Avenida del Parque, 79
Capítulo XVII
diecisiete
Cuando abrió cansadamente la puerta oyó a su madre hablar con alguien en la cocina. Se dirigió a su habitación lentamente. No recordaba haberse sentido nunca tan cansado, tan completamente exhausto.
Su madre le llamó desde la cocina.
—¿Eres tú, Mike?
Le costó un esfuerzo alzar la voz.
—Sí, mamá.
Entró en su cuarto y cerró la puerta. Se quitó la chaqueta y se dejó caer en uno de los sillones que había cerca de la ventana. Encendió un cigarrillo y miró al exterior con ojos sin vista.
La puerta se abrió tras él, pero no se volvió a ver quién entraba.
—¿Estás bien, hijo?
—Sí, madre —respondió él.
Ella se acercó al sillón y le observó.
—Has vuelto pronto. ¿Algo va mal?
Él levantó la cabeza. La preocupación se leía con claridad en el rostro de su madre.
—No pasa nada, mamá.
—Tienes mal aspecto —dijo ella—. Voy a prepararte algo de té.
Su voz sonó ligeramente molesta.
—Déjame solo, mamá —dijo bruscamente—. Estoy bien.
Vio la expresión dolorida de sus ojos, y le cogió la mano.
—Lo siento mamá —dijo—. No quería ser grosero.
—No te preocupes, hijo —dijo ella—. Lo comprendo.
—No, mamá —repuso él.
Nadie podía entender realmente. Sólo él sabía lo que sentía.
Su madre se quedó allí, vacilando.
—Conozco esa expresión de tu cara, hijo.
—¿Qué expresión, mamá? —preguntó él ausentemente, volviendo a mirar por la ventana.
—Esa muchacha —dijo su madre—. Ha vuelto. Se ve en tus ojos.
Él la miró apresuradamente, pero no habló.
—Es la misma que tenías aquella vez que fuiste hasta el Bronx para acompañarla a casa y no quiso venir contigo. —La voz de su madre estaba llena del dolor que sentía por él—. No puedes olvidarla, ¿verdad, hijo?
—Lo he intentado, mamá —dijo él, soltando su mano—. No sé lo que es; parece como si formase parte de mí mismo.
—¿La has visto? —preguntó su madre.
—No, mamá —dijo él, sacudiendo la cabeza.
—Entonces, ¿qué ha pasado?
—A estas horas la Policía debe de estar en camino para arrestarla. Yo preparé una acusación contra ella, que la va a mandar a la cárcel.
Su madre permaneció callada durante unos momentos.
—Es tu trabajo, hijo.
—No me digas eso, mamá —pidió, con un arrebato de ira. Millersen había dicho lo mismo, y ahora estaba muerto—. ¡Sabes que es mejor que no lo hagas!
—Hace mucho tiempo que te dije que no te convenía —dijo ella, echando a andar hacia la puerta—. Quizá me creas ahora.
—Pero, ¿qué hay que hacer cuando se tiene la seguridad de no querer a nadie más? —preguntó él, con voz que revelaba su agonía.
Maryann levantó la vista de la mesa. Tom estaba de pie frente a ella, sonriendo.
—El taxi está esperando, señora Maryann —dijo—. Tenemos una hora escasa para llegar al aeropuerto.
—Sólo unos minutos, Tom —dijo ella, devolviéndole la sonrisa.
—Esperaré fuera. Me muero de ganas de ver a mi pequeña rubita.
—Yo tampoco puedo aguantar más —dijo ella.
Tom salió de la oficina, y la puerta se cerró tras él. Ella contempló un momento la fotografía de Michelle que estaba sobre el escritorio, después tomó unos papeles y les echó un vistazo rápido: facturas que esperarían a que ella regresara, dentro de dos semanas. Las metió en una carpeta, que colocó dentro del cesto, encima de la mesa. Cerró con llave el cajón y se puso en pie.
Tomando su abrigo, que estaba sobre una silla, lanzó una última mirada a la habitación. El teléfono empezó a sonar. Vaciló, y después, haciendo una mueca, echó a andar hacia la puerta. Si era Joker, ya se enteraría al día siguiente de que se había marchado. ¡Que se fuera al diablo! Ella volvería pronto. Esta vez iba a cumplir la promesa que había hecho a Michelle.
Cuando iba a coger el pomo de la puerta, ésta se abrió y apareció en el umbral un hombre alto. Automáticamente, Maryann le miró los zapatos. Notó que el vello de la base del cuello se le erizaba. ¡Policía!
—¿Nadie le ha dicho que antes de entrar en una habitación se llama a la puerta? —preguntó fríamente.
El hombre entró en el despacho; tras él había varios más. El primero sonrió.
—¿Vas a algún sitio, nena? —preguntó.
—A ninguno que le importe —contestó ella.
Un hombre bajo y moreno se abrió paso por entre el grupo.
—Basta de comedia, George —dijo secamente. Se volvió hacia ella—. ¿Es usted Maryann Flood?
Ella asintió.
