Avenida del Parque, 79
Libro Segundo. Mary
Libro Segundo
MARY
uno
Estaba de pie en el umbral de la puerta. La luz del sol se reflejaba, iridiscente, sobre su cabello dorado, casi blanco. Por un momento, titubeó. Luego, pasándose la pequeña maleta, de la mano derecha a la izquierda, la tendió a la mujer que estaba tras ella.
—Adiós, señora Foster —dijo roncamente.
La otra le dio un apretón de manos, casi masculino.
—Adiós, Mary —respondió—. Cuídate.
Una ligera sonrisa pasó por los labios de Mary.
—Lo haré, señora Foster —prometió—. He aprendido mucho en el año y medio que he estado aquí.
No había humor en la voz de la mujer.
—Así lo espero, Mary. No quisiera volver a verte metida en líos.
La débil sonrisa desapareció de la boca de la muchacha.
—No me verá —dijo con calma.
Soltó su mano y caminó rápidamente hacia el exterior. La brillante luz del sol la hirió en los ojos, y se paró, parpadeando, al principio de los escalones.
Oyó cómo el portón se cerraba tras ella con un fuerte ruido metálico. Una repentina sensación de libertad, tan embriagadora como el vino, recorrió su cuerpo. Se volvió y contempló la puerta cerrada.
—No me va a volver a ver —murmuró—. Aprendí demasiado. Me enseñaron muy bien.
La puerta le devolvió la mirada, con sus dos pequeñas ventanillas que parecían los ojos vacíos de un extraño. Se estremeció. Aquel escalofrío había hecho desvanecerse la sensación de libertad. Comenzó a caminar hacia la calle.
Parecía alta y delgada, con aquel fino abrigo oscuro que le había dado el Estado. El viento de los últimos días de noviembre lo apretaba contra su cuerpo, subrayando sus formados senos, la estrecha cintura y las redondas caderas. Caminaba con soltura, y sus piernas eran rectas y largas.
El viejo que estaba sentado en la garita, junto a la verja, salió al verla acercarse. Le sonrió con ojos reumáticos.
—¿A casa, Marja?
Ella le devolvió la sonrisa.
—No tengo casa, Pop —dijo—. Todo ha cambiado. Hasta mi nombre. Ahora es Mary. ¿Te acuerdas?
El hombre la miró, sonriente, con rápida comprensión.
—Me acuerdo. Pero no va a servirte de nada. A mí me pareces todavía Marja. La ardiente sangre polaca continúa corriendo por tus venas, y eso no lo puedes cambiar.
Ella le contempló, sonriendo todavía.
—Pues voy a cambiar muchas cosas.
—Pero no a ti misma —dijo él rápidamente. Empezó a mover la manivela que abría la verja—. ¿Adónde vas? —preguntó.
—No lo sé. Pero lo primero que voy a hacer es tomar una habitación en un hotel y sentarme en una bañera durante dos horas, sin que nadie me diga que me apresure. Luego me compraré algunos trapos que me sienten bien, no esta porquería. Después cenaré espléndidamente y me iré al cine, quizás al «Radio City». Y cuando salga me tomaré dos helados y volveré al hotel, a dormir hasta mañana al mediodía.
—Y después de todo eso, ¿qué vas a hacer?
—Buscaré un empleo y trabajaré.
—Haz eso antes que nada —dijo él prudentemente—. Puedes necesitar el dinero.
La verja de hierro estaba abierta. El hombre la señaló.
—Tu mundo te está esperando, Marja. Deseo que te resulte agradable.
Ella comenzó a caminar, pero luego se volvió hacia el viejo. Le besó levemente en la mejilla.
—Adiós, Pop.
—Adiós, Marja —respondió él, con inesperada tristeza en la voz.
Sorprendida por el tono, le miró a los ojos.
—Eres lo único de aquí que vaya echar de menos.
—Sí —dijo él, turbado—. Apuesto a que les dices eso a todos los chicos.
Marja sonrió maliciosamente.
—No, Pop. Sólo a ti. ¿Un último pellizco en recuerdo de los viejos tiempos?
El Viejo pareció revestirse de una curiosa dignidad.
—No, Marja.
—¿No? —repitió ella, con voz llena de sorpresa—. ¿Por qué?
—Lo hago sólo por mis chicas —dijo él serenamente—. No por mí. Se sienten mejor si alguien las molesta un poco. Incluso un viejo como yo. Esto ya resulta bastante duro. Todo mujeres que no tienen a nadie, ni a sus familias. Absolutamente a nadie. Y yo las persigo un poco, se ríen y se sienten mejor.
Impulsivamente volvió a besarle en la mejilla.
—Gracias, Pop.
Se volvió y comenzó a cruzar la puerta.
—Sé buena, Marja —le gritó él.
Ella dio media vuelta.
—Lo intentaré, Pop —dijo, riendo.
La verja crujió al cerrarse tras ella, y Marja echó a andar calle adelante. Bajó a la calzada. Con la mirada fija en el suelo, clavó los tacones en el pavimento.
No hicieron ningún ruido, y la sensación al pisar era de una curiosa blandura. Era asfalto, no cemento. El cemento sonaba de una manera rara al pisarlo, y no cedía. En el «Hogar» todo era cemento. En los vestíbulos, por los paseos, en el exterior. Una oía sus propios pasos, fuera adonde fuese. Pero esto era silencioso. Alegremente, siguió caminando por la calzada. Libre. Realmente libre.
Una fuerte mano se cerró sobre la suya, la que sostenía la maleta. Una voz familiar sonó en su oído.
