El secreto de Pandora
Capítulo treinta y nueve
Edward encuentra una carta en su alojamiento, reexpedida desde el taller de encuadernación con la letra rígida e insegura de Tobias Fingle. Al verla, se da cuenta de que lleva días sin ir al trabajo. ¿Tenía mucho que hacer? Evoca su pequeño despacho lleno de velas, la mesa lateral que utiliza para amontonar los libros que tiene que terminar, y por primera vez en su vida, se siente culpable de sus ausencias.
Los últimos días han sido una revelación. Tantas almas de esta ciudad han sufrido y siguen sufriendo de un modo que ni siquiera se atreve a imaginar. Piensa en Dora, en los hermanos Coombe, en Jonas Tibb, en los basureros nocturnos que arrojan excrementos al río, noche tras noche y día tras día. Piensa en el niño que vio desde el carruaje la noche de la fiesta, en el hombre desnudo de esa misma mañana. Edward es incómodamente consciente de las libertades de que ha disfrutado (y la razón de que haya sido así es su amistad con Cornelius). A decir verdad, su tormento acabó hace tiempo, de hecho hace años. No hay motivos para estar satisfecho ni para estar resentido. Ya no. Y el trabajo que se ha ido acumulando…
Encargos que ha dejado sin terminar. No es de extrañar que los empleados del taller de encuadernación lo desprecien.
Antes de abrir la carta (una misiva de Gough, al parecer, porque lleva el sello de la Sociedad), Edward escribe a Fingle y le promete que estará en el taller al día siguiente. Después de todo, Dora no tiene ningún deseo de verlo, lo ha dejado perfectamente claro. No importa cuáles sean sus planes futuros, no importa lo que vaya a ocurrir entre Dora y él, tiene encargos que cumplir. Un día o dos sin verse les vendrá bien a los dos.
Echa arena en la tinta antes de sellar la carta. Luego rompe el lacre de la carta de Gough. Mientras lee esboza una sonrisa irónica.
Los científicos de Gough han confirmado todo lo que Hamilton ya le contó. El pithos procede del sur de Grecia y tiene señales que apuntan al Peloponeso. Aunque no se puede tomar como una prueba infalible (Gough
advierte que la ciencia no ha progresado tanto como para eso), es una buena indicación. ¿Podría Edward tener la bondad de ir a verlo lo antes posible?
Si las cosas se hubieran desarrollado de otro modo, Edward ya estaría buscando el redingote que prácticamente acaba de quitarse. Pero ahora tiene asuntos más importantes que atender: su solicitud de ingreso en la Sociedad ha perdido importancia después de todo lo que ha visto y hecho estas últimas horas. Así que se acerca a la palangana y se toma el tiempo necesario para quitarse de la piel el hedor y el recuerdo de los muelles de Londres.
Sir William conduce a Edward a una habitación del fondo de la casa que, según le explica, está usando como despacho hasta que lady Hamilton decida redecorarla. Edward se sienta en un profundo sillón de cuero y mira a su alrededor.
Hamilton no ha escatimado el espacio. La pérdida de la mitad de su colección en el Colossus no parece haber hecho mella en la colección en general. Con una habitación de la casa transformada en pequeño museo, y esta otra en la que se exhiben varias de las piezas favoritas del diplomático (le señala una vasija muy parecida a la de Portland que vendió varios años antes, según él su mayor error), no puede negarse que ha sido un gran coleccionista durante media vida.
–La cerámica griega nunca ha sido mi preferida, ¿sabe? –dice Edward, aceptando sin vacilación el brandi que sir William le ofrece por encima del escritorio cubierto de cuero.
Aunque ya ha limpiado su cuerpo, sigue dando vueltas en la mente a lo que ha visto. Si bien el reloj acaba de dar la una, Edward no tiene reparos en beber algo bastante más fuerte que el té.
–¿No? –dice Hamilton, sentándose delante–. ¿Cuál es entonces?
