El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 29 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo veintisiete

El mismo hombre que llevó el pithos a la tienda aparece para transportarla.

Dora, desde la puerta, lo ve cambiar unas palabras con su tío en una voz baja que parece a un tiempo apremiante y amenazadora. Luego Hezekiah da media vuelta, pasa por su lado y entra en el establecimiento sin mirarla a la cara.

El día es seco, pero sopla una fresca brisa que silba por Ludgate Street, entre el alboroto de peatones que sacuden los pies para desprenderse del barro y la suciedad. El hombre pelirrojo espera pacientemente a que pase una vendedora ambulante que arrastra a seis criaturas sucias, antes de rodear el carro por un lado. Coge un rollo de cuerda y hace una seña a sus compañeros con un gruñido.

Dora se fija en que no lo acompañan sus dos hermanos. En su lugar ha llevado a otro hombre, un tal señor Tibb –así lo ha llamado su tío, por lo que Dora ha oído–, y a otros dos tipos que huelen vagamente a excremento.

Dora se retira a la penumbra de la tienda y se acerca a la silla verde en la que Edward se sentó el primer día que estuvo allí. El hombre corpulento la saluda al pasar con un breve movimiento de la barbilla, un gesto apenas perceptible, y Dora piensa que parece mucho más viejo que la última vez que lo vio. Percibe una especie de rigidez en su rostro, una expresión tensa y preocupada que la deja pensativa.

Observa a los hombres cuando suben el pithos por los peldaños del sótano utilizando un complicado sistema de poleas y cuerdas. Dora se lleva la mano a la boca para contenerse y no gritarles que tengan cuidado, pero Hezekiah no tiene tantos escrúpulos.

–¡Cuidado con lo que hacéis! –grita Hezekiah cuando uno de los hombres más bajos, de piel oscura y casi un niño, se dobla bajo el peso.

–Vamos, vamos, señor Blake –dice el hombre llamado Tibb con voz tranquilizadora–. Sabemos lo que hacemos… Para empezar, nosotros lo subimos al carro, ¿lo recuerda?

Hezekiah mira brevemente a Dora antes de ajustarse el corbatón.

–¡Por supuesto que sí! Pero aquel día nos acompañó la suerte.

–La suerte –murmura el hombre cuadrado, cambiando de hombro la cuerda con que sujeta el peso del pithos– no tuvo nada que ver.

Hezekiah se vuelve hacia él.

–Cuidado –advierte–. No quiero esos comentarios aquí.

El hombre arruga la frente, pero Hezekiah ya ha dado media vuelta y pasa cojeando al lado de Dora para salir a la calle. La muchacha mira al hombre corpulento con el ceño fruncido y lo ve torcer el gesto.

–Será mejor que se haga a un lado, señorita, hasta que lo hayamos cargado.

Se observan fijamente unos momentos. Dora asiente con la cabeza y sigue a su tío a la calle.

Decide quedarse en el extremo más alejado del carro y observa con interés el laborioso traslado del pithos hasta la parte trasera del vehículo.

Cuando ya está encima, cubierto con una sábana, el señor Tibb y los otros dos muchachos suben al carro, mientras el hombre corpulento vuelve a la puerta de la tienda, donde está Hezekiah esperando. Dora cruza los brazos cuando su tío saca tres billetes del redingote, que el hombre se guarda rápidamente en el bolsillo sin más ceremonia. El pago de lady Latimer ha llegado esa mañana con un lacayo, diferente del que la acompañó la otra vez, aunque igual de apuesto. Pero lo que a Dora le interesa saber es qué cantidad va a parar a manos del empleado de Hezekiah. ¿En qué andan metidos?

–¡Dora!

Se vuelve y ve a Edward corriendo hacia ella desde el Strand. Al llegar, el joven se detiene sin aliento.

–Siento la tardanza. Tenía que terminar un encargo. He venido lo más rápido que he podido. –Respira hondo. Tiene las mejillas rojas. Edward mira con recelo la sábana y la red de cuerdas que inmovilizan el pithos y luego observa a Dora con aire preocupado–. ¿Estará seguro?

–«Seguro» no es la palabra que yo usaría –dice el hombre corpulento cuando los empuja para pasar.

Dora lo mira sorprendida.

–¿Qué ha dicho?

