El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 30 de 53

Páginas del PDF

El secreto de Pandora

Capítulo veintiocho

Hezekiah apoya la ginebra en la carnosa llanura de su pecho desnudo. Le gusta la atmósfera cargada que proporciona el alcohol, la niebla que le cubre los ojos cuando vuelve la cabeza. Así. Bebe un largo trago del vaso y apoya la cabeza en el cabecero, sintiendo la reconfortante solidez del roble tallado.

Lottie, a su lado, escurre un paño en una palangana. Al empezar, el paño era blanco. Ahora está manchado de amarillo con rastros de un tono entre rosa y verdoso; en la superficie del agua sucia flotan unos dudosos pegotes de «algo» en lo que Hezekiah prefiere no pensar mucho. «Espuma de jabón», se dice. Solo eso.

No es negar la evidencia. No exactamente. Sabe que algo no va bien.

Pero ponerlo en palabras… Bueno, eso es lo que no quiere hacer. Si dice que está enfermo, si dice que teme que se le haya gangrenado la pierna, entonces tal vez se haga realidad. Y no tiene ganas de dar voz a una verdad tan desdichada. Todavía no.

Cuando Lottie le aplica el paño en la herida, Hezekiah resopla y aferra con el puño la húmeda sábana de la cama. Lottie rezonga, cambia de postura. Hezekiah mira su labio hinchado y luego aparta la vista. No era su intención herirla, pero es que estaba tan furioso que cuando quiso darse cuenta, ya lo había hecho. No había estado tan furioso desde…

Desde…

Evoca la cara de Coombe. «Una línea muy delgada separa la casualidad y el destino». ¿Habrá algo de cierto en lo que dijo aquel zoquete? ¿Estará maldita la tinaja? ¿Por eso reaccionó como lo hizo?

«¡Imbécil!».

Hezekiah aleja el recuerdo y se retuerce en la cama, que cruje bajo su peso. Lottie cambia otra vez de postura y dobla el paño húmedo con las manos.

–¿Qué tal están los hermanos Coombe? –pregunta Hezekiah cuando ella le pone el paño sobre la piel sensible del muslo.

Intenta contener el involuntario temblor y Lottie, al darse cuenta, suaviza la fricción.

–No mejoran, aunque tampoco están empeorando.

–¿Te ayuda Matthew?

–Me ayuda a darle la vuelta a Sam para poder lavarlo. Anima a Charlie a comer. No hay mucho más que pueda hacer.

–¿Y la herida de la muñeca?

Lottie vacila.

–La muñeca de Matthew tiene mucho peor aspecto que esto.

Señala el agujero cada vez más grande del muslo de Hezekiah, la llaga hedionda que no debería ser una llaga, sino solo una herida superficial. Una que debería haberse curado hace días.

–Empieza a ponerse negra. Me temo…

No dice lo que él sabe que está pensando, que la piel de su pierna, como el brazo de Coombe, pronto empezará a pudrirse. Hezekiah bebe otro generoso trago de ginebra.

–Me alegro –dice Lottie con voz algo más animada– de no tener que volver allí nunca más. Hizo usted bien en darle a Matthew su dinero para que fuera a un médico. Ayer estaba desesperado. No dejaba de decirme lo difícil que iba a ponerle las cosas. Aún podría hacerlo.

Hezekiah gruñe. Otra cosa en la que no quiere pensar.

El dinero de lady Latimer ha servido con creces para pagar a Coombe; el hombre no debería volver a molestarlo, pero no ha ayudado a su causa. El comprador con el que afirmó estar en contacto no es más que una invención: Hezekiah quería hacerse con la presa antes de hablar con su socio de una venta abierta, quería tener su futuro asegurado.

La idea de que la vasija esté en un lugar donde no pueda vigilarla le preocupa. ¿Y si alguien la reconoce? Claro que… ¿quién podría hacerlo?

