El secreto de Pandora
Capítulo treinta y cuatro
Él sueña. Sueña con tierra fría y húmeda, una tumba de impenetrable oscuridad, de barro y piedra antiquísimos.
No sabe dónde está. No sabe quién es. Siente que es él, aunque percibe en su cráneo el susurro de una voz –un aliento, un suspiro, una canción–
que no le pertenece.
Luego se hace la luz.
Siente euforia, alivio. Ríe, respira la dulzura del aire. ¡Oh, cómo ha echado de menos su caricia, cómo ha anhelado su pureza! Pero entonces, entonces…
Agua. Siempre la ha detestado. Primero suciedad y restos de naufragio, luego sal y salmuera. La interminable oscuridad de las profundidades.
Espera otra vez. Otra vez. Siempre esperando.
Grita. Canta su dolor a través del océano, da vida al viento. Y entonces, tan inevitables como las estrellas, llegan ellos.
¡Y con qué facilidad lo encontraron! Qué náuseas sintió al ver su avaricia mientras lo liberaban.
Durante días se retuerce y flota, durante días nota la enfermedad de ellos, su insaciable deseo. Bueno, ¿y por qué debía hacerles agradable el viaje?
¿Por qué no insuflar miedo en sus corazones, verter ponzoña en sus heridas y causar temibles tormentas? Ellos saben lo que son, saben lo que hacen.
Saben que su hora se acerca, porque él es a un tiempo su salvación y su peor pesadilla.
Agua.
Es un simple paso hacia otro lado. Siente el balanceo de las olas, oye los gritos de las gaviotas, huele el familiar aroma a tierra firme que transporta la brisa, y sonríe ante la posibilidad de despertarse.
–¿Hezekiah?
Despierta y ve a Lottie apretándole el hombro. Gruñe, se pone boca arriba. El suelo del sótano es frío y duro. Contempla durante largo rato el
techo, las vigas podridas y llenas de telarañas grises de polvo que cuelgan como guirnaldas de gasa.
–¿Qué haces aquí abajo? –pregunta Lottie.
Hezekiah percibe el tono nervioso de su voz, pero no tiene paciencia para eso. Se incorpora hasta quedar sentado y se pasa una mano por la cara. A pesar del frío del sótano, tiene la piel caliente y pegajosa.
–¿Qué hora es?
–Más de las diez.
Hezekiah frunce el entrecejo.
Llegó a casa a las seis y media (entre los vapores de la ginebra, recuerda haber consultado el reloj de bolsillo que lleva a todas partes desde que lo compró) y bajó al sótano a ver la vasija, a comprobar si la habían devuelto intacta a su sitio. Se sentó delante de ella, palpó los lados con las manos (se llevó una sorpresa al notar que estaba caliente) y deseó que le hablara. Por supuesto, no esperaba que lo hiciera. No esperaba que saliera una voz desde sus entrañas de tierra. No, solo quería saber, entender por qué todos sus esfuerzos se habían visto frustrados durante tanto tiempo, por qué estaba vacía, por qué, por qué, por qué…
–He debido de quedarme dormido –murmura sin finalidad alguna.
Lottie se retuerce los dedos. El gesto irrita a su patrón.
–¿Tiene hambre?
–No.
Silencio.
–¿Por qué este objeto es tan importante para usted, Hezekiah? ¿Por qué lo codicia tanto?
Siente que se le retuercen las entrañas, lo empieza a invadir la cólera y oye un zumbido sordo en la cabeza.
–Porque es mío –dice.
–¿De verdad?
Hezekiah cierra el puño. Oye a Lottie retroceder un paso, hacia la escalera.
–Helen no se lo merecía. Ya te dije lo calculadora que era. Qué tramposa.
Me utilizó.
–Pero Helen está muerta.
–Sí. Y ahora la vasija es mía.
El zumbido cesa. Hezekiah suspira.
–Entonces, ¿por qué no la vende?
Hezekiah se queda callado un rato. Está pensando. ¿Qué puede contarle?
¿Debe contarle algo? Sin embargo, conoce a Lottie, sabe que es como un perro de presa con una costilla y no descansará hasta haberse saciado.
