Avenida del Parque, 79
Capítulo XIV
catorce
Ross compró un puñado de boletos. Al entrar en el salón, se paró un momento para que sus ojos se acostumbraran a la luz. Miró a su alrededor.
Ella estaba allí. Sentada en el rincón, con las otras chicas. Incluso con uno de los vestidos baratos que Martin daba a sus muchachas, había algo en ella que hacía que destacase de las otras. Algo incitante y provocador que pocas mujeres tenían.
Descendió los escalones y se detuvo frente a ella.
—Hola, Marja —dijo.
Ella le miró.
—Hola, Ross.
Tenía los ojos maquillados y sin expresión.
—¿Quieres que bailemos? —preguntó él, confuso.
—¿Tienes boletos?
Él le mostró la mano en silencio.
Marja se puso en pie.
—Vamos a bailar —dijo, conduciéndole a la pista.
Se deslizó entre sus brazos, pero era como si estuviese abrazando a una extraña. Automáticamente siguieron el ritmo de la orquesta.
—Hace dos semanas que cerraron la escuela, Marja —dijo Ross—. Tres semanas desde la última vez que te vi.
—El tiempo vuela, ¿verdad? —dijo ella, sin sonreír.
—Me evitas —acusó él.
—He estado ocupada —dijo ella cortésmente—. Tengo que trabajar para vivir.
—No me has dado la oportunidad de explicarme.
—No me debes ninguna explicación —replicó ella rápidamente—. Ya eres mayorcito. Puedes vivir como quieras.
—Entonces, ¿por qué no quieres verme?
Ella le miró a los ojos. Había algo animal en él. Salvaje e incontrolable. Totalmente egoísta.
—No me gusta que se burlen de mí —dijo.
La música terminó, y ella comenzó a caminar hacia las mesas. La mano de Ross la detuvo. Tenía otro boleto en ella. La muchacha lo cogió, se paró y esperó hasta que la música volvió a sonar; él la abrazó nuevamente.
—Creí que yo te gustaba, Marja —dijo Ross.
—Y así era —respondió ella—; pero parece que a ti no te ocurría lo mismo.
—Lo siento —sonrió él—. Pero todo salió bien. A nadie le pasó nada.
En los ojos de ella apareció una expresión de tristeza.
—A mí, sí —dijo—. Creí que tú eras diferente.
—Pero si era sólo para divertirnos, Marja —dijo él, intentando apretarla más contra sí. A través de la chaqueta notó el calor del cuerpo de ella. Seguía sintiendo la misma excitación—. Un hombre necesita echar una cana al aire de vez en cuando.
Ella sacudió la cabeza.
—Si necesitaras el dinero, sería distinto. Podría entenderlo.
—Marja… —dijo él.
Estaban entonces en un rincón oscuro. Intentó besarla.
Ella le esquivó.
—Basta de eso, Ross —dijo secamente—. Necesito conservar este empleo.
—Pero, Marja… —suplicó él—. Me voy pasado mañana, y no volveré hasta dentro de cinco meses. Tengo que verte antes de irme.
Ella sacudió la cabeza.
—No puedo.
—¿Por qué? —preguntó el otro.
La música volvió a detenerse; ella se zafó de entre sus brazos y se fue hacia la mesa. El brazo de Ross la hizo girar violentamente.
—Toma —dijo salvajemente—. Aquí tienes todos los malditos boletos. No vuelvas a echar a correr cada vez que para la orquesta.
Ella cogió en silencio los boletos y los guardó en un pequeño bolso. La música empezó de nuevo, y Marja volvió a los brazos de Ross.
—¿Por qué no puedes verme? —preguntó él.
Ella le miró a los ojos.
—¿De verdad quieres saberlo?
Él asintió.
—Dímelo.
Marja aspiró profundamente.
—Primero, porque no quiero —dijo—. Segundo, porque no tengo tiempo. Mi madre está en cama, enferma. Perdió su empleo, y yo tengo que cuidar de ella y de mi hermano durante el día. ¿Hay ya bastantes razones?
—No —dijo él rudamente.
La empujó otra vez hacia el rincón oscuro y trató de besarla. Ella volvió la cara. Ross no pudo ver que hacía señas con el bolso. Un momento después, una mano fuerte le hizo girar en redondo. Un enorme guardaespaldas de aspecto simiesco estaba tras él. A su lado, Joker Martin sonreía.
—Oiga, amigo —dijo el gorila—. O se comporta como debe, o va a tener que salir corriendo.
Ross notó que sus mejillas se ponían pálidas. Miró a Marja. Su rostro no tenía expresión. Respiró profundamente.
—Está bien, Marja —dijo—, si eso es lo que tú quieres…
Dio media vuelta y salió de la pista.
Joker Martin se puso a su lado, mientras ella caminaba hacia las mesas. quince
—Tu amigo parecía furioso —dijo.
—No es mi amigo —replicó ella.
Él fingió una expresión de sorpresa.
—Pero si parecíais tan entusiasmados la última vez que estuvisteis aquí…
—Sí —dijo ella fríamente—. Entonces era diferente. Pero no me gustó algo que hizo.
Martin la miró.
—¿Qué hizo?
Ella se encogió de hombros; sin comprometerse.
—Algo que no me gustó, eso es todo.
—¿Algo como jugar con dados trucados? —preguntó Martin en el mismo tono de voz.
En la cara de ella se leyó la sorpresa.