–Si pregunta si está firme –responde el hombre secamente, tensando las

cuerdas con un tirón–, entonces sí, lo está. No se caerá, de eso puede estar convencida. Pero en cuanto a su seguridad…

–Coombe –dice Hezekiah desde la puerta de la tienda–. Basta.

Su tono es de amenaza. Ambos hombres se miran por encima del lomo del caballo hasta que el tal Coombe da un último tirón a la cuerda, se sube al pescante sin decir nada y coge las riendas. Entonces es cuando Hezekiah se fija en Edward.

–Señor… señor Lawrence, ¿no es así? –dice, en un tono que denota a la vez sorpresa y recelo–. Disculpe, señor, ¿qué hace usted aquí?

Hezekiah se dirige a Edward, pero está mirando a Dora. La joven comprende que es ella quien debe responder.

–Está aquí a petición mía, tío. Resulta que el señor Lawrence es un gran experto en antigüedades griegas.

Dora no tiene miedo ni reparo en decirlo. Tras la discusión de la pasada noche, se siente más poderosa, rebelde. Pero Edward, que está a su lado, da un paso vacilante hacia atrás. La aguda mirada de Hezekiah va de uno a otro.

–Parece que me has estado ocultando muchas cosas, Pandora.

–Debe de ser un rasgo de familia.

Hezekiah parpadea al oír la respuesta, aunque la joven no sabe si es por la sorpresa o porque se propone desafiarla. Pero entonces el señor Coombe tose.

–Será mejor que nos pongamos en marcha, señorita. Pueden subir aquí delante conmigo.

Hezekiah da media vuelta con un bufido. Edward le ofrece la mano para ayudarla a subir. Cuando el señor Coombe le alarga la suya para izarla, Dora ve en el puño de su camisa una mancha de color amarillo pútrido.

El carro avanza dando tumbos desde Ludgate Street hasta los barrios acomodados de las afueras de la ciudad. Dora se apoya en Edward, se aprieta contra su hombro. A él no parece importarle, pero tampoco hace ningún movimiento para acercarla hacia él.

No puede evitarlo. No es que desee el contacto de Edward. No, desde

luego que no, lo que ocurre es que el olor de la muñeca del señor Coombe es insoportable; incluso a pesar del fuerte viento, el rancio hedor le llega a la nariz. Dora intenta no mirar, pero los ojos se le van una y otra vez hacia las vendas manchadas, hacia la piel amoratada de la mano de Coombe. Al principio viajan en silencio, pero el hombre se percata de la mirada de la joven cuando dirige el caballo hacia High Holborn.

–Lo siento, señorita –dice haciendo una mueca–. Cambio la venda cada pocas horas, pero la herida sigue supurando.

Dora, avergonzada, se ruboriza.

–Discúlpeme. No era mi intención incomodarlo.

El carro da un bandazo. Edward mira al señor Coombe y parece fijarse por primera vez en la herida.

–¿Qué le ha ocurrido, señor? Si no es mucho preguntar.

El hombre da un bufido y agita las riendas. El carro tuerce lentamente.

–¡No hacen falta ceremonias conmigo, señor! Como si yo mereciera ese honor. –Sacude la cabeza–. ¿Qué me ha ocurrido, pregunta usted? El maldito cargamento, eso es lo que me ha ocurrido.

–¿El pithos? –dice Dora, parpadeando.

–Sí, si así es como quiere llamarlo. Lo recuperé yo mismo, mis hermanos y yo, pero por Dios que ojalá no hubiera accedido nunca a ese encargo.

Edward se acerca un poco a él.

–Entonces, ¿fue usted quien lo adquirió?

Detrás de ellos suena una tos.

–Coombe –dice el hombre llamado Tibb, alzando la voz en señal de advertencia–. Yo tendría cuidado.

–¿Y por qué he de tenerlo? –responde el señor Coombe–. Esta chica es la sobrina de Blake, Jonas. Sin duda sabe…

–¿Saber qué? –interrumpe Dora.

El señor Tibb, sin embargo, se ha levantado apoyando una mano en el pithos y arrugando la sábana que lo cubre. Apoya la otra con fuerza en el hombro de Coombe.

–Será mejor que tengas la boca cerrada –le dice a Coombe. Luego se dirige a Dora–: Le pido disculpas, señorita Blake, pero no nos corresponde a nosotros decir nada. Debe usted entenderlo… No es nada personal. Es que hay algunas cosas de las que yo preferiría no formar parte.

