Avenida del Parque, 79
Capítulo II
—Señor Bell, ¿cuántas copas había bebido usted antes de encontrar a la señorita Flood aquella noche? —preguntó Vito con voz clara y desprovista de emoción.
El corpulento hombre que estaba sentado en el sillón de los testigos miró al juez, incómodo. El magistrado mantuvo la mirada fija frente a él.
—No sé —respondió Bell, con voz forzada—. Bebí bastante.
—¿Diez copas? ¿Doce? ¿Veinte? —preguntó curiosamente Vito.
—Quizá diez —admitió el hombre.
—Quizá diez.
Vito se volvió hacia su cliente. Ella asintió lentamente. El abogado se dirigió de nuevo hacia el testigo.
—¿Y cuántas copas tomó usted con ella en el bar?
—¿Cuatro? —respondió el otro, con voz interrogadora.
—Puede estar seguro de que yo no lo sé, señor Bell —dijo sarcásticamente Vito —. Era usted quien estaba allí, no yo.
—Pero es que no lo sé con certeza.
—No lo sabe con certeza —repitió Vito. Se apartó unos cuantos pasos del estrado de los testigos—. No está usted seguro de cuántas copas tomó antes de encontrarse con mi cliente, no está seguro de las que bebió con ella en el bar. ¿Acaso recuerda las que bebió en el apartamento?
—Yo… No… No sé —dijo el hombre—. No puedo estar seguro. Había bebido muchísimo aquella noche.
Vito sonrió.
—De eso sí que estamos todos seguros, señor Bell. —Esperó a que se calmaran las risas que sonaban en la Sala, casi vacía—. Aparentemente, no recuerda usted muy bien nada de lo que ocurrió aquella noche, señor Bell. ¿No es así?
Bell enrojeció.
—Tenía mil quinientos dólares en el bolsillo cuando comenzó la noche —dijo, furioso—. A la mañana siguiente habían desaparecido.
—¿Cuándo notó por primera vez la falta del dinero, señor Bell? —preguntó Vito.
—Cuando me desperté. Miré en la cómoda. Cuando vi que el dinero no estaba allí, busqué en todos mis bolsillos. No lo encontré.
—¿Dónde era eso, y a qué hora, señor Bell?
—En mi habitación del hotel, aproximadamente a las nueve y media de la mañana.
—¿Y avisó inmediatamente a la Policía denunciando el robo? —siguió Vito.
—No —respondió Bell—. Me vestí y llamé a recepción, por si alguien se hubiera presentado diciendo que había encontrado el dinero.
—¿Y llamó entonces a la Policía? —la voz de Vito era amable.
—No. Llamé a la compañía de taxis, por si alguno de los chóferes lo había devuelto.
—¿Era ése todo el dinero que llevaba usted encima, señor Bell? —preguntó Vito casualmente.
—Sí. Nunca conservo cambio en mis bolsillos. Es muy molesto. No lo admito. Siempre digo que se lo queden.
—Eso es todo, señor Bell. Gracias.
Vito se alejó bruscamente.
El hombre miró a su alrededor, visiblemente molesto; luego bajó torpemente del estrado y se dirigió a su asiento. Vito espero un momento y después citó un nombre. Un hombre flaco y bajo se puso en pie y se dirigió al sillón de los testigos. El ujier le tomó juramento, y el otro se sentó.
Vito se acercó a él.
—¿Cuál es su profesión, señor Russo?
—Soy taxista, señor —respondió el otro, con voz gutural.
—¿Para quién trabaja usted? —preguntó Vito.
—Para la Shaggy Dog Cab Company —respondió el testigo—. Trabajo por las noches.
—¿Reconoce a alguien en esta Sala?
—Sí, señor —respondió Russo. Miró a su alrededor rápidamente—. A él —dijo, señalando a Bell.
—¿Conocía usted su nombre antes de entrar en esta Sala? —preguntó Vito.
—No —replicó Russo—. Le he reconocido porque le llevé en el taxi una noche.
—¿Cuándo fue eso? —siguió preguntando Vito.
Russo sacó una hoja de papel.
—Ésta es la hoja de mis viajes de aquella noche. Era la del martes, hace una semana.
Vito tomó la hoja de papel.
—¿Qué es esto?
—La hoja de control de mis viajes. Apunto dónde recojo a un pasajero, dónde le dejo y cuánto ha marcado el contador. Así el jefe sabe cuántos kilómetros he hecho con pasajero, y cuántos, vacío. Además, se anota la hora de cada viaje.
Vito contempló el papel.
—¿Tiene usted el viaje del señor Bell en esta hoja?
El chófer asintió.
—Sí, está ahí. Cuatro cuarenta.
—Cuatro cuarenta —leyó Vito—. Calle 72 y C.P.W., hasta el Sherry Hotel — miró al testigo—. ¿Fue ése el viaje?
—Sí —respondió el otro.
—Sesenta centavos —leyó Vito en la hoja.
—Eso era lo que marcaba el contador —respondió el taxista apresuradamente.
Vito le miró.
—¿Cuánto le pagó él?
—Sacó un billete de dólar de un fajo y me dijo que guardara el cambio.
Vito levantó la mirada hacia el juez, con rostro inocente e inexpresivo.
