El secreto de Pandora
Capítulo cuatro
Sentado en el banco de ventana que ocupa el pequeño hueco, Edward Lawrence observa cómo el mes de enero juega con sus armas crueles y amargas. La mañana es tan fría como la mesa de una funeraria; el viento ha arreciado y bate la terraza de Somerset House con ráfagas de hielo cortante.
Los sicomoros que flanquean el elegante camino de acceso se inclinan, azotados por el viento, y los nidos vacíos de los pájaros se aferran desesperadamente a sus ramas peladas igual que un mendigo a un mendrugo de pan. El agua de la fuente está helada, los paseos son peligrosamente resbaladizos y, al otro lado de la terraza, las barcazas se balancean con furia en el Támesis.
Edward no sabe cuánto tiempo lleva esperando. Hay un reloj al final del larguísimo pasillo, encima de las grandes puertas tras las que se está decidiendo su futuro, pero necesita que le den cuerda. Le duele la espalda de estar encajado en un espacio tan pequeño; el asiento de la ventana es incómodo y duro. Se ha estado mordisqueando las uñas sin parar desde que ha llegado, ha contado los frescos del techo dos veces. Ha recitado el lema de la sociedad ( Non extinguetur) tantas veces que ha perdido la cuenta. «No se extinguirá». Pues eso. Puede que lleve esperando una hora. Puede que lleve esperando solo unos minutos.
En las rodillas tiene una copia del estudio que ha presentado al comité.
Las tapas son sencillas y el papel, el más barato que existe, pero es su querido trabajo, la hazaña de la que más orgulloso se siente a sus veintiséis años. Edward espera, además, que sea su salvoconducto para entrar en la Sociedad de Anticuarios. Estudio del Monumento al Pastor de Shugborough Hall. Todo depende de la votación (la «papeleta azul»); necesita un mínimo de cinco votos.
Cuando por fin se abren las puertas, Edward se pone en pie y aprieta el Estudio contra su pecho. Cornelius Ashmole, su más viejo (y único) amigo, se acerca a él, haciendo crujir con sus pisadas el suelo de taracea. Edward aventura una sonrisa esperanzada, pero puede ver en el rostro de Cornelius
que no trae buenas noticias. Cuando llega a su lado, Cornelius niega con la cabeza con aire de disculpa.
–Solo dos votos.
Edward, abatido, se deja caer en el asiento de la ventana y se pone el Estudio entre las rodillas.
–Mi tercer intento, Cornelius. He sido tan concienzudo…
–Ya sabes cómo son los métodos de Gough. Te lo advertí. Algo menos críptico, más basado en la erudición anticuaria.
–¡Cuando los hechos no están ahí, Cornelius, a veces la conjetura es lo único que hay! –dice Edward, mientras levanta el trabajo y lo agita ante el rostro de su amigo–. Pensé que esto sería suficiente. De veras que sí. Lo he hecho con gran detalle. Mis dibujos…
–«Aficionado» es la palabra que han usado, me temo –responde Cornelius con una mueca–. Están muy mal acostumbrados por culpa de Stukeley. Si te sirve de consuelo, han dicho que prometes mucho. La profundidad de tus descripciones es realmente impresionante.
–Ya.
Cornelius, que es muy alto, se pone en cuclillas.
–Son muchos los que no consiguen entrar en la Sociedad hasta mucho más tarde. Algunos lo hacen cuando ya son casi ancianos –dice con amabilidad.
Edward fulmina a su amigo con la mirada.
–¿Crees que eso me hace sentir mejor? ¡Tú tienes treinta años!
–Yo he vivido las alegrías del Grand Tour. Pasé el verano profanando tumbas italianas y cuando volví, pude dedicar libremente todo mi tiempo a intereses académicos. Además, mi padre está en la junta directiva. –Viendo la expresión alicaída de Edward, le apoya una mano compasiva en el hombro–. No quiero restregarte mi buena suerte por la cara, pero es un hecho que estas cosas influyen mucho. Piensa que te sentirás mucho mejor si consigues entrar por méritos propios. Sin atajos, puro temple.
