Avenida del Parque, 79
Capítulo XXI
—Pero debe de haber una razón para que tú hicieras una cosa así, Marja — insistió la mujer.
Marja contempló a la asistenta social. Negó con la cabeza obstinadamente, sin hablar.
—No querrás que te envíen a un reformatorio, ¿verdad? —prosiguió la mujer.
Marja se encogió de hombros.
—Diga lo que diga, no me van a dejar en libertad. Me van a encerrar de todas formas.
—Pero hay una gran diferencia entre una institución correccional y una casa de acogida —explicó la mujer.
Los ojos de Marja estaban muy abiertos.
—No para mí. Tan malo es lo uno como lo otro.
La mujer dejó escapar un suspiro.
—¿No quieres volver a estar con tu hermanito?
Marja la miró rápidamente.
—¿Me dejarían estar con él si hablara? Puedo trabajar y cuidarle.
La mujer sacudió la cabeza, pesarosa.
—No, no pueden hacer eso. Eres demasiado joven. Pero…
—Entonces no hay ninguna diferencia. ¿No es así? —preguntó Marja.
La mujer no respondió.
Marja se levantó.
—Vamos —dijo—. Acabemos con esto.
La sala del Juzgado estaba casi vacía. Sólo había unos pocos espectadores sentados en las primeras filas. Al pasar, ella los miró sin interés. Le devolvieron la mirada con curiosidad, pero de manera impersonal. No significaba nada para ellos.
Una mano se extendió y le rozó el brazo al pasar.
—Hola, Marja.
Ella levantó los ojos, sobresaltada.
Era Mike. En sus labios había una sonrisa amistosa, que infundía confianza.
—He intentado verte —susurró rápidamente—, pero no quisieron dejarme.
La cara de ella se convirtió en una máscara sin expresión. No valía la pena explicarle que había dado orden de que no quería ver a nadie. Continuó caminando.
La asistenta social iba tras ella.
—Es un chico muy guapo —dijo, con voz amable—. ¿Es tu amigo?
Los ojos de Marja estaban vacíos.
—No sé quién es. No le había visto en mi vida.
El juez era un hombre viejo y cansado, de aspecto aburrido. Miró a Marja.
—Joven, estás acusada de atacar a tu padrastro con un cuchillo.
Ella no respondió.
—¿Está aquí el señor Ritchik? —preguntó el juez al ujier.
Éste llamó:
—Señor Ritchik.
Peter se adelantó desde la parte posterior de la sala. Llevaba la cara cubierta todavía por un gran vendaje blanco. Marja le miró. Era como si fuese un extraño. Las cinco semanas transcurridas desde la última vez que le vio habían sido toda una vida.
—Señor Ritchik —preguntó el juez—. ¿Quiere usted explicarnos lo que sucedió?
Peter se aclaró la garganta nerviosamente.
—Ella no es buena, Su Señoría. Es una cualquiera. No hace caso de nadie. Trabajaba en un salón de baile, y nunca volvía a casa por las noches. Cuando lo hacía, era muy tarde. Aquella noche le dije que tenía que regresar a horas decentes, como las otras chicas. Cuando me fui a dormir, se metió en mi habitación y me atacó.
Marja sonrió. Si no fuese por la memoria de su madre, les explicaría lo que realmente había ocurrido. Pero Katti tenía derecho a aquel poquito de paz.
Todo terminó muy rápido. Ella se colocó frente al estrado, y el juez la miró por encima de sus gafas.
—Marja —dijo—, te vamos a mandar al «Hogar Correccional de Jóvenes Rose Geyer», hasta que tengas dieciocho años. Espero que aproveches bien tu estancia allí, aprendas un oficio y a vivir como una buena cristiana.
Ella le miró sin expresión.
—¿Alguna pregunta?
Ella negó con la cabeza.
El juez golpeó el estrado con su mazo y se levantó. Todo el mundo en la sala se puso en pie, mientras salía pomposamente. La puerta se cerró tras el juez, y la asistenta social se volvió hacia Marja.
—Ven conmigo, Marja —dijo.
Ella la siguió torpemente. Mike estaba junto a la barandilla. Intentó hablarle, pero miró a través de él, como si no estuviera. La cara del muchacho se cubrió de una expresión dolida. Hasta después de haber atravesado la puerta, ella no se dio cuenta de que estaba llorando.
El «Hogar Rose Geyer» estaba en el extremo más alejado del Bronx. Lo contempló curiosamente al salir del coche, seguida de los agentes de Policía y la asistenta social. Allí parecía que se estuviera ya en el campo. El «Hogar» estaba rodeado de prados.
Una hora más tarde era escoltada por una de las chicas a la oficina del doctor, que la miró interrogadoramente, pero no dijo ni una palabra mientras caminaban por el largo corredor gris.
Mantuvo la puerta abierta para que pasara Marja.
—Es aquí, cariño —dijo, con una voz que no era desagradable.
Entró en la oficina detrás de Marja. Un hombre delgado, de cabello gris, levantó la vista.
—He cazado una nueva pieza para usted, Doc —dijo la chica.
El médico se encogió de hombros cansadamente.
—Allí dentro —dijo, señalando una pequeña habitación—. Quítate toda la ropa.
Su examen fue breve y eficiente. Veinte minutos después de haber entrado en la oficina, estaba de nuevo en el despacho completamente vestida.
El doctor le tendió una receta.
—Que te lo preparen en el dispensario, y tómalo durante todo el embarazo —dijo.
Marja se quedó atónita. Miró rápidamente hacia atrás. La chica que la había acompañado estaba sentada, apoyada en la pared. Se volvió de nuevo hacia el médico.
—¿Quién, yo? —preguntó incrédula.
La voz de la otra muchacha sonó tras ella. Parecía carecer de interés, pero no de humor.
—Seguro que no me lo dice a mí, cariño. Hace dos años que estoy aquí, sin ver a un chico. ¡Maldita sea!
Marja miró al doctor, luego al papel que tenía en la mano. De pronto se dio cuenta de lo que significaba. Se dejó caer en una silla, junto a la mesa, y empezó a reír.
El doctor la contempló.
—¿Qué es lo que te parece tan gracioso? —preguntó.
Ella levantó la vista hacia él. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Ésa era la cuestión. Que no lo sabría nunca. Nadie iba a saberlo.