El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 10 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo nueve

Ha empezado a nevar. Los tejados de Londres están moteados de blanco y las gaviotas se quejan gritando a las nubes. Dora está en la cama de su cuarto del desván; se ha envuelto con las mantas y está sentada sobre las rodillas. Estira los dedos para combatir el frío, sujeta el lápiz con más fuerza. Mientras ella dibuja, Hermes va de un lado a otro del cabecero de la cama, arañando la madera con las garras. La llama de la vela oscila a causa de la ligera brisa que se cuela por el marco de la ventana, que necesita urgentemente una reparación, y proyecta sombras que bailan en el techo.

Desperdigados por las baldosas del suelo están los restos de los intentos previos de Dora: papeles arrugados en bolas compactas que se corresponden perfectamente con el tamaño de su puño.

No se puede concentrar.

En este momento traza una serie de garabatos que parecen hechos por un niño. Una greca, cuyas líneas angulosas han atravesado el papel porque ha apretado el lápiz con demasiada fuerza. Abanicos delicados que son una sucesión de plumas. Olas repetidas. Serpientes retorcidas. Mandalas florales. Todos recuerdan las formas griegas, pero ninguno de sus dibujos se parece remotamente a las figuras que tiene en la imaginación. Cada bosquejo lleva escrita su frustración, son recuerdos a medio formar que no debería haber olvidado.

Suspira. Dibujar algo así debería ser fácil, debería ser su segunda naturaleza, pero no, esta noche no es capaz de aplicarse. Su mente sigue vagando por las entrañas del sótano, donde está el misterioso cargamento de Hezekiah.

Las vigas de la casa crujen, la casa gime.

Su tío no estuvo en la cena. Lottie le sirvió a Dora una sopa aguada y salió del comedor sin haber dicho ni una palabra, y Dora no les vio el pelo a ninguno de los dos en toda la noche.

¿Por qué Hezekiah le cuenta sus planes precisamente a Lottie, pero excluye a su propia sobrina? ¿Qué contiene esa caja? ¿Por qué Hezekiah se

asustó tanto cuando Dora le preguntó? ¿Y quiénes eran los hombres que la transportaban?

Si pudiera abrir la puerta del sótano con una ganzúa…

Oh, pero ¿de qué servía especular? ¿De qué le sirve a ella? «Detente –se dice–, o te volverás loca».

Intenta evocar el recuerdo de una excavación en Delos. Dora era muy joven entonces (menos de cinco años, está segura de eso), pero recuerda una tarde en particular en que su padre pasó horas desenterrando un mosaico. Mientras él quitaba la tierra con un cepillo, Dora estaba sentada allí mismo, fascinada por las formas que iban apareciendo: un follaje intrincado, olas que se curvaban, triángulos escalonados. Recuerda que su padre le hablaba de las figuras con su voz potente y cálida: rosetas, palmetas retorcidas. ¿No había una cabeza de toro rodeada de follaje?

No sirve de nada. Aparta la hoja de papel con un gruñido. Lo único que ha conseguido dibujar en los últimos cinco minutos es una parra en una esquina de la página. Hace una pelota con el papel, la tira y va a parar al suelo con las demás. Ninguno de sus garabatos se puede convertir en collar, en pendientes ni en nada que pueda lucir un miembro de la alta sociedad.

–¡Ay, Hermes! –Suspira. La urraca pía y vuela a su regazo. Dora le acaricia la cabeza con el dorso de la mano y el pájaro le picotea suavemente los dedos–. Puede que sea una idiota. ¿Qué voy a hacer?

Aunque Dora sabe que es imposible que la urraca la entienda, Hermes ha inclinado la cabeza y la mira con sus ojos negros, con tanta intensidad que está segura de que comprende sus palabras. Pero entonces la urraca extiende las alas y comienza a picotearse entre las plumas; Dora se recuesta en las almohadas. Se lleva el lápiz a la boca. Es obvio que no va a conseguir la inspiración encerrada en el cuarto. Intenta recordar si hay algo en la tienda que le sirva de inspiración. ¿No había un armario al fondo con fragmentos de aquellos viejos mosaicos?

«Dos pájaros…».

–Hermes, muévete –dice con decisión, sacando las piernas de entre las mantas y apartando al pájaro de su regazo–. Vamos a explorar.

