El secreto de Pandora
Capítulo veintitrés
Tras recoger los diseños, el señor Clements le aseguró a Dora –con voz gruñona y a la vez de disculpa– que recibiría una parte del dinero de lady Latimer.
–Es posible –dijo cuando Dora cerraba ya el cuaderno– que me haya precipitado al dar mi opinión. Es posible que…
Sin embargo, no había terminado la frase. Había parpadeado como un búho tras sus gafas y en las mejillas se le habían formado unos cercos rosados. Dora se había disculpado amablemente y había prometido visitarlo la semana siguiente. Con ver la humillación del señor Clements ya había tenido suficiente, no era necesario prolongar más su turbación: ya había conseguido lo que quería. Después de todo, pensaba Dora, cuya euforia se fue evaporando con cada paso que daba en las enlodadas calles mientras volvía a casa, tenía otros asuntos por los que preocuparse.
Ahora, en la tienda, mira uno de los relojes de mesa de las estanterías y se muerde el labio superior. La una menos cuarto.
No le ha mencionado la visita de lady Latimer a su tío. ¿Cómo va a contárselo sin admitir el hecho de que ha estado fisgoneando en el sótano todas las noches de las últimas dos semanas? ¿Y de qué conoce la existencia del pithos y de todo lo demás? Nunca le ha tenido miedo a su tío, pero su furia, siempre pronta a saltar, es un grave problema. Sobre todo ahora que ha empezado a desahogarla a puñetazos, piensa Dora acordándose de Lottie.
La noche anterior le había hablado a Edward de la inminente visita de lady Latimer. En aquellos momentos ella estaba dibujando los detalles de la fragua de Hefesto, mientras él anotaba las medidas de un leckythos con figuras en rojo. Cuando él le expresó la satisfacción que le producía aquella noticia (y, al principio, ella estaba convencida de haber visto una sombra de alivio en su rostro), Dora le confesó entre susurros que temía la posible reacción de Hezekiah.
Edward dejó de tomar notas y pareció vacilar antes de decir:
–Cuéntale la verdad.
–¿Que lo atiborré de ginebra, le quité la llave del cuello, hice un duplicado y lo dejé sumido en el sopor alcohólico? –preguntó. Edward, sin embargo, no respondió, como si le faltaran las palabras–. Entiendes mi dilema, ¿verdad? ¡Fue un robo! Conspiré contra él.
Edward vaciló de nuevo.
–Si se enfrenta a ti, tienes todo el derecho a enfrentarte a él.
–¿Y qué le digo, Edward?
–Esa sería la oportunidad perfecta para preguntarle claramente si su comercio es legal. Recuerda, Dora, que aún podría haber una buena explicación para todo esto.
Dora negó con la cabeza, suspirando. Sabía muy bien que la esperanza que albergaba Edward era inútil.
–Mentirá.
–Entonces pídele que abra la caja fuerte y lo demuestre.
–No lo hará. –Dora se mordió el labio inferior–. Pero ¿te das cuenta de que cuando Hezekiah sepa que he estado aquí abajo se acabarán tus visitas?
Edward sonrió por toda respuesta, pero ella no le encontró la gracia.
–Ya nos preocuparemos por eso cuando llegue el momento. Si llega.
Dora oye en ese momento un crujido en los peldaños del sótano. Mira desde el mostrador de la tienda en el preciso instante en que Hezekiah sale por las amplias puertas. Está pálido, con el rostro congestionado, y Dora, llena de inquietud, lo ve acercarse cojeando.
–Dora, voy a descansar. No te muevas de aquí hasta que te lo diga.
Se limpia el rostro con un pañuelo de raso y luego se lo pasa por el carnoso pliegue que le sobresale como pan cocido por encima del corbatón.
Antes de que lo guarde en el bolsillo de la bata, Dora se fija en las manchas de humedad.
–Pero, tío –dice Dora, al tiempo que coge aire–, tiene usted una visita.
Hezekiah la mira parpadeando.
–¿Una visita?
–Sí… –En ese momento se detiene un carruaje negro delante de la tienda.
Dora se endereza tras el mostrador. Las manos le empiezan a sudar–. Ahí está.
–¿Quién? –pregunta, girando sobre la pierna buena.
Se quedan mirando al lacayo que ayuda a la mujer a bajar del coche y a
Hezekiah se le descuelga la mandíbula inferior cuando ve el escudo de armas de la portezuela. Un escudo que simboliza lo más preciado que hay en este mundo para Hezekiah: el dinero.
–Dora. –La voz de Hezekiah se ha vuelto tensa, parece estirarse por encima de su lengua como una mordaza–. ¿Qué has hecho?
Pero la puerta se abre ya, la campanilla ha sonado y Dora no tiene tiempo de responder.
–Bazar de Hezekiah Blake de Antigüedades Exóticas –anuncia lady Latimer con una voz portentosa que no deja traslucir su edad.