–¿Acaso no forma parte ya? –pregunta Dora, volviéndose en el pescante.

El señor Tibb inclina la cabeza.

–Supongo que sí. Pero no seré yo el que cuente ciertos asuntos.

–Pero…

El señor Tibb le da la espalda y vuelve a quedar sentado sobre los aparejos de transporte que se amontonan en el suelo del carro. Dora mira al señor Coombe, pero este, concentrado en el camino, tiene la vista clavada al frente y la mandíbula firmemente apretada. La joven cruza una mirada con Edward, que enarca las cejas y hace un movimiento levísimo con la cabeza, tras lo cual Dora se reclina en el asiento y se pierde en sus atribulados pensamientos.

La casa de lady Latimer, prácticamente una villa, da a una vasta extensión de agua y se accede a ella por un camino de adoquines en forma de media luna que rodea un césped verde e inmaculado, en medio del cual burbujea una enorme fuente ornamentada. Si Dora creía que la casa de Clevendale de Cornelius Ashmole era grande, esta es un palacio por lo menos. Tras pasar una verja de hierro, la casa que se alza ante ellos es de un blanco esplendoroso y cegador. Grandes columnas romanas flanquean las vastas puertas dobles, que dos lacayos con librea abren casi al instante.

Mientras Edward la ayuda a bajar del carro, Dora se fija en la belleza de los sirvientes. Hombres jóvenes y altos, tan apuestos que parecen muñecas.

Visten exactamente igual que Horatio y el hombre que esa mañana ha ido a la tienda: verde menta de la cabeza a los pies. Al parecer, lady Latimer disfruta adornándose con algo más que joyas y bonitos vestidos.

En aquel momento aparece Horatio por las puertas abiertas, sosteniendo una bandeja de plata en perfecto equilibrio sobre los dedos. Hace una leve reverencia.

–Señorita Blake, sea usted bienvenida. Mi estimada señora desea que lea esta carta y que le dé la respuesta antes de irse.

Es la primera vez que Dora oye hablar a Horatio y, tras coger la nota de la bandeja, parpadea ante sus rasgos perfectamente suaves y atractivos.

–Usted y su acompañante pueden pasar mientras transportan la carga al salón de baile.

La excesiva formalidad de Horatio y su voz cadenciosa –tan desenvuelta y refinada– la distraen momentáneamente. Atónita, se vuelve para dirigirse a Edward y ve que no está a su lado. Mira tras ella y lo ve hablando con el señor Coombe.

–¿Edward?

El interpelado levanta la mirada y se ruboriza. Se guarda el cuaderno negro y el lápiz, y corre a reunirse con ella.

–Perdona –dice Edward. Aunque sonríe, a Dora le parece muy tenso–.

¿Va todo bien?

–Sí –responde Dora. Ya le hará preguntas más tarde–. Nos han invitado a esperar dentro.

Horatio inclina su elegante cabeza.

–Si son tan amables de seguirme.

El sirviente los conduce a un enorme vestíbulo con suelo de mármol blanco, tan brillante y pulido que Dora se ve reflejada en él. Aventura una mirada hacia Edward, pero este parece totalmente indiferente, como si tales lujos fueran para él algo normal y corriente. Horatio llega hasta dos puertas de cristal y las abre con elegancia.

–El adorno irá ahí –dice Horatio, señalando la enorme sala. Dora ve en el centro un gran pedestal redondo de escasa altura, cubierto con un paño de terciopelo azul oscuro–. La señora tiene grandes planes para el objeto… Ha dado órdenes de que se adorne hasta alcanzar una perfección sublime. Pero pasen –añade, señalando ahora un par de sillas de caoba de respaldo alto–.

Si esperan aquí, les serviré un refrigerio.

Dora se sienta en silencio, observando al sirviente mientras este se retira.

Horatio la fascina. ¡Qué dominio del lenguaje! Está acostumbrada al típico acento de los comercios londinenses, a la ausencia de palabras floridas pronunciadas con voz melosa. Edward, a su lado, se mira las rodillas con el entrecejo profundamente fruncido.

–Parece que esta gran mansión no te impresiona tanto como a mí.

Edward se sobresalta y Dora sabe que ha interrumpido el curso de sus pensamientos.

