Avenida del Parque, 79
Capítulo XVII
Joker Martin la miró. Ella estaba frente a su mesa de despacho.
—Eso ya está arreglado —dijo—. Los de los Servicios Sociales están de acuerdo en que vayas a la escuela por la tarde y continúes trabajando aquí.
Las manos de Marja hicieron un gesto simple y expresivo.
—No sé cómo agradecérselo —dijo—. Usted me está haciendo favores continuamente.
Él sonrió, turbado.
—Quizás es porque me gustas.
Ella no dijo nada.
—Eres formal, Marja. Vienes cada noche, nunca me causas problemas, como las otras chicas. Tal vez sea por eso.
—Sigo sin saber cómo podré corresponder.
Él comenzó a hablar, pero el teléfono que estaba sobre su mesa empezó a sonar. Lo cogió.
—Aquí Martin.
La voz habló durante unos segundos, y Joker la miró. Ella se volvió y caminó hacia la puerta; pero él, con un gesto de la mano, le pidió que se quedara.
—Espera un minuto —dijo a su interlocutor.
Cubrió el micrófono con la mano para hablar con ella.
—Aquí tienes un modo de agradecérmelo. Estoy hablando con un tipo muy importante. Le falta una chica para una fiesta que da esta noche. Hay cinco dólares para ti, si vas.
Ella dudó.
—No…, no creo, señor Martin. Se me vería fuera de lugar allí.
Él comprendió lo que quería decir.
—Ve —dijo—. Es un buen chico. No va a haber nada raro. Todo lo que tienes que hacer es bailar con ellos y sonreírlos un poco. Podrás irte hacia las tres y media.
Ella continuaba dudando.
—¿Está usted seguro?
Él asintió.
—Seguro.
—Pero no tengo ningún vestido adecuado —sacudió la cabeza—. Es mejor que no vaya.
—Puedes llevarte el de aquí. Lo devuelves mañana por la noche. Además, me habrás hecho un gran favor.
Ella suspiró. No sabía cómo negarse a ir. Él había sido tan bueno con ella…
—De acuerdo.
Martin sonrió.
—Buena chica. —Agitó una mano—. Vete a buscar el bolso y vuelve aquí. Te daré la dirección.
Esperó a que la puerta se hubiera cerrado tras ella antes de empezar a hablar nuevamente por teléfono. Entonces habló deprisa, pero cautamente.
—Te voy a enviar una novata, Jack. Por tanto, ten cuidado. No quiero que se asuste.
Permaneció callado, escuchando la voz que llegaba a su oído desde el otro extremo del hilo. El sonido cesó, y cuando volvió a hablar había risa en su voz.
—Mira, es la cosa más bonita que has visto en tu vida. Pero que eso no te nuble la cabeza. Es menor, y habrá líos si pasa algo. Haz que todo vaya bien, y dale un poco de tiempo. Todo llegará.
Colgó el teléfono al entrar ella en la oficina.
Salió del taxi frente al gran edificio de apartamentos. El portero mantuvo la puerta abierta mientras ella pagaba al chófer y salía del taxi.
—El apartamento del señor Ostere.
Una luz de comprensión apareció en los ojos del hombre.
—Ático D, piso diecisiete.
El ascensorista tenía la misma expresión mientras subían.
—Hacia la izquierda —dijo, abriéndole la puerta.
Oyó cómo se cerraba tras ella la puerta del ascensor, y pulsó el botón del timbre. Abrieron. Un hombre vestido de smoking la miró.
—¿El señor Ostere? —preguntó ella—. Soy Marja Flood.
La cara del hombre era inexpresiva.
—Pase —dijo formalmente—. Le diré al señor Ostere que está usted aquí.
Se quedó esperando en el salón. El hombre desapareció, y volvió al cabo de un momento seguido de otro más bajo. Éste llevaba un traje de negocios oscuro. Se acercó a ella con la mano extendida.
—Soy Jack Ostere —dijo, sonriendo.
—Marja Flood —respondió ella, estrechando su mano.
Él dio un paso hacia atrás y la contempló.
—¡Dios mío! —exclamó dramáticamente—. Por una vez en su vida, Joker tenía razón: es usted muy bella.
Ella sonrió, complacida.
—Gracias, señor Ostere —dijo.
—Déjelo en Jack —respondió él rápidamente—. Entre, y déjeme que le prepare algo de beber, antes de que lleguen los demás.
La tomó del brazo y la condujo hacia el salón más grande que había visto en toda su vida.
Se detuvo frente a un pequeño minibar con ruedas.
—¿Qué va a tomar? ¿«Manhattan»? ¿«Martini»?
—¿Una «Coca-Cola»? —preguntó ella tímidamente.
Él alzó las cejas burlonamente; luego sonrió.
—Como usted quiera.
Se volvió y tiró de un cordón que había junto a la pared.
El mayordomo apareció casi inmediatamente.
—¿Sí, señor?
—Jordan, una «Coca-Cola» para la señorita Flood —dijo Ostere.
La cara del mayordomo permaneció impasible.
—Sí, señor —dijo, dando media vuelta.
—Con mucho hielo —añadió Marja.
El mayordomo la miró.
—Con mucho hielo, señora —y salió de la habitación.
Marja se volvió hacia su anfitrión.
—Espero no haber llegado demasiado pronto. Joker me dijo que viniera directamente aquí.
Ostere había vertido un poco de whisky sobre hielo. Alzó el vaso frente a ella.
—Nadie tan bonita como usted puede llegar nunca demasiado pronto, Marja.
Sonó un timbre en el apartamento.
—Por favor —se excusó Ostere—. Están llegando otros invitados, y debo darles la bienvenida.