El lacayo (Horatio, si Dora no recuerda mal) cierra la puerta cuando pasan. Lady Latimer lleva un vestido verde de seda fruncida; las faldas se arrastran sobre las baldosas del suelo y Dora parpadea al ver el polvo que se levanta y ensucia el dobladillo de las enaguas blancas y almidonadas.
–¡Qué nombre tan imponente! Y usted –dice la mujer en tono altivo, al tiempo que posa una penetrante mirada en Hezekiah– debe de ser el señor Blake, supongo.
–Sssí. ¡Sí! –repite el interpelado, recuperándose.
Hacía muchos años que el Bazar de Blake no recibía clientes de tanta categoría.
–¿En qué puedo servirla, señora? –pregunta Hezekiah utilizando de nuevo esa voz afectada y esa hipocresía engolada que Dora aborrece–.
Acabo de recibir la figurita de un pastor de Chelsea, de lo más exquisita. –
Mira a Horatio, se fija en su boquita de piñón, en su complexión casi femenina embutida en una espléndida librea cuyo color hace juego con el vestido de su señora–. Se parece a este acompañante suyo. Muy, en fin, elegante. Una pieza perfecta para su colección.
Pero lady Latimer levanta una mano enguantada y atraviesa a Hezekiah con una mirada feroz.
–¿Cómo se atreve, señor? ¿Está dando a entender que he elegido a este acompañante como quien comete una frivolidad? ¿Que lo colecciono por simple ostentación, como si fuera una de las baratijas que tiene usted aquí?
Dora se fija en los hermosos rasgos de Horatio, pero no aprecia en ellos ni ofensa ni diversión. El hombre inclina la cabeza, como si asintiera.
Hezekiah cierra la boca. Lady Latimer sacude la barbilla y la pluma de avestruz se balancea en la pamela.
–No estoy interesada en pastores. Estoy interesada en su surtido griego. –
Lady Latimer mira a Dora–. Buenas tardes, querida –dice en un tono más suave.
Hezekiah mira a su sobrina tan fijamente que Dora teme que le vayan a salir ampollas en la piel.
–Buenas tardes, señora. –Dora fuerza una sonrisa tan tensa que le duelen las mejillas–. Tío, le presento a lady Latimer. Nos conocimos ayer en el establecimiento del señor Clements, el joyero. Lo recuerda, ¿verdad? Un amigo de mi madre. Ha adquirido uno de mis diseños de joyas. Lady Latimer lo ha comprado.
A pesar de la aprensión que le oprime el pecho, el júbilo del día anterior vuelve a burbujearle por dentro y es como un bálsamo para sus nervios desquiciados.
–Ya veo –responde Hezekiah midiendo las palabras. Lanza a Dora una mirada larga y penetrante antes de volverse hacia la anciana–. ¿Y qué puedo hacer por usted, ejem, lady Latimer?
–Su surtido griego, como he dicho. Tiene usted una vasija.
Hezekiah se pone rígido.
–¿Una vasija?
–Sí, señor Blake, una vasija. De gran tamaño.
Lady Latimer es el vivo retrato de la paciencia fingida. Dora mira fijamente a su tío. Teme y al mismo tiempo desea ver cómo va a reaccionar, qué va a decir. Se aferra con los dedos al mostrador y siente en las yemas el arañazo de la rugosa madera sin pulir.
Hezekiah quiere echarse a reír, pero apenas le sale un gemido.
–No tengo vasijas griegas en la tienda.
Lady Latimer sacude la cabeza.
–Pues claro que sí. Me lo dijo esta joven.
Hezekiah se pone rígido. Luego, lentamente, deja de mirar a lady Latimer para mirar a Dora. La joven traga saliva.
–Ah, ¿sí? –dice Hezekiah.
Mira a Dora como un pescador mira el mar, en busca de una reacción, pero la joven contiene la respiración y se las arregla para mantener la compostura. Por extraño que parezca, sus aguas están totalmente en calma.
–Naturalmente que sí –dice lady Latimer con firmeza–, y no voy a llevarme una decepción, señor Blake, porque no estoy acostumbrada a que se me niegue nada. –La mujer da un paso adelante y las tablas del suelo
crujen bajo su peso–. El sábado por la tarde voy a celebrar mi velada anual de invierno. Es uno de los grandes acontecimientos de la temporada londinense, ¿entiende lo que le digo? Cada año tiene un tema y este año he elegido Misterios Exóticos, pero he sufrido lo indecible buscando una pieza central para la decoración. –La mujer señala a Dora con la barbilla–. Su sobrina ha sido mi salvación. Dice que el diseño del collar que he encargado está inspirado en una vasija de gran tamaño. La quiero. –Hezekiah abre la boca para responder, pero lo que lady Latimer dice a continuación lo deja sin palabras–: Estoy dispuesta a pagar una elevada suma de dinero, por supuesto.
