Avenida del Parque, 79
Capítulo XIV
catorce
—Puedes dejarme en la esquina de Park y la Calle 38 —dijo ella—. Iré andando desde allí.
—Está bien —respondió él, acercando el coche a la acera. Se inclinó sobre el asiento y le abrió la puerta—. ¿Cenamos esta noche?
Ella afirmó con la cabeza.
—Pasaré a recogerte en tu casa a las ocho.
—De acuerdo —respondió ella, cerrando la puerta.
Él observó cómo se mezclaba con la gente que esperaba en la esquina, y después, cruzar frente al coche. Le gustaba su modo de andar. Conservaba el ritmo joven de siempre. Sonrió para sí mismo, dándose cuenta de que los hombres se volvían a mirarla otra vez, involuntariamente. No podía culparlos. Una bocina sonó detrás de él, y vio que las luces del tráfico habían cambiado. Arrancó.
La casa formaba parte de una hilera de viejos edificios de piedra marrón, que hacía tiempo dejaron de ser rentables como viviendas en Nueva York, y se usaban como oficinas. Estaban llenos de pequeñas agencias de publicidad, de hombres desconocidos que se colocaban ellos mismos la etiqueta de Empresas, y de cualquiera que quisiera pagar un poco más, por un poco menos de espacio, pero con una dirección de Park Avenue.
La pulida placa de latón, al lado de la puerta, brilló frente a ella. Más abajo, en caracteres más pequeños, estaban los nombres de otros inquilinos. La placa costaba cinco dólares extra mensuales. Maryann abrió la amplia puerta exterior y penetró en un largo y anticuado pasillo. Sobre una puerta, a su derecha, estaba el letrero de Park Avenue Models, Inc., y hacia el fondo del corredor, un tramo de escalera conducía a los otros despachos.
Ella siguió caminando, pasó frente a la escalera, y se detuvo ante una puerta, que había detrás. En aquélla no había ningún nombre. La abrió y entró directamente en un confortable despacho. Se quitó el ligero abrigo y se sentó tras el escritorio. Las cortinas estaban corridas. Encendió una lámpara, y la habitación pareció cobrar vida inmediatamente. En las paredes había dos buenos cuadros y varias fotografías en color de muchachas. Un cesto, sobre la mesa, contenía más fotografías, y a su lado había una copia del directorio de modelos.
Pulsó un timbre. Al cabo de un momento entró una mujer de mediana edad, visiblemente excitada.
—¡Señorita Flood! —dijo—. ¡Me alegro de que esté usted aquí! ¡Ha llamado un hombre del departamento de Policía!
Maryann levantó vivamente la cabeza.
—¿Cómo?
—De la Policía, señorita Flood —repitió la mujer.
—¿Qué quería, señora Morris?
—Florence Reese. Está en un hospital. Un aborto. —La señora Morris estaba sin aliento—. Querían saber si trabajaba para nosotros.
—¿Y qué les dijo?
La señora Morris se enderezó.
—Les dije que, desde luego, no trabajaba aquí. Esta clase de publicidad podría ser nuestra ruina. Ya resulta difícil ahora conseguir trabajo para chicas decentes.
Maryann parecía pensativa.
—No debió mentir, señora Morris. Esa pobre chica puede estar verdaderamente mal, y necesitarnos.
La señora Morris la miró indignada.
—Ya sabe lo que opino de las muchachas así, señorita Flood. No debería perder usted ni un minuto con ellas. No saben apreciarlo; sólo consiguen meterse ellas, y a cuantos las rodean, en problemas.
Maryann bajó la vista hacia la mesa. Eso era lo que hacía que la señora Morris las encubriera magníficamente. Su honrada indignación por los abusos que se cometieran en aquella profesión. Hubiera muerto de haber sabido lo que se tramaba a través de los dos teléfonos privados que estaban sobre la mesa de Maryann. Pero ahora no podía dedicar tiempo a los sentimientos de la señora Morris. Tenía que llamar a Hank Vito, y saber cuál era la postura correcta que adoptar.
—Está bien, señora Morris. Gracias. ¿Alguna otra llamada?
—Dos, señorita Flood. Una del señor Gellard. Necesita tres chicas especiales esta noche. Han llegado algunos compradores a la ciudad, y quiere dedicarles una exhibición especial. Le sugerí algunas muchachas, pero insistió en hablar primero con usted. La otra es de la peletería de la Calle 14. Quieren una chica para el escaparate. Les envié a Raye Marnay.