El mayordomo le trajo su «Coca», y ella recorrió rápidamente la habitación con la mirada. Tendría unos ciento veinte metros de largo, y en un extremo había unas puertas de cristal que daban a una terraza.
Su anfitrión entró ruidosamente en la habitación con los recién llegados. Los ojos de Marja se agrandaron.
Una de las mujeres era una actriz de cine, a la cual había visto muchas veces en la pantalla, en el «RKO Theatre» de la Calle 86. Y uno de los hombres era un periodista que escribía una columna en un periódico matutino, que ella leía con frecuencia.
Antes de que Ostere terminara de hacer las presentaciones, el timbre sonó de nuevo, y él volvió a salir corriendo a saludar a los que llegaban. Los ojos de Marja estaban muy abiertos. Aunque no había reconocido todos los nombres, tenían el sonido familiar de los que aparecen con frecuencia en los diarios.
La mayor parte del tiempo permaneció en silencio, un tanto intimidada, porque no sabía qué decir a gente como aquélla. De la conversación dedujo que Ostere era un hombre muy rico que a veces gustaba de invertir dinero en espectáculos.
Pero era un anfitrión muy amable, porque aunque circulaba sin cesar por la habitación, hablando con sus invitados, frecuentemente aparecía a su lado para asegurarse de que se divertía y se sentía a gusto. Le gustaba. Era un hombrecillo muy simpático y ocupado.
En un momento dado el periodista se puso a hablar con ella en un rincón y le preguntó en qué trabajaba. Al principio no supo qué decir. Luego se le ocurrió una idea.
—Soy bailarina —respondió.
Lo que era casi verdad.
Ostere apareció de pronto junto a ellos y sonrió aprobadoramente al oír su respuesta.
—¿Dónde trabaja? —insistió el periodista—. Puedo darle algo de publicidad desde mi columna.
—Aún no estoy preparada para eso —dijo Marja, sonriendo—. Pero espero que se acuerde usted de esta conversación cuando lo esté.
El periodista había bebido ya algunas copas, y estaba ligeramente ebrio. Conocía la clase de chicas que rodeaban generalmente a Ostere en fiestas como aquélla. Quería ponerla en un aprieto.
—Veamos cómo baila —dijo malignamente—. No la creo.
Tras estas palabras se hizo el silencio en la habitación. Todos miraron curiosamente a Marja, esperando su reacción. Las muchachas de Ostere no eran ningún secreto.
Marja abrió mucho los ojos mientras respondía.
—Me encantaría —dijo—, pero, desgraciadamente, no puedo hacerlo en este momento. Verá, padezco una enfermedad profesional, corriente entre los bailarines.
—¿Qué enfermedad profesional? —preguntó el periodista en voz alta, casi triunfalmente—. Nunca he oído hablar de ninguna.
—No entiende usted mucho de eso, ¿verdad? —repuso Marja dulcemente—. ¿No sabe usted lo que es dolor de pies?
La oleada de risa que recorrió la sala rompió la tensión, y Ostere le dio unas palmaditas en el hombro al tiempo que murmuraba: «Buena chica.»
Los invitados comenzaron a marcharse hacia las dos y media, y a las tres, Marja y Ostere estaban solos de nuevo. Él se dejó caer en un sillón y la miró.
—¡Santo Dios! —exclamó—. Afortunadamente, se acabó por esta semana.
Ella se sorprendió.
—Si no le gusta, ¿por qué lo hace?
Él sonrió.
—Tengo que hacerlo, querida. Son los negocios. Además, quedarían decepcionados si no lo hiciese. Se ha convertido en una costumbre semanal.
—¿Quiere decir que esto pasa cada semana?
El otro asintió.
—Nueva York no sería lo mismo sin las veladas de los martes de Jack Ostere.
En su voz había una nota de orgullo.
Ella sacudió la cabeza. No lo entendía. No veía qué diferencia podía haber en que acudiera o no alguien.
—Ya es hora de que me vaya, señor Ostere —dijo, volviendo a hablar formalmente.
Él la miró con lo que creyó era una expresión de súplica.
—¿Tiene que irse? —preguntó maliciosamente—. Tengo muchas habitaciones aquí.
Los ojos de ella eran fríos.
—Sí, señor Ostere. Mi padre me está esperando.
Él se puso en pie.
—Desde luego —dijo—. Debí haberme dado cuenta.
Buscó un billete en el bolsillo, y se lo puso en la mano.
Ella no lo miró.
—Muchas gracias, señor Ostere —dijo, extendiendo la mano—. Lo he pasado muy bien.
Él se la apretó.
—He disfrutado mucho con su presencia, querida. Espero que vuelva otra vez. Quizá la semana próxima.
Ella dudó.
—No lo sé. Tendré que consultarlo con el señor Martin.
El hombre sonrió, acompañándola a la puerta.
—No se preocupe por Joker. Yo hablaré con él.
—Buenas noches, señor Ostere.
—Buenas noches, Marja.
La puerta del ascensor se abrió, y ella entró. Agitó la mano, despidiéndose de Ostere, que estaba todavía en la entrada de su apartamento, sonriendo, cuando el ascensor se cerró. Entonces miró el billete, que tenía fuertemente apretado en la mano izquierda.
Sus labios se abrieron, y contuvo el aliento a causa de la sorpresa. Eran veinte dólares. Tanto como ganaba en toda una semana de trabajo. Lo guardó rápidamente en su bolso, preguntándose si Ostere se habría equivocado.
El portero la miró, sorprendido, cuando salió del edificio.
—¿Taxi, señora? —preguntó.
Ella lo consideró durante un momento. Entonces se encogió de hombros. ¿Por qué no? Tenía mucho dinero.