Hezekiah vacila y se rasca la cicatriz. Al parecer, la insubordinación de su sobrina ha quedado temporalmente olvidada. Dora casi ve el cerebro de su tío dándole vueltas a la idea, calculando números, billetes, monedas, pensando en todas las cosas que podrá comprar. Pero entonces, como si descubriera el secreto de un truco de magia, el rostro de Hezekiah se despeja.
–Tiene usted razón. Poseo una vasija griega. Pero yo quería decir, señora, que no está en venta. –Hezekiah carraspea–. Sin embargo, podría dejársela en préstamo, faltaría más.
A Dora le da un vuelco el corazón. Percibe el engaño en la voz de su tío, ve la oscura luz que aparece en sus ojos cada vez que pronuncia una mentira. Si Hezekiah no ha reaccionado ante la oportunidad de hacer una venta rápida, debe de ser porque no la considera apropiada. Así que Dora estaba en lo cierto y las esperanzas de Edward son vanas.
–En préstamo. –La anciana frunce los labios y, en torno a su boca, la piel se le arruga como fruta seca–. Muy bien –dice lady Latimer–. Puesto que solo lo necesito para la velada, acepto. Le ofrezco cien libras.
Dora abre unos ojos como platos. Es una gran cantidad para tenerla una sola noche. Pero Hezekiah no acepta de inmediato.
–Por esa cantidad, señora, no la alquilaría ni durante una hora.
Lady Latimer se está poniendo los guantes, pero se detiene.
–¿Qué ha dicho?
El lacayo mira a Dora de reojo y la joven desvía la mirada.
Hezekiah avanza lo mejor que puede, apoyándose en la pierna sana.
–Debe entender, señora, que esa vasija es muy antigua. Es extremadamente valiosa, muy delicada. Solo el coste de transportarla
sería… –Calla, chasquea la lengua como si fuera el típico comerciante–. En fin, señora, sería muy caro. Se necesitarían buenas manos, hombres de confianza, para hacer el trabajo. En cuanto a la vasija propiamente dicha,
¿qué ocurriría si durante su velada resultara dañada? Ya tengo un posible comprador… ¿qué iba a decirle entonces? No, desde luego. Cien libras ni siquiera se acerca a su precio.
–Muy bien, señor Blake. ¿Qué precio sería suficiente?
Hezekiah ríe por lo bajo con la mueca astuta del embaucador.
–No la dejaría salir de aquí por menos de quinientas libras.
Lady Latimer parpadea.
–¿Quinientas?
Dora observa la negociación con profunda inquietud. No se engaña. Sabe que Hezekiah ha sugerido deliberadamente un precio exorbitante. Una vez le dijo que pidiera el doble de lo que esperase obtener para que el comprador tuviera la sensación de conseguir un precio más bajo que, de todos modos, seguiría estando muy por encima del valor real del objeto.
Toma, daca y contraataca.
–Doscientas –ofrece la mujer.
–Trescientas.
–Doscientas cincuenta.
Hezekiah frunce el entrecejo.
–Trescientas es mi oferta final, señora. Me resulta imposible dejársela por menos. Tiene un valor histórico, ¿entiende?
Dora observa a lady Latimer. Le tiemblan los labios. Horatio se vuelve hacia el armario de las baratijas.
–Es usted duro regateando, señor Blake. De acuerdo, trescientas libras.
Pero espero que me la lleven a casa el viernes. Sé que eso significa que estará conmigo una noche más, pero le prometo que, aparte de ponerle algunos adornos, no la tocará nadie. Si lo desea, su sobrina podría ir con la vasija para comprobar que se transporta con seguridad. ¿Le parece aceptable?
Dora no puede descifrar la expresión del rostro de su tío. Percibe una mirada calculadora en sus ojos, sí, pero también algo más, algo que la pone muy nerviosa.
–Acepto sus condiciones, señora.
–¡Excelente! –Lady Latimer junta las palmas y ríe con desenfado, como
si ya se le hubiera olvidado el tropiezo anterior–. Bien, bien, quiero ver la vasija. Voy a pagar una indecente cantidad de dinero por algo que no va a ser mío. Lo justo sería que lo viera ahora, antes de firmar el contrato.
Hezekiah hace una reverencia.
–Por supuesto.
El lacayo da un paso al frente y lady Latimer se coge de su brazo y lo aprieta contra su cuerpo, mientras Hezekiah saca la cadena de la llave que lleva al cuello. Mira a Dora brevemente, como para recordarle que solo hay una llave. O, al menos, eso es lo que él cree.
Cuando Hezekiah abre las puertas del sótano y, cojeando, acompaña a lady Latimer y a su criado por la estrecha escalera, Dora siente un doloroso palpitar en la caja torácica.
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