Avenida del Parque, 79

Harold Robbins · Capítulo 47 de 57

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Avenida del Parque, 79

Capítulo VIII

ocho

 

El brillante sol de California empezaba a ocultarse tras las sombras azules de las colinas cuando aquel hombre alto y de cabello gris subió los escalones y pulsó el timbre de la puerta.

Las salpicaduras del agua azulada de la piscina brillaban al sol como diamantes de luz. El hombre oyó el débil sonido de la risa de una niña, procedente del agua, y la amable amonestación de la niñera de color, que se paseaba junto a ella, vigilándola. Cuando la puerta se abrió, él asentía complacido.

Un viejo negro apareció en el umbral; una cortés sonrisa de reconocimiento apareció en su rostro.

—Pase, señor Martin —dijo, con voz profunda y rica—. Voy a decir a la señora Drego que está usted aquí.

Joker siguió al viejo criado al amplio salón, se acercó a la gran ventana decorada y miró hacia la piscina. Vio cómo la pequeña salía del agua y cómo brillaba su cabello rubio platino. En seguida la niñera echó sobre ella una gruesa toalla turca y empezó a secarla.

La niña era igual que su madre, pensó él. No había nada de Ross en ella. Era raro que un hombre tan fuerte como él, no hubiera dejado ninguna marca en un hijo suyo. Sonrió ligeramente. ¿Era Michelle realmente la hija de Ross? Sólo Marja podía responder a esa pregunta, y él sabía que valía más no hacérsela. No creía que Ross lo hubiera hecho tampoco. Joker estaba seguro de que, de haberlo hecho, Marja le habría dicho la verdad, incluso sabiendo que no iba a gustarle.

El ruido de pasos tras él le hizo dar media vuelta. Como siempre que la veía, experimentó una conmoción interior. El tiempo no había hecho mella en Maryann. En todo caso, la había embellecido. Tenía algo en todo su ser tan rico, básico y vital, que parecía extenderse y envolver a los demás. La sonrisa desapareció de sus labios, y alargó la mano.

—Maryann —dijo.

Ella la tomó. Su mano era cálida y fuerte. Sus dientes, blancos e iguales, brillaron fugazmente.

—Joker —dijo—, hace mucho que no te veía.

Él asintió.

—Cuatro años. —Hizo un gesto, señalando la ventana—. Michelle tenía sólo dos entonces. Ahora ya es una señorita.

—De seis años —sonrió Maryann.

—Es como su madre. Romperá los corazones de todos los hombres —rió Joker.

Una extraña expresión pasó por el rostro de Maryann.

—¡Oh, Dios! ¡Espero que no sea así! —dijo fervientemente.

—No te ha ido tan mal —dijo Joker, alcanzando sus cigarrillos.

Los ojos de ella se ensombrecieron.

—Depende de lo que se busque, Joker. Cada uno desea una cosa diferente.

—Es cierto —repuso él.

Ella tiró del cordón de la campanilla que estaba junto a la ventana.

—¿Te preparo una bebida mientras esperas, Joker? Ross no llegará hasta dentro de una hora.

—Gracias. Me vendría bien beber una copa.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella, mirándole bruscamente.

Los ojos de Joker eran astutos.

—Depende de lo que busques, Maryann —encendió un cigarrillo con una cerilla —. Esta vez no he venido a ver a Ross, sino a ti.

La cara de Maryann permaneció inescrutable.

—¿Sí?

Su voz tenía solamente un matiz de cortés curiosidad.

El viejo criado entró en la habitación.

—¿Sí, señora Drego?

Maryann se volvió hacia él.

—Trae un Scotch al señor Martin.

El viejo dio media vuelta y desapareció. Joker le observó mientras salía.

—¿Aún conservas a ese hombre?

—No sé cómo me las arreglaría sin él. Es un verdadero amigo.

—Trabajaba para aquel millonario que murió en un accidente de aviación. ¿No es así? ¿Cómo se llamaba?