–En realidad, ninguna en concreto. Leí demasiado cuando era más joven, todo lo que caía en mis manos. Lo que me emocionaba era la idea de entender el pasado a través de los objetos que se han conservado. Y aún me emociona.
Sir William sonríe.
–Tiene el corazón de un auténtico anticuario, señor Lawrence. Mi amor por las antigüedades se centra sobre todo en las de origen mediterráneo.
Encuentro fascinantes los mitos y misterios de esa región.
La conversación se ha desviado demasiado pronto del motivo de la presencia de Edward en la casa. Piensa en el calificativo de Tibb («maldita») y toma un largo sorbo de brandi para reducir el nerviosismo.
Nota la fuerza abrasadora con que el líquido le baja por la garganta y levanta la mano para calmar un acceso de tos.
Hamilton ríe por lo bajo.
–Mil seiscientos cuarenta y nueve. Un gran año. –Levanta su copa–.
¿Sabía que los antiguos griegos usaban el brandi como antiséptico y también como anestésico? Algunos alquimistas árabes de los siglos vii y viii destilaban experimentalmente uvas y otras frutas para crear brebajes medicinales.
–No lo sabía –dice Edward con voz estrangulada. Le lloran los ojos.
–Pues ya sabe algo más de historia. Pero usted no ha venido para oír hablar de brebajes destilados. –Sir William adopta una expresión seria–.
¿Qué ha descubierto?
Durante unos minutos, Edward cuenta los acontecimientos de la noche anterior y de esa mañana: la muerte de Hermes, el descubrimiento de los cadáveres de los hermanos Coombe, los papeles que ha encontrado en la estufa, la misiva con la clave cifrada que lo ha conducido a Puddle Dock.
Le cuenta la conversación con Jonas Tibb con todo el detalle posible, y Hamilton escucha en silencio todo el rato, apretándose la curva de los labios con sus largos dedos. Cuando Edward termina de hablar, sir William frunce el entrecejo y toma un largo trago de su copa.
–Pero ese Tibb, ¿no dijo nada del lugar en que los Coombe recogieron el cargamento cuando llegaron a Londres?
–No, pero como encontré muchas piezas en el sótano de la tienda…
Sir William sacude la cabeza.
–La tienda es sin duda alguna el lugar en el que se han ido amontonando estas piezas. Hezekiah debe de haber estado vendiéndolas en alguna otra parte; no se arriesgaría a hacerlo en su propia casa. ¿No ha oído decir que nunca hay que tirar piedras contra el propio tejado?
Edward asiente con la cabeza.
–Pues ya lo ve. ¿Y está seguro de que Tibb no dijo nada más?
–Me temo que no. Como afirmó categóricamente, le pagaban por no hacer preguntas.
–¿Y cree que se puede confiar en él?
–Yo diría que sí. Parecía un hombre simple. –Hamilton enarca las cejas–.
Quiero decir que parece de necesidades sencillas. Debería haber visto el lugar –añade Edward–. No quería problemas. El oficio que tiene, por desagradable que nos parezca, es indispensable, eso seguro, pero imagino que ganará lo justo para vivir. El dinero que Hezekiah le daba suponía un gran estímulo para él.
Y entonces se le ocurre algo. Si se castigaba a Hezekiah, el bolsillo de Tibb no tardaría en quedar vacío, y eso sería culpa suya.
–Entonces estamos en un punto muerto –dice sir William–. Si no descubrimos dónde vende Hezekiah ilegalmente, o encontramos testigos de sus delitos, tendremos que esforzarnos para demostrar que ha habido juego sucio por su parte. Es una pena que los papeles que encontró no sirvan de nada. Lo poco que se puede distinguir en ellos no prueba nada sin el contexto. Es imposible interpretarlos. –Hamilton se pasa la lengua por los dientes–. Lo que daría por meter a Hezekiah en prisión. Siempre ha sido un canalla muy astuto.
