El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 50 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo cuarenta y siete

Dora pisa cristales rotos con la bota. Levanta el pie y ve los fragmentos en el suelo. El corazón empieza a latirle con fuerza.

Se mueve lentamente con los sentidos alerta, poniendo un pie cautelosamente delante del otro, procurando no hacer ningún ruido. Entorna los ojos cuando reconoce en el suelo el grotesco pez de hierro de Hezekiah.

Se acerca con cautela y reprime una risa de advertencia. El pez no se moverá. No la atacará. Pero entonces ve algo. Se agacha, doblando la punta de los pies.

Sangre. Hay sangre en la afilada curva de la aleta.

Dora traga saliva y se pone en pie. Se vuelve hacia el sótano y abre mucho los ojos.

Es como si alguien, al otro lado de las estanterías, empujara el suelo por debajo. Las tablas están astilladas, algunas arrancadas con los clavos todavía en su sitio. Se dirige hacia allí. Tablas partidas por la mitad, con los bordes desiguales, muchas podridas. Dora mira lo que hay debajo y solo ve piedra, lo cual es extraño.

Oye un ruido abajo. Las puertas del sótano están abiertas y al fondo se distingue una luz débil.

«Algo va mal, muy mal», se dice.

Cruza la tienda contra su voluntad, cruza las puertas del sótano con recelo y apoya la mano en la barandilla con temor. Oye otro ruido y esta vez puede distinguirlo: es ruido de tierra al removerla, acompañado del golpe de metal contra la piedra. Baja valientemente el primer peldaño de la escalera.

El sótano está bañado en la luz de las velas. En el centro se alza el pithos majestuoso, imponente como siempre, pero en torno a la base hay fragmentos de ladrillo y argamasa, unos pequeños, otros grandes. Da un respingo cuando alguien lanza otro ladrillo desde algún lugar situado más allá de la escalera.

Sigue descendiendo. Lo oye jadear, percibe el hedor pútrido de su herida,

y cuando llega al pie de la escalera, lo único que puede hacer es mirar a su alrededor, consternada.

El suelo del sótano está cubierto de escombros. Lottie está tendida de costado junto a la pared del fondo, con los brazos y las piernas atados con cuerda de embalar. Cuando ve a Lottie, gime a través de la mordaza que le tapa la boca, mueve frenéticamente los ojos para que Dora mire detrás de ella.

Dora se vuelve.

–Por Dios bendito, tío. ¿Qué ha hecho?

La pared que se encuentra detrás de Hezekiah es pura ruina, aunque sigue entera. Hezekiah está en pie, erguido con dificultad por culpa de la pierna herida, sobre un montón de escombros. Con los nudillos ensangrentados, empuña un pico con fuerza. Dora huele ahora algo distinto en él, es ginebra, según cree. Y entonces comprende que está empapado de licor, que Hezekiah está peligrosamente borracho. No lleva peluca, tiene la piel sucia, la camisa desgarrada y ennegrecida. Está bañado en sudor y, cuando se miran, percibe en los ojos de su tío un odio puro y sin adulterar.

–Vaya, por fin has venido.

Su voz es un resuello nauseabundo.

–Hezekiah –dice Dora, y el sonido de su nombre en los labios de la muchacha parece aturdirlo.

Arrastra la pierna y se acerca a la luz. Tiene los ojos inyectados en sangre y parecen llevar dentro el espíritu de la locura. Levanta el pico con dificultad y apunta al rostro de Dora.

–¿Cómo osas hablar conmigo de igual a igual? –escupe–. ¡No vales nada!

Como la puta de tu madre. ¡Mira a qué extremo me ha reducido Helen!

Levanta el pico; Dora trastabilla hacia atrás, levantando las manos para defenderse, y entonces se da cuenta de que tiene que calmarlo y tratarlo con dulzura si quiere conocer la verdad.

Si quiere salir ilesa de allí.

–¿Qué hizo? –pregunta–. ¿Qué hizo Helen?

–Ah, Helen –dice Hezekiah respirando con dificultad.

La mira parpadeando, como un niño confuso, y baja el pico, que araña el suelo con la implacable punta.

–Yo la conocí antes, ¿sabes? ¡Yo los presenté! –Ríe con amargura–.

