Avenida del Parque, 79

Harold Robbins · Capítulo 42 de 57

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Avenida del Parque, 79

Capítulo III

tres

 

El taxi le dejó frente a una casa de piedra marrón, en la calle 73 Oeste. Pagó al conductor y subió los escalones. Las luces del vestíbulo eran débiles, y tuvo que encender un fósforo para encontrar su nombre. Maryann Flood. Pulsó el botón del timbre.

Casi inmediatamente sonó en la puerta un zumbido de respuesta. La empujó, y entró en un corredor de estilo antiguo. La puerta de ella, marcada con una C dorada, estaba al final de un tramo de escalera. Iba a golpear con los dedos cuando ella abrió.

—Pasa —dijo, sonriendo, y se apartó para que entrara.

Él penetró en la habitación, quitándose el sombrero. El primer vistazo le sorprendió. Estaba amueblada de manera muy simple y ordenada y, sin embargo, había algo exótico en todo el apartamento. Era quizá la rica alfombra, o los raros apliques de las paredes, una espada, una pistola antigua, un látigo de nueve colas. La luz era suave, y las paredes y el techo estaban pintados de un color castaño oscuro. Bajo las ventanas había estantes con libros y chucherías.

—¿Tu abrigo? —dijo ella, sin dejar de sonreír.

—¡Oh, claro! —dijo él, y se lo quitó.

Ella lo cogió.

—Hay hielo y whisky en esa mesita. Estaré lista dentro de unos minutos.

Él se acercó a la mesa. La cubitera era de plata. Los vasos, de cristal de Steuben. El escocés, Johnnie Walker, etiqueta negra, el rye, Canadian, el bourbon, Old Granddad, la ginebra, House of Lords.

—Vives muy bien —dijo Vito.

Su bata acolchada de terciopelo verde giró al volverse ella a mirarle.

—Debo hacerlo —dijo, sin sonreír—. Es la única recompensa de mi profesión. Y nada me garantiza que vaya a continuar. Por tanto, aprovecho el presente tanto como puedo.

Él se llenó un vaso y se acercó a los estantes de libros. Eran corrientes, de ficción; unos, buenos; otros, malos.

—¿Los has leído todos? —preguntó, curioso.

—Generalmente tengo todo el día libre —dijo ella, asintiendo.

Vito probó su whisky.

—¿Te preparo algo? —dijo.

—No, gracias. Yo lo haré.

Echó un poco de crema de Cassis en un vaso, añadió unos cubitos de hielo y un poco de soda. Levantó la copa.

—Por el abogado más inteligente de Nueva York.

Él sonrió, alzando su propio vaso.

—Gracias. Por la más fascinadora cliente a quien un abogado puede tener la suerte de servir.

—Gracias —ella dejó su copa y se dirigió al dormitorio—. ¿Cómo debo vestirme? ¿Adónde vamos?

Él la siguió hasta la puerta de la habitación y se quedó contemplándola.

—Vístete bien —dijo—. Vamos al Club Shelton. Tengo que encontrarme con un cliente.

Ella levantó las cejas.

—El Club Shelton. No nos privamos de nada.

—Sólo lo mejor —dijo él, sonriendo.

Maryann se quitó la bata y se sentó frente a un tocador. Él contuvo el aliento. Lo había hecho con toda naturalidad. Llevaba solamente un sujetador sin tirantes, un slip y medias de seda sujetas por un diminuto liguero que le rodeaba la cintura. La joven le miró traviesamente.

—Perdona el uniforme de trabajo.

Él se tapó los ojos con las manos.

—Estaré bien dentro de un minuto —dijo—. Es que no tengo costumbre de ver mujeres.

Ella rió, mientras empezaba a ponerse el maquillaje.

—Eres agradable, Hank. Me gustas.

—Gracias.

—Lo digo en serio. Hay pocos hombres que me gusten realmente. La mayoría de ellos son como bestias.

El rostro de Vito se puso repentinamente serio. Ella tenía razones para saberlo bien.

—Espero que seamos amigos —dijo.

Los ojos de ella eran comprensivos.

—Yo también —dijo cándidamente—. Pero lo dudo.

—¿Por qué? —preguntó él, sorprendido.

Maryann se puso en pie y se volvió hacia él. Había experimentado un cambio indefinible. Vito sintió que una vena latía en su sien. A la suave luz de la habitación, Maryann parecía haberse convertido de pronto en una estatua erótica; sus senos eran llenos y firmes; la curva de su vientre, cálida e incitante; sus piernas parecían los largos tallos de una flor. Él notó que la boca se le quedaba seca. Se llevó el vaso a los labios, pero no bebió. Sólo quería sentir allí su fresca humedad.

—Qué hermosa eres —murmuró.

Los labios de ella se entreabrieron en una sonrisa.

—¿Lo soy? —Preguntó—. No del todo. Mis piernas son demasiado largas; mi busto, demasiado abundante; mis hombros, demasiado anchos; mis ojos, demasiado grandes; mi mandíbula, demasiado cuadrada; mis pómulos, demasiado elevados; mi boca, demasiado ancha. Nada está bien; de acuerdo con la moda. Y, sin embargo, dices que soy hermosa.

—Lo eres.

Ella parecía querer atravesarle con la mirada.

—Tú quieres decir algo que no es belleza. Lo que intentas expresar es que parezco hecha para otra cosa. ¿No es así?

—¿Y no es ésa la medida de la belleza? Ella dejó de sonreír.

