El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 49 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo cuarenta y seis

Cuando el joven despierta, solo ve negrura.

Le resulta familiar, es algo que pensó que había olvidado, pero ahí está de nuevo. Pensaba que ya había superado su antiguo pánico, ese miedo irracional a la oscuridad, pero renace otra vez y Edward empieza a temblar sin control.

Y el miedo es irracional. Se convenció de eso después de acostumbrarse a la leñera, con sus rincones, sus huecos, sus aromas y sus sonidos. «Razona

–se dice–. No estás allí, no estás en el taller de encuadernación, Carrow no te ha encerrado con llave. Estás aquí».

Pero ¿dónde es aquí?

Levanta los brazos, golpea algo duro y grita de dolor. Trata de reprimir el terror que le recorre la columna vertebral.

«Inténtalo de nuevo».

Levanta una mano muy despacio. Roza algo. ¿Papel? ¿Es cuero? Cuando la levanta un poco más, toca algo frío y sólido con los dedos. Parpadea en la oscuridad y recorre aquella superficie con los dedos. Es… ¿un estante?

Vuelve a levantar la mano y vuelve a tocar arriba y más arriba unos objetos que se le antojan iguales. Sí, son estantes. Muchos estantes. ¿Y más allá?

Toca un techo con la mano. El corazón le da un vuelco.

Levanta la otra mano y repite la operación. Toca detrás de él. Lo mismo.

Lo mismo.

Olisquea, percibe el olor penetrante de las industrias, el inconfundible olor del aceite. Mueve lentamente el pie y oye el ruido que produce el tacón al tocar metal.

No es cualquier metal.

Es hierro.

Dios mío.

Está encerrado en la caja fuerte.

Presa del pánico, se pone a gritar, una vez, y otra y otra, y cuando se cansa de lanzar alaridos, se esfuerza por escuchar, pero solo hay silencio y

eso no puede asimilarlo. Se le acelera el pulso, siente un sudor frío, empuja con la cabeza la plancha de hierro que tiene delante, trata de respirar, pero no puede, y se pone a jadear…

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