Avenida del Parque, 79

Harold Robbins · Capítulo 21 de 57

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Avenida del Parque, 79

Capítulo XVIII

dieciocho

 

Eran las tres y media cuando el taxi paró frente a su puerta. Descendió y empezó a subir los escalones.

—¡Marja!

Una silueta salió de entre las sombras del portal.

—¡Mike! ¿Qué estás haciendo aquí?

La voz de Mike sonaba enojada.

—Te estaba esperando, preocupado. ¿Estás bien?

Ella encendió un cigarrillo. La llama del fósforo iluminó brevemente su cara.

—Estoy bien.

—Esperé junto al «Golden Glow» hasta las doce y media —dijo, cada vez más enojado—. Entonces pregunté, y me dijeron que habías salido antes. Vine aquí, creyendo que no te sentías bien, pero tu padre me dijo que no habías vuelto aún.

—No tenías que esperarme —dijo ella rápidamente—. Fui a una fiesta.

—¿Dónde?

—En casa de Jack Ostere —respondió ella, sin pensar—. No le conoces —añadió.

—¿Cómo fue eso?

—Joker me pidió que fuera.

La voz de Mike era grave.

—No me gusta eso.

—¿Por qué no?

Ella estaba enfadada, y su voz lo denotaba.

—No me gusta que tú lo hagas, eso es todo —dijo él—. No tiene ningún derecho a enviarte a cosas como ésa.

Marja estaba ya realmente enojada.

—Nadie te ha preguntado lo que pensabas —dijo, encolerizada.

El tono de él era tozudo.

—No debías haber ido.

—Si no estuvieses siempre espiándome, no te habrías enterado —dijo ella, rabiosa.

—No te espío, Marja —dijo él en voz baja, dolida—. Tenía miedo de que te hubiera pasado algo.

—Pues ahora que has visto que estoy bien, ya puedes irte a casa. ¡Estás empezando a aburrirme! —dijo ella fríamente.

Subió corriendo los escalones del vestíbulo, y él se quedó en la calle, contemplándola.

Permaneció allí un momento. Luego, sintiendo una extraña tristeza, empezó a caminar hacia su casa. Había veces que pensaba que no la comprendía en lo más mínimo.

Peter estaba sentado a la mesa, con la inevitable lata de cerveza en la mano. La miró con los ojos inyectados en sangre.

—¿Dónde has estado? —preguntó.

—Trabajando —respondió ella brevemente.

Él se dio cuenta del vestido que llevaba.

—Tu amigo dijo que te fuiste pronto. Pero no volviste a casa.

Ella no respondió. Cruzó la cocina hacia su habitación. Él se levantó de la silla rápidamente, obstruyéndole el paso.

—¿Dónde has estado con ese vestido?

Ella le miró a los ojos directamente.

—He dicho que trabajando.

Él la cogió de los hombros.

—¿Así? ¿Enseñándolo todo?

—Éste es mi traje de trabajo —replicó ella—. Estaba demasiado cansada para cambiarme, y volví a casa con él. —Intentó zafarse de sus manos—. Suéltame. Tengo que devolverlo mañana. No es mío.

Él retiró una mano rápidamente. Antes de que ella pudiera impedirlo, había abierto el bolso y volcado el contenido sobre la mesa. Sobre el montón estaba el billete de veinte dólares. Peter lo cogió y le dio vueltas.

—¿De dónde has sacado esto?

Ella le miró fijamente.

—Es una propina.

—No se dan propinas como ésta sólo por bailar.

Marja no respondió.

Él la abofeteó.

—¡Perdida!

Ella dio media vuelta y cayó contra la pared, con una marca blanca en el rostro. El cierre de su tirante se abrió, y el vestido comenzó a caer. Ella lo sostuvo contra su pecho.

La voz de Peter era ronca.

—Le dije a tu madre lo que eras, pero ella no me creyó. Afortunadamente, no está aquí para ver esto.

—Afortunadamente para ti, quieres decir —respondió ella, con voz sin expresión.

Peter empezó a quitarse el cinturón y se acercó amenazadoramente.

Ella se echó hacia un lado y sacó un afilado cuchillo de partir carne del cajón de la mesa. Lo sostuvo, apuntando hacia la cara de él con la reluciente hoja. Mostró los dientes en una mueca.

—¡Vamos! —desafió—. ¡Intenta algo!

Él miró el cuchillo; después, a Marja, que tenía los ojos llameantes de odio. Dio un paso.

—¡Marja! ¡No sabes lo que haces!

Ella rió roncamente.

—¿Qué te apuestas?

El hombre respiró profundamente. Aquella chica estaba loca. Con cuidado, se fue apartando de ella.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo ansiosamente.

—El dinero —dijo ella, sin dejar de mirarle.

Él tiró el billete de veinte dólares sobre la mesa. Marja lo guardó apresuradamente en su bolso, junto con el resto de cosas. Tenía el rostro sereno y sombrío.

—Si alguna vez te acercas a mí —dijo, en voz baja y amenazadora—, o intentas tocarme, te mataré, lo juro por Dios.

Él no respondió. No dudaba de que estaba dispuesta a hacer lo que decía. La puerta de su dormitorio se cerró tras ella, y Peter se acercó a la nevera, con manos que, de pronto, se habían vuelto temblorosas.

Marja se apoyó contra la puerta y cerró los ojos. Parecía que hubieran pasado mil años desde que su madre había muerto, y hacía sólo algo más de un mes. Abrió los ojos y contempló el cuchillo que tenía en la mano.

Un escalofrío recorrió su cuerpo y se estremeció convulsivamente. Lo dejó caer sobre la cama y empezó a desnudarse. No volvió a darse cuenta de que estaba allí hasta que fue a acostarse. Entonces, pensativamente, lo deslizó bajo un ángulo de su colchón. A partir de aquella noche, nunca se acostó sin comprobar que continuaba en su sitio.