Quería impresionarla. Rodearla de regalos, eso hice. Pero ella eligió a

Elijah y como la puta que era, se abrió de piernas con él antes siquiera de llegar al altar.

Su voz destila vitriolo. Dora trata de no inmutarse.

–Tuvo que ser doloroso.

–Lo fue. –Otra vez parece confuso–. Lo fue. ¿Cómo pudo tratarme así?

¿Después de todo lo que hice por ella?

Dora traga saliva y reza para poder calmarse.

–¿Qué hizo por ella?

La expresión de Hezekiah se vuelve nostálgica y, por un breve momento, Dora ve el fantasma del hombre que fue hace muchos años: joven y despreocupado. Incluso atractivo.

–Fui yo quien rastreó la historia geográfica de su precioso mito de Pandora. Pero no entendía la historia antigua con la que había que cotejar los indicios. Elijah, en cambio, era mucho más listo en ese sentido. Y

entonces… –se interrumpe. Se le ensombrece la expresión–. Yo la quería.

La quería, pero ella lo eligió a él. ¿Tienes idea de cómo me sentí? ¿Sabes lo que es que te utilicen de esa manera? –Dora niega con la cabeza. No encuentra las palabras–. Elijah –prosigue Hezekiah– pensó que dejarme dirigir la tienda era un acto de bondad. Una forma de ganarme la vida, dijo, en agradecimiento por haberlos unido. Como si yo tuviera que darle las gracias por eso, cuando él me la había arrebatado. ¡Lo único que siempre quise de veras! –Ríe con rencor–. Y aun así me utilizaron. Ella me utilizó.

Mis conocimientos, mi habilidad. Pero me subestimaron, Dora. No sabían de lo que yo era capaz. Podría haberlos hecho ricos si no hubieran estado tan ciegos.

El veneno de su voz es suficiente para soltarle la lengua.

–¿Por qué los mató? –pregunta Dora con calma.

Hezekiah adopta una actitud desdeñosa.

–No tenían imaginación, no lo entendían. ¡Oh, lo que podríamos haber hecho! ¡La cantidad de dinero que habríamos ganado si lo hubiéramos vendido a mi manera! –Mira el pithos, detrás de Dora, y esta ve que está perdido en sus recuerdos, atrapado en un sueño–. Les conté lo que había hecho aquí, en la tienda. Las ventas que había conseguido. Pensé que estarían complacidos, pero me dijeron que me fuera. ¡Que me fuera!

¡Cuando había sido yo quien la había ayudado a descubrir dónde estaba ese maldito cacharro!

Sacude la cabeza. En alguna parte, a sus espaldas, a Dora le parece oír un grito.

–Fui a la excavación, traté de razonar con ellos, pero no hubo manera, dijeron que si intentaba algo me denunciarían. ¿Te lo puedes creer? –

Hezekiah, con el rostro sudoroso, la mira con incredulidad–. De su misma sangre y amenazado con la horca. Fue la última ofensa. Tomé una decisión.

Si yo no podía conseguir la vasija, entonces no la tendría nadie. –Mira a su sobrina una vez más, ahora con expresión altiva–. No fue difícil encontrar los puntos débiles de la excavación; no era muy estable desde el principio.

El terreno se estaba hundiendo. Había planes para apuntalarlo, pero Elijah y Helen siempre habían sido impacientes. Hamilton dijo que era bastante sólido, que se mantendría en pie durante algún tiempo más, y puede que tuviera razón… si no hubiera sido por mí. –Hace una mueca–. No me costó nada derribar una pared de contención, una viga aquí, otra allá. Lo preparé todo. Una patada fuerte, un martillazo, eso fue lo que hizo falta. Pero quise darles otra oportunidad. Quise que razonaran. Así que me colé en los túneles mientras Hamilton dormía, sabiendo que estarían trabajando solos los dos. Estaban discutiendo, con la vasija entre ambos, todavía medio enterrada. Me escondí. –Hezekiah tiene los ojos vidriosos–. Helen lo sabía, sabía lo que iba a hacer. Qué lista era esa mujer. «Hezekiah quiere matarnos», había dicho, «¿y qué pasará entonces con Dora?». Elijah trataba de convencerla de que dejaran la excavación, pero Helen se negaba, dijo que no habían recorrido todo aquel camino para abandