Avenida del Parque, 79
Capítulo II
dos
Miró el libro registro que el empleado colocó frente a ella. Dudó por un momento. Tres dólares y medio por día era mucho dinero. Incluso por una habitación de lujo, con baño privado y ducha. A ese paso, sus ahorros no iban a durar mucho. Sólo tenía poco más de cien dólares.
Pero había esperado demasiado tiempo para que aquello la hiciera desistir. Se lo había prometido a sí misma desde que la encerraron allí. Apresuradamente, empezó a garabatear.
Mary Flood… Yorkville, N. Y… Nov. 20, 1937.
Devolvió el libro al empleado, que miró lo que había escrito y luego pulsó, sonriendo, un timbre que había en el mostrador.
—¿Acaba de salir de la escuela, señorita Flood?
Ella asintió. No sabía cuán cierto era lo que acababa de decir.
Llegó un botones y cogió su maleta. El conserje le dio la llave.
—Acompaña a la señorita Flood a la habitación 1204.
Esperó a que la puerta se hubiera cerrado tras el botones y se tiró sobre la cama. Sintió que se hundía deliciosamente en ella. Era como reposar sobre una nube. Aquello era una cama, una verdadera cama. No como una de aquellas imitaciones que tenían allá. Rodó sobre sí misma y bajó por el otro lado. Se dirigió a la puerta del cuarto de baño y la abrió.
La reluciente porcelana blanca y el mosaico brillaron ante sus ojos. Contempló fascinada la bañera de estilo moderno, empotrada en el suelo. Tocó el borde con precaución. Era suave, no raspaba, como las antiguas de metal. Dejó la mano ligeramente apoyada allí, mientras contemplaba la habitación.
En el toallero había toallas turcas, ligeras, suaves y esponjosas. Se acercó rápidamente y tomó una. Enterró la cara en ella. No tenía nada de áspera como las toallas de algodón. Respiró profundamente. Aquello era vida.
Miró su reloj. Casi mediodía. Tenía que comprar algunas cosas antes de tomar aquel largo baño que se había prometido a sí misma. Contra su voluntad, volvió a dejar la toalla en su sitio y salió del cuarto de baño.
Cogió el bolso y lo abrió. Contó el dinero una vez más. Ciento dieciocho dólares. Era lo que había ganado trabajando en la lavandería. Sacudió la cabeza varias veces, como para quitarse de encima el vapor y el olor acre del jabón malo y de la solución de hipoclorito de sodio que la había rodeado durante tanto tiempo. Decididamente cerró el bolso y caminó hacia la puerta.
Se paró en los escalones del hotel y contempló Broadway. Era la hora de la comida, y las calles estaban aún más llenas que de costumbre. Todo el mundo iba a alguna parte. La gente tenía la cara seria, con expresión decidida, y no miraban a su alrededor. Ella se maravilló. Parecían tomarlo todo como una cosa natural, no como un privilegio. Eso era algo que ella nunca volvería a sentir.
Miró calle abajo. En el «Paramount» pasaban la nueva película de Bing Crosby, la que hacía con Kitty Carlisle. En el «Rialto» ponían dos de terror, y en el «New Yorker», dos westerns. El «Nedick», en la esquina de enfrente, estaba muy lleno, con tres hileras de clientes, que ocupaban todo el mostrador. El restaurante chino, entre las Calles 42 y 43, continuaba anunciando un almuerzo por treinta y cinco centavos. La cafetería de Héctor, frente al hotel, seguía alardeando de tener la mayor variedad de pasteles de la ciudad, y una tenue música, procedente del salón de baile de la Calle 45, se mezclaba con la discordante algarabía de la circulación.
Se sintió contenta, y empezó a bajar los escalones para hacer sus compras. Había por allí algunos almacenes, en los cuales sabía que podía encontrar cosas bastante baratas. «Plymouth» para ropa interior y blusas, «Marker’s» para faldas y vestidos, «Kitty Kelly’s», para zapatos. Se dio cuenta de que iba tarareando mientras cruzaba la calle. Se había equivocado en lo que le dijo a Pop por la mañana.
Estaba en casa.
Perezosamente se echó hacia atrás dentro de la bañera. Una deliciosa languidez la invadía. El agua estaba cubierta de chispeantes burbujas, que explotaban, y su perfume llenaba la habitación. Se movió lentamente, acariciándose el cuerpo con las manos. Aún recordaba el olor del jabón barato que usaban en el «Hogar». Nunca, no sabía por qué razón, se había sentido limpia después de lavarse con él. Parecía dejar una tosca capa sobre la piel. Pero aquí era distinto. Sentía cómo su carne se suavizaba al contacto del agua.
Tomó una toalla que estaba junto a la bañera y la dobló, formando una pequeña almohada. La colocó cuidadosamente sobre el borde y se apoyó en ella. Evitaría que su cabello se mojara, y descansaría mejor. Cerró los ojos. Era tan agradable… Tan agradable… Estaba caliente, confortable, segura. Ahora nadie la molestaría. Nadie la llamaría ni le diría lo que debía hacer. Empezó a adormecerse suavemente. Era tan diferente de su estancia en el «Hogar»…
Tan distinto de cuando había nacido el niño.
Los dolores habían sido intensos durante la mayor parte de la mañana. Por fin la condujeron a la enfermería. El doctor la examinó rápidamente. Le hizo una seña a la enfermera.
—Prepárela. Ya no va a tardar mucho.
Se extendió sobre la blanca cama, respirando entrecortadamente. La enfermera empezó a prepararlo todo para el parto. Entre las oleadas de dolor se sobresaltó cuando notó que le afeitaban el pubis. Cuando estuvo todo listo, la enfermera la cubrió con una sábana blanca y salió de la habitación.
