Avenida del Parque, 79

Harold Robbins · Capítulo 8 de 57

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Avenida del Parque, 79

Capítulo V

 

Abrió los ojos cansadamente. La habitación estaba a oscuras. Afuera, la noche era tranquila. Dio media vuelta; el blando colchón cedió bajo su cuerpo; la manta le cubría los brazos y se los aprisionaba. Vagamente se preguntó cómo había llegado allí. Al empezar a recobrar la memoria volvió a sentir dolor. Arrastrándose desde el cuarto de baño, se había dejado caer sobre la cama. Recordaba cómo se había hundido en su confortable suavidad, pero eso era todo. No se acordaba de haberse tapado con nada.

—¿Te sientes mejor, Ross?

Volvió la cabeza hacia la voz de Marja. Se veía la brasa de un cigarrillo en una silla del rincón de la habitación. Se sentó en la cama. Ahora lo recordaba todo. Ella había entrado en la habitación y le había tapado mientras él se hallaba adormecido. Estaba temblando como si tuviese frío.

—Sí —respondió, taciturno.

El cigarrillo se elevó, brilló fuertemente, y luego, más tenue.

—¿Quieres una chupada? —preguntó ella.

—Por favor.

La oyó moverse en la oscuridad; luego su silueta pasó frente a la ventana. La cama se hundió bajo el peso de Marja. El cigarrillo estaba frente a él. Lo cogió, agradecido, y se lo puso entre los labios. El humo acre se introdujo profundamente en sus pulmones. Empezó a sentirse mejor.

—¿Qué hora es? —preguntó él.

—Las nueve, aproximadamente —respondió la muchacha.

Ross dio otra calada al cigarrillo y dejó que el humo saliera lentamente por su nariz. Parecía que así se despertaba más fácilmente.

—¿Dónde están los otros? —preguntó, intentando, sin éxito, verla a la lumbre del cigarrillo—. ¿Abajo todavía?

—No —respondió ella secamente—. Francie se asustó cuando subimos y te encontramos en la cama. Quiso volver a casa. Jimmy la acompañó.

Ross pensó amargamente: «Valientes amigos, que salen corriendo cuando uno los necesita.» Pero no hubiera esperado otra cosa de Jimmy. Mike nunca lo habría hecho. Un pensamiento le cruzó la mente.

—¿Les explicaste lo que había pasado?

—No —replicó ella—. ¿Por qué iba a hacerlo? Eso quedaba entre nosotros.

—¿Y qué pensaron?

—Les dije que te habías puesto enfermo —respondió Marja.

La cama se estremeció ligeramente como si se estuviese riendo, pero no estaba seguro de que fuera así.

—Parecía que lo estuvieras de verdad. Estabas temblando.

El resentimiento surgió dentro de él. Si habían creído que estaba realmente enfermo, su reacción era todavía más cobarde. Podía haberlos necesitado. Intentó distinguirla, pero estaba demasiado oscuro. Se inclinó y encendió una luz que había junto a la cama. La claridad le dañó, y tuvo que cerrar los ojos; luego se volvió hacia ella.

—¿Por qué no te fuiste con ellos? —preguntó amargamente.

Marja no respondió.

—Tú sabías lo que pasaba; no tenías por qué quedarte —continuó él—. Ya me las hubiera arreglado.

A la luz de la lámpara, los ojos de Marja eran luminosos. Llevaba el cabello, casi blanco a causa de su brillo, echado hacia atrás y sujeto con una estrecha cinta. Llena y brillante, se había pintado la boca con un rojo de labios tirando a escarlata. Estaba sentada frente a él, inmóvil y sin hablar.

—Bueno —dijo él, enojado—. ¿Has perdido la lengua?

—Vine aquí contigo —dijo ella pausadamente—. Voy a regresar contigo.

Él sonrió malignamente.

—¿De verdad creíste que iba a llevarte a casa después de lo que pasó? ¿Pensaste que querría hacerlo?

Ella le observó silenciosamente. Sus pupilas parecían volverse por momentos más grandes y negras; los iris casi habían desaparecido. Eso era lo más extraño de ella: sus ojos parecían hablar siempre, pero él no podía entender nunca lo que decían.

—¿Lo creíste? —preguntó de nuevo.