Respira hondo y paladea el sabor rancio de la ginebra.
–Hay una fortuna.
Otro silencio.
–¿Qué fortuna?
Hezekiah la mira de reojo.
–Hay dinero. Mucho dinero. Está escondido en algún lugar que Elijah mantuvo en secreto, para que yo no lo supiera. ¡Yo! –exclama Hezekiah, lanzando una risa amarga–. ¡Su propio hermano! –Respira hondo de nuevo y aprieta los puños–. Estaba el contenido de la tienda, desde luego; lo vendí hace mucho para asegurarme de que a ella no le quedara nada. Pero había más. Mucho más. Y no sé dónde está. Esta vasija es la clave.
–Entiendo.
Lottie está lejos de él y en la penumbra del sótano no puede leer la expresión de su rostro magullado. ¿De verdad lo entiende? ¿O no? Pero hasta ahora nunca ha puesto reparos. Nunca ha cuestionado el dinero que él ha ganado durante estos años. Hezekiah la mantiene bajo su techo. Y le da seguridad.
–¿La vasija es la clave?
Hezekiah se seca los ojos con la mano, se siente agotado de repente.
–Había una nota. Un trozo de papel escrito por Helen, siguiendo las instrucciones de Elijah. Decía de qué modo podía Dora reclamarla. La fortuna.
Lottie guarda silencio.
–¿Y la nota estaba ahí dentro? –dice al fin, señalando la vasija con el dedo. Hezekiah asiente con la cabeza–. ¿Y qué pensaba hacer con ella?
–Reclamarlo todo como si fuera mío. Destruir la prueba. Vender la tienda.
Hezekiah se remueve en el suelo, hace una mueca porque la pierna le duele mucho y no quiere hacer caso del olor, aunque cada vez le cuesta más.
–¿Por qué no lo pusieron en el testamento?
–No hubo testamento.
–Entonces, ¿cómo… ?
–No importa –dice Hezekiah, agitando la mano para detener las palabras que se forman en la lengua infernal de Lottie–. El caso es que se escribió la nota y la dejaron en la vasija, pero ahora no está.
Lottie no dice nada. Hezekiah siente un pinchazo en la pierna. El dolor le impide respirar.
–Hezekiah.
–Qué.
–¿Y Dora?
–¿Qué pasa con ella?
–Usted dijo que tenía un lugar para ella. ¿A qué se refería?
Hezekiah mira sin ver lo que tiene delante.
–Fui a ver a tu vieja alcahueta. Tiene un cuarto para ella cuando yo quiera.
Oye a Lottie respirar hondo, el aire silba cuando pasa por su garganta.
–No. No puede hacer eso.
–Puedo y lo haré.
–Pero…
Se oye un golpe en el piso de arriba. La campanilla tintinea con fuerza, el muelle chirría de un modo desagradable.
Lottie se vuelve y sube la escalera. Hezekiah la sigue, pero le cuesta más acometer esta hazaña. Cuando llegan a la tienda, la puerta está temblando peligrosamente en el marco.
–¡Un momento, un momento! –grita Hezekiah, jadeando mientras avanza entre las estanterías.
Un falso cuenco Wedgwood cae al suelo y se hace añicos.
–¡Abre, Blake! ¡Abre la puerta, maldita sea!
Hezekiah se detiene en seco y siente un nudo en las tripas.
«Por las fauces del infierno, es Coombe», piensa.
Hezekiah traga saliva y levanta una mano temblorosa.
–Lottie, no…
Sin embargo, no sirve de nada, porque Lottie ya ha descorrido el cerrojo.
Apenas ha tocado la puerta cuando esta se abre de par en par y Coombe, furioso, la aparta a un lado para pasar. El hombre se detiene un momento para acostumbrar los ojos a la oscuridad, buscando a Hezekiah. Cuando lo
ve, avanza hacia él con los brazos abiertos y Hezekiah se encoge, aferrándose a la estantería para apoyarse.
Coombe lo tiene cogido del cuello al momento. Detrás de él, la estantería se balancea y se oye un estrépito ensordecedor cuando caen al suelo los demás Wedgwood falsos.