Pero Edward menea la cabeza.
–Qué fácil es para los que tienen dinero conseguir lo que está fuera del alcance de quienes no lo tienen.
–Ahora te estás poniendo melodramático.
–Dice el hombre que siempre ha sido rico.
Cornelius no tiene respuesta para esto y los dos comparten un momento
de silencio, mientras escuchan el viento que golpea con fuerza la ventana.
Al cabo de un momento, Cornelius clava el codo en la rodilla de Edward.
–¿Recuerdas cuando éramos niños y yo fanfarroneaba con que podía nadar hasta el templete y volver sin detenerme?
Edward sonríe al recordarlo.
–Llegaste hasta la mitad, empezaste a enredarte entre los juncos y casi te ahogaste.
–Y tú estabas sentado allí mismo, en la barca, y me decías que siguiera avanzando, que no me rindiera, aunque ambos sabíamos que intentarlo era una completa estupidez.
Siempre había sido así entre ellos; uno apoyando al otro por la única razón de que les complacía hacerlo, aunque los dos fueran tan diferentes como el agua y el vino. Cornelius era rico y Edward, pobre; uno tenía educación mundana y el otro, no; uno era moreno y el otro, rubio. Edward era indeciso y Cornelius desenvuelto; Edward bajo y el otro alto; uno tenía mala suerte y el otro era afortunado. Vaya pareja hacían entonces, vaya pareja hacen ahora, y se ríen al recordar el pasado, aunque la risa de Edward es más contenida. La sonrisa de Cornelius se ensancha y a continuación se desvanece. Vuelven a caer en un silencio momentáneo.
–De veras que lo siento, Edward. No sé qué más decir.
–No hay nada que decir.
–Excepto que… no te rindas. Aunque supongo que estos tópicos no te servirán de nada en esta tesitura.
–Supones bien.
Una pausa.
–Tienes que perseverar. Te apoyaré en lo que pueda, por mucho que cueste, necesites lo que necesites. Sabes que lo haré.
–¿Aunque intentarlo me convierta en un completo idiota?
–Por supuesto.
Edward no dice nada; dada su amargura, las palabras de Cornelius parecen vacías. ¿Cuánto dinero ha invertido ya en ayudarlo? ¿Cuántas veces le ha permitido ausentarse del taller de encuadernación? El pensamiento le produce frustración y vergüenza.
–Tengo que irme –dice Edward, mientras se pone en pie y se pasa la mano por el pelo.
Cornelius también se levanta.
–El trabajo puede esperar, ya lo sabes.
–No puedo. Tengo que… –Edward suspira, sacude la cabeza y lo invade una fuerte oleada de humillación, como si fuera un estigma–. Tengo que irme.
Da media vuelta y se aleja apresuradamente por el pasillo, hacia la antesala, mientras Cornelius va tras él. Al llegar al final de la escalinata, Cornelius deja de seguirlo como un perro y, mientras baja, Edward siente la mirada compasiva de su amigo en la espalda, que se le clava como una daga. Ansioso por liberarse de ella, acelera el paso, sale a toda prisa por la puerta principal de Somerset House, camina entre el viento y se refugia en las bulliciosas calles de Londres y el reconfortante flujo del tráfico.
El Estudio se dobla a causa del viento. Edward piensa por un instante en tirarlo por la alcantarilla más cercana, pero su amor por el trabajo vence en el forcejeo y, tras guardarse los papeles en el abrigo, cruza los brazos y los aprieta contra su pecho como si fuera un escudo. Y sigue andando por el Strand, con la cabeza gacha y la barbilla oculta entre los pliegues del pañuelo del cuello. Deja la mente en blanco y se centra en poner un pie delante del otro. Cuando cruza el arco de Temple Bar, se alegra de dejar atrás el ajetreo del Strand.
