Avenida del Parque, 79
Capítulo XV
Katti dejó a un lado su costura y miró el reloj. Eran casi las once. Se levantó y fue a la ventana. Aquella noche de agosto era calurosa y húmeda. Con gesto cansado, se secó el sudor de la frente con una toalla que llevaba colgada del cuello.
Sintió un dolor agudo en la espalda, y se tambaleó, mareada. Se acercó apresuradamente a la mesa y se apoyó en ella hasta que se le pasó el mareo. El medico le había prevenido contra aquellos ataques; le había dicho que debía pasar la mayor parte del tiempo en la cama, sin trabajar. El embarazo significaba un esfuerzo demasiado grande para su corazón.
El desvanecimiento pasó. Volvió a la cocina y guardó su costura. Se echaría durante un rato e intentaría descansar.
La casa estaba muy tranquila, y en la oscuridad de su habitación se dio cuenta de que podía oír todos los ruidos. Generalmente no podía dormir hasta que Marja llegaba a casa, pero aquel día resultaba peor que de costumbre. Peter había salido después de cenar, y aún no había vuelto. Ya sabía lo que eso significaba.
Volvería irritado, de mal humor y borracho de cerveza. Ella tendría que mantenerle apartado de Marja, o habría una discusión.
Unos minutos después empezó a sentirse mejor, aunque seguía sin poder dormir. Hacía demasiado calor en la habitación, y su cama estaba caliente a causa de su cuerpo. Se levantó y fue al dormitorio de Marja. En la cuna, el niño dormía un sueño inquieto, con el cuerpecito enrojecido por una erupción veraniega. Mientras ella lo contemplaba, se despertó súbitamente y empezó a llorar.
Lo tomó en brazos y comenzó a hablarle dulcemente para que se calmara, pero él siguió llorando. Katti lo llevó a la cocina y le dio un biberón de agua fresca. El niño empezó a beber, contento, y volvió a ponerlo en la cuna.
Se oyó un ruido en la puerta de la cocina, y ella se volvió. Debía de ser Peter; era demasiado pronto para que Marja volviera a casa. Vio su rostro enrojecido, y supo dónde había estado.
Él cerró la puerta y la miró. Sus ojos estaban hinchados y sanguino lentos.
—¿Todavía levantada? —preguntó.
—Ya lo ves —dijo ella, pasando junto a él para ir al dormitorio—. Ven a la cama.
—Hace demasiado calor.
Peter cruzó la habitación, se dirigió a la nevera y la abrió.
—Quiero una cerveza —dijo.
—¿No has bebido ya bastante? —preguntó Katti, con rostro sin expresión.
Él no respondió, mientras hacía un agujero en una lata y se la llevaba a los labios. Un poco de líquido corrió por su barbilla y cayó en la camisa. Dejó la cerveza y se volvió hacia ella.
—Métete en tus propios asuntos —gruñó.
Ella le miró fijamente durante unos momentos; luego se fue hacia la salita. Se asomó a la ventana y escudriñó la calle ansiosamente. Ya era casi la hora en que Marja volvía a casa.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó él, con ánimo de reñir.
Ella no respondió. Ya sabía lo que estaba haciendo. Empezó a caminar, alejándose de él.
La cogió del brazo y la detuvo.
—¿Buscando a tu hija? —preguntó perversamente.
—Sí —respondió ella en polaco—. ¿Hay algo de malo en ello?
Él contestó en la misma lengua.
—No tienes por qué preocuparte por ella. Probablemente estará ganándose unos dólares extra en alguna callejuela, de camino hacia casa, con ese tipo que la acompaña cada noche.
—Vete a la cama —dijo ella fríamente—. Estás borracho.
Él le apretó más fuerte el brazo.
—¿Crees que no sé lo que estoy diciendo? —dijo astutamente.
—No lo creo, lo sé —dijo ella, liberando el brazo con una sacudida y volviendo hacia la ventana.
Miró afuera. Marja y Mike caminaban hacia la casa.
Sintió un impulso de alegría. Aquel Mike era un muchacho muy agradable. Hacían tan buena pareja caminando juntos… Quizás algún día… Pero eso era adelantar demasiado los acontecimientos. Algunas veces tenía que esforzarse para recordar que Marja era todavía una niña. Allí no era como en la vieja Europa. Se alejó de la ventana, y en las comisuras de la boca tenía aún muestras de alegría.
—Me voy a la cama —dijo—. Y tú harías mejor en acostarte también.
Él no se movió.
—No. Hace demasiado calor. Voy a tomar otra cerveza.
Ella entró en el dormitorio y comenzó a desnudarse. Oyó cómo tropezaba en la cocina, la puerta de la nevera y el sonido seco de la lata de cerveza al abrirla. Se echó un ligero quimono sobre el camisón y salió a la cocina para lavarse.
Él estaba sentado a la mesa, con la lata medio vacía en la mano, mirando fijamente hacia la puerta.
—¿A qué estás esperando? —preguntó ella—. Ven a la cama.
Él sacudió la cabeza tozudamente.