Ambos toman otro trago. Esta vez el brandi entra con más facilidad.
–Tibb aseguró –dice Edward con algún titubeo– que Coombe estaba convencido de que el pithos estaba maldito.
Sir William le lanza una mirada distante por encima del borde de la copa.
–El coleccionismo de antigüedades consiste en encontrar indicios físicos del pasado. Y esto puede resumirse en la divisa adoptada por sir Richard Hoare: hablamos de hechos, no de teorías.
–Ese caballero habla como Gough –dice Edward.
Hamilton inclina la cabeza.
–Muchos comparten su punto de vista. No hace ningún bien perder el tiempo con esas cosas cuando los hechos están claros. Nosotros, como seres humanos, nos dividimos invariablemente en dos clases: los que creen en la magia y los que no. ¿Puede un objeto tener poder sobre el hombre? ¿O es solo coincidencia que ocurran cosas malas alrededor de ese objeto?
–Personalmente, creo que la línea que separa la casualidad del destino es muy delgada –dice Edward con tozudez.
Sir William se retrepa en su sillón.
–Por favor, señor Lawrence, no haga que mengüe la alta estima en que lo tengo.
–¿No acaba de decir que encuentra fascinante el mito y el misterio?
–Sí, pero me refiero solo a la idea, nada más. La realidad está a menudo enraizada en el mito. Helen, la madre de Dora, no creía en el mito de la Caja de Pandora, pero eso no significaba que la caja no existiera en una forma u otra, que es lo que se empeñó en demostrar. –Hamilton parece ver en el rostro de Edward una frustración creciente y le dirige una amable sonrisa–. El tal Coombe creía que el pithos estaba maldito. Yo no. El pithos no causó el naufragio. Lo hizo el mal tiempo. Tampoco causó el derrumbe de la excavación, hace años. Fue Hezekiah. Y este no estaba gobernado por una antigua pieza de arcilla, sino por la avaricia pura y dura.
Edward se queda en silencio.
–En casa de lady Latimer dijo que siempre había sabido que Hezekiah era un tramposo. Y ahora acaba de decir que era astuto. ¿A qué se refiere?
Sir William gira su copa casi vacía.
–¿Recuerda lo que dijo Dora anoche? Que sus padres y Hezekiah discutían mucho los días previos a su muerte. Constantemente, dijo, y tenía razón. Yo los oí en su tienda. –Hamilton se llena la copa y le ofrece la licorera a Edward, que declina la invitación–. Hezekiah estaba con el grupo cuando conocí a Elijah y a Helen en Nápoles. Me cayó antipático nada más verlo, pero lo soporté porque iba con ellos. Tengo entendido que Hezekiah vendió en su nombre algunas de las piezas más grandes y valiosas que encontraron, y le permitieron dirigir la tienda en nombre de Elijah cuando Helen y él estaban trabajando en el extranjero. No conozco todos los detalles. Sospecho que el orgullo hacía que Elijah no quisiera hablar mucho de la situación, pero Helen era un poco más abierta. Durante un tiempo sospechó que Hezekiah había estado vendiendo ilegalmente algunas de sus piezas. Las discusiones a que se refería Dora tenían que ver con el pithos.
Hezekiah sabía que conseguirían más dinero vendiéndolo ilegalmente que si lo vendían por procedimientos legales. Verá, durante siglos, el contrabando de mercancías ha supuesto una alternativa barata a las importaciones caras.
Los impuestos sobre las mercancías importadas las encarecen sobremanera.