—Gordon Paynter —respondió ella—. Cuando lo leí, fui a buscar a Tom. Tuve la suerte de que él quisiera venir conmigo. Gordon le había dejado mucho dinero antes de morir.

—¿Conociste a Paynter? —preguntó cortésmente.

—Le conocí —dijo ella, con voz sin expresión—. Casi nos casamos.

Tom entró en la habitación llevando Scotch, vasos y cubitos de hielo.

—¿Preparo las bebidas, señora? —preguntó.

Maryann asintió. Permanecieron en silencio hasta que Tom dio a Joker su copa y salió de la habitación. Joker levantó entonces el vaso.

—A tu salud.

—Gracias —dijo Maryann formalmente.

Se sentó en una silla, frente a la chimenea, y él la miró expectante. Había algo en ella que le hacía pensar en un gato. Quizás era el color verde de sus ojos, o su modo de sentarse, sensitivo y alerta.

—¿Has notado algún cambio en Ross últimamente? —preguntó Joker de pronto.

La expresión de los ojos de Maryann cambió muy ligeramente. Había en ellos una cautela que no tenían anteriormente.

—¿Qué quieres decir? —replicó ella.

—Ya lo sabes —dijo él bruscamente.

Maryann no respondió.

—Ross va camino de ser un gran hombre —dijo él—, y algunos no pueden soportado.

—Está muy nervioso. Trabaja mucho.

—Yo también —dijo Joker, con calma—. Y lo mismo les ocurre a muchas otras personas, pero no por ello actúan como Ross.

—Tú lo conoces. En algunos aspectos es como un niño.

—Conozco a Ross. Por eso estoy aquí.

Ella lo miró sin pestañear.

—¿Qué esperas que haga yo? —preguntó.

Él se volvió hacia la mesa y se preparó otra copa antes de responder. Miró por la ventana. La niña y su nodriza se dirigían hacia la casa, y desaparecieron tras la esquina.

—¿Quieres a Ross? —preguntó Joker.

Hubo un ligero tono de reproche en la voz de ella.

—¿No crees que ésa es una pregunta tonta, Joker?

Él se apartó de la ventana y se quedó contemplándola.

—No lo sé. Dímelo tú. ¿Es una pregunta tonta?

Maryann no respondió.

—Has estado viviendo con él durante los últimos siete años. Debes de sentir algo por él, o no estarías todavía aquí. —Tomó un sorbo de licor—. Lo que quiero saber es si se trata o no de amor.

Ella le miró directamente a los ojos.

—Ross me gusta, si es eso lo que quieres saber.

—No, no es eso. Quiero que me digas, si le amas.

—No, no le amo —replicó ella, mientras una sombra oscurecía su mirada.

Él dejó escapar un profundo suspiro. Había estado esperando aquella respuesta. Así, las cosas serían más fáciles. Se sentó en la silla que estaba frente a ella.

—Ross tiene una enfermedad incurable, que va a matarle —dijo lentamente—, y es la ambición.

Vio cómo el rostro de Maryann palidecía bajo el bronceado.

—¿Es realmente incurable, o sólo algunas personas creen que lo es?

—Ya es demasiado tarde; no hay forma de atajarlo. Y nadie confía ya en el paciente.

—¿A causa de aquel hotel? ¿El Shan Du?

—De eso, y de otras cosas. Ésa fue la gota que colmó el vaso. Nunca debía haber hecho algo tan tonto como utilizar nuestro dinero en su propio beneficio.

—Pero lo devolvió todo.

—El dinero, sí —dijo él—. Pero no compartió nada más. No lo colocamos aquí para que operara de forma independiente. Corrimos demasiados riesgos.

—¿Y si yo hablase con él?

—Ahora ya no serviría de nada. Ya se ha tomado una determinación.

—Quieres decir que ya la has tomado tú —replicó ella.

—No. La única razón por la que vine aquí fue para asegurarme de que estabas bien.