El secreto de Pandora
Capítulo siete
Otra vez tiene que esperar. Tiene que seguir sufriendo bajo el techo de Hezekiah. Pero Dora es una criatura tenaz y su imaginación ya se ha puesto en marcha.
Pues muy bien. Sus creaciones no están a la moda. «No importa», piensa mientras regresa de la catedral. En pocos años volverán a estarlo y ella hará que sus piezas estén a la venta para entonces. Pero Dora no es tonta. Sabe que el orfebre solo quiere darle largas. Sabe que lo más probable es que vuelva a decirle que no. Pero ¿quién mejor que ella para diseñar semejantes joyas? Su madre era griega. Dora pasó su infancia en excavaciones griegas.
Lo lleva en la sangre.
– Agáli-agáli gínetai i agourída méli. «Poco a poco, la uva agria se vuelve miel» –murmura entre dientes.
Toma tiempo volverse más importante o mejor.
Cada mañana después del desayuno y antes de que sus padres fueran a la excavación, a Dora le enseñaban el idioma local, sus refranes, las viejas historias de la patria de su madre. Sé paciente, quería decir aquel refrán.
Pero ¿no había sido ya bastante paciente?
Cuando Dora sale al ajetreo de Ludgate Street, cruza al lado derecho, donde la acera es más ancha, para evitar los carruajes que pasan, el ir y venir de la sofocante multitud de Londres. Una nevada caída la noche anterior ha depositado finas láminas de hielo negro en las calles; caminar por allí requiere cierto tacto, cierta habilidad para apoyar ligeramente el pie y al mismo tiempo inclinar el cuerpo con el fin de eludir los empujones de los demás. Una acera resbaladiza se convierte en un ejercicio traicionero.
Dora está entre un librero y una sastrería cuando, detrás de ella, las campanas de San Pablo dan las once y delante se produce un aparatoso accidente. El relincho de un caballo perfora el aire.
Dora consigue abrirse camino entre la creciente multitud, tratando de mantener la cabeza gacha, pues accidentes como aquel ocurren a menudo y casi todos son horribles (no merecen las pesadillas que luego se tienen por
haber mirado), pero entonces oye el inconfundible chillido de Lottie Norris.
Dora levanta la cabeza a tiempo de ver al ama de llaves corriendo desde la tienda en mitad de un revuelo de faldas. Dora se recoge las suyas y también echa a correr.
Delante de la tienda hay un carro volcado. El caballo, aunque caído de lado, parece no haber sufrido daños. Pero bajo su flanco… Hezekiah tiene la pierna atrapada y arma un escándalo con sus gritos de dolor. A su lado hay tres hombres que Dora no reconoce. Uno estruja una gorra raída con las manos.
–¡Ya lo ha visto! –grita–. ¿Lo ha visto? ¡Enloquece las cosas!
Dora los mira. Hombres corpulentos y musculosos, con el mismo pelo cobrizo, la misma palidez, los mismos ojos con venillas rojas. «Y todos con aire enfermizo», piensa, fijándose en sus rostros grises. Al acercarse percibe el olor salobre del mar.
–¡Ese maldito animal ha resbalado en el hielo, nada más! –dice Hezekiah, prácticamente escupiendo las palabras–. Ha estropeado mi tesoro. ¡Que alguien le pegue un tiro! Esa infernal criatura pagará por esto, recordad lo que digo.
–Vamos, vamos –dice Lottie a su lado, dándole la mano–. Quizá no haya que lamentar daños…
–Pues claro que sí –espeta Hezekiah, tratando en vano de sacar la pierna de debajo del caballo–. ¿Cómo es posible que no haya daños? Matthew, dime si es grave.
Dora, picada por la curiosidad, se acerca al hombre más corpulento que está en la parte trasera del carro. Una rueda gira sobre su eje, el carro está hecho astillas, pero la carga… Sobre los adoquines hay una enorme caja de madera atada con una cuerda. La madera está combada en las esquinas y las tablas tienen manchas de verdín. Hay moluscos firmemente adheridos a los lados. En uno de los laterales alguien ha pintado una burda cruz.