Cansado ya, tanto de las malas noticias como de batallar contra el viento, entra en un café de Fleet Street, no por el rico aroma que despierta su deseo (aunque preferiría perderse en un gran vaso de cerveza), sino por el calor del establecimiento: tiene los dedos de los pies helados y, francamente, no le habría sorprendido que se le hubieran caído, que más tarde, al quitarse las botas en su alojamiento, encontrara piernas rematadas por muñones en vez de pies.
Se desata el pañuelo del cuello, encuentra un rincón acogedor al lado del fuego y pide una taza de café. Sigue con el Estudio guardado en el abrigo.
Bebe un sorbito, pero está demasiado caliente, así que coge la taza con la mano y, mientras mira la chimenea sin verla, se conforma con el reconfortante olor de la aromática semilla.
Todo ese tiempo perdido. Otra vez.
Cuando hizo el primer intento, no esperaba triunfar: presentó un ensayo que resumía sus ideas sobre las publicaciones que había leído (prestadas por Cornelius y el padre de Cornelius); los primeros estudios de Monmouth y Lambarde, de Stow y Camden, los últimos trabajos de Wanley, Stukeley y
Gough. Su conocimiento del latín, aunque deficiente en ciertas áreas, era adecuado y su interés por el tema resultaba evidente. Pero no: su formación presentaba lagunas, no tenía suficientes conocimientos, carecía de ideas originales propias. Así que siguió estudiando, optó por centrar sus esfuerzos en esculturas de las iglesias de Londres, porque las había en abundancia. En el segundo intento tuvo esperanzas. Pero le respondieron que, aunque el trabajo estaba muy bien escrito, de nuevo quedaba claro que no aportaba nada original, así que eligió otra táctica.
Cuando Edward y Cornelius eran niños, a menudo exploraban el campo de Staffordshire, en los alrededores de Sandbourne, la finca rural de Ashmole. La finca vecina, Shugborough Hall (a menos de diez kilómetros, cinco por el río), era a menudo una fuente de aventuras para ellos. Edward recordaba un día en que se habían colado en la propiedad y habían descubierto un monumento oculto en el bosque. Era algo espectacular: un arco grande e imponente con dos cabezas talladas que sobresalían de la piedra como adustos centinelas. En el interior había un panel rectangular con un relieve de cuatro figuras apiñadas alrededor de una cripta. Era una copia de un cuadro de Poussin, según sabría más tarde, pero con modificaciones: un sarcófago más y una inscripción que se refería a
«Arcadia». Pero lo que había fascinado totalmente a Edward, incluso de niño, eran las ocho letras grabadas en la limpia franja de piedra que había al pie de la escultura: o u o s v a v v, encima y entre las letras d y m. En las tumbas romanas, las letras d y m significaban por lo general Dis Manibus:
«A los dioses manes». Pero aquella no era una tumba romana. Un enigma, entonces. Qué espécimen tan perfecto para hacer un estudio; ¿qué mejor forma de conseguir la entrada en la Sociedad que tantos años había ansiado? Y así, con una carta de presentación de Cornelius y una buena cantidad de dinero en la cartera, a Edward se le dio permiso para entrar en el edificio y tener acceso al terreno.
Sopesó toda clase de teorías: una carta de amor en clave y dirigida a una esposa fallecida, un acrónimo de una frase en latín, o simples grabados añadidos tras la construcción del monumento y que no eran sino las iniciales del actual propietario (un tal señor George Adams), de su mujer y de sus amigos (aunque el señor Adams se negó a hacer comentarios sobre el tema). Basándose en la historia naval de la finca de Shugborough, Edward
incluso pensó que las letras podían ser las coordenadas de un tesoro enterrado en el mar.
Tardó cuatro meses en completar sus descubrimientos, que aclaraban las diferentes teorías, y dos meses más en compilarlas. Nadie salvo Josiah Wedgwood se había molestado en tomar notas al respecto, pero eso había sido más de diez años antes y se conservaban pocos registros, por no decir ninguno. Y a pesar de que los dibujos de Edward que acompañaban el estudio eran «de un aficionado» (como Cornelius había sentenciado tristemente), el texto sobrepasaba cualquier estudio anterior sobre el monumento. Solo por eso, Edward se había convencido de que tendría éxito.