Pero las mercancías ilegales, de contrabando, suponen una solución al problema. El brandi –dijo sir William al tiempo que alzaba su copa–, el tabaco y el té se convirtieron en artículos populares en un mercado negro en
alza. Y también, como ya sabemos, las antigüedades. Tanto el gobierno como la Compañía de las Indias Orientales están muy preocupados por la pérdida de dinero que supone el contrabando. Han calculado que durante los últimos cuarenta años se han pasado de contrabando un millón y medio de kilos de té al año, tres veces la cantidad que se vende legalmente. Si los atrapan… –Hamilton sacude la cabeza–. El apellido Blake estaba en peligro. Estar relacionado con algo así, aunque Elijah y Helen no fueran responsables de forma directa, podía significar la pena de muerte. No había dudas sobre eso. Así que puede entender por qué Elijah estaba furioso. La noche anterior a su fallecimiento, Elijah y Helen ordenaron a Hezekiah que se volviera a casa. –El diplomático mira a Edward con seriedad–. Como expliqué anoche, señor Lawrence, creo que Hezekiah Blake mató a los padres de Dora. Y estoy seguro de que también tenía intención de matar a Dora.
Edward apura el resto de su brandi y deja la copa cuidadosamente en el escritorio, delante de él.
–Bien, aquí hay algo que no entiendo –dice Edward, adoptando la misma expresión seria de sir William–. Si usted sabía que Hezekiah los había matado, ¿por qué no lo denunció en aquel momento?
Una expresión de dolor cruza las facciones de Hamilton. Deja también la copa y suspira.
–Temía que me preguntara usted eso. Pero, por favor, le suplico que no me juzgue con mucha dureza. Ya me juzgo yo bastante. Estoy profundamente avergonzado.
–¿Señor?
El diplomático se retrepa pesadamente en su sillón.
–Cuando anoche dije que no tenía pruebas, era cierto, por supuesto.
Habría sido la palabra de Hezekiah contra la mía. Pero Hezekiah Blake no es tonto y ciertamente tampoco cree que yo lo sea, por desgracia. Dora y él se hospedaron en un hotel que yo les busqué cuando se cerró la excavación.
La visité cada día, traté de ofrecerle consuelo, le di el camafeo que había llevado Helen. Por Dios, la pobre había cambiado casi de la noche a la mañana. Había sido una niña alegre, pero sufría mucho, lo cual es comprensible. Se volvió tan silenciosa, tan retraída… Dora se aferró a aquel camafeo como si fuera una tabla de salvación.
Sir William sacude la cabeza mientras recuerda. Edward siente una
opresión en el pecho. Ha visto a Dora llevar el camafeo a menudo, pero nunca se le ha ocurrido pensar en el significado que tiene.
–Debió de ser horrible para ella.
–Sí. –Hamilton vacila–. Anoche percibí cierta hostilidad entre usted y Dora –añade, y Edward hace una mueca, sintiendo el aumento de su culpa.
–Durante la velada de lady Latimer descubrió que yo había estado escribiendo sobre la tienda, sobre el comercio ilegal de su tío. Traté de explicarle que no había mencionado nombres, pero no quiso escucharme.
Le escribí una carta ayer por la mañana, pero no dio signos de haberla recibido. Así que, cuando volvimos a vernos…
–Entiendo. –Sir William curva los labios para esbozar una sonrisa irónica–. No puede culparla por su furia. –Edward no tiene ninguna excusa que pueda sonar aceptable–. Dele tiempo –añade amablemente Hamilton–.
La verdad siempre sale a la luz. De una forma u otra.
Edward se dispone a apurar su copa, pero cuando se la lleva a los labios se da cuenta de que ya está vacía y la deja sobre el escritorio de sir William con más fuerza de la pretendida. Intenta esbozar una sonrisa e indica al diplomático que prosiga.
–¿Dijo que Hezekiah no lo tenía por tonto?
Hamilton carraspea.
–En efecto. Le pregunté cuáles eran sus planes. Le hice algunas preguntas no muy sutiles.
–¿Por ejemplo?