Cerró los ojos, respirando pesadamente. Estaba contenta de que todo estuviera a punto de terminar. Le había parecido demasiado tiempo llevando en su interior una sensación de vergüenza y de violación… Hubo un ruido de ropa junto a la cama y se volvió hacia donde había sonado.
La superintendente estaba allí, con su pelo canoso y sus gafas. Tenía una hoja de papel en la mano.
—¿Cómo estás, Mary?
Ella asintió.
—Bien, señora Foster.
—Aún no me has dicho nada del niño, Mary.
Forzó una pálida sonrisa. No había nada que decir. Dentro de poco rato ya estaría allí. Siguió callada.
—El padre, Mary —insistió la señora Foster—. Debería pagar el cuidado del niño.
El dolor apareció de nuevo, y cerró los ojos para combatirlo. Al cabo de un momento se volvió hacia la mujer.
—No importa —dijo, con voz temblorosa—. Nunca ha importado.
La señora Foster se encogió de hombros y contempló la hoja de papel.
—De acuerdo, Mary. Según esto, quieres que el niño sea adoptado.
Mary asintió.
—Ya sabes lo que eso significa —dijo la señora Foster, con voz fría—. Renuncias a todo derecho sobre la criatura. Es posible que no lo veas nunca, ni sepas quién lo adoptó. En lo que a ti concierne, será como si no hubiese nacido.
La muchacha permaneció silenciosa.
—¿Me has oído, Mary? —preguntó la señora Foster.
Afirmó con la cabeza.
—No sabrás nada sobre la criatura —siguió la mujer implacablemente.
El dolor se volvió ira en la voz de Mary.
—¡La he oído! —gritó—. ¡La oí la primera vez! ¿Qué cree usted que puedo hacer? ¿Puedo yo cuidarlo aquí? ¿Permitirían que se quedara aquí conmigo?
—Si supiésemos quién es el padre —siguió la señora Foster inflexible—, podríamos hacer que contribuyera a su manutención. Entonces lo llevaríamos a una guardería, hasta que tú estuvieras en situación adecuada para reclamarlo.
—¿Y cuándo sería eso? —la voz de Mary temblaba.
—Cuando hubieras probado que podías hacerte cargo de él, moral y financieramente —respondió la mujer.
—¿Quién decide eso?
—Los tribunales —replicó la señora Foster.
—O sea, que no podría tenerlo conmigo hasta que ellos quisieran. Entretanto estaría en un orfanato, ¿no es así? —preguntó Mary, con calma.
La señora Foster asintió.
—¿Pero de este modo le adoptarán? ¿Tendrá en seguida un hogar?
La voz de la señora Foster era grave.
—Sí.
Mary respiró profundamente.
—Entonces quiero que sea así —dijo, en tono de ultimátum.
—Pero… —la voz de la señora Foster sonaba ahora insegura.
La muchacha se contorsionó de dolor, que la forzó a incorporarse en la cama.
—¡Lo quiero así! —gritó—. ¿Es que no ve que es lo único que puedo hacer por él?
La mujer dio media vuelta y salió de la habitación. Mary no la volvió a ver hasta tres horas después. Para entonces, todo había terminado. La señora Foster volvía a estar junto a la cama, y la miraba.
La cara de Mary estaba pálida y demacrada, y había pequeñas gotas de sudor sobre su labio superior. Tenía los ojos fuertemente cerrados.
—Mary —murmuró la señora Foster.
No se movió.
—Mary —repitió la mujer—. Marja.
Los ojos de Mary se abrieron lentamente, y la mujer pudo comprobar que no había estado durmiendo.
—Estás muy bien, Marja —susurró la señora Foster—, y el bebé es muy lindo…
—¡No me hable de eso! —La voz de la muchacha era feroz y ronca—. ¡No quiero saberlo!
—Pero… —dudó la mujer.
Mary pareció repentinamente muy cansada. Escondió la cara en la almohada.
—Déjelo —murmuró—. Ya es suficientemente malo así.
La señora Foster calló. Por un momento sintió pena por ella. Su mano buscó la de la muchacha bajo la ligera colcha.
Mary se volvió hacia ella. Sus ojos eran una enorme pupila profunda y oscura. La mujer se sobresaltó ligeramente. Era como si estuviese contemplando un abismo sin fin. Cuando empezó a hablar, notó la suave presión de los dedos de la muchacha.
—Me ha dolido —susurró Mary, con un eco de dolor en la voz—. Me ha dolido al salir.
—Ya lo sé, niña —dijo suavemente la mujer—. Siempre es así.
—¿Lo sabe usted, señora Foster? —preguntó Mary con tono de duda, y por sus siguientes palabras se percató la mujer de que, en realidad, no lo sabía—. No ha dolido como cuando su padre me desgarró al ponerlo dentro de mí, sino del modo que duele cuando se obtiene algo que ya se sabe que no se puede conservar.
De pronto la mujer comprendió. A su mente volvió el recuerdo de por qué la muchacha había llegado allí. Tras los cristales de las gafas, sus ojos se llenaron de simpatía. Ahora se hacía cargo de toda la pena que había en las sombras de la mirada de Mary.
Se miraron, durante un momento, con profunda comprensión. Luego, Mary volvió a hablar. Lo hizo con mucha suavidad.
—Déjelo así.
Casi sin darse cuenta, la mujer asintió.
—Sí, Mary.
Silenciosamente, las lágrimas llenaron los ojos de la muchacha y resbalaron por sus mejillas. Lloró sin hacer ruido, pero aquellas lágrimas se sucedían unas a otras, inexorablemente, cayendo sobre la almohada.