El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 1 de 53

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El secreto de Pandora

Samson (islas Sorlingas)

Diciembre de 1798

No ha tenido en cuenta el peso. Ha previsto el frío y también ha pensado en el manso empuje de las aguas. ¿La oscuridad? La linterna da suficiente luz y su memoria compensa las insuficiencias de lo que ve. Pero el peso… eso es otra cosa.

La linterna es fácil de manejar. La lleva atada a la muñeca con un bramante resistente, lo que le permite mover ambas manos, pero le tira incómodamente del brazo y las rozaduras de la piel le escuecen en contacto con el agua salada. Las cuerdas que se ha enrollado en las axilas (una para lo que rescate, otra para volver a subir) son engorrosas, pero lo ayudan a mantener el equilibrio mientras desciende. Y puede soportar el lastre de buceo, aunque es voluminoso.

El problema es la escafandra, hecha de fuertes láminas de hojalata.

Aunque abombada y espaciosa en la cabeza, por abajo le oprime el torso como un despiadado corsé. En cubierta no parecía tan pesada. Bajo la superficie, sin embargo, el ceñido traje de cuero, el armazón circular de hierro que se le clava, más la presión del agua y las corrientes de invierno…

Pedirá más dinero cuando termine el trabajo.

Hasta el momento, la suerte lo ha acompañado esa noche. La negra cúpula del cielo aparece tachonada de estrellas y hay luna llena. Durante la tormenta tuvo cuidado de fijarse bien a su alrededor: el barco quedó encallado en los bajíos de dos pequeñas islas separadas por un istmo y con el interior sembrado de ruinas de piedra. Las ruinas resplandecen a la luz de la luna, como si fueran un faro para su pequeño velero y, a pesar de las borrascas de diciembre, la punta del mástil que sobresale por estribor sigue siendo visible sobre las olas. No, no ha sido difícil encontrar el naufragio.

Entonces, ¿por qué tiene la sensación de que lo han conducido hasta aquel lugar?

Por suerte, los restos del barco están en aguas someras, poco profundas.

No ha utilizado nunca este equipo de buceo y no se aventurará a descender

a más profundidad de lo debido. Seis metros bajo la superficie. «Allí no hay peligro», piensa. Y sabe exactamente dónde mirar. Siguiendo instrucciones precisas, el objeto que busca estaba escondido bajo la amura de estribor, lejos de las demás mercancías apretujadas en la bodega, pero el barco se había partido por culpa de la tormenta; esperaba que su suerte continuara, que la caja no se hubiera alejado mucho del fondo del mar, que nadie más la hubiera encontrado.

El agua helada le aguijonea las piernas y los brazos. Embutido en el pesado traje, desciende un poco más, jadeando por el esfuerzo y lamiendo la ardiente aspereza del metal. Los tubos de aire que van desde la escafandra hasta la superficie son largos y los imagina detrás de sí como la cuerda de un ahorcado. Sostiene la linterna delante de él, mira a través de los oculares de la campana de inmersión y suspira al ver la sombra de las cuadernas del barco. Desciende otro poco, busca, observa la oscuridad entornando los ojos. Le parece oír un ruido debajo de él, algo apagado y lastimero. Vuelve la cabeza, se le taponan los oídos y sigue adelante.

Toca fondo con los pies. Bajo ellos, tierra suelta. Inclina la cabeza hacia abajo. Pero con cuidado. Le han advertido de que un movimiento demasiado brusco podía inundar de agua la escafandra. Lentamente, sí, lentamente. Ahí está. La punta de algo. Vuelve hacia la corriente impulsándose con el pie. Luego vuelve a hundirse hasta pisar el fondo marino y levanta la linterna a la altura de los ojos. A un par de metros de los restos del barco consigue distinguir las esquinas oscuras de una caja. La sangre le golpea con fuerza en los oídos. Es eso, seguro. Se acerca despacio, avanzando una pierna, luego otra, cortando el agua con los pies. Da un respingo al notar que algo le roza las espinillas y, al bajar la linterna, ve algas que bailan alrededor de sus piernas.

La caja se balancea precariamente sobre un pedrusco. Se acerca poco a poco y vuelve a levantar la linterna. La X que trazó en un costado cuando el barco zarpó de Palermo se ve claramente incluso en aquella intensa oscuridad acuática. Durante un momento se maravilla por lo fácil que ha sido todo, pero entonces la linterna parpadea y se apaga un instante antes de volver a brillar. Sabe que no puede perder tiempo.

Se suelta el bramante de la muñeca, encaja la linterna entre dos maderos para que la corriente no le dé la vuelta, luego desenrolla una de las cuerdas que tiene alrededor de la axila y da comienzo a la penosa tarea de atar la

caja. Tiene que ir con cuidado –no puede permitirse errores–, y eso que el pedrusco ha sido un golpe de suerte, porque sin él habría tenido que levantar la caja del fondo marino. Mientras trabaja, los pececillos circulan como flechas a su alrededor. En un momento dado se detiene y se esfuerza por escuchar desde dentro de las láminas metálicas de la escafandra. ¿Es un cántico? No, es la locura acuática, tiene que serlo. ¿No le habían dicho que estar bajo el agua demasiado tiempo puede ser mortal?

Pero ¿tan pronto?

Ahora trabaja más rápido, tan rápido como le permite el pesado casco.

Rodea la caja con la cuerda cuatro veces y, aunque tiene los dedos entumecidos de frío, hace nudos tan fuertes que después habrá que cortar la cuerda. Una vez satisfecho, tira con fuerza de ella (una, dos veces) para enviar una señal a la superficie. La cuerda se ondula, se estira, se tensa.

Entonces, con expresión de victoria, ve que la caja asciende en medio de una nube de arena en movimiento. Oye el crujido sordo de la madera, el ruido del agua agitada y, tan ahogado que cree haberlo imaginado, también el suspiro débil e inquietante de una mujer.

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