El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 17 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo quince

Apretando con fuerza la tarjeta de visita del encuadernador, Dora recorre los embarrados adoquines de Russel Street, buscando en la penumbra el número seis. Cuando lo encuentra, en la esquina donde la calle gira bruscamente hacia Drury Lane, tiene ya el dobladillo de la falda lleno de salpicaduras de barro.

Se detiene a observar el edificio. A pesar del lugar donde se alza (las tiendas de las callejuelas laterales son, como de costumbre, bastante cuestionables), posee una extraña elegancia. Dora se fija en que la pintura de la fachada es homogénea y bastante reciente: ladrillo rojo con friso negro y letras doradas perfectamente ordenadas en el centro de este. Por un momento piensa en la fachada de su tienda. Tiempo atrás, se parecía mucho a la que tiene justo delante. Cuidada. En este negocio se había gastado una buena cantidad de dinero y su calidad parece tristemente fuera de lugar; la decoración es más propia de comercios situados en Fleet Street o en el Strand, y no en esta zona desolada de Covent Garden donde las putas y los cortabolsas abundan tanto como las pulgas.

Dora se guarda la tarjeta en el bolso de red y aprieta con más fuerza el cuaderno de dibujo. No esperaba verlo tan pronto, en absoluto, pero bien podrían ayudarse el uno al otro; la evidente capacidad del señor Lawrence para reconocer una falsificación demuestra que, en su momento, sabría reconocer piezas de valor, mientras que los conocimientos de ella se limitan a recuerdos infantiles. Pero él… bueno, él tiene experiencia y estudios. Y es su experiencia lo que Dora necesita.

Empuja la puerta. Dentro está iluminado y la atmósfera desprende una calidez que huele a cuero con un leve toque de miel. Los relucientes mostradores son de caoba y en todas partes se ven los mismos detalles negros y dorados. Una llamativa alfombra india recorre la tienda de punta a punta. En una de las paredes hay una estantería que llega hasta el techo, llena de hermosos libros cuyos lomos de cuero brillan a la luz de las velas.

Un cactus enorme se yergue en una maceta al lado del mostrador principal

y, detrás, hay armarios de cristal llenos de libros impresos y portadas con intrincados detalles.

Dora no puede dejar de mirar. Nunca había estado dentro de un taller de encuadernación y le parece que jamás había visto algo tan hermoso. La tienda del señor Clements… Bueno, siempre le gustará el brillo del diamante blanco, el verde bosque de la esmeralda, el azul oscuro del zafiro tallado, pero esta es una belleza muy diferente; es espléndida, decorativa.

Sigue mirando con los ojos abiertos como platos cuando un hombre de piel oscura que no había visto sale de detrás de uno de los mostradores de cristal; lleva una torre de libros en los brazos.

–¿Desea algo, señorita?

Su voz es suave, cálida, con una cadencia en el tono que no es capaz de reconocer.

–Oh, yo… –Dora vacila; se siente inexplicablemente avergonzada–. Esta tienda es tan… –Sonríe tímidamente–. Es…

El hombre –alto, con el rostro surcado de arrugas y una peluca gris bien peinada aunque vulgar–, agacha la cabeza.

–Le doy las gracias, señorita. Estamos muy orgullosos de la casa Ashmole.

–¿Es usted el señor Ashmole?

El hombre parpadea.

–Soy el señor Fingle, el encargado.

–Ya veo –dice Dora, aunque no es así.

–¿Necesita algo? –vuelve a preguntar el señor Fingle.

Dora respira hondo, imprime cierta autoridad a su voz.

–He venido a ver al señor Edward Lawrence. –Saca la tarjeta de su bolso una vez más y se la enseña–. Un asunto comercial. –El señor Fingle mira la tarjeta, pero no la coge. En realidad no puede, piensa Dora, al fijarse en los libros que el hombre lleva en los brazos. Le tiembla la mano–. ¿Está aquí?

–Está aquí, señorita. –El hombre guarda silencio y le dirige una sonrisa amable, aunque algo confusa–. Si va hacia la parte trasera, lo encontrará allí, detrás de la puerta de cristales.

–Ah, sí, muy bien. Gracias.