–¿Cómo escapó? –dice Hamilton abriendo las manos–. ¿Por qué no estaba su ropa sucia? ¿Por qué su herida parece un corte limpio? Sus respuestas fueron insatisfactorias y vagas. Obviamente, Hezekiah sabía que yo sospechaba de él, aunque nunca lo expresé abiertamente. Es más, lo que me dijo a continuación lo dejó muy claro.
–¿Y qué fue?
Sir William se pasa una mano por la mandíbula.
–Como ya sabe, he coleccionado un gran número de piezas de calidad a lo largo de los años. Muchas de ellas las vendí a otros compradores de ultramar. Sin embargo, hay leyes estrictas que prohíben la exportación de antigüedades en el reino de Nápoles. Pensé que, dado que yo tenía una estrecha relación con el rey, tal vez este hiciera una excepción conmigo.
Pero rechazó mi petición. –Hamilton se sorbe la nariz–. Me temo que a
pesar de todo, lo hice. Mis tratos eran muy discretos, así que no sé cómo se enteró Hezekiah. Pero supongo que un granuja siempre reconoce a otro,
¿verdad?
Edward mira atónito al diplomático.
–¿Usted hizo contrabando?
Sir William levanta un dedo y lanza a Edward una mirada penetrante.
–No. No. Rechazo esa acusación enérgicamente. Para empezar, los objetos eran míos. El dinero cambió de manos legalmente. Una gran parte de lo que coleccioné lo doné al Museo Británico. Me aseguré de que las mejores antigüedades mediterráneas llegaran a nuestras costas para ser celebradas y admiradas. Se las di al pueblo. Fue egoísta por parte del rey negar esa cultura al mundo. –Hamilton baja el dedo y hace una mueca–.
Solo lamento la forma en que lo hice. Exportar antigüedades en Italia es un delito capital. Es ilegal. Yo soy o, mejor dicho, era el embajador británico en la Corte de Nápoles, y aquí en Inglaterra soy un miembro muy respetado de la nobleza. Supongo, señor Lawrence, que no es necesario que diga lo que habría significado para mí que Hezekiah hubiera hecho lo que insinuó, de manera más o menos delicada, que se disponía a hacer: notificarlo a las autoridades.
Edward parpadea.
–Entonces, ¿lo amenazó?
–No con tantas palabras, pero sí.
Los dos hombres se quedan en silencio. Edward está destrozado.
Descubrir que un hombre al que admira ha infringido la ley no es moco de pavo, por muy bien que justifique el hecho. «Pero lo hecho, hecho está», se dice. Ahora lo importante es lo que está por venir.
–Usted permitió que Hezekiah se llevara a Dora a Londres –murmura Edward por fin.
La expresión de sir William se ensombrece.
–¿Cómo iba a impedirlo? Tras la muerte de sus padres, Hezekiah pasó a ser el tutor legal de Dora.
–Su posición en sociedad…
–Era de peso, sí, pero había que superar demasiados factores complicados. Era más seguro dejarlos partir.
Edward suelta el aire que ha estado reteniendo.
–¿No temía que Hezekiah aún quisiera hacerle daño?
–Desde luego que lo temía. Incluso hice que uno de mis hombres me informara ocasionalmente, sobre todo durante el primer año. Pero cuando pareció que Dora estaba a salvo en Londres, aunque fuera con él… –dice Hamilton, encogiéndose de hombros–. Han pasado doce años. Incluso empecé a dudar de mis sospechas iniciales de que Hezekiah quisiera hacer daño a Dora… Pensé que el hecho de que la joven quedara atrapada en el derrumbe tal vez no hubiera sido más que una coincidencia. Después de todo, acababa de bajar la escalera. ¿Cómo iba a saberlo Hezekiah? Pero su comportamiento reciente parece indicar lo contrario, ¿no cree? Los hermanos Coombe. El pájaro de Dora… –dice sir William, al tiempo que sacude la cabeza–. No, señor Lawrence. Estoy convencido de que Hezekiah la ha mantenido viva todo este tiempo por alguna razón. Pero no sé qué razón es esa.
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