Ella aspiró profundamente y se levantó sin hablar. Se dirigió a la silla del rincón, tomó su pequeño bolso y empezó a caminar hacia la puerta. No se volvió a mirarlo.

Ross no habló hasta que ella puso la mano sobre el picaporte.

—¡Marja!

Se paró y le miró silenciosamente.

—¿Adónde vas? —preguntó él tontamente.

—A casa —respondió ella con voz tranquila y sin expresión—. Ahora ya estás bien.

—¿Tienes dinero para volver?

—Ya me las arreglaré —dijo ella, con el mismo tono de voz.

La mano de Ross se movió rápidamente y le arrebató el bolsito.

—¿De dónde sacaste el dinero? —preguntó fríamente—. Francie dijo que ninguna de las dos tenía un céntimo.

Ella no respondió, y la expresión de su cara no cambió.

—Dije que ya me las arreglaría —repitió monótonamente.

Él abrió el bolso y miró al interior. Sólo contenía un lápiz de labios, dos cigarrillos un tanto maltrechos, un peine y algunos fósforos de madera.

—Tu cartera está bajo la almohada —dijo ella tranquilamente—. Yo la puse allí.

Instintivamente, el joven la buscó y la abrió. Los billetes seguían allí. Empezó a sentirse avergonzado por haber sospechado.

—Y ahora, ¿quieres devolverme mi bolso? —preguntó ella—. Quiero irme. Es tarde.

Él la miró, y luego contempló su bolso vacío. Tomó un billete de diez dólares de su cartera y lo metió en el bolso.

—Toma un taxi —dijo, devolviéndoselo.

El billete de diez dólares voló de regreso hacia la cama.

—No, gracias —dijo ella secamente—. No quiero nada que proceda de ti.

La puerta se cerró tras ella.

Ross permaneció sentado un instante, inmovilizado por la sorpresa. Luego saltó de la cama. En el último momento se dio cuenta de que le habían quitado el traje de baño mojado. Cubriéndose con la colcha corrió por el vestíbulo tras ella.

—¡Marja! —gritó—. ¡Marja, espera un momento!

Tropezó con la colcha que arrastraba, y tuvo que agarrarse a la barandilla para no caer escaleras abajo.

Ella había llegado ya al final de los peldaños, cuando se volvió a mirarle. Le contempló un momento; después apareció una sonrisa en su rostro y empezó a reír a carcajadas.

Al oír su risa burlona, Ross volvió a enfurecerse.

—¿De qué diablos te estás riendo? —aulló.

Ella no podía parar.

—Mírate, Ross —pudo decir, señalándole con el dedo—. ¡Pareces un fantasma!

Ross se volvió hacia un espejo de cuerpo entero que había en la pared que estaba junto a él. Su pálida cara y el pelo revuelto, junto con la blanca colcha, le hacían parecer realmente un fantasma. Empezó a sonreír. Luego, riéndose abiertamente, se volvió hacia ella.

—Dame tiempo para vestirme, Marja —dijo—, y te llevaré a casa.

 

—Vale más que pares ya el coche y me dejes aquí —dijo ella cuando llegaron a la esquina de su casa—. Mi padrastro podría estar sentado junto a la ventana.

En silencio, Ross acercó el coche a la acera. Descendió y, rápidamente, rodeó el coche para abrirle. Le tendió la mano, para ayudarla a descender.

Permanecieron un momento allí sin saber qué decirse. Luego ella extendió la mano.

—Gracias por estas horas tan agradables, Ross —dijo cortésmente.

Él la miró a los ojos, buscando en ellos la burla. Pero no la halló. Tomó la mano de Marja.

—¿Volveré a verte, Marja?

Su mano, en la de él, estaba quieta.

—Si tú quieres… —respondió.

Él puso el pie en el borde de la acera. El movimiento le hizo vacilar brevemente.

—Sí que quiero —dijo.

Marja había notado el leve gesto de dolor.

—No quería hacerte tanto daño, Ross —dijo suavemente.

Él la miró a los ojos.

—Lo merecí —dijo sencillamente—. Debí haber comprendido.

Pasaron unos segundos, y ella retiró la mano.

—Es mejor que me vaya —dijo—. Mi viejo estará como loco.

—Dame tu número —dijo él apresuradamente. Notó la mirada de confusión de ella—. Es para poder llamarte —añadió.

