Avenida del Parque, 79
Capítulo XI
once
El café hervía en el hornillo cuando sonó un golpe en la puerta.
—¿Quién es? —preguntó ella, sin volverse.
—Yo —respondió la voz gruesa y apagada—. Mac.
—La puerta está abierta —gritó ella—. Entre.
Llenó dos tazas de café y las llevó a la mesa.
Él tenía los periódicos en la mano.
—¿Lo has visto? —preguntó.
Mary le miró.
—No —dijo—. He estado demasiado ocupada.
—Dicen que vas a casarte con Gordon Paynter.
Ella se encogió de hombros y frunció las cejas, sorprendida.
—Eso es lo que dice aquí —dijo él apresuradamente—. Vienes en todos.
—¿Yo? ¿Y por qué iban a imprimir eso? —dijo, bebiendo un sorbo de café—. ¿Qué interés tiene? La gente se casa continuamente.
Él la miró fijamente.
—¿Estás bromeando? No Gordon Paynter. Es uno de los hombres más ricos del Estado.
Ella no respondió. Cogió los periódicos y empezó a hojearlos. En uno había una fotografía suya, saliendo de la oficina de licencias con Gordon. No le había concedido importancia cuando el fotógrafo la tomó. Recordó lo que Gordon había dicho antes de ir a la oficina.
—Van a armar mucho ruido. No les hagas caso. Nada de lo que hagan puede cambiar lo que siento por ti.
Ella le había mirado con ojos sombríos. Empezó a sentir miedo.
—Quizá no deberíamos hacer esto, Gordon. Es posible que fuera mejor esperar un poco. No sabes nada sobre mí.
Él había sonreído, infundiéndole confianza.
—Sé todo lo que necesito saber. No me importa lo que hayas hecho. Sólo sé lo que significas para mí y eso es lo único que me interesa realmente.
El casero bebió su café.
—¿Es cierto, Mary? ¿Vas a casarte realmente con él?
Ella levantó los ojos del periódico y asintió lentamente.
—Sí.
El hombre silbó.
—Vaya una suerte. ¿Sabe él…?
Ella no le dejó acabar la pregunta.
—Dice que no le importa. Ni eso, ni nada —dijo rápidamente, eludiendo la verdad.
—Debe de estar verdaderamente loco por ti. —Mac dejó la taza y se levantó—. Supongo que esto significa que pierdo un inquilino.
Ella no respondió; sólo se le quedó mirando. Algo había cambiado en sus modales. Era un cambio sutil, pero real. Notó un servilismo en él que no tenía antes. Sacudió la cabeza.
—Todavía no, Mac —dijo—. No podemos casarnos antes de tres días.
El casero fue hacia la puerta y la abrió. Se paró un momento en el umbral.
—Si necesitas algo, Mary —dijo, en voz baja—, llámame. Vendré en seguida.
—Gracias, Mac.
Él vaciló un momento.
—Espero que no olvides que siempre he sido tu amigo.
—No lo olvidaré, Mac.
La puerta se cerró, y ella cogió las tazas y las llevó al fregadero. El dinero y el nombre cambiaban muchas cosas. Sus labios se fruncieron en una severa línea. Estaba decidida. Mac le había mostrado el camino. Tendría las dos cosas. Y después, que alguien intentara detenerla.
Gordon salió de la ducha, cogió una gran toalla y empezó a secarse, frotándose enérgicamente. Tarareaba satisfecho. Sólo faltaba un día.
Se contempló en el espejo mientras se peinaba. El cabello empezaba a aclararse un poco en la parte delantera, pero seguía pareciendo bastante espeso y brillante. Se preguntó si la herencia tendría algo que ver con aquello. Su padre se quedó calvo antes de los treinta años. Sonrió al espejo, satisfecho de sí mismo.
Comenzó a vestirse lentamente. Su físico era bueno todavía. No estaba excesivamente delgado, pero tampoco se le veía fofo. Recordó lo que Mary había dicho. Beber menos. Tenía razón. Él lo había sabido siempre, pero no importaba entonces. Nunca tuvo nada más que hacer.
Entró en el dormitorio y cogió la camisa, que estaba sobre la almohada, donde Tom la había dejado. Un ligero perfume le llegó procedente de la cama. El perfume de ella. Como un eco, sintió que en su interior se elevaba una oleada de excitación. En su pasión, ella era como una tigresa. Salvaje, desgarradora y exigente. Nunca había conocido a ninguna mujer con la que experimentara una unión tan perfecta. Jamás se había sentido tan hombre.