—Bien —dijo Maryann, cogiendo el teléfono—. Voy a llamar al señor Gellard.
Esperó a que la mujer saliera de la habitación antes de empezar a marcar. Contempló pensativamente la puerta, mientras escuchaba la señal de llamada al otro extremo del hilo.
Pobre Flo. Le aconsejó la semana anterior que no intentara el aborto. Había esperado demasiado, casi tres meses. Hubiera sido mucho más prudente tener el niño y dejar que lo adoptaran. Así todo era más sencillo, y Hank hubiera procurado que Flo obtuviera algunos dólares por ello. Pero debió de haber sido víctima del pánico, y había caído en las manos de un carnicero. Maryann sintió rugir la ira en su interior. ¿Qué clase de hombre debía de ser aquel que estaba dispuesto a correr semejante riesgo con la vida de una persona? Era una prostituta, pero, también, un ser humano.
La voz de un hombre respondió al teléfono.
—Maryann —dijo ella.
—¡Oh! —La voz sonó aliviada—. Temía no poder ponerme en contacto contigo antes del almuerzo. Tengo aquí a esos tres tejanos, y aúllan pidiendo algo que no sea de este mundo. Están en el hotel ahora. Se lo prometí para la hora del almuerzo.
—Es un plazo muy corto, John —dijo Maryann.
—No puedo evitarlo, querida —dijo el hombre—. Yo tampoco lo he sabido hasta llegar esta mañana a mi despacho.
—¿Servicio completo? —dijo ella—. ¿Actuación y fiesta?
—Sí —respondió él.
—Va a costar un montón de dinero.
—¿Cuánto?
—Uno de los grandes —respondió ella.
Él silbó suavemente.
—Despacio, querida —dijo—. Una cuenta de gastos no da para tanto.
—No es culpa mía —repuso ella—. El juicio de Jelke ha hecho que sea difícil conseguir buenas profesionales.
—Está bien —contestó él, después de vacilar un momento—. Voy a decirte adónde tienes que enviarlas.
Ella escribió unas notas con el lápiz y colgó el teléfono. Esperó un momento, y después marcó otro número. Esta vez respondió la voz de una mujer. Maryann habló rápidamente.
—Cita para el almuerzo, Cissie. Avisa a Esther y Millie. Servicio completo. Gastos a cuenta.
—Tengo otra cita —se apresuró a decir la otra.
—Yo la cancelaré —dijo Maryann—. Ésta es la dirección…
Cuando terminó de hablar, encendió un cigarrillo y extendió la mano de nuevo hacia el teléfono. Antes de que pudiera tocarlo empezó a sonar. Levantó el auricular.
—¿Sí?
—¿Maryann?
La voz del hombre resultaba familiar.
—Sí —respondió ella.
—Frank.
—¿Pasa algo malo?
—Hay una chica en el «Hospital Roosevelt» —dijo él—. Florence Reese. En tu oficina han dicho que no trabajaba para vosotros. Ella dijo que sí. Las historias que se contradicen siempre traen problemas. La mujer que tienes ahí es estúpida. Si no lo hubiese negado, yo habría conseguido que no llamara la atención, pero ahora hay demasiada gente que se siente intrigada.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó Maryann.
—No lo sé.
—¿Cómo está Florence?
—Se está muriendo —dijo él simplemente.
—Pobre criatura. Le dije que no lo hiciera.
—Deja de preocuparte por ella —dijo él—. Ya es demasiado tarde. Tienes que pensar algo.
—De acuerdo, Frank. Llamaré a Vito. Él sabrá lo que hay que hacer —dijo ella, llevándose el cigarrillo a la boca.
—Será mejor que sea así —dijo Frank—. Estoy metido en esto con uno de los concienzudos chicos del fiscal del distrito. Este asunto le tiene sobre ascuas.
—¿Quién es? —preguntó ella ausentemente.
—Keyes. Mike Keyes —respondió él.
—¿Mike Keyes? —preguntó ella, sintiendo que se le hacía un nudo en la garganta.
—Sí —dijo él, vacilando—. Hay algo sobre él que estoy intentando recordar. Antes era policía. ¿No fue ése el chico que intentaste localizar para una amiga durante la guerra?
—No…, no recuerdo —tartamudeó ella—. Hace tanto tiempo…
Colgó el receptor y se quedó contemplando la puerta.
Hacía tanto tiempo ya, que parecía que hubiera ocurrido en otro mundo.