—Soy Joel Rader, de la oficina del fiscal del distrito. Estos hombres son policías. Queremos que venga con nosotros —dijo.
Ella retrocedió hacia la mesa.
—¿Es un arresto?
—Seguro, nena —dijo groseramente el hombre alto.
Maryann lo ignoró y se volvió hacia el moreno bajo.
—¿De qué se me acusa, señor Rader? —preguntó.
—Esta orden de arresto lo especifica, señorita Flood —dijo Rader, entregándole una hoja de papel doblada.
Ella la cogió y la revisó rápidamente. Cuando levantó los ojos, su rostro estaba impasible.
—¿Puedo llamar a mi abogado? —preguntó tranquilamente.
Joel asintió. La observó admirativamente mientras se acercaba a la mesa y descolgaba el auricular. Marcó un número rápidamente. No era extraño que la mujer hubiera hecho todo lo que decían. Tenía nervios de acero. Pudo oír cómo la voz de un hombre contestaba.
—Hank —dijo ella pausadamente—. Acaban de arrestarme… No, aún estoy en mi despacho… Sí… Te veré allí.
Colgó y se volvió hacia Joel.
—Cuando quiera —dijo.
Él se apartó para dejarla pasar. Ella cruzó la puerta y salió a la oficina exterior. El viejo criado negro estaba allí, con la cara cenicienta. Maryann se detuvo para hablar con él.
—No te preocupes, Tom —dijo—. Vuelve a casa y prepara la comida. Y manda un telegrama a la niña diciendo que unos negocios nos impiden ir.
Tom miró con expresión ansiosa a Joker, que estaba sentado al otro lado de la oficina de Vito.
—¿Es grave el asunto de la señora Maryann? —preguntó.
Joker miró primero a Hank Vito, y luego se volvió hacia Tom.
—Sí, es grave.
—¿Todo por culpa de ese abogado? ¿El que dicen en los periódicos que ha preparado el caso? ¿El señor Keyes? ¿El que se ha ido de vacaciones cuando la señora Maryann está metida en todo este enredo?
—Ése es el hombre —respondió Joker, con calma.
—Es un hombre ruin, señor Joker —dijo Tom, con seriedad—. Hace eso porque la señora Maryann no quiso casarse con él.
—¿Cómo? —Joker se inclinó hacia delante—. ¿Qué quieres decir? —Un recuerdo vago empezó a torturarle el cerebro. Aquel amigo de Ross, el chico que iba a buscarla a la salida del salón de baile. Su nombre era Mike. Miró fijamente a Tom —. ¿Qué quieres decir? —repitió.
—Es el padre de Michelle —dijo Tom.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Vito—. ¿Te lo dijo ella?
—Ella no me dijo nada —dijo Tom, sacudiendo la cabeza.
—Entonces, ¿cómo puedes saberlo? —repitió Vito—. De probarse, tal circunstancia puede sacarla de este asunto con facilidad. No habría un jurado en todo el mundo que no creyese que todo había sido una intriga para culparla.
—Ella guarda el certificado de nacimiento de Michelle en casa, en la cómoda. Donde pone Padre, a continuación está el nombre de él. Lo veo muchas veces cuando limpio —dijo Tom.
Vito se puso en pie, excitado.
—Ve directamente a casa y tráelo. No se lo des a nadie más que a mí. ¿Has comprendido?
Tom ya estaba caminando hacia la puerta. Se volvió a mirarle con una sonrisa feliz.
—Sí, señor. Sí, señor Hank. He comprendido.
La puerta se cerró tras él, y Vito se dirigió a Joker.
—Bueno, ¿qué te parece esto? —preguntó.
—¡Que me ahorquen! —exclamó Joker, atontado—. Y en todo este tiempo, ella no nos ha dicho nada.
—¿Crees que le sigue gustando ese tipo? —preguntó Vito.
—Hace ya mucho que dejé de intentar comprenderla —dijo Joker, encogiéndose de hombros.
—Voy a tener esa carta escondida hasta el juicio —dijo Vito—. No quisiera que el fiscal del distrito hablara de ello antes que nosotros. —Un pensamiento le asaltó—. ¿Crees que Keyes lo sabe?
—Uh, uh —dijo Joker, sacudiendo la cabeza—. No creo que ella se lo haya dicho a nadie. Excepto, quizás, a Ross. Y él ya no puede contarlo.
Vito se colocó tras su mesa.
—No entiendo a esa mujer —dijo, con voz confundida—. La he visto esta mañana en el calabozo. Es el tercer día que pasa allí, y no me ha dicho ni una sola palabra sobre este asunto. Me pregunto si se da cuenta de que podría suponer su libertad.
—Dudo que dijera nada, incluso sabiéndolo —sonrió Joker—. ¿Recuerdas lo que me dijiste, hace ya mucho tiempo, Hank? ¿La primera vez que me hablaste de ella?
—No —dijo Vito, negando con la cabeza.
—Es una perdida de una clase especial —repitió Joker—. Una prostituta con un código ético.