Dora se pone unos calcetines de lana y se envuelve en el viejo batín de su padre. Coge la vela y se da unos golpecitos en el hombro. Con un suave graznido, Hermes se posa allí y se aferra con las garras a la seda, añadiendo agujeros a los que ya tiene la prenda. Dora levanta el pestillo de la puerta,

conteniendo la respiración mientras espera el chirrido. No se oye nada.

Expulsa el aire.

Cuatro tramos de escalones exigen cuidado. Baja de puntillas, poco a poco. Ha memorizado las grietas, los puntos flojos, la forma en que la madera podrida se comba. Al llegar al final, se muerde el labio. La campanilla. En la oscuridad de la escalera se pregunta cómo hacerlo.

Impaciente por su falta de movimiento, Hermes emite un ligero graznido.

–¡ Isychia! –Dora le aprieta el pico con los dedos. La vela tiembla en el candelero–. No me falles ahora.

Por toda respuesta, la urraca sacude la cabeza y le roza el pelo con las plumas. Dora le suelta el pico y mira la puerta al tiempo que arruga la frente con fuerza.

Lo único que puede hacer es intentarlo.

Apoya la palma en la puerta y empuja lentamente para abrirla; la puerta es pesada y emite un crujido sordo. La muchacha se estremece, trata de calcular la distancia que separa el marco de la campanilla. No puede ser mucha. Al cabo de un momento percibe que la madera toca el metal, oye el ligerísimo arañazo del badajo contra el broncíneo borde, y se detiene antes de que la campanilla emita otro sonido. Observa la rendija que ha abierto.

Hay espacio suficiente para pasar.

Es curioso lo diferente que parece en la oscuridad algo que conocemos.

La nieve que cae fuera se acumula en el alféizar de la ventana. Las risas ahogadas del café se filtran a través del fino cristal. La luz de la ventana solo sirve para perfilar los altos armarios. Dora parpadea en la semioscuridad y alarga el brazo con la vela por delante: apenas distingue en los estantes los falsos cuencos de porcelana de la dinastía Shang.

Lo primero es lo primero.

El armario en el que está pensando se encuentra al fondo de la tienda y Dora se dirige hacia él de memoria, gracias a que Hezekiah ha formado un ancho pasillo pegado a la pared trasera.

Aun así, avanza con mucho cuidado. La luz de la vela es débil y aunque se le han acostumbrado los ojos a la oscuridad, los armarios que flanquean

el pasillo bloquean la luz de la calle. Extiende una mano ante sí y va contando los pasos que da.

– Énas, dýo, tría, téssera…

Roza la madera con las yemas de los dedos. Dobla a la derecha.

– Októ, ennéa, déka.

La luz se vuelve más compacta a medida que se va adentrando. Al dar el decimoquinto paso, toca la fría pared encalada y se da cuenta de que ha llegado a las puertas del sótano. «De nuevo a la derecha», piensa, pero vacila un momento. ¿Estará Hezekiah allí abajo? Escucha con atención, pero no oye absolutamente nada.

Debe contenerse para vencer la tentación y sigue avanzando con cautela hacia el fondo de la tienda. Ahí está, en el rincón más alejado: un pequeño aparador cuadrado, con patas en forma de garras. Apenas le llega a la cadera. Recuerda haber jugado delante de él, con las puertas abiertas y los tesoros esparcidos por el suelo, mientras sus padres informaban a los clientes sobre sus últimas excavaciones. Dora deja la vela sobre la superficie sin pulir del aparador. En su hombro, Hermes inclina la cabeza.

Se pone de rodillas. Las puertas van muy duras. Empuja la bisagra para hacer palanca y cuando tira de las puertas para abrirlas, la vela se mueve peligrosamente. Dora la mira alarmada.

«No te caigas, por favor, no te caigas».

La vela se queda quieta. Hermes grazna. Dora lanza un suspiro de alivio.

El interior no es tan profundo como recordaba. No hay mucho sitio y parece que han introducido los objetos sin ton ni son. Dora los saca con cuidado. Un cáliz de cobre mellado, un reloj de sol de bolsillo, un juego de cucharas de peltre, una pipa… Levanta esta última para verla mejor y observa la forma. Un corazón en relieve. No le sirve. Mete la mano de nuevo, saca una caja de rapé, una miniatura de una anciana con peluca, dos candeleros de bronce idénticos. Al introducir los dedos hasta el fondo del aparador, da con algo pequeño, frío y duro. Lo saca y lo inclina ante la luz de la vela.