—Señor Gordon —la voz de Tom le llegó desde abajo. Él se arrancó a sus recuerdos.
—Sí, Tom.
—Hay aquí un señor que quiere verle.
—¿Quién es?
Gordon estaba enojado. Le había dicho muchas veces que preguntara los nombres.
—No quiere decirlo —respondió Tom—. Dice que se trata de algo privado y confidencial. Sobre la señorita Flood.
Gordon frunció las cejas. Se preguntó qué querría aquel hombre. Seguramente sería un periodista. Siempre actuaban de manera misteriosa.
—Dile que espere —gritó—. Bajaré en un minuto.
Unos segundos después entraba en el salón. Un hombre corpulento y de rostro enrojecido se levantó de una silla.
—¿Señor Paynter? —preguntó.
Gordon afirmó con la cabeza, esperando que el hombre se presentase a sí mismo.
—Mi nombre es Joe —dijo el otro nerviosamente—. El apellido no importa. Estoy aquí para hacerle un favor. ¿Qué sabe usted de esa chica, Mary Flood?
Gordon comenzó a experimentar una ira instintiva.
—¡Fuera de aquí! —gritó, disparando un dedo hacia la puerta.
El hombre no se movió.
—Hay algunas cosas que debería conocer si va usted a casarse con ella —dijo.
—Sé todo lo que tengo que saber —respondió Gordon, acercándose a él amenazadoramente—. ¡Fuera!
El hombre se agitó, inseguro. Metió la mano en el bolsillo y sacó unos trozos de papel.
—Antes de dejarse llevar por la cólera —dijo rápidamente—, quizá sería mejor que viera usted esto.
Y puso los papeles en la mano de Gordon.
Éste los miró automáticamente. Eran fotografías de dos mujeres desnudas. Sintió que la sangre se le helaba. Una de ellas era Mary. Se volvió hacia el hombre. La voz le temblaba.
—¿Dónde las consiguió?
El otro no respondió a la pregunta.
—Su verdadero nombre es Marja Fluudjincki. Salió de un reformatorio de Nueva York hace menos de un año. Sé dónde conseguir los negativos de estas fotografías, si es que usted los quiere.
Gordon apretó los labios. Chantaje. Cruzó la habitación y cogió el teléfono.
—Con la comisaría —pidió a la telefonista.
El hombre le contempló fijamente.
—Eso no va a hacerle ningún bien —dijo—. Le hago un favor dándole las fotografías. Lo único que va a conseguir así es que salga en los periódicos y todo el mundo se ría de usted.
Gordon volvió a colgar el teléfono lentamente y se dejó caer en un sillón. Mary debía habérselo dicho. No estaba bien. Miró al hombre.
—¿Cómo sé que no son falsas? —dijo, sintiendo renacer una leve esperanza.
—Se lo demostraré —dijo el otro. Fue hacia la puerta y la abrió—. ¡Evelyn! — llamó—. ¡Ven aquí!
Un momento después volvió a entrar en la habitación con una muchacha. Tenía el cabello corto y oscuro. Gordon contempló las fotografías. Era la otra chica que estaba con Mary.
—Explícale la historia —dijo el hombre.
La chica le miró, nerviosa.
—Pero, Joe…
La voz del hombre era brusca.
—Explícaselo. No hemos viajado toda la noche desde Nueva Orleans para nada. ¡Vamos, díselo!
La muchacha se volvió hacia Gordon.
—Conocí a Marja en el Hogar Geyer para muchachas. Montamos un número y vinimos aquí. Actuábamos en escenarios y clubs privados, y también en fiestas. Cuando los polis empezaron a ponerse molestos, Joe y yo salimos de la ciudad. Mary se quedó aquí. Oímos decir que…
Gordon se levantó del sillón y cruzó la habitación rápidamente. La voz de la muchacha se fue apagando, mientras le miraba, sorprendida. Él abrió el bar portátil y sacó una botella de whisky. Se sirvió un vaso y volvióse hacia ellos. Sentía un dolor sordo en su interior.
—¿Un trago? —preguntó.
El hombre fue el primero en responder.
—No vendría mal —dijo, con una sonrisa forzada—. ¿Verdad, Evelyn?