—¿Me comprendes ahora? Por eso es por lo que dudo que podamos ser amigos. Siempre se llega a ese punto.

El hombre le sonrió.

—Te conozco —dijo suavemente—. Tú lo quieres así. Es tu única arma. Tu venganza.

Ella le contempló durante un momento; luego volvió a sentarse frente al tocador. Cogió una borla y se la ofreció a él.

—Empólvame la espalda —dijo—. Quizá tú seas diferente de los otros. Eres más inteligente.

Él se quedó mirando la borla, y luego la rechazó.

—Si vamos a ser amigos —dijo—, empólvate tú la espalda. Yo sólo soy humano.

 

Cuando Maryann salió del dormitorio, él se puso en pie, silbando. Llevaba un sencillo vestido sin hombros, de lamé dorado, que moldeaba ajustadamente su cuerpo y le llegaba a las pantorrillas. Se había puesto unos pequeños pendientes de oro, en forma de corazón, y de su garganta colgaba una cadena, también dorada, con una gran piedra, imitación de topacio. Su cabello, rubio platino, brillaba contra el amarillo áureo del vestido. Le sonrió.

—¿Te gusta?

—¡Fabuloso!

Ella sacó el abrigo de Vito del armario, y se echó sobre los hombros un chal de visón de color claro.

—¿Preparada? —preguntó él, sonriente.

A Ross se le iban a salir los ojos de las órbitas.

—Siempre estoy preparada —replicó ella.

Cuando comenzaban a caminar hacia la puerta, el teléfono sonó. Él se detuvo y la miró.

—¿No vas a contestar? —preguntó.

Ella le miró a los ojos.

—La telefonista se encargará de eso. Será probablemente un cliente que no sabe que ésta es mi noche libre.

 

Se acomodaron en el taxi, y Vito dio la dirección al conductor. Ella apoyó la mano en el brazo de él. Vito percibió el ligero aroma de su perfume.

—¿Qué esperas de la vida, Maryann? —preguntó.

La oscuridad le impidió ver sus ojos mientras respondía.

—Todos preguntáis lo mismo. ¿Quieres la respuesta de ritual, o la verdad?

—La verdad, si es que vamos a ser amigos.

—Lo mismo que esperan los demás. Amor. Un hogar. Seguridad. Matrimonio. No soy diferente de cualquier otra chica.

Él vaciló.

—Pero… —empezó a decir.

—Vas a decir que soy una prostituta —interrumpió ella.

Era como si hubiese adivinado su pensamiento. Tosió, turbado.

—Eso no me convierte en una ciudadana de segunda clase —dijo ella, con calma —. Siento lo mismo que cualquier otra mujer. Sangro si me corto, y lloro cuando algo me duele. Trabajo en mi profesión con el mismo interés que cualquier otra chica en la suya. Es más difícil ser una prostituta competente, que una buena secretaria o dependienta.

—¿Y por qué no has intentado nunca hacer otra cosa?

—¿Cómo sabes lo que he intentado? —preguntó ella tranquilamente—. ¿Por qué eres tú abogado en lugar de médico? Porque esto es lo que haces mejor. Bien: pues yo soy realmente buena en lo que hago.

—Yo soy abogado, porque eso es lo quiero ser, para lo que nací —dijo él apresuradamente.

—De profesional a profesional —sonrió ella—, toda mi vida luché contra esto. Incluso cuando era una niña y los chicos me perseguían. Alguien me dijo una vez que había nacido para ello. No le creí, pero tenía razón. Ahora lo sé.

Él tomó su mano y la palmeó suavemente. De pronto se dio cuenta de que le gustaba mucho aquella mujer. Tenía un curioso sentido de la honestidad.

—Deseo que algún día consigas lo que quieres.

 

En el restaurante ella esperó mientras Vito dejaba su abrigo y sombrero. Vieron a Ross, que estaba de espaldas a ellos, y se acercaron. Hablaba animadamente con una chica de cabello oscuro, que estaba sentada junto a él.

Vito se paró a su espalda, con la mano sobre el brazo de Maryann.

—Ross —dijo.

Ross se volvió rápidamente, sonriendo, con los oscuros ojos muy brillantes.

—¡Hank!

—Ross, quiero presentarte a Maryann Flood —dijo Hank—. Maryann, éste es Ross Dre… —su voz se apagó repentinamente.

El rostro de Ross estaba blanco. Por un momento creyó Hank que aquel hombre se había puesto enfermo, tal era la agonía que reflejaba su expresión. Sólo los ojos de Ross estaban vivos. Vivos, brillantes y hambrientos, como Vito no los había visto nunca antes. Por fin habló, y su voz temblaba.

—¡Mar…, Marja!

Vito miró a Maryann. Bajo el maquillaje, su cara estaba pálida, pero se dominaba mejor que Ross. Extendió la mano.

—¡Ross! —dijo, con voz ronca—. ¡Hace tanto tiempo…!

—Siete años, Marja —dijo Ross, poniéndose en pie—. Siéntate, Hank.

Se sentaron.

—Crecimos juntos, Hank —explico Ross, sin dejar de mirar a Maryann—. ¿Recuerdas lo que me dijiste por teléfono, Hank? ¡Ésta es la única chica del mundo de la que puedo creerlo!

Vito los miró a los dos. En ambos había la misma furiosa vitalidad. Eran tan parecidos en sus diferencias, que podían haber salido del mismo molde con un acabado distinto. Puso la mano sobre la mesa y se inclinó hacia delante.

—Hablarme de eso —dijo.