Avenida del Parque, 79

Harold Robbins · Capítulo 44 de 57

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Avenida del Parque, 79

Capítulo V

cinco

 

El olor de bacon frito le llegó cuando salía del cuarto de baño, todavía con el calor de la ducha. Terminó de secarse vigorosamente y, atándose la toalla alrededor de la cintura, entró en la cocina.

Maryann, que llevaba una sencilla bata casera, estaba rompiendo unos huevos y echándolos en una sartén colocada sobre el pequeño fogón. Le lanzó una breve mirada.

—Vístete —dijo—. El desayuno estará listo dentro de un minuto.

Él la contempló. Sus ojos eran claros, y no conservaba la menor señal de la larga y tempestuosa noche. No iba maquillada, y su piel brillaba con la misma vitalidad animal que había tenido siempre.

—¿Para qué? —preguntó—. No pienso ir a ningún sitio.

—Sí que te vas —repuso ella, señalando un pequeño reloj que estaba sobre el fogón—. Es casi mediodía. Hora de marcharse de este hotel.

Él enrojeció. Parecía pasar la vergüenza que debía de haber sentido ella.

—Pues tú te vienes conmigo —dijo.

—No seas tonto —replicó ella, con calma—. Es algo que no te puedes permitir.

Ross se acercó y la tomó de la mano.

—Marja —casi rogó—. ¿Es eso todo lo que soy para ti? ¿Sólo otro Joe?

Ella sostuvo su mirada.

—El nombre es Maryann. Marja desapareció hace mucho tiempo. Y todos los hombres son Joe para Maryann.

Él bajó los ojos.

—Quiero volver atrás, Marja. Quiero que lo hagamos juntos. Tú y yo. Ahora soy adulto. Podemos hacer muchas cosas juntos.

—¿Qué, por ejemplo? —preguntó ella sarcásticamente—. ¿Casarnos?

Él volvió a enrojecer, pero ella no le dio tiempo para responder.

—Uh, uh. Estoy satisfecha con las cosas tal como van. No tengo por qué atarme a nadie. —Empezó a echar los huevos en un plato—. Vale más que te des prisa —dijo —, o esto va a enfriarse.

Él sintió rugir en su interior una rabia inútil.

—¡Si fuese Mike, seguro que no actuarías así! —Ella vaciló momentáneamente, y Ross supo que había dado en el blanco—. ¿Y qué puede ofrecerte él? ¡No pasará de ser un policía cuando lo licencien del Ejército!

La voz de Maryann sonó en tono bajo.

—¿Mike está en el Ejército?

—Sí. Se alistó al día siguiente de lo de Pearl Harbor. Una semana después de haber ingresado en el cuerpo de Policía.

—¡Oh! ¿Está en alta mar?

—¿Cómo diablos quieres que lo sepa? —gruñó él—. ¡Tengo cosas mejores que hacer que vigilarle! —Se dirigió al dormitorio—. Quizá te gustaría que te lo encontrara —le espetó malignamente por encima del hombro—. ¡Le diré que a los soldados les haces una tarifa especial!

 

Joker Martin entró en el restaurante y se acercó a la mesa de Vito. Éste levantó la mirada e hizo una seña al camarero, mientras el otro se sentaba.

—Pareces preocupado, Joker —dijo.

—Lo estoy —respondió Joker—. No puedo conseguir que Ross se quede en el Oeste. Viene aquí cada mes. Acabo de recibir un cable de él. Ya está de nuevo en camino.

Vito pidió dos copas.

—¿Y si cambiáramos de muchacho? —preguntó.

Joker se quedó mirando la mesa.

—Ya he pensado en eso, pero ¿a quién enviaría? A la gente de allí les gusta Ross. El prestigio de su familia tapa muchas cosas. Además, no conozco a otro lo suficientemente inteligente; y si existe, no puedo confiar en él.

Vito garabateó indolentemente en el mantel con un lápiz.

—¿Y eso viene ocurriendo desde hace unos cinco meses?

Joker asintió.

Vito dejó el lápiz.

—Es esa mujer —dijo.

—¿Qué mujer? —preguntó Joker, mirándole cautelosamente.

—Maryann. Me dijo que Ross le había pedido que se fuera al Oeste con él, pero ella no quiso.

—¿Maryann? —repitió Joker, sorprendido—. ¿Quién es? ¿Ross quiere casarse con ella?

Vito negó con la cabeza.

—No, no quiere casarse. Por lo menos, Maryann no me lo ha dicho. Sencillamente, ha perdido la cabeza por ella, eso es todo. —Rió—. No puedo culparle por ello. Yo estuve a punto de perderla.

—Ross nunca me habló de una mujer —dijo Joker—. ¿Qué clase de perdida es?

—Algo especial. Ha nacido para ello. Es una perdida con un código ético —dijo Vito, mirándolo.

—No hay ninguna que lo tenga —dijo Joker—. El único idioma que comprenden es el del dinero.

—No conoces a Maryann —dijo Vito—. Puedes comprar su tiempo, pero no a ella.

—Maryann —repitió Joker, suavemente—. Es un nombre raro para una prostituta.

—Maryann Flood.

La cara de Joker se volvió de pronto roja y excitada.