Pero no había sido suficiente. No había sido suficiente.
–Vamos, caballero, no puede ser tan grave, ¿verdad?
Interrumpida la fantasía, Edward levanta los ojos y ve a la persona que acaba de pronunciar aquellas palabras. En un sillón que tiene delante está sentado un viejo caballero, vestido con un apagado traje de lana peinada.
Lleva el pelo y la barba demasiado largos para la última moda. Sin pretenderlo siquiera, Edward deja escapar una amarga risa y, sacudiendo la cabeza, levanta su taza de café. Toma un sorbo y hace una mueca. Está frío.
¿Cuánto tiempo ha estado sentado allí, medio aletargado?
El hombre levanta dos dedos en el aire y llama a una sirvienta.
–Otra cafetera, por favor. ¿Quiere acompañarme? –dice, dirigiéndose a Edward.
–No creo que mi compañía le resulte grata.
–Tonterías. Insisto.
Edward vacila y, al fin, transige. No quería mostrarse maleducado, pero la decepción le ha hecho responder con cierta hostilidad. «El caballero –
piensa Edward– solo quiere ser amable».
–Gracias, señor.
La cafetera llega en su momento. El anciano sirve el café.
–Y bien –dice–. ¿Por qué tiene usted ese aspecto tan alicaído?
Posee una voz fuerte que no deja traslucir su edad. ¿Cuántos años tendrá?
¿Setenta? ¿Ochenta? Edward lo mira confuso. ¿Debería confiarse a un extraño? En cuanto lo piensa, se siente empujado a dejarse de precauciones; ahora ya no importa mucho.
–Han rechazado mi tercera y última solicitud para ingresar en la Sociedad
de Anticuarios –explica. Edward se abre el abrigo y deja caer el Estudio sobre la mesa de madera, entre los dos, con un impacto sordo. Las páginas revolotean–. Ahí lo tiene. Mi último fracaso.
El anciano sigue con los ojos, de un sorprendente matiz azul, la curva de la bandeja de cobre. Enarca las cejas.
–¿De verdad? Un contratiempo, quizás, pero no es el fin del mundo, eso seguro. ¿Por qué ha dicho «último»?
–Porque no puedo dedicarme a intentarlo por cuarta vez.
–¿Qué se lo impide?
–El dinero, señor. Y el tiempo.
–Ah.
Se produce una pausa. Edward siente que se le pide más.
–Trabajo de encuadernador. Es una vida modesta y poco atractiva. No me emociona. –Niega con la cabeza al oír la autocompasión en su propia voz, pero ya ha empezado y no puede parar–. Crecí en las tierras de una gran mansión, pasé la infancia haciendo agujeros y coleccionando baratijas. Mi amigo y yo pasábamos horas excavando el terreno, fingiendo que éramos grandes exploradores como Colón y Raleigh.
El caballero asiente con comprensión.
–¿Y qué pasó?
–Mi amigo se fue a Oxford a estudiar y yo vine a Londres a encuadernar libros.
Edward toma un rápido sorbo de café para que el recuerdo no se dilate por su cuenta. Vuelve a dejar la taza en el platillo. El caballero lo mira en silencio. Al cabo de un momento, Edward dice:
–Mi amigo me aconseja que no desista.
–Yo lo tendría en cuenta.
–Caridad –resopla Edward.
Por muy agradecido que le esté a Cornelius, no acepta tener que depender de otra persona. Se siente menos hombre, más como un chiquillo, el hijo del mozo de cuadra todavía.
El anciano inclina la cabeza, como si meditara sobre la amarga réplica de Edward.
–Si él es feliz dando, ¿por qué despreciar su oferta? Muchos venderían su alma por tener un benefactor así.
–Lo sé, pero…
–Hiere su orgullo.
–Sí.
Otra pausa, un repentino silencio. Como si el café se hubiera congelado en el tiempo.
