrió.
—¡Diga, diga!
Un murmullo, y el eco de un sonido familiar le llegó a través del receptor.
—¿Marja?
—Sí —respondió ella—. ¿Quién es?
—¿Marja? —repitió la voz, como si no hubiese oído la respuesta.
Los dedos de Maryann se volvieron blancos de tanto apretar el auricular. Conocía aquella voz. Sabía por qué la habían llamado.
—¡Ross! —gritó de pronto, con voz que retumbó en sus propios oídos—. ¡Ross!
Procedente de la salita llegó un sonido de toses débiles, que se perdió entre el tintineo de cristales. El teléfono cayó de su mano, que parecía haber perdido toda su fuerza, y corrió hacia la sala.
Ross seguía sentado en el sofá, echado hacia atrás y apoyado en uno de los brazos del mueble. Tenía el rostro blanco y los ojos llenos de dolor y sorpresa. Se apretaba el pecho fuertemente con las manos crispadas.
—¡Marja! —murmuró roncamente.
Ella vio la sangre que se deslizaba por entre sus dedos. Miró hacia el gran ventanal que había frente al sofá. La mitad de los cristales estaban rotos y esparcidos por la habitación. Corrió hacia Ross.
—¡Tom! —gritó—. ¡Llama a un médico!
Ross empezó a caer sobre ella. Maryann le acogió y apoyó su cabeza contra su pecho.
—Cariño, cariño, cariño —repitió, llorando.
Notó cómo él se estremecía de dolor. Lentamente volvió la cara hacia ella.
—Me equivoqué, Marja —murmuró.
—No, cariño.
Él hablaba muy despacio, como si cada palabra tuviese que recorrer una larga distancia antes de salir de sus labios.
—Me equivoqué, Marja. Pero hice lo que pude.
—Lo sé, Ross —respondió ella.
Las lágrimas corrían por sus mejillas. Besó el cabello negro de él, brillante y mojado de sudor.
Ross la miró.
—Marja.
—¿Sí, Ross?
—Estoy contento de que te llamaran por teléfono. Te quiero mucho.
Su voz resonaba como un eco doloroso.
—Yo también te quiero, Ross —dijo ella, llorando.
—¿De verdad, Marja? —preguntó él, con un ligero tono de sorpresa.
Ella afirmó violentamente con la cabeza.
—¿Por qué crees que me quedé contigo?
Él cerró los ojos cansadamente.
—Te quedaste…
Permaneció en silencio por un momento. Cuando volvió a abrirlos, había en ellos una curiosa expresión de contento.
—Me gustó que te quedaras, Marja —susurró—. Hubiera tenido mucho miedo si te hubieses ido.
—Siempre estaré contigo, cariño —lloró ella, apretándole la cabeza contra su pecho.
Él tosió. Un hilillo de sangre escapó de sus labios y manchó la blusa de Maryann. Su cabeza cayó hacia delante. Ella le miró. Los ojos de Ross estaban muertos y sin expresión.
Ella contempló su blusa blanca. La pequeña mancha de sangre era cada vez mayor. La televisión retumbaba en sus oídos con el rugido de la risa de los espectadores. Cuidadosamente dejó caer la cabeza de él sobre el sofá y se puso en pie.
Tom estaba en el umbral de la puerta. Su rostro moreno tenía un tinte gris ceniciento.
—He avisado al doctor, señora Maryann.
—Gracias, Tom —respondió ella cansinamente y, cruzando la habitación, apagó el televisor.