Lo mira largo rato. Había olvidado completamente su existencia.

En la mano tiene una extraña llave dorada del tamaño de su dedo pulgar: el tubo cilíndrico, ahora sin brillo por el tiempo y la falta de uso, tiene unos preciosos dibujos de filigrana. La cabeza es un disco ovalado, giratorio, de azabache. En el disco hay un relieve. Un rostro barbudo.

Recuerda vagamente haber jugado con la llave cuando era muy pequeña, por el único motivo de que le gustaba girar el disco, una y otra vez. ¿Alguna vez supo qué abría aquella llave? No lo recuerda. Vuelve a meter la mano en el interior. Se pregunta si la llave pertecerá a un joyero: no lo recuerda, pero no hay nada parecido oculto en las entrañas del aparador. Vuelve a mirar la llave y se muerde el labio. ¿Puede darle alguna utilidad? Es bonita, eso seguro, pero no tiene nada que ver con los diseños griegos que está buscando. Por el momento no le sirve para nada. Se encoge de hombros y la deja a un lado para seguir buscando en unas bolsas que no contienen más que trozos de cuero y raso, totalmente inútiles.

Finalmente se rinde. No hay mosaicos. Ni fragmentos de cerámica ni monedas. Dora estaba segura de que había un pequeño busto de Atenea con la nariz y la cimera del casco desportilladas. Pero no, no hay nada. Nada que pueda usar. Admite la decepción. Aunque los objetos que recuerda estaban rotos o en malas condiciones, al menos eran auténticos. Puede que los quisiera alguien. Puede que se hayan vendido.

Bueno. Solo queda un lugar y será la segunda búsqueda de la noche.

El sótano.

Dora nunca ha estado allí, nunca ha ido más allá de las puertas, ni siquiera ha pisado jamás el primer escalón. Nunca ha tenido necesidad de hacerlo, ni siquiera cuando vivían sus padres: aquel era su espacio privado y a ella la habían enseñado a respetarlo. Cuando murieron, Dora era demasiado joven para catalogar todo lo que habían dejado, así que se encargó Hezekiah. Una vez despejado el sótano, su tío instaló allí su despacho y su taller. Dora nunca había sentido la necesidad de cuestionarlo… hasta el presente. Porque esta noche hay una caja allí guardada, un cargamento que él no quiere que ella vea. Y si hay un cargamento que él no quiere que ella vea, ¿qué más puede haber allí? ¿Qué más cosas le oculta?

Vuelve a guardar todos los objetos en el aparador. Recoge la vela y regresa sobre sus pasos.

Las altas puertas del sótano se elevan ante ella. Hermes, en su hombro, sacude las plumas.

Mira el candado y trata de calcular lo fácil o difícil que será abrirlo con una ganzúa. Pero en cuanto alarga la mano para tocarlo, oye un suave lamento. La mano se le queda congelada en el aire. Abre mucho los ojos y

Hermes le clava las garras en la hombrera del batín. Pero entonces oye otro ruido que le resulta mucho más familiar y, en parte aliviada, en parte contrariada, baja el brazo.

La voz de Hezekiah sube por la escalera. Dora pega la oreja a la puerta.

Hezekiah habla para sí, como hace a menudo cuando se encierra en el sótano. Dora vuelve a mirar el candado y ve que el pasador no está cerrado del todo y que la cadena solo está enganchada en una de las manijas de la puerta y no en las dos. Pues claro que su tío está en el sótano; tendría que haberlo imaginado. Y por lo que parece, Lottie también.

Bueno, ya está. La aventura nocturna ha terminado. Dora emprende la retirada y sube lentamente la escalera del desván. A medio camino, al corregir un paso mal dado en la escalera, Dora oye un ronquido en la habitación del ama de llaves. Su antigua habitación. Así que Lottie está en la cama, después de todo.

Sigue subiendo con el entrecejo arrugado. Y cuando se mete en su cama y se tapa con las mantas hasta la barbilla, se pregunta cómo es posible que su tío haya emitido un sonido que a Dora le ha parecido más bien el llanto de una mujer.

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