–¡Ha muerto! –grita Coombe, y Hezekiah huele a carne podrida–. ¡Ha muerto, ha muerto, y es culpa tuya, tuya!
Cada vez que grita «muerto», Coombe lo sacude con fuerza, haciendo que los dientes de Hezekiah choquen entre sí. Por encima del zumbido de la sangre en sus oídos, le parece oír los chillidos de Lottie.
–¿Quién ha muerto? –dice jadeando.
Solo entonces advierte, lleno de vergüenza, que la orina le empapa los pantalones y gotea sobre las baldosas del suelo.
–¿Que quién ha muerto? –Coombe abre unos ojos como platos y el blanco reluce en la oscuridad–. ¿Que quién ha muerto?
El hombre ríe sin el menor asomo de humor y afloja la presa. Hezekiah cae y da un grito al tocar el suelo, pues ha caído sobre la estantería volcada, sobre los fragmentos de cerámica rota. Coombe da media vuelta, tirándose frenéticamente de los pelos.
–Eso es muy propio de ti, ¿verdad, Hezekiah Blake? No recordar nada, ni siquiera preocuparse, maldito bastardo egoísta. –Vuelve a mirarlo. Hezekiah se da cuenta entonces de que tiene el rostro cubierto de lágrimas–. ¿Ni siquiera sabes su nombre?
–Samuel.
Lo dice Lottie. Coombe suspira.
–Sí. Samuel. La fiebre se lo ha llevado. Deberías haber visto…
A Coombe se le quiebra la voz y se lleva las manos a la cabeza. Durante un rato solo se oyen sus sollozos.
–Lo siento –susurra Lottie.
Coombe se limpia las mejillas y asiente con la cabeza.
–Ya veo que tú sí. Pero él…
Hezekiah, con mucho cuidado, consigue salir de entre los cascajos de cerámica, pero no puede ponerse en pie, todavía no. Se sujeta con indiferencia fingida en el borde de la estantería e intenta apartarse los pantalones mojados, que ya están fríos, de la carne del muslo. La tela, sin
embargo, está demasiado ceñida, no da de sí y se le pega como una segunda piel.
–Lo lamento mucho –dice Hezekiah, aunque no lo siente en absoluto–.
Pero no alcanzo a ver por qué es culpa mía.
–¿Que no lo ves? –Coombe se tira del guante de ante que le llega hasta el codo–. Tú me enviaste a Grecia cuando descubriste lo de la excavación. Tú me hiciste seguir la pista de esa cosa maldita, tú nos mandaste a recuperarla cuando se perdió…
–¡Te digo de una vez para siempre que esa vasija no está maldita! –A pesar del miedo que le da aquel hombre, la furia de Hezekiah vuelve a renacer–. Imbécil supersticioso. ¿Cómo se te ocurre pensar que una tinaja puede ser la causa de todo eso? Es una pieza de alfarería, un simple objeto, nada más.
Coombe se acerca a él dando largas zancadas y Hezekiah se encoge, desea tener fuerzas para echar a correr. Coombe se quita el otro guante.
–¡Y yo te pregunto cómo puedes explicar esto!
Aunque la tienda está en sombras, Hezekiah percibe demasiado bien la cosa que tiene delante. Porque solo puede definirse como «cosa»: lo que debería haber sido una mano y un brazo ahora no es más que un apéndice, una excrecencia ennegrecida. A la tenue luz que llega desde la calle ve brillar las pústulas. Y el olor. ¡Dios santo, el olor!
Le dan arcadas y vuelve el rostro hacia otro lado, pero Coombe lo coge por la barbilla con la mano sana y se la aprieta tan fuerte que Hezekiah grita de dolor.
–¡Míralo, maldito seas! Y todo esto por la simple rozadura de un bramante. Un bramante que usé para sacar del fondo del mar esa presa de mala muerte. ¿Y aún dices que tu preciosa vasija no ha tenido nada que ver?
Pero Hezekiah es testarudo. No lo reconocerá. No puede.
–El bramante era tuyo, no mío, y tampoco tenía ninguna relación con la vasija. Puede que se contaminara con algo, con alguna sustancia, con algo que infectara la piel.