El señor Fingle asiente con la cabeza. Dora no percibe ningún reproche.

No, más bien parece totalmente sorprendido, lo cual a su vez es sorprendente. Puede que el señor Lawrence no reciba visitas. Dora,

nerviosa, dobla la rodilla para hacer una reverencia innecesaria y desaparece por la puerta arqueada que el hombre le ha señalado con la barbilla.

Entra en un estrecho pasillo, bastante menos suntuoso que la tienda, pero aun así limpio y acogedor. A cada lado del corredor hay una puerta abierta y, mientras avanza, Dora echa un vistazo al interior.

Se trata de talleres con grandes mesas en el centro, aunque cada uno parece tener una finalidad diferente. En uno hay láminas de papel (algunas sobre las mesas, otras colgando del techo), bobinas de hilo, montones de botes y pinceles, martillos y herramientas metálicas. En un extremo hay tres enormes máquinas de madera que Dora no tiene ni idea de para qué sirven.

El otro taller está lleno de rollos de cuero, más herramientas metálicas y lo que a Dora le parece una guillotina. Y en ambos talleres hay niños y jóvenes con delantal que han dejado de trabajar y la están mirando con una mezcla casi cómica de sorpresa y curiosidad. Dora se da cuenta de que se ha ruborizado y sigue andando hasta el final del pasillo, pero oye un ruido a su espalda y sabe que se han acercado al umbral para mirarla.

Se detiene poco antes de llegar a la puerta de cristales. El pasillo gira en ángulo recto a su izquierda. Oscuridad sin ventanas, sin velas a la vista.

Durante un momento se pregunta qué será ese espacio oscuro, pero se recompone y llama suavemente a la puerta con los nudillos.

No hay respuesta. Percibe un resplandeciente brillo dorado tras el cristal.

Le parece ver al señor Lawrence sentado ante su escritorio, pero no se ha movido. Llama con más fuerza, pero tampoco esta vez hay respuesta.

Dora frunce el entrecejo.

–¿Señor Lawrence? Soy Dora Blake.

Oye murmullos a su espalda, risas furtivas. No hace caso, porque tras el cristal capta movimiento. Alguien corre a la puerta, que se abre de par en par, y el señor Lawrence la mira, casi sin respiración. Tiene la corbata a medio anudar y el cabello rubio caído sobre la frente. Una mancha de color marrón rojizo destaca en su mejilla.

–¡Señorita Blake!

Durante unos instantes parece contento. Pero entonces se fija en el público que hay tras ella. Dora mira por encima del hombro y ve al señor Fingle delante del grupo, tan curioso como los demás.

–Me temo, señor Lawrence –susurra Dora con aire de disculpa–, que he

causado cierto revuelo.

El señor Lawrence arruga la frente. No parece propio de él.

–Por favor –dice, cogiéndola amablemente por el codo–. Pase.

Cierra la puerta tras ellos y Dora parpadea ante la brillante luz que reina en el lugar; el cuarto está lleno de velas. El señor Lawrence se adelanta y empieza a despejar el escritorio a toda prisa.

–No esperaba verla. Es decir –añade nervioso, frotándose la marca de la mejilla–, esperaba volver a verla, pero no creía que fuera a ser tan pronto.

–Yo tampoco –dice Dora–. Oh, por favor, no hace falta que ordene por mí.

El señor Lawrence se detiene con dos pequeñas y extrañas herramientas en las manos. Ella aprovecha ese momento para observar el cuarto, mientras se esfuerza por adaptar los ojos a la luz.

–Cuántas velas…

–Sí.

Él parece desaparecer dentro de sí mismo y Dora, instintivamente, lamenta sus palabras. Sonríe para distraerlo.

–Quería enseñarle mi cuaderno de dibujo. Anoche bajé al sótano, ¿sabe?

–¿Encontró algo?

Percibe esperanza tanto en la voz como en la expresión del señor Lawrence.

–Podría ser. Pero necesito su ayuda.

Dora oye ruido de pasos y murmullos ahogados tras ella. Vuelve su atención a la puerta, a las sombras distorsionadas que acechan tras los cristales, a las risas y susurros.

El señor Lawrence carraspea.