–Oh –dice, mirando alrededor sin interés–. No es que no aprecie lo que me rodea. Pero Cornelius, verás… él y yo crecimos juntos en un lugar muy parecido a este. En Staffordshire.

–Ah –dice la muchacha, sorprendida por el dato. En el vestíbulo, el señor

Coombe, el señor Tibb y sus compañeros están trasladando el pithos–.

¿Cómo es eso?

Edward se vuelve a medias hacia ella.

–Yo era hijo del mozo de cuadra del anciano señor Ashmole. Este viajaba a menudo y Cornelius solía invitarme a su casa. Pasé muchas horas felices allí. Y a veces alguna noche. –Deja de hablar y coge aire. Dora ve las emociones que bailan en su rostro, como si fueran rayos de sol a través de un enrejado–. Como ya habrás adivinado, Cornelius y yo somos buenos amigos. Es como un hermano para mí. Pero siempre me sentía muy…

mediocre, comparado con él. –Edward vuelve a fruncir el entrecejo–. No es que envidie su buena suerte, siempre ha sido muy generoso, pero a menudo me sentía como un niño que vivía una fantasía. No estaba cómodo en un entorno tan lujoso. Un intruso. Nunca me sentí realmente independiente, si es que eso tiene sentido. ¿Lo tiene?

–Creo que sí –dice Dora. Edward se ha vuelto a mirarla. Sus ojos grises parecen ensombrecidos, como si el peso de los recuerdos los hubiera enturbiado–. Por lo menos entiendo lo que es sentirse atrapado por las circunstancias.

–Sí.

–¡Limonada!

Horatio ha vuelto con dos vasos en la bandeja de plata.

–Limones de Sicilia –dice y vuelve a irse, taconeando sobre las baldosas con sus recargados zapatos.

Dora se lleva el vaso a los labios y bebe un sorbo. Hace una mueca (¡qué ácida!), pero está fresca y resulta reconfortante. Le recuerda los cielos azules y el calor veraniego. Durante un doloroso momento, aparece en su mente la imagen de su madre. Una tienda de campaña. Voces airadas. Un recuerdo que es incapaz de concretar…

–¡Cuidado!

Dora levanta la cabeza y ve el pithos delante de ella. El señor Coombe y sus hombres gruñen bajo su peso. Ahora que ya no lo cubre la sábana protectora, se fija en los relieves del pithos a través de las cuerdas. Se siente contrariada por no haber podido completar el dibujo de la última escena. El pithos avanza y Dora sigue su traslado hasta el salón de baile, el susurro y los crujidos de las botas sobre la madera pulimentada. Para distraerse, vuelve a hablar con Edward.

–¿Por qué te fuiste?

Edward parpadea.

–¿Decías?

–¿Por qué te fuiste? –repite la joven.

–¿De Staffordshire?

–Sí. ¿Por qué viniste a Londres?

Edward contiene la respiración. Se queda callado un minuto entero y Dora lamenta su atrevimiento.

–Edward, lo siento, no debí…

–No, no pasa nada –dice el joven, sujetando el vaso de limonada con más fuerza–. Mi madre murió al nacer yo y mi padre el verano que cumplí doce años. Entonces se decidió que en lugar de quedarme en Sandbourne como mozo de cuadra, me enviarían a Londres para aprender un oficio que me proporcionara una vida mejor. Me enviaron al taller de encuadernación. El viejo señor Ashmole corrió con todos los gastos. Un regalo, dijo, por los buenos servicios de mi padre.

–¿Y te gustó aprender el oficio?

La pregunta es del todo inocente, pero en cuanto las palabras salen de su boca, Dora sabe que ha dicho lo que no debía. Edward ha palidecido, le tiembla el vaso en la mano y la limonada amenaza con derramarse. Luego se recobra y se vuelve hacia ella.

–¿Qué dice la carta?

–La carta…

La muchacha baja los ojos a la carta que tiene en la mano libre. La había olvidado.

Una pequeña nota cuadrada, sellada con un elegante disco de lacre de un rojo intenso. Dora deja el vaso a sus pies y rompe el lacre.

Señorita Blake:

No puedo expresarle el placer que siento por haber encontrado la joya perfecta que completará mi atuendo en la celebración de mañana. Añado a mi más profundo agradecimiento dos invitaciones para mi velada, para usted y otro invitado. ¡No apruebo a su tío, por tanto me veo en la obligación de solicitarle que no lo elija a él como acompañante!