—¡Oh! —replicó, comprendiendo—. No tenemos teléfono.

—Entonces ¿cómo voy a ponerme en contacto contigo? —preguntó él, sorprendido a su vez.

Siempre había creído que todo el mundo tenía teléfono.

Ella le miró.

—Estoy generalmente en la confitería de Rannis hacia las tres. Es en esta misma calle, un poco más arriba, frente a la sala de billares.

—Te llamaré allí mañana —dijo él.

—De acuerdo. —Dudó un momento—. Buenas noches, Ross.

Éste sonrió.

—Buenas noches, Marja.

La observó mientras caminaba hacia su casa. Sus zapatos de medio tacón repiqueteaban sobre el suelo. Le gustaba su modo de andar, con la cabeza alta, el paso firme, balanceando el cuerpo ligeramente, como si toda la Tierra le perteneciese. Había en ella un orgullo innato.

Esperó hasta que la vio subir los escalones y entrar en la casa. Luego volvió al coche. Siguió el mismo camino que había hecho ella. Vio que todavía había luz en la sala de billares. Con un impulso súbito, paró el automóvil y bajó.

Su presentimiento había resultado cierto. Jimmy estaba allí, inclinado sobre una mesa, con el taco de billar en la mano, en medio de un grupo de muchachos.

Al acercarse, oyó la voz de Jimmy. Hablaba bajo, pero con la confidencial penetración de la lujuria.

—Como un gatito —estaba diciendo—. Ross estaba tendido sobre la cama como si le hubiesen arrancado las orejas. Igual que un leño. Mi chica dijo que valía más que nos largáramos antes de que llegaran los polis. La rubia dijo que alguien tenía que quedarse con él. Entonces nos fuimos y lo dejamos allí con ella.

Un sexto sentido le hizo alzar la cabeza. Forzó una sonrisa.

—Ross —dijo, cambiando el tono de voz—. ¿Cómo estás, muchacho? Chico, ¿verdad que lo pasamos bien?

El rostro de Ross era frío; sus ojos no tenían expresión. Sus labios apenas se movieron, pero las palabras que escupió parecían veneno.

—¡Gallina asquerosa…! ¿Por qué saliste corriendo?

—Francie se asustó, Ross —tartamudeaba en su afán por explicarse—. Alguien tenía que llevarla a su casa. Además, Marja se quedaba contigo. Dijo que lo haría.

Ross rodeó la mesa de billar, acercándose deliberadamente al otro. Al aproximarse a Jimmy, los otros muchachos se apartaron.

—¿Y si hubiera estado realmente enfermo, Jimmy? —preguntó, con una voz que se había vuelto de pronto engañosamente suave—. ¿Y si hubiera necesitado ayuda? Allí habría habido sólo una muchacha, ¿no?

Jimmy continuaba sonriendo, pero sus ojos iban llenándose de terror.

—Pero esa chica sabía lo que tenía que hacer, ¿verdad, Ross? —dijo apresuradamente—. Estoy seguro de que lo sabía.

El puñetazo de Ross le alcanzó en la boca, y cayó hacia atrás contra una mesa. Se apoyó en ella por un momento, y luego, dando la vuelta al taco de billar, se lanzó contra Ross.

Éste desvió el palo con el brazo y se acercó más a Jimmy. Sus puños se movieron tan velozmente, que se veían borrosos bajo aquella luz amarillenta. El taco cayó de entre los dedos de Jimmy. Un momento después, Ross se apartó.

Sentía en las sienes un doloroso y salvaje latido mientras contemplaba cómo Jimmy caía al suelo, sangrando por la boca y la nariz. El dolor era el único modo de vengarse. Jimmy tenía que saber lo que era eso.

Jimmy estaba sentado, con los ojos velados y aturdidos. Sus labios se movieron, pero de su boca no salió ningún sonido. Lentamente se dejó caer al suelo, sobre un costado.

Ross recogió del suelo el taco, sosteniéndolo por el lado más fino. Sus ojos eran como dos azules trozos de hielo, erguido sobre la postrada figura. Deliberadamente, apoyó la gruesa punta del taco contra la pierna de Jimmy y, con la mano lo hizo girar, cargando sobre él todo el peso de su cuerpo.