Las únicas personas capaces de reconocerla están o muertas o lejos, muy lejos de Londres. Y seguro que no hay ninguna posibilidad de que alguno de los invitados de Latimer la abra y encuentre lo que él ha buscado tan desesperadamente durante todos estos años. Y menos ahora que su sobrina…

Piensa en ella y se dice que, aunque no lo haya admitido, seguro que lo sabe. Sí, tiene que saberlo.

–Debe de haberlo escondido –murmura.

Lottie se queda inmóvil.

–¿Escondido?

No se ha dado cuenta de que ha hablado en voz alta. Hezekiah mira a Lottie con los ojos empañados por la ginebra.

–Lo que había en la vasija. Estaba allí. Sé que estaba.

–¿El qué, Hezekiah?

El hombre respira hondo. No se lo ha contado todo a Lottie, solo lo que necesitaba saber. Demasiado peligroso. Demasiado…

–Lo ha cogido esa maldita chica. Y me lo oculta. Pero ¿por qué no ha hecho nada?

Hezekiah intenta darse la vuelta. El agua de la palangana se derrama y moja el borde de la falda de Lottie. Se aprieta un ojo con el puño y el otro con el vaso.

–Debe de estar esperando –gime–. Conspira contra mí, lo sé. Y ha involucrado a ese mozalbete. Se lo ha contado todo, debe de estar ayudándola. ¡Se lo ha contado todo! ¿Cómo se atreve? ¡Cómo se atreve!.

Después de todo lo que he hecho por ella estos años. ¿No ha tenido un techo sobre su cabeza? ¿No le he consentido su extravagante afición? ¿No le he buscado un sitio para cuando llegue el momento de vender?

–¿Qué sitio?

Hezekiah calla y se muerde la lengua. Toma otro trago de ginebra.

–Podría haberla dejado allí, Lottie. Podría haberme asegurado…

–Tranquilo, no hable.

Nota que el peso de Lottie abandona la cama. Le quitan el vaso de la mano, oye el tintineo de la licorera, el gorgoteo del líquido al ser escanciado. El vaso vuelve, se lo acercan a la boca.

Bebe. Y bebe.

Lottie se pone a cantar. Al cabo de un momento reanuda los masajes, recorre la pierna de Hezekiah con la mano, arriba y abajo.

Hezekiah cierra los ojos y escucha su voz baja y susurrante.

La ginebra lo ayuda a calmar el dolor. Todo su dolor. La caricia de la mujer es placentera, le hace cosquillas. Siente un tirón en la base de su virilidad.

Vastos reinos en la oscuridad

reciban la Luz refulgente,

y de oriente hasta occidente,

persiga a la noche la claridad.

Lottie calla y abre los ojos. Se queda mirando el muslo de su patrón.

–Parece que se está secando un poco.

Pasa de nuevo el paño por la herida, ligero como una pluma. Hezekiah respira entrecortadamente. Un pinchazo de dolor. Un breve latigazo de placer.

Lottie suspira. Vuelve a dejar el paño en la palangana, donde flota como un pez muerto hasta desaparecer bajo la superficie turbia del agua.

–Por favor –susurra–, permítame que llame a un médico. ¡Desearía que se sintiera mejor, pero yo sola no puedo! ¡No puedo!

Sus palabras reflejan angustia y Hezekiah percibe en ellas cierta desesperación.

–Sí puedes –dice, tomando una decisión.

Le coge la mano y la sube muslo arriba. Cuando Lottie trata de retirarla se la aprieta.

–No. No. Yo…

–Estás acostumbrada a eso –susurra Hezekiah–. Ya sabes cuánto placer me das. –Con la mano libre aparta la sábana que lo cubre y le enseña su desnudez–. Hará que me olvide del dolor.

Lottie aún vacila. Lentamente, él le pone un dedo sobre el labio inferior y aprieta.

–Recuerda, Lottie. No te contraté para que fueras una mojigata.

Hezekiah la ve flaquear. Con gesto triunfal, pone la mano femenina sobre su miembro endurecido y gime, apretando el vaso con más fuerza.

OceanofPDF.com