A estas alturas, querida muchacha, ya sabrá que no soy una mujer a la que se pueda decepcionar. Espero su presencia. Para asegurarme de ello, le sugiero que aproveche esta experiencia como una oportunidad para garantizarle, tanto a usted como al señor Blake, la seguridad durante la velada del objeto adquirido.

Respetuosamente,

Lady Isabelle Latimer

–Oh, Dios mío.

–¿Qué es?

Sin decir palabra, Dora le tiende la nota en el momento en que el señor Coombe y sus hombres salen del salón de baile cargados con las cuerdas y las poleas. Dora mira detrás de ellos. El pithos, alto y majestuoso, está perfectamente colocado en el pedestal. Dora siente un escalofrío en la espalda. Qué desolada parece la vasija en medio de…

–¡Ah, señorita Blake!

Lady Latimer se acerca a ellos desde la escalera, vestida de pies a cabeza de tafetán magenta. Lleva una altísima peluca adornada con pequeñas rosas de seda engarzadas. Tanto Dora como Edward se levantan inmediatamente.

–Veo que ha recibido mi nota.

–Sí, señora –dice Dora, ruborizada–, y le estoy muy agradecida. Pero me resulta imposible aceptar.

–¡Paparruchas! –Lady Latimer sacude la mano delante de su rostro cubierto de colorete–. Yo decido quién asiste a mis reuniones sociales.

–Pero no tengo nada que ponerme.

–Seguro que tiene algo sencillo y práctico –dice la anciana en son de burla.

Dora se ruboriza de vergüenza, porque aunque posee muchos vestidos sencillos y prácticos, ninguno tiene menos de cinco años.

–Desde luego, pero nada apropiado para una velada.

–Entiendo…

Está claro que a lady Latimer no se le había ocurrido esto, que no había pensado que la diferencia de clases fuera una barrera para la moda, pero entonces Edward da un paso al frente y hace una torpe reverencia.

–Si está usted de acuerdo, señora, me encargaré de que la señorita Blake tenga algo apropiado para la ocasión.

Lady Latimer observa a Edward con una mirada aguda y se vuelve hacia Dora.

–Su joven pretendiente, supongo.

Edward parpadea y se pone a tartamudear.

–Oh, no, señora. Me refiero, es decir…

Lady Latimer lo interrumpe riendo:

–Traiga mañana al caballerete, señorita Blake. Tiene un aire tímido y eso me gusta en un hombre. –Mira a Horatio, que acaba de aparecer junto a ella–. Es menos probable que sean unos granujas, querida. Los hombres tímidos son maleables, fáciles de manejar a nuestra voluntad. Es mejor que las mujeres tengamos el mando en asuntos del corazón, ¿no cree?

Dora no sabe qué responder, pero entonces se da cuenta de que no hace falta: lady Latimer ha visto el pithos. Junta las manos, complacida, y se dirige a la tinaja con una emoción casi infantil.

–¡Es una maravilla! Sí, sí, es perfecta, espléndida. Horatio, ¿acompañas a nuestros invitados a la puerta? ¿Por favor?

Lo dice vuelta de espaldas y Horatio se apresura a obedecer. El señor Coombe, el señor Tibb y los otros dos ya están esperándolos en el carro.

Cuando llegan, el señor Coombe alarga la mano para ayudarla a subir. Dora se alisa la falda y Edward se sienta a su lado.

–Espero –murmura tímidamente– que no me consideres demasiado presuntuoso.

–No –responde Dora, también con timidez–, aunque confieso que estoy sorprendida. ¿Lo has dicho en serio?

–Pues claro que sí. Señor Coombe, ¿sería tan amable de dejarnos en Piccadilly?

–Si quieren –dice el hombre corpulento, al tiempo que resopla y agita las riendas–. A mí me da lo mismo.

Cuando el carro echa a andar por el camino, Edward carraspea y se estira el puño de la camisa.

–No soy tímido –dice.

Es más que un gruñido de fastidio. Su voz suena afligida y a la defensiva, y Dora pone la mano encima de la de él.

–Ya sé que no lo eres, Edward –dice suavemente.

Edward mira a otro lado, pero no aparta la mano.

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