—Una pregunta más, señor Russo. ¿En qué condición se hallaba su pasajero? ¿Estaba embriagado?
—Estaba borracho como una cuba —dijo el chófer rápidamente.
—Eso es todo, señor Russo. Gracias.
Vito continuaba mirando al juez. Esperó a que el testigo hubiera abandonado el estrado, y entonces apareció en sus labios una débil sonrisa.
En los ojos del magistrado apareció en respuesta una ligera chispa de diversión. Asintió levemente hacia Vito.
Éste sonreía ya ampliamente.
—Propongo que los cargos contra mi cliente sean anulados en vista de que no hay evidencia de delito por su parte.
—Moción aprobada. Caso sobreseído.
—Gracias, Señoría.
Vito se volvió hacia Maryann, mientras el juez levantaba la sesión.
Ella extendió la mano, sonriendo.
—Gracias, Hank.
—Dijiste que era el mejor. No me atreví a fallar —dijo él, devolviéndole la sonrisa.
Ella se levantó, y él la ayudó a ponerse el abrigo. Por el rabillo del ojo vio cómo un hombre se acercaba a Bell y le entregaba un papel. Rió por lo bajo mientras salían.
Bell se abrió paso hasta ellos.
—Señor Vito —dijo furiosamente, agitando el papel—. ¿Qué significa esto?
—¿Qué? —respondió Vito con calma.
—Esta demanda por falso arresto. Difamación. Daños producidos a la reputación de su cliente. ¡Doscientos cincuenta mil dólares! —la voz de Bell temblaba de rabia.
Vito hizo que Maryann pasara delante de él por el pasillo antes de contestar al hombre.
—La próxima vez que acuse a una pobre inocente, señor Bell, confiamos en que recordará que también hay leyes que la protegen.
Cuando salieron de la Sala, Maryann reía.
—Ya tenías el papel preparado para entregárselo. ¿Y si hubiéramos perdido?
—No podíamos perder —dijo Vito, sonriendo.
—¿No podíamos? —preguntó ella, dudosa.
Él no respondió a la pregunta.
—¿Cenamos juntos? —dijo.
La joven asintió.
—¿A qué hora?
—Ven a buscarme a mi apartamento. A las siete treinta —contestó ella.
—Bien. Tengo que volver a mi oficina. Te buscaré un taxi. Hizo una seña a uno, que se paró. Le abrió la puerta. Ella entró y se volvió a mirarle.
—¿Por qué dijiste que no podíamos perder? Si no hubieras encontrado al taxista, lo habríamos pasado mal.
—¿Quién encontró al taxista? —preguntó él inocentemente.
—¿Quieres decir que…? —se interrumpió, mientras en sus ojos aparecía la comprensión.
Vito le sonrió.
—¿Quién iba a negarlo? Bell estaba tan borracho que no podía recordar qué chófer le había llevado. Era muy sencillo encontrar un hombre de la misma compañía que tuviera más memoria que Bell. Especialmente un hombre que trabajara por las noches y estuviera dispuesto a ganarse unos dólares extra por una tarde de trabajo fácil.
—Eres el mejor —dijo ella, sonriente.
Él cerró la portezuela.
—A las siete y media en punto —dijo, y se alejó silbando.
Miró su reloj. Eran casi las seis. Cogió el teléfono y, cuando su secretaria respondió, dijo:
—Llame al barbero y dígale que me espere. Bajaré a afeitarme dentro de unos minutos.
—Sí, señor Vito —dijo la muchacha. Él iba a colgar, pero la voz de ella continuó —. Tengo al señor Drego al teléfono.
—Yo no le llamé —dijo Vito.
—Llamó él en el momento en que usted levantaba el receptor —explicó la secretaria.
Vito pulsó el botón de la conexión.
—¿Sí, Ross?
—Tengo que verte esta noche, Hank —la voz de Ross sonaba ansiosa.
—¿No puedes esperar, chico? —dijo Vito—. Le pedí a mi esposa una noche libre, y tengo a una belleza esperándome. Dejémoslo para otro momento.
—Tiene que ser esta noche, Hank —respondió Ross—. Quieren que me vaya al Oeste la semana que viene. Pero tenemos que aclarar antes algunas cosas.
—¡Cristo! En verdad que no tengo suerte —dijo Vito.
Ross rió por el teléfono.
—No te voy a entretener mucho.
—Ya —respondió Vito.
Ross volvió a reír.
—Esa muñeca debe de valer la pena. Nunca te vi antes tan entusiasmado con una mujer.
—No creo que haya otra como ella en todo el mundo —dijo Vito—. Nació para ser mujer.
—Eso hay que verlo —dijo Ross—. Tráela, si es capaz de mantener la boca cerrada.
—De acuerdo —respondió Vito—. Llegaremos a tu casa a las ocho.
—No —replicó Ross—, que sea en el Club Shelton a las ocho y media.
Yo también llevaré una chica. Así, si alguien nos ve, estaremos divirtiéndonos.
—Bien —concedió Vito.
Colgó el teléfono. Ross era un chico brillante. A veces, demasiado. Volvió a descolgar y marcó un número. Una voz respondió.
—Que se ponga al teléfono Joker —dijo.
Joker tenía razón. Muchos años atrás había dicho que deberían controlar cuidadosamente a aquel muchacho.