—Voy a demostrarte quién de los dos tenía razón. Espera a que llegue ella.
Katti intentó sonreír.
—No seas tonto, Peter —dijo—. Deja en paz a la chica y vete a dormir.
—Es una zorra —murmuró.
La fuerte bofetada de Katti le dejó en la cara una señal blanca. La miró, sorprendido.
La cara de su mujer estaba pálida de furia. Nunca la había visto así.
—¡Cállate! —dijo rabiosamente—. La chica tiene más cabeza que tú. Si no fuese por ella, estaríamos muriéndonos de hambre.
Echó a andar hacia el dormitorio. En el pasillo se detuvo y lo miró.
—Te olvidas de que fue Marja quien consiguió dinero cuando lo necesitamos, no tú —su voz sonaba despreciativa—. Es como su padre. Tú no vales ni la mitad que él. Sólo espero que tus hijos sean como él, no como tú. Si no, ¡que Dios les ayude!
Él se puso en pie rápidamente y fue hacia la puerta de salida.
—¡Te voy a demostrar el hombre que soy! —gritó, abriéndola—. Ninguna mujer que viva en mi casa va a ser una perdida.
Ella lo agarró del brazo e intentó hacerle entrar de nuevo en el apartamento.
—¡Déjala en paz, borracho inútil! —gritó—. ¡Es mi hija, no la tuya!
Él la apartó rudamente, y Katti se tambaleó y cayó hacia atrás, contra la mesa de la cocina. Una oleada de dolor recorrió su cuerpo. Lo miró con ojos borrosos.
Él se estaba quitando el cinturón. Lo agitó frente a ella.
—¡Contén esa lengua, mujer! —dijo con voz ronca—. O vas a recibir más de esto que ella. Cuando termine con la chica, lo comprobarás.
Salió al vestíbulo.
Katti aspiró profundamente y corrió tras él. Aquel hombre estaba loco. Marja había tenido siempre razón. ¡Si le hubiera hecho caso…! Sintió las sienes oprimidas por el desvanecimiento, pero luchó contra él. Peter estaba ya en la escalera. Ella lo cogió por ambos brazos.
—¡Déjala en paz! —murmuró, intentando detenerlo.
Con un esfuerzo casi sobrehumano, le hizo dar la vuelta y le miró salvajemente a los ojos.
—¡Si te atreves a tocarla, no volverás a entrar en esta casa!
Las palabras cayeron sobre el cerebro de Peter como una ducha de agua fría. La cordura volvió de pronto a sus ojos. Con una sacudida, se soltó violentamente de las manos de ella. Katti se apoyó en la barandilla para mantenerse en pie.
El hombre caminó hacia la puerta de la cocina; allí se detuvo y la miró.
—Es tu hija —dijo fríamente—. ¡Que sus pecados caigan sobre tu cabeza!
Se sintió desvanecer, y la cara de su marido apareció borrosa frente a ella. Soltó la barandilla y aventuró un paso hacia el apartamento, pero el latido de sus sienes ponía un manto de oscuridad en su mente.
—¡Marja! —gritó desde aquel abismo de dolor.
Entonces el suelo pareció levantarse y los escalones se acercaron a su cara.
Oyeron el ruido, y casi antes de que Mike pudiera moverse, Marja había llegado ya a la mitad del primer tramo de escalera. Él corrió tras ella con el corazón latiéndole aceleradamente a causa del agudo grito. Al llegar al tercer rellano la había alcanzado ya.
—¡Mamá!
La voz de Marja sonó en sus oídos como la de un niño asustado. La vio arrodillarse junto a la mujer caída en el suelo. Él permaneció a su lado, atontado.
—¡Mamá!
Su voz era como la de un bebé llorando. Su pelo rubio resplandeció mientras besaba el quieto rostro.
—¡Katti!
Mike miró hacia arriba. La cara del hombre estaba cenicienta, contemplándoles desde la parte alta de la escalera.
—¿Qué ha pasado, Marja?
Marja sacudió la cabeza pesadamente. Se volvió y miró a Mike. En sus ojos había una expresión de dolor atónito, y parecían atontados a causa de la impresión.
Él se agachó y la tocó en el hombro. Notó que su cuerpo temblaba.
—¿Hay algún teléfono en la casa? —preguntó.
Ella no respondió. Mike se dio cuenta de que no le había oído. Miró de nuevo hacia arriba. El hombre bajaba lentamente, cogiendo fuertemente con las dos manos la barandilla, como si temiera caer.
Una puerta se abrió junto a él y apareció la cara de un hombre.
—Ha habido un accidente —dijo Mike apresuradamente—. ¿Tiene usted teléfono?
El hombre asintió y salió al vestíbulo. Tras él, Mike pudo ver a una mujer que se cubría con una bata.
Mike entró en el apartamento. La mujer señaló el teléfono en silencio. Mike levantó el receptor, e iba a empezar a hablar cuando oyó un débil murmullo.
Aquélla fue la única vez en toda su vida que oyó llorar a Marja.