«Hiere mi orgullo». Edward es consciente del gran alivio que le causa escuchar esas palabras en voz alta, pero no por ello se siente mejor. ¡Ah, qué estúpido ha sido, comportándose como un niño enfurruñado! Tiene que disculparse con Cornelius, tiene que enmendarlo. Una conducta así no es propia de un caballero, mucho menos de un miembro de la sociedad. Espera que Cornelius no le eche en cara su momento de estupidez.
El café respira de nuevo. El anciano lo mira como si hubiera oído cada uno de sus pensamientos. Edward se ruboriza y se obliga a dedicarle una sonrisa abochornada.
–Ha topado conmigo en un mal momento, señor. Disculpe mi irritación.
Es que estaba muy ilusionado.
–¿Podría hacerle una sugerencia?
–Por supuesto.
El desconocido toma un sorbo de café, con los labios fruncidos sobre el borde de la taza. Se limpia la boca y deja la taza en la mesa con gran cuidado. Luego se inclina, como si fuera a contarle un secreto muy bien guardado.
–En Ludgate Street hay una tienda. Pertenecía a un intrépido matrimonio apellidado Blake. Eran comerciantes de antigüedades y se ganaban la vida excavando tumbas en el sudeste de Europa, en Grecia concretamente.
Entiendo que el gusto por las antigüedades ahora se decanta más por los hallazgos británicos, pero se puede ganar dinero en el mundo antiguo; aún sigue despertando curiosidad. Lamento decir que el matrimonio falleció hace tiempo, puede que unos doce o trece años atrás, y que la tienda… ya no es lo que era. El hermano de Elijah Blake, Hezekiah –dice el anciano, al tiempo que curva los labios–, casi ha dilapidado su fortuna, pero puede que usted tenga la suerte de conversar con la hija.
–¿La hija?
–Pandora Blake. Solo tenía ocho años cuando sus padres murieron, pero los acompañaba a todos los yacimientos que iban, y mostraba mucho interés. El tío, que antes era cartógrafo, cuidó de la niña cuando se quedó
huérfana y se mudó a la tienda con ella. Si la joven se parece a sus padres, seguro que será excepcional.
–¿Los conoció usted bien?
El desconocido vacila.
–Para mí era primordial conocer a los comerciantes de antigüedades.
–Entonces, ¿es usted coleccionista?
–Podríamos decirlo así.
No añade nada más. Se produce otra pausa, durante la cual entra en el café otro cliente que trae consigo el aire frío y crudo de Fleet Street, y Edward ya no está seguro de cómo proseguir la conversación. Los dos están en silencio. El anciano levanta la taza, que ha dejado un cerco de humedad sobre la mesa.
–¿Cómo murieron? –pregunta Edward al fin.
El hombre toma otro sorbo de café.
–Una tragedia. Estaban excavando en unas ruinas griegas cuando las paredes se derrumbaron. Enterrados vivos.
–¿Y Pandora?
–Ella se salvó, gracias a Dios.
Edward sacude la cabeza.
–¡Qué horror!
–Desde luego.
Las campanas de la iglesia del Temple dan la hora. «Es el momento», piensa Edward, y rebusca en el bolsillo del abrigo; cambia el Estudio por una moneda.
–Le estoy muy agradecido, señor. Su amabilidad…
El caballero le indica con la mano que guarde silencio.
–No es nada –dice apaciblemente, como si de veras no fuera nada, por mucho que a Edward se le antoje una intervención calculada en extremo–.
Ha sido un placer.
Cuando Edward se levanta, el anciano lo mira con sus penetrantes ojos azules: contienen un mundo. Le tiende la mano.
–Quizá podríamos volver a vernos, señor Lawrence.
–Sí –dice Edward, estrechándosela. La piel es tan fina que parece papel, o un guante raído, pero el apretón es sorprendentemente firme–. Sí, quizá.
Solo más tarde, cuando calienta al fuego las botas y los calcetines, se le
ocurre a Edward pensar que no le ha preguntado el nombre al anciano, ni este se lo ha dicho. Es más, Edward tampoco ha mencionado el suyo.
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