Lentamente, el hombre le da la vuelta a la caja. Dora advierte que se ha roto una esquina y el hombre acerca la cara al negro agujero. Se produce un silencio interrumpido solo por la charla impaciente de los curiosos.
–¿Y bien? –dice Hezekiah, apoyándose en los codos–. Tengo razón, ¿no?
–gruñe–. Está roto, totalmente destrozado. ¡Ese caballo infernal!
Levanta un puño hacia el caballo, que se aparta de él con un relincho.
Hezekiah está tan irritado que no ha visto la mirada que los tres hombres
(«hermanos», piensa Dora) intercambian. Pero ella sí se ha dado cuenta.
Esa mirada no era de asombro ni de desconcierto. No: era de resignación, como si ya se lo esperaran, como si lo hubieran sabido desde el principio…
El que se llama Matthew carraspea.
–Está intacto, señor. Estoy seguro.
Hezekiah lanza una carcajada y acerca la mano al rostro de Lottie, a quien planta un húmedo beso en la mejilla.
–¡La suerte me acompaña, después de todo! Ahora, que alguien me libre de este animal.
Hay un gran esfuerzo, tirones, empujones. Hezekiah se pone en pie y, con un gesto de dolor, se arranca un clavo oxidado del muslo. La punta tiene un color rojo.
–¡Mirad esto! –grita, tirando el clavo a la calzada, donde aterriza con un tintineo metálico. Se apoya en Lottie, que se vence bajo su peso, aunque no parece importarle.
Un anciano de largo cabello blanco sale de entre la multitud y le ofrece un brazo a Hezekiah.
–Vamos, señor, permita que lo ayude a entrar. ¿Puede andar?
–¡Pues sí, aunque es un milagro! ¿Ha visto? Podía haberme roto la pierna.
–Desde luego que sí –murmura el caballero–. Pero como ha dicho, parece que la suerte le acompaña. Solo es una pequeña herida. ¿Vamos?
Hezekiah se apoya en el brazo ofrecido y, con el anciano a un lado y Lottie al otro, entra cojeando en la tienda. En el umbral, vuelve la cabeza para dirigirse a los tres hombres pelirrojos.
–Llevadlo al sótano –les dice–. Lottie os abrirá la puerta.
De debajo de la camisa saca una cadena de la que cuelga una pequeña llave metálica y, en ese momento, Dora ya no puede seguir callada.
–¿Puedo ayudar?
Hezekiah se sobresalta. La cadena le cuelga entre los dedos. Está claro que no se había dado cuenta de su presencia.
–Dora. –Mira a Lottie de reojo, bajando la voz hasta un murmullo–. No tenía que estar aquí.
Lottie arrastra los pies bajo el peso de su amo.
–No estaba.
¡Así que por eso quería librarse Lottie de ella!
–Tío –dice Dora con impaciencia–. ¿Qué es esto? ¿Qué ha comprado? –
dice, mientras le parece ver los pensamientos de Hezekiah retorciéndose como peces en una nasa.
–Entra –dice.
–¿Por qué?
La expresión del hombre es de pánico, pero antes de que Dora pueda seguir presionándolo, el anciano de cabello blanco interviene en nombre de Hezekiah:
–Señorita Blake, su tío sufre mucho dolor y en la calle hace frío. ¿No sería mejor –dice, señalando a la multitud de curiosos con un leve gesto de la cabeza– continuar esta conversación en el interior?
Dora abre la boca y la vuelve a cerrar. Antes de que pueda articular palabra, Hezekiah, que se niega a mirarla directamente, consigue entrar en la tienda. Detrás de ella oye un gruñido y un crujido de madera. Dora se vuelve y ve a los hermanos levantando la caja entre los tres.
Se hace a un lado para dejarlos pasar, con los ojos entornados.
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