—¡Maldito hijo de perra…! —exclamó.

De los labios de Jimmy surgió un grito involuntario antes de que los demás pudieran apartar a Ross. El taco se rompió secamente en sus manos.

—¡Basta de una vez, Ross! —gritó uno de ellos—. ¿Es que quieres matarlo?

Ross contempló la aguda punta del taco, que aún tenía en la mano. Era la ira personificada. A lo lejos le pareció oír cerrarse una puerta.

—¡Es una buena idea! —aulló, soltándose de los que le tenían sujeto y arremetiendo contra el rostro de Jimmy con el palo.

Antes de que pudiera alcanzarle, sintió que dos brazos le sujetaban, inmovilizando los suyos contra su cuerpo. Se debatió salvajemente.

—¡Suéltame! ¡Suéltame! —gritó—. ¡Lo mataré!

Pero aquellos dos brazos aumentaron la presión y le arrastraron, apartándole de su contrincante.

—Cálmate, Ross —dijo en su oído una voz conocida—. No queremos más jaleo.

La voz, profunda y suave, era como un jarro de agua fresca. Ross sintió que se calmaba el temblor salvaje que había en su interior y recobraba el juicio. Permaneció muy quieto. Su respiración era un estertor. Al final se dominó y pudo hablar.

—De acuerdo, Mike —dijo, sin volverse—. Puedes soltarme ya. Estoy bien.

Los fuertes brazos le soltaron. Ross no alzó la vista. Se volvió y caminó hacia la puerta. Al pasar frente a la caja, se detuvo y dejó caer un billete sobre el mostrador.

—Esto paga el destrozo que he hecho —dijo.

El hombre de cara pálida que estaba sentado allí no dijo nada. Ross salió. Subió a su automóvil y se sentó allí, esperando.

Unos segundos después oyó pasos que se acercaban al coche. Se pararon junto a la puerta.

—Llévame a casa, por favor, Mike —pidió, sin mirarle—. Estoy muy cansado.

Los pasos dieron la vuelta al coche. La puerta del otro lado se abrió, y su amigo entró. Brilló la llama de un fósforo, y un momento después notó que le ponían un cigarrillo entre los dedos. Aspiró ansiosamente el humo, dejando caer la cabeza hacia atrás, sobre el reposacabezas, y cerró los ojos.

—Menos mal que llegué a tiempo —oyó decir a su amigo—. Tuve la corazonada de que debía ir a buscarte.

Una débil sonrisa apareció en los labios de Ross.

—Sigues protegiéndome, ¿verdad, Mike?

Cuando jugaban juntos al fútbol, Mike se encargaba de cerrar el paso al contrario mientras él corría con la pelota.

Mike rió.

—¿Y por qué diablos no había de hacerlo? Somos compañeros, ¿no?

Se inclinó hacia delante y puso en marcha el motor. Lo hizo rugir durante un momento.

—De todos modos, ¿qué pasó? Lo hubieras matado si no te llego a sujetar.

—Estaba aquella chica… —empezó a explicar Ross.

—¿La rubia de la que hablabas esta tarde? —interrumpió Mike.

—Sí —respondió Ross—. Ella…

De nuevo le detuvo la voz de Mike. Había en ella un tono de reproche.

—Creí que tenías más sentido común, Ross.

Éste volvió la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

Mike encendió una cerilla y la acercó a su cigarrillo. La llama brilló, dorada, en sus ojos.

—No puedo entenderte, Ross. Ninguna chica merece que te metas en líos por ella.

Ross miró fijamente a su amigo. Mike solamente tenía razón en una cosa. En que no entendía. Cerró los ojos y volvió a recostarse contra el respaldo del asiento. Sintió cómo el coche arrancaba al poner Mike la marcha.

Mike no comprendía. No era Marja. Una duda le asaltó. ¿O sí lo era? Se volvió y miró a su amigo.

Éste conducía con precaución, concentrándose en la calle que había frente a él. Pero Mike lo hacía todo cuidadosamente. No concedía ningún margen de error. Ése era su problema. Por eso jugaba en la defensa en vez de en la delantera. No le gustaba correr riesgos. No es que tuviera miedo, simplemente, ése era su carácter.

Mike no comprendía. ¿Cómo iba a hacerlo? Él no conocía a Marja.