–Vayamos a dar un paseo.

El señor Lawrence la guía entre el bullicioso gentío que abarrota el mercado de Covent Garden y la retiene a su lado, muy cerca. Aunque es tomarse demasiadas libertades, a Dora no parece importarle. Después de todo, no conoce esta parte de Londres. El mercado es un torrente de ruido y

conmoción y a Dora le resultaría difícil encontrar, por no decir mantener, la orientación si fuera sola.

Pasan ante un vendedor de fruta, cubierto con un gorro sucio de polvo; un pescadero vende anguilas fritas y unos asquerosos bichos gelatinosos; al lado hay un panadero de rostro redondo y rojo, con el delantal salpicado de harina, que suda copiosamente a pesar del frío que hace esta mañana de enero. Luego están los vendedores ambulantes, las mujeres con cestas y las floristas, todos bregando por hacerse un sitio entre los pequeños puestos, las carretillas y los carros tirados por asnos. El olor a verdura se mezcla con el hedor casi dulzón del estiércol de caballo y la paja mojada, y cuando llegan a un vendedor de carne, Dora tiene que volver la cara porque, aunque el aire es helado, las moscas revolotean en torno a la cabeza de un cerdo. Una de ellas se cuela en una oreja que parece un zapato mojado puesto a secar al sol. En el mostrador se amontonan las piezas de carne rosada y reluciente, una imagen cruda de nervios y grasa. El rubicundo carnicero los mira cuando pasan ante él. Tiene una mancha de sangre en el delantal. El señor Lawrence la protege, la guía por King Street y desembocan en New.

–Lo siento –dice, ofreciéndole el brazo–, debería haber buscado una ruta más apropiada.

–No importa. –Dora se coge del brazo del señor Lawrence, fingiendo despreocupación, aunque aún tiene el estómago revuelto–. En realidad, es una revelación.

Y es cierto: nunca ha tenido que ir al mercado, pues siempre es Lottie quien se ocupa de eso. A pesar de lo mucho que le disgusta el ama de llaves, Dora descubre en su interior una pequeña chispa de respeto hacia ella.

Pasean juntos en silencio. Ella es media cabeza más alta que él. Dora lo mira con disimulo.

–¿No le importará al señor Fingle?

–¿Importarle?

–Que se haya ausentado.

Se produce un momento de silencio. Al señor Lawrence se le tensa un músculo de la mandíbula.

–No.

–Entiendo. –Otro silencio. Obviamente, se trata de un tema que al señor

Lawrence no le hace gracia–. ¿Quién es el señor Ashmole? –pregunta–.

Cuando el señor Fingle me ha saludado, pensaba que era él, pero…

Dora calla y esta vez el señor Lawrence no deja que se haga el silencio.

–El señor Ashmole es mi amigo. Él compró el taller de encuadernación hace unos años, cuando yo… –Se detiene, esquiva un tramo de hielo negro y ayuda a Dora a saltarlo–. Al igual que la tienda de usted, entonces no era lo que es ahora, aunque Cornelius lo restauró generosamente y mantuvo a Fingle en su puesto, ya que sabía cómo funcionaba el negocio y no era… –

El señor Lawrence parece que habla sin respirar, como si tuviera miedo de las palabras. Se muerde el labio inferior–. Perdóneme. –La mira con una débil sonrisa que a Dora le parece forzada–. La historia no es importante.

Pero ahora trabajo allí y puedo ir y venir a mi antojo. Podríamos decir que soy un terminador. Me ocupo del acabado de todas las encuadernaciones.

–¿Por eso tiene tantas velas?

–Sí –dice tras una vacilación–. Ayuda mucho.

Dora nota que hay algo que no le dice y ella no se atreve a indagar, así que deja de insistir. Siguen caminando.

–¿Adónde vamos? –pregunta cuando pasan uno detrás de otro por un pequeño callejón.

–A Leicester Fields –responde él con voz despreocupada, como la que adoptó cuando se conocieron. Cuando salen del callejón, el señor Lawrence vuelve a ofrecerle el brazo–. A menudo me siento allí para pensar.

Llegaremos enseguida.

