Avenida del Parque, 79
Capítulo XIII
trece
Tom abrió la puerta suavemente, sosteniendo la bandeja con la mano libre.
—¿Está despierta, señora Maryann? —preguntó en voz baja.
Ninguna respuesta salió de la amplia cama de matrimonio.
Entró silenciosamente en la habitación y dejó la bandeja sobre una mesita pequeña. Sin mirar hacia la cama, fue a la ventana y descorrió las cortinas. La brillante luz del sol penetró en el cuarto.
Tom se quedó parado un momento, mirando al exterior.
Allá abajo podía ver el East River, que discurría serpenteando hacia el Hudson. La mancha verde de Gracie Square Park contrastaba con el gris de los edificios que lo rodeaban. Vio cómo un largo automóvil negro subía por la avenida que conducía a Gracie Mansion. Miró su reloj. Las ocho en punto. El alcalde de aquella ciudad comenzaba a trabajar temprano. Se volvió hacia el interior de la habitación.
Ella estaba ya despierta, y sus grandes ojos verdes le observaban perezosamente desde la almohada. Se estiró lentamente. Sus brazos y hombros eran fuertes y bronceados.
—Buenos días, señora Maryann —dijo él, acercándose a la cama.
—Buenos días, Tom. ¿Qué hora es? —preguntó ella, sonriendo.
—Las ocho —respondió Tom colocando la bandeja sobre la cama, frente a ella—. Hora de levantarse.
Ella hizo una mueca y se sentó. Tom cogió un chal de seda que estaba sobre una silla, y lo sostuvo, mientras ella se lo echaba sobre los hombros.
—¿Qué hay para desayunar, Tom?
—Hoy es día de dieta, señora Maryann. Café y zumo de fruta.
—Pero tengo hambre —protestó ella.
—Está muy guapa hoy, señora Maryann —dijo él—. ¿Quiere seguir así?
—Tom, eres un viejo adulador —sonrió ella.
—Vamos, desayune. El señor Martin dice que vendrá a las diez para llevarla a la oficina —respondió el viejo, devolviéndole la sonrisa.
Maryann tomó el vaso de zumo de naranja y empezó a beberlo a pequeños sorbos.
—Dentro de poco vas a gobernar toda mi vida, Tom.
—Yo, no —dijo él, sacudiendo la cabeza, cubierta de un cabello negro y ensortijado, que ahora se volvía gris—. Pero me gustaría conocer al hombre capaz de hacerlo.
Ella rió y terminó de beber el zumo.
—¿Hay algún correo?
—Bajaré a ver, señora Maryann.
Salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Ella cogió descuidadamente el periódico que había en la bandeja y lo hojeó. Las noticias de siempre: violaciones, incendios, crímenes y guerra. Mientras bebía el café se puso a leer las historietas cómicas. Levantó la vista cuando Tom volvió a entrar con una carta.
La abrió rápidamente.
—Es de Michelle —dijo alegremente.
—Sí, señora —respondió él, aunque ya lo sabía.
Le gustaba verla feliz. Para él, era la mujer más triste y más hermosa del mundo.
—Ha pasado sus exámenes de mitad de curso con la segunda mejor clasificación de la clase —dijo ella, excitada—. Y no puede esperar hasta junio, y quiere que vayamos a pasar las vacaciones con ella.
Una mirada extraña apareció en los ojos de Tom.
—¿Seguro que podemos ir? —dijo.
—Me gustaría saber quién va a impedírnoslo.
—Pero el señor Martin dijo que usted tendría mucho trabajo este verano.
—El señor Martin puede irse al infierno —dijo ella con firmeza—. Ya me impidió que fuera el verano pasado, pero no va a conseguirlo ahora.
Él estaba esperando en la sala de estar cuando la mujer bajó los escalones del apartamento dúplex. Le sonrió.
—Buenos días, Maryann.
—Buenos días, Joker. Espero no haberte hecho esperar mucho.
Su sonrisa se convirtió en una mueca.
—He esperado durante mucho tiempo, Maryann. Unos pocos minutos no importan.
—Hicimos un trato —dijo ella, mirándole abiertamente.
Él asintió.
—Y un trato es un trato.
—A veces creo que eres fría como el hielo.
—No soy fría, Joker —dijo ella—. Es que estoy cansada de todo esto. Tan cansada como para no querer tomarme ninguna molestia más.
—¿Ni aun por mí? —preguntó él.
—Ni aun por ti. ¿Recuerdas lo que acordamos?
Él asintió de nuevo. Lo recordaba. Demasiado bien.
Cuando llegó a la casa, Tom le había hecho pasar a la salita. La gran ventana decorada tenía cristales nuevos, y a través de ella se veía el borde de la piscina. Pero ahora no había ninguna niña chapoteando en ella. Se volvió cuando oyó los pasos de Maryann.
Ella se paró en la puerta. Llevaba un sencillo vestido negro. Cuando se acercó a él, su cabello rubio brillaba a la difusa luz del día. Su rostro era impasible.
—Hola, Joker —dijo, sin extender la mano.
—Maryann —murmuró él.
—Gracias por la llamada telefónica —dijo ella, sin apartar los ojos de su rostro.
—¿Qué llamada?
—No finjas, Joker —dijo ella con calma—. Reconozco tu voz, incluso cuando es sólo un susurro.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó él, acercándose al sofá.
—No lo sé —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Trabajar, si es que puedo encontrar un empleo.
Él la miró con sorpresa.
—Creí que Ross se había cuidado de asegurar tu porvenir.
—No me dejó nada —dijo ella sin amargura.
—Pero tú eres su viuda. Incluso llevas luto por él.
—Puedo ser su viuda, pero nunca fui su esposa, y eso es lo que cuenta. —En sus labios apareció una ligera sonrisa—. Además, no llevo luto por él. Lo que ocurre es que el negro me sienta bien.
—Desde luego —sonrió él.
Como de costumbre, Maryann fue directamente a la cuestión, y, como siempre, consiguió sorprenderle.
—No has venido hasta aquí sólo para decirme que tengo muy buen aspecto. ¿Qué sucede?
—Los muchachos están preocupados por ti.
Los ojos de Maryann perdieron toda expresión.
—¿Por qué tienen que preocuparse? He pasado todo el interrogatorio y no he dicho una sola palabra.
—Pero no están tranquilos —dijo él—. Tienen miedo de que algún día te veas en un problema y decidas hablar un poco.
—No soy tan tonta.
—Ya lo sé, pero ellos no están convencidos.
—¿Y qué debo hacer para convencerlos? —preguntó ella.
—Vuelve al Este conmigo. Tienen un trabajo para ti —respondió él.
—¿Qué clase de trabajo? —preguntó ella suspicazmente.
—La dirección de una agencia de modelos. Se sentirán mejor si estás donde puedan tenerte vigilada.
—¿Una agencia de modelos? ¿Y qué sé yo de ese negocio?
—No seas ingenua, Marja —dijo él, sonriendo.
—¿Qué pasa si no voy contigo? —preguntó Maryann, mirándole fijamente.
Joker sacó un paquete de cigarrillos y se lo tendió. Ella negó con la cabeza. Él encendió uno, volvió a guardarlos en su bolsillo, y al mismo tiempo sacó una pequeña fotografía, que le mostró.
Maryann la contempló. Era la fotografía de una niña rubia, jugando con su aya en un prado.
—Es Michelle —dijo, con una sorda nota de temor en la voz.
Él asintió.
—No te preocupes. Está muy bien. Pero creímos que te gustaría tener este retrato de ella. Lo tomamos la semana pasada en Arrowhead.
Ella se quedó quieta durante un momento, luego se volvió y caminó hacia la ventana. Cuando habló, por encima del hombro, su voz sonó vacía y resignada.
—¿Sólo eso puede satisfacerlos?
—Solamente eso.
—¿Si hago esto, no va a haber ninguna otra obligación? —preguntó.
—¿Qué quieres decir?
Ella le miró de frente, con ojos inteligentes.
—Ahora eres tú el ingenuo —dijo.
Él notó que enrojecía.
—No habrá ninguna obligación más —dijo—. Pero no puedes impedir que un hombre conserve la esperanza.
Ella retuvo el aliento.
—De acuerdo —dijo.
—¿Trato hecho? —preguntó él.
Ella asintió.
—Me alegro, Maryann. Tenía la esperanza de que no te pusieras tozuda.
—No me llames Maryann —dijo ella—. Llámame «Madame».