—¿Una chica rubia, con unos enormes ojos verdes que parecen querer atravesarte?

—Sí —respondió Vito, interesado—. ¿La conoces?

Joker no respondió. Golpeó la mesa quedamente con el puño.

—¡Ese hijo de perra! —gruñó—. ¡Maldito bastardo!

—¿Qué te pasa? —preguntó Vito—. ¿Qué es lo que te molesta?

Joker tomó su vaso y bebió el contenido.

—Debía de haberlo adivinado, Marja Flood.

—Así la llama Ross —dijo Vito, con voz sorprendida—. ¿Tú también la conoces?

—La conozco muy bien —asintió Joker—. Trabajaba para mí en el Golden Glow cuando era casi una niña. Estuve a punto de perder mi licencia por darle trabajo. Todavía no tenía la edad.

—¡Oh! —exclamó Vito.

—La encerraron por herir a su padrastro con un cuchillo de cocina. Me enteré cuando salió, pero perdí su rastro después —dijo Joker. Hizo una seña, pidiendo otra bebida—. Ross siempre anduvo loco por ella, pero Marja no quería saber nada de él. Le gustaba otro chico, un amigo de Ross.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Vito.

—La encerraron, ya te lo dije —siguió Joker—. No se lo que pasó después de eso. Tú eres el primero que me ha hablado de ella desde hace cinco años.

Al cerebro legalista de Vito no le gustaban los cabos sueltos.

—Quiero decir, con el amigo de Ross. ¿Qué fue de él?

—Se hizo policía e ingresó en el Ejército. Ross lo mencionó una vez antes de irse por ese negocio. —Joker tomó pensativamente un sorbo de su bebida—. Incluso cuando era una chiquilla tenía ya alma de prostituta. Conocía muy bien a los hombres. ¿Sigue siendo igual?

Vito rió. Joker levantó la mano.

—No me lo digas, ya lo sé.

Encendió un cigarrillo, y Vito vio que sus manos temblaban.

—Yo mismo tenía grandes planes hechos para esa chica —dijo Joker.

 

El sonido apagado del teléfono le llegó entre sueños. Dio media vuelta en la cama y escondió la cara en la almohada. El timbre continuó, y se despertó de mala gana. Sólo en casos de emergencia dejaba la telefonista que el teléfono siguiera sonando. Descolgó.

—Dígame —respondió.

—¿Maryann? —preguntó una voz, con precaución—. Frank.

Ella se despertó de golpe. Era Frank Millersen. El teniente detective Millersen.

—¿Otra vez problemas, Frank? —preguntó, mirando el reloj.

Eran casi las diez de la mañana. Frank no había vuelto a llamar desde aquel asunto del robo.

—No —la voz precavida rió suavemente—. Todo va bien.

Un suspiro de alivio, casi inaudible, escapó de sus labios. Había pasado mucho tiempo desde que Millersen la atrapara la primera vez. Entonces era una chiquilla sin experiencia. Había pasado treinta días en el calabozo, pero se hicieron buenos amigos.

—Entonces, ¿qué ocurre? —preguntó, y su voz iba volviéndose ronca—. ¿Quieres verme?

El otro volvió a reír.

—No, gracias, Maryann. Con la paga de un policía no puedo permitírmelo.

—Ya sabes que contigo no se trata de dinero, Frank —dijo ella—. Me gustas.

—No te burles de mí, Maryann —rió él—. Los dos nos conocemos bien. Te llamaba sólo para decirte que he localizado a aquel ex policía por el que me preguntaste hace unos meses. El que estaba en el Ejército. Mike Keyes, el hermano de tu amiga.

Se sintió excitada. Le había llamado tan pronto como Ross se fue, aquella primera vez, y le contó la historia que se le ocurrió en aquel momento.

—¿Sí? —dijo, controlando la voz cuidadosamente—. ¿Dónde está?

—En el Hospital de veteranos St. Albans —respondió él—. Ha pasado allí tres semanas. Le hirieron en el norte de África.

—¿Le hirieron? —preguntó, preocupada a su pesar.

—Sí, pero no fue grave, por lo que he oído. Saldrá mañana por la mañana, con permiso para todo el fin de semana. Si tu amiga quiere verle, vale más que esté allí antes de las ocho. Si no, llegará tarde. Ya sabes cómo son los soldados. —Millersen volvió a reír—. A la última persona a quien quieren ver es a su hermana.

—Muchas gracias Frank —dijo, colgando el teléfono.

Tomó un cigarrillo y lo encendió pensativamente. Podía recordar el rostro de Mike, frente a ella, entre el humo azulado, y el dolor de sus ojos la última vez que se vieron.

Se preguntó qué querría hacer durante aquel permiso. Su padre y su madre estaban en California donde el viejo tenía un empleo en el Ministerio de Defensa. Eso fue lo que le dijeron cuando estuvo en la casa en que Mike había vivido.

Quizá tuviera una novia, a quien iría a ver. Al pensar esto, algo pareció dolerle en su interior. Probablemente no había vuelto a acordarse de ella. Apagó lentamente el cigarrillo en un cenicero. Se arrepentía de haber cedido al impulso de pedir a Frank que lo buscara.