Poco después el señor Lawrence entra en una plaza, con parterres de césped y anchos senderos llenos de bancos. En medio hay una estatua impresionante (Jorge I a caballo) y el señor Lawrence está a punto de cruzar las puertas de hierro cuando Dora tira de él.

–¡Eh, espere un momento!

El señor Lawrence se detiene educadamente y Dora se vuelve hacia un acebo que ha visto asomando entre los barrotes de una casa particular. La muchacha le tiende el cuaderno de dibujo.

Turbado, el señor Lawrence lo coge.

–Las bayas –dice Dora, mientras se ruboriza y saca un pañuelo del bolso de red–. Para Hermes. Me gusta hacerle regalos cuando puedo.

–¿No es suficiente regalo la carne humana?

–¡Oh, por favor, no me lo recuerde! –dice Dora. Se vuelve a mirarlo con

aire culpable, pero entonces ve la sonrisa del hombre y sonríe también–.

Anoche se dejó llevar por el pánico –explica, arrancando las pequeñas bayas de color rubí de la rama del árbol–. Espero que esto lo tranquilice.

–¿Pánico? –pregunta el señor Lawrence.

Dora dobla el pañuelo lleno de bayas; el algodón ya se ha teñido de un débil color rosado.

–Sí. Sentémonos y se lo explicaré.

El señor Lawrence la conduce a un banco de la plaza. La muchacha le hace un nudo al pañuelo y lo guarda con cuidado en el bolso. Aunque él espera a que termine, Dora nota su impaciencia en el aire que los envuelve, como si fuera el presagio de una tormenta en primavera. Respira hondo mientras recoge el cuaderno de dibujo.

–Como le dije, mi tío tiene la única llave del sótano. Pero conseguí que me hicieran un duplicado y anoche lo utilicé.

El señor Lawrence se endereza con el rostro iluminado.

–¿Y?

–Encontré varias cajas llenas de cerámica griega. Y también una vasija del mismo período. Creo que todo es auténtico. Pero –añade Dora, mirándolo– no lo sé con seguridad.

El señor Lawrence enarca las cejas.

–¿No lo sabe?

–No se sorprenda tanto, señor Lawrence. En la tienda, sé lo que es una falsificación porque conozco la clase de lugares en los que mi tío consigue la mercancía. Algunos de esos objetos incluso los crea él mismo. Pero yo solo era una niña cuando mis padres murieron. No soy una anticuaria y no puedo saber con seguridad si la vasija es auténtica. Usted, sin embargo…

El señor Lawrence muda la expresión y su entusiasmo desaparece.

–Señorita Blake, por el momento solo se me puede considerar un encuadernador y nada más.

–No lo creo –responde ella–. Usted entiende de esos temas, ciertamente más que yo. Reconoció al instante que las mercancías de la tienda de mi tío no eran auténticas. –Dora respira hondo–. Señor Lawrence, hay objetos en ese sótano que creo que tienen valor, y si es así, no entiendo por qué mi tío los tiene escondidos. No hay una razón lógica para ello. Pero usted podría decirme con seguridad si lo que guarda es auténtico o se trata tan solo de meras baratijas de mercachifles.

El señor Lawrence se queda mirando la plaza con expresión pensativa.

–Sí –suspira–, quizá. Pero he de confesar… señorita Blake, he sido estudiante de antigüedades, por decirlo de alguna manera, toda mi vida.

Tiene razón, puedo reconocer una falsificación, pero mi conocimiento de algunas cosas no es lo que yo desearía que fuera. No puedo garantizar la autenticidad de una pieza. Me temo que podría decepcionarla.

Dora, tras algún titubeo, le pone la mano enguantada en el brazo. Él se encoge y la mira como si fuera algo antinatural. Cuando está a punto de ablandarse, la joven aparta la mano y vuelve a apoyarla en su regazo.

–Entiéndame –dice amablemente, para que no sospeche lo mucho que confía en la disposición del hombre–, necesito terminar el dibujo de la vasija. Es la inspiración de mis futuros diseños. Señor, ¿puedo hablarle con claridad?

El señor Lawrence la mira. El labio le tiembla.

–¿No lo está haciendo ya?