Él sonrió.
—¿Crees que somos estúpidos, chiquilla? Somos profesionales. Nos dimos cuenta en seguida. —Encendió un cigarrillo—. Me imaginé que era por eso por lo que te marchaste tan de prisa. ¿Tú sabías lo que iba a hacer?
—No —dijo ella.
—Eso también me lo imaginé.
—Si usted lo sabía, ¿por qué no hizo algo? —preguntó ella.
Él sonrió suavemente.
—Su padre tiene mucho dinero. Algún día volverá, y le sacaremos todo lo que ganó, más los intereses. Podemos esperar hasta entonces. Somos pacientes. Esos tipos vuelven siempre.
Guardó cuidadosamente el traje de baile en su ropero. Después de mirarse rápidamente en el espejo, salió corriendo hacia la puerta. Pasaban unos minutos de las doce. El trabajo no era demasiado duro durante la semana: estaba de pie sólo unas seis horas. Pero los viernes y los sábados eran terribles. Esos días trabajaba desde las cinco de la tarde hasta las dos de la madrugada.
Salió a la calle, llena de ruido, y le vio allí, esperándola, apoyado en un automóvil. La esperaba cada día desde que empezó a trabajar.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Hola, Mike.
Él también sonrió.
—Hola, cariño.
Echaron a andar uno al lado del otro.
—No tienes que esperarme cada noche, Mike —dijo ella—; puedo ir a casa sola.
—Quiero hacerlo.
—Pero debes de estar muy cansado. Trabajas en el puesto de periódicos doce horas cada día.
Él sonrió.
—También ha de haber algo de diversión en la vida de uno, cariño —dijo suavemente—. ¿Qué te parece si tomamos un café?
Ella asintió.
—De acuerdo. Pero no olvides que hoy me toca pagar a mí.
—¿Por qué crees que te lo propuse? —rió él.
Entraron en una cafetería y se sentaron junto al mostrador, en dos taburetes.
—Dos Javas —pidió Mike. La miró—. ¿Compartimos un buñuelo?
Ella asintió.
Mike pidió el buñuelo al hombre que atendía el mostrador y se volvió hacia ella.
—¿Cómo está tu madre? —preguntó.
—Hoy está mejor, gracias. La hemorragia se ha detenido, y el doctor dice que si sigue así, podrá levantarse mañana.
—Me alegro —dijo él.
Ella permaneció en silencio durante unos momentos, pensando en su madre. Katti estaba en cama desde hacía casi una semana. Había vuelto pronto del trabajo cuando empezó a sangrar. Al principio el médico creyó que se trataba de un aborto, pero todo salió bien. Sin embargo, no podría volver a trabajar. Aquellos cubos y bayetas tan pesados eran demasiado para ella.
Marja recordó lo trastornada que se había sentido su madre cuando ella le habló de aquel trabajo. Pero los veinte dólares semanales les habían salvado la vida. Sin ellos hubieran muerto todos de hambre. Peter no servía para nada.
El camarero puso el café y el buñuelo frente a ella. Rápidamente lo partió y dio a Mike el trozo mayor.
—¿Cómo te ha ido hoy? —preguntó Mike.
—Bien —sonrió ella—. He estado muy ocupada.
—Bailas bien, ¿eh? —dijo él sonriendo.
Ella le respondió en el mismo tono.
—Soy la mejor.
La sonrisa desapareció de pronto de sus labios.
—Ross ha venido a verme esta noche.
Él contempló la taza de café.
—¿Qué quería?
—Dijo que se marchaba por algún tiempo. Quería que yo fuera con él.
Mike continuó sin mirarla.
—¿Y tú qué dijiste?
—Que no. Se puso pesado, y el señor Martin se acercó. Entonces se marchó.
Mike guardó silencio durante un momento.
—Su padre le envía a Europa.
Ella contuvo el aliento.
—Amigo —murmuró—, debe de ser formidable tener tanto dinero.
Mike volvió a mirar la taza de café.
—Todavía te gusta Ross, ¿verdad?
Ella le miró.
—De verdad, no lo sé —dijo francamente—. Es distinto a todos los chicos que he conocido. Habla de otra manera. Actúa de un modo diferente.
—Tiene dinero —dijo Mike, con amargura.
—No es eso —dijo ella apresuradamente.
—¿Qué es entonces?
Marja se quedó mirándole. Él pudo ver que pensaba cuidadosamente lo que iba a decir.
—Es su manera de ser. Actúa siempre como yo quisiera hacerlo algunas veces. Como si estuviese en la cima del mundo, y los demás jugáramos a su alrededor. Debe de ser estupendo estar por encima de todos.
Puso su mano sobre el brazo de Mike.
—¿Sabes? —dijo, bajando la voz, hasta convertirla en un murmullo confidencial —, el señor Martin se percató de que hizo trampas con los dados aquella vez.
Mike se sorprendió.
—Entonces, ¿por qué lo dejó seguir jugando?
—A causa de su padre. El señor Martin dijo que el viejo tiene un montón de dinero. —Su voz sonaba impresionada.
Él la miró.
—¿Es eso lo que te gusta?
Ella se puso un cigarrillo en la boca y lo encendió. Aspiró profundamente.
—Quizá —respondió—. Me gustaría poder permitirme algunos lujos. ¿Y a quién no? Debe de ser endiabladamente mejor que vivir como lo hago ahora.