—Te pueden matar si andas por la calle así. ¿Has olvidado que hay automóviles?
Supo quién era sin necesidad de mirarle. Había estado esperándole desde que cruzó la verja. Levantó los ojos lentamente, sujetando aún su maleta. Su voz era tan falta de expresión como sus ojos.
—Se pueden olvidar muchas cosas en un año y medio, Mike.
Había una sonrisa nerviosa en la cara del muchacho.
—He venido para llevarte a casa, Marja.
Ella no respondió.
—Te he estado esperando aquí toda la mañana —dijo Mike.
Marja aspiró profundamente y sacudió la cabeza.
—No —dijo—. No.
Los ojos de Mike se iban llenando gradualmente de dolor.
—Pero, Marja. Yo…
Ella le quitó la maleta de la mano.
—Te has equivocado de chica, Mike. Todo ha cambiado. Incluso el nombre.
—No me importa lo que haya cambiado, Marja. Ni lo que pueda haber ocurrido. Ya sé que nunca contestaste a mis cartas, pero he venido para llevarte a casa.
Ella subió a la acera y le miró a los ojos.
—¿Quién te pidió que vinieras? —preguntó fríamente.
Mike le devolvió la mirada.
—Te quiero, Marja. Y tú dijiste que me querías.
—Éramos unos niños entonces —dijo ella apresuradamente—. No conocíamos otra cosa.
—¡Niños! —repitió él, enojado—. ¿Es que eres mucho más mayor ahora? ¿Dos años significan tanto tiempo?
—Sí, Mike —dijo ella lentamente—. Dos años pueden parecer mil. Yo crecí muy de prisa.
—Yo también he crecido —dijo él, casi infantilmente—, pero siento lo mismo por ti. Y lo sentiré siempre.
—Yo no.
—¿Qué te han hecho, Marja?
La voz de Mike era profundamente angustiosa. Ella sacudió la cabeza, con desaliento.
—Nada —respondió—. Yo lo hice todo. Esto se acabó, Mike. No se puede volver atrás. Ya nunca volveremos a ser niños.
Marja empezó a alejarse de él, pero, poniéndole las fuertes manos sobre los hombros, Mike la hizo girar en redondo.
—¿Por qué, Marja? ¿Qué ha pasado?
Ella no contestó. Los ojos del muchacho escudriñaban su cara.
—Por lo que fuimos, me lo debes. ¡Cuéntamelo!
Nunca más podría olvidar la expresión que apareció entonces en los ojos de Marja. Pareció que se hubieran vuelto de pronto tan profundos, que nada se reflejara en ellos, ni tan siquiera la luz del sol de aquella brillante mañana.
—¡Dímelo, Marja!
—Tuve un niño, Mike. Mientras estuve ahí dentro tuve un hijo. Ni tan siquiera sé si fue niño o niña. Lo cedí antes de que naciera —su voz era monótona y sin expresión—. ¿Aún quieres saber lo que pasó, Mike?
La mirada de Mike era incrédula. Sus manos se habían aflojado sobre los hombros de Marja.
—¿De quién era? ¿De Ross? —preguntó roncamente.
Ella negó.
—No es posible. Él estaba fuera. ¿Recuerdas?
Las manos de él cayeron blandamente. Un gesto de dolor se había formado a ambos lados de su boca.
—¿Quieres decir que había otros?
Marja no respondió.
Los ojos de Mike eran dos profundas heridas azules, y había lágrimas en ellos.
—¿Cómo pudiste, Marja? Tú me querías.
La voz de ella continuaba fría y tranquila.
—También hubo otras cosas, Mike. ¿Quieres que te lo explique, Mike? Era divertido.
—No quiero oír nada —dijo él con voz temblorosa—. Lo que me estás diciendo es que Ross tuvo siempre razón. Decía que tú eras una…
No pudo pronunciar la palabra.
Ella la dijo por él.
—¿Perdida?
Él la tomó de nuevo por los hombros fuertemente. La miró fijamente a la cara.
—¿Lo eras, Marja? ¿Eras lo que él decía?
Ella no dijo nada.
—¿Por qué me mentiste, Marja? ¿Por qué? —preguntó salvajemente—. Hubiera hecho cualquier cosa por ti. ¿Por qué me engañaste?
Ella sostuvo la mirada sin pestañear.
—Ya nada importa, Mike —dijo lentamente—. La verdad es lo que tú crees, no lo que alguien te dice.
Un taxi pasó. Marja le hizo una seña, y el coche paró junto a la acera.
—Suéltame, Mike. El taxi está esperando.
Él dejó caer las manos. Marja entró en el coche rápidamente y cerró la puerta. Al ponerse en marcha, miró por la ventanilla. Mike seguía allí, mirándola. Notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Desesperadamente intentó contenerlas, hasta que sus ojos le ardieron. La libertad tenía muchas cosas que ella casi había olvidado. Gente a la que se ama y a la que se hace daño.
—Te quiero, Mike —murmuró para sí misma.
—¿Adónde, señorita?
El taxista hizo que se apartara de la ventanilla.
—Al Hotel Astor, en Broadway —dijo con voz insegura.
Cuando volvió a mirar por el cristal, Mike ya no estaba allí. De pronto ya no pudo retener las lágrimas por más tiempo. Ella no le convenía. Habían ocurrido demasiadas cosas. Estaba marcada con una fea cicatriz, y la llevaría toda su vida.
Él merecía algo mejor. Alguien limpio, joven y fresco. Alguien que resplandeciera como él. No como ella, que no valía nada a su lado.