Su voz tiene un tono alegre y Dora lo mira fijamente. El señor Lawrence carraspea como si creyera que a la muchacha se le está acabando la paciencia, pero en realidad ella está asombrada de lo inconstante que es.

Reservado y nervioso un momento, tentador y emocionado al siguiente.

–Por supuesto –dice él, ya con tono serio–. Por favor, continúe.

Dora extiende las manos sobre el cuaderno de dibujo.

–Señor Lawrence, mi principal objetivo es dibujar la vasija con todos sus detalles, para reproducir esas formas en mis joyas. No sé durante cuánto tiempo tendré acceso a la vasija: quién sabe qué estará haciendo mi tío con ella mientras usted y yo hablamos. Por lo que yo sé, ya podría habérsela quitado de encima. Así que necesito dibujarla todas las noches, después de que él y el ama de llaves se hayan ido a la cama. No tengo tiempo para mirar el resto de las cajas. Así que esto es lo que le propongo.

El señor Lawrence está medio vuelto en el banco. Su expresión es meditabunda, pero está absorto y Dora sabe que la escucha con atención.

–Mientras yo dibujo, usted puede revisar todo lo que mi tío tiene almacenado en el sótano y decirme si esconde algo auténtico. Y, por supuesto, podrá utilizar cualquier objeto que encuentre allí abajo, incluida la vasija, para su propia investigación. –Dora se toca el paladar con la punta de la lengua–. Entiendo que no sacará ningún provecho si los objetos no

tienen ningún valor, pero usted me pidió ayuda. Esto es lo que yo llamo una oferta.

El señor Lawrence se mordisquea la mejilla por dentro.

–Si descubro que los objetos son falsos, ¿qué hará con esa información?

Dora suspira. Un perro le ladra a una ardilla al otro lado de la plaza y tira de la correa con que lo sujeta su dueño. Antes de contestar, la joven ve al animal más pequeño salir corriendo y subirse a un árbol.

–Si los objetos son falsificaciones, no haré nada.

Una pausa.

–Perdóneme, señorita Blake, pero ¿por qué?

Dora trata de contener una risa amarga. No lo consigue y el joven la mira sorprendido.

–Porque, señor Lawrence, no puedo hacer nada. Dependo completamente de la generosidad de mi tío. Si lo denunciara, arriesgaría mi medio de vida tanto como el suyo, y hasta que no tenga recursos para librarme de él, he de guardar silencio. Puede –prosigue– que mi tío guarde allí esos objetos simplemente porque no está listo para colocarlos en la tienda. Al menos, si puede confirmar que son falsificaciones, yo lo sabré para mi propia paz espiritual. Pero… –Dora calla y se frota el puente de la nariz–. No puedo dejar de pensar que hay algo más. Últimamente se ha estado comportando de forma extraña.

El señor Lawrence respira despacio.

–¿Y si son auténticos?

–Yo…

Dora aprieta el cuaderno con los dedos. Desde que la tienda está bajo su jurisdicción, Hezekiah no ha vendido ni un solo artículo legítimo, aparte de los que había en el establecimiento cuando lo heredó. Y si ha vendido alguno, desde luego ella no se ha percatado. Si la vasija es auténtica, ¿por qué la tiene él?

Quizá haya una explicación inocente. Más aún, es posible que esté intentando restaurar la tienda, como ella siempre había esperado. Pero no…

¿acaso no había insinuado que iba a venderla? Dora está tan concentrada en el problema que cuando el señor Lawrence vuelve a hablar, tiene que pedirle que repita sus palabras.

–¿Y si ya los está vendiendo?

Dora frunce el entrecejo.

–¿Qué quiere decir?

El señor Lawrence se ajusta el pañuelo que lleva al cuello.

–Si los objetos son auténticos –dice con cautela, como si temiera pronunciar esas palabras–, entonces, basándonos en su actual comportamiento, es posible que esté vendiéndolos ya en el mercado negro.