Coombe sacude la cabeza con indignación. Se le dilatan las fosas nasales como si fuera un toro.
–Sigues sin encontrarle sentido, ¿verdad? ¿Está mejor tu pierna?
Hezekiah cierra la boca. Coombe le suelta la barbilla dando un bufido.
–Matthew –dice Lottie dando un paso al frente y retorciéndose las
manos–, ¿crees que la vasija tiene la culpa de tu mal? ¿Que la muerte de Sam, la enfermedad de Charlie, la pierna de Hezekiah… se deben a una vasija?
Coombe vuelve a ponerse el guante muy despacio.
–Sí, eso es exactamente lo que creo.
Lottie parece a punto de echarse a llorar.
–Hezekiah…
–Calla –resopla Hezekiah.
Este se levanta del suelo con gran esfuerzo. No va a consentir que le hablen así. Y menos un muerto de hambre como Matthew Coombe. Y en su propia tienda, maldita sea.
–Yo no creo en maldiciones. ¡Siento lo de tu hermano, pero no es culpa mía, y tampoco es culpa de una vieja pieza de arcilla! Estás loco de dolor y eso te hace decir tonterías sin sentido. –En vista de que Coombe no responde, la confianza de Hezekiah en sí mismo crece, y saca pecho–. Es más, has venido aquí a unas horas intempestivas. Has estropeado mis mercancías. Has asustado a mi ama de llaves y me has acusado más o menos de asesinato. No, no voy a permitirlo. Vas a salir de mi establecimiento ahora mismo. ¡Ahora mismo he dicho!
Se hace un silencio lleno de malos augurios en el que Coombe lo mira fijamente, cerrando y abriendo el puño sano, y Hezekiah empieza a ver un peligro renovado en los ojos del hombre. En ese momento, la ola de bravuconería que ha poseído a Hezekiah empieza a desinflarse: siente crecer la duda en su interior y un escalofrío de miedo le recorre la columna vertebral como una centella.
Coombe gira sobre sus talones. Las baldosas del suelo crujen.
–¿No vas a aceptar ninguna responsabilidad?
Hezekiah levanta la barbilla.
–No.
–Muy bien. No me dejas otra opción. Mañana, cuando haya enterrado a mi hermano, iré a hablar con las autoridades. Se lo contaré todo. Y a tu sobrina también. Ya lo verás, Hezekiah Blake, vas a pagar por lo que has hecho.
–Si lo haces, te hundirás conmigo.
Pero Coombe ya se ha ido y ha dejado la puerta balanceándose en las bisagras. Hezekiah no se da cuenta de que ha contenido la respiración hasta
que intenta respirar de nuevo. Piensa en Elijah, en la zorra de su mujer, ambos muertos y enterrados hace tiempo, en la hija rebelde que dejaron, en su fortuna, una fortuna que le pertenece a él, en la nota…
Lottie avanza hacia su patrón con la mano extendida.
–Hezekiah.
El olor agrio de su propia orina se le introduce en la nariz; algo empieza a romperse en su mente, formando una serie de grietas afiladas.
–Hezekiah…
–¿Dónde está Dora? –brama por encima de los crujidos de los cascajos que se hacen añicos bajo sus pies–. ¡Quiero hablar con ella enseguida! –
Pasa por delante de Lottie, tirando violentamente de la pierna para caminar–. Arriba, en ese cuchitril suyo, ¿verdad? ¡Ese cuarto que parece un pozo!
–¡No está en la casa!
Las palabras han sonado con un timbre de pánico tan agudo que Hezekiah se detiene en seco y se vuelve hacia ella.
–¿Qué? –brama.
Lottie palidece. Su piel llena de magulladuras le recuerda el bulboso pellejo de un pulpo que vio una vez en una playa de Mikonos y, por primera vez en su vida, la mujer le da asco.
–Está… –dice Lottie, retorciéndose de nuevo las manos–. Está cenando con los Hamilton, lord y lady Hamilton, eso dijo.
Silencio.
Lord Hamilton.
Una mano de hierro le oprime los pulmones.
–¿Qué? –pregunta, y esta vez no puede controlar el miedo.
Pero Lottie se ha quedado en silencio, como si creyera que el diablo se ha apoderado de Hezekiah. El hombre abre la puerta de la vivienda con tanta violencia que la campanilla golpea la pared. Sube arrastrándose el primer peldaño de la escalera.
–¿Adónde va? –grita Lottie, echando a andar tras él.
–¡A su cuarto! La ha escondido. Lo sabe. ¡Lo que significa que él también lo sabe! ¡Tengo que encontrarla antes de que Coombe hable con ella!
–¡Hezekiah, no!
Pero el hombre ya está en el primer descansillo, luego sube hasta el
segundo y, por último, hasta el desván de Dora. Abre la puerta con tanta fuerza que casi la arranca de las bisagras.
El cuarto está impecablemente ordenado, pese a ser un lugar tan deprimente. La urraca, el maldito y asqueroso pájaro, le grazna con fuerza.
El ruido le resulta ofensivo, pero no le hace caso.
Hezekiah va directamente al armario y tira el contenido al suelo. Nada.
Luego va a la cómoda. Cada vez que abre un cajón, hurga entre las prendas y las tira igualmente al suelo. Nada.
¿Ahora dónde?
Lottie lo mira desde la puerta.
–Hezekiah…
–Por el amor de Dios, mujer, déjame en paz. Vamos, vete, ¡largo!
Lottie lo mira fijamente. Luego, con un suspiro de resignación que enfurece aún más al hombre, desaparece, y él espera a oír sus pesados pasos en la escalera antes de seguir buscando.
Hezekiah se acerca cojeando a la cama, se pone de rodillas y mira debajo.
Una bolsa hecha con tejido de alfombra. La recoge y pasa el dedo por la H
que tiene bordada. Se acuerda de cuándo se la compró a Helen. La rompe con furia. ¡Nada, nada!
La urraca grazna.
–¡Cállate! –grita Hezekiah–. ¡Cállate!
¿Dónde más? ¿Dónde podría esconderla? Entonces ve el escritorio pegado a la ventana y sonríe con alivio. ¡Pues claro!
Abre un cajón, levantando el labio en un gesto de desdén. Basura. Cristal, alambre, trozos de piel y de encaje. Coge una cuenta de cristal. ¿No había advertido hace ya algún tiempo que le había desaparecido una pulsera de jade falso? También la castigará por esto.
Hurga entre el revoltijo de objetos inútiles. ¡Nada! Pero cuando está a punto de desistir, ve una bolsa que le resulta familiar.
¡Su monedero! ¡Ella se lo quitó! Lo coge, lo abre. No contiene dinero. Ni nota. En su lugar hay una pequeña cajita. Y dentro…
–Esa maldita maquinadora.
La cajita contiene cera. Se fija mejor y descubre que es un molde de cera con una pequeña llave de metal incrustada.
Hezekiah busca la cadena que lleva al cuello, se la saca de dentro de la camisa y compara las dos llaves, una al lado de la otra.
Idénticas. La de Dora es más nueva, el bronce aún no está gastado por la antigüedad. Pero los dientes…
Recuerda la noche de la ginebra.
«Vaya. Así fue como lo hizo», piensa.
Suelta la cadena y la llave rebota ligeramente contra su pecho.
Deja a un lado la caja y el duplicado de la llave cae al suelo con un tintineo apagado. Hezekiah gira sobre la pierna sana y mira frenético a su alrededor.
¿Dónde estará? ¿Dónde estará?
¿Y si se ha equivocado? ¡Pero no puede ser! Quizá lleve la nota encima, quizá se la esté enseñando a Hamilton en este mismo momento, quizá…
La urraca, que ha quedado en silencio tras el grito de Hezekiah, deja escapar un grito larguísimo y Hezekiah da un salto. El pájaro lo observa desde la jaula con unos ojillos negros que parecen juzgarlo, acusarlo. Ladea la cabeza y Hezekiah aprieta los dientes.
–Bueno, bueno.
Y cuando Hezekiah se acerca, el pájaro se pone a silbar.
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