Durante un terrible momento, las palabras flotan entre ellos y a Dora se le encoge el estómago al pensar en esa posibilidad. No, no, eso ni siquiera se le había ocurrido. Se siente completamente estúpida por haber sido tan ingenua. Una cosa son las falsificaciones. Son ilegales, es cierto, pero inofensivas para quienes no se preocupan por esas cosas. Pero si Hezekiah ha estado vendiendo de contrabando todo este tiempo, y nada menos que desde la tienda… eso cambia las cosas.

Para él.

Para ella.

Dora se lleva la mano al cuello. Casi siente la cuerda apretándoselo. Se vuelve hacia el señor Lawrence, que la mira con aire compasivo.

–Señorita Blake, ¿se encuentra bien?

A Dora le faltan las palabras. Quiere llorar, decirle al señor Lawrence que su tío jamás osaría hacer algo así (¿por qué iba a arriesgarse tanto?), pero ahora que la idea se le ha metido en la cabeza, no puede negarla.

–Puede que no haya nada por lo que preocuparse –dice el señor Lawrence rápidamente–. Seguro que estoy equivocado. Pero para estar seguro tengo que verlo en persona.

–¿Vendrá entonces?

Dora no puede evitar el miedo que late en sus palabras. Se ha acercado a él con esperanza, pensando solo en sus diseños de joyas, su medio de escapar. Y ahora… ahora, parece que nada menos que su vida podría depender de lo que el señor Lawrence pueda decir. Si Hezekiah está traficando con mercancías robadas y lo descubren, Dora se enfrentará con él a la horca, porque ¿quién iba a creer que ella no sabía nada de esas transacciones cuando la habían visto vendiendo falsificaciones en la tienda durante años?

–Sí –responde amablemente–. Iré.

–¿Vendrá esta noche?

–Esta noche.

–Gracias.

Él le sonríe. Dora se fija en que tiene los ojos grises.

–¿Podría… podría ver sus dibujos, señorita Blake?

–Por supuesto.

Al menos es una distracción. Con dedos temblorosos, Dora abre el cuaderno y busca los primeros dibujos de la vasija.

–Mire –dice, intentando ser estoica–. Es una representación escénica del mito de Pandora. Este –explica, mientras recorre con el dedo el dibujo de Zeus y Prometeo– describe cómo el hombre recibió el regalo del fuego. –

Señala otro boceto, un poco más abajo–. Y aquí hay un bosquejo rápido de la vasija. Me llega hasta los hombros. ¿Cree que podría datarlo?

Tienen los dos la cabeza inclinada sobre el cuaderno. Dora oye su respiración regular, huele el denso aroma a cuero que desprenden sus ropas.

–Sus dibujos… son extraordinarios. –El hombre levanta la cabeza.

Tienen el rostro tan cerca que casi se rozan la nariz–. Tiene usted un don. Si viera los míos… –añade, torciendo ligeramente los labios–. Bueno, los míos no son nada en comparación.

–Gracias, señor Lawrence.

–De nada, señorita Blake.

Durante un momento no dicen nada, solo se miran, hasta que el señor Lawrence parece recomponerse y Dora desvía la mirada ruborizándose. Se levantan del banco a la vez. El aire frío que pasa entre ellos es como un nuevo aliento.

–¿Y Hermes? –pregunta él de repente.

El cambio en el tema de conversación hace parpadear a Dora.

–¿Qué quiere saber?

–Dijo usted que había sufrido un ataque de pánico.

Dora vacila.

–Fue muy extraño, totalmente inusual en él. En cuanto puse la llave en la cerradura pareció inquieto, agitado. Y cuando empecé a examinar la vasija… –Ahora que lo piensa, aún no comprende a qué se debió ese cambio en el comportamiento del pájaro. Sacude la cabeza–. Bueno, salió volando del sótano, como si lo persiguiera un gato. Pero cuando volví a mi cuarto, allí estaba, profundamente dormido.

–Qué extraño.

–Sí que lo fue, mucho.

–¿Y dónde está ahora la llave?

–En mi escritorio.

–¿Está segura de que allí está a salvo?

Dora asiente.

–Mi tío no ha puesto el pie en mi dormitorio desde que tengo memoria.

–Aun así –dice el señor Lawrence, pasándose el dedo pulgar por la costra que se le ha formado en la mano, donde Hermes le dio un picotazo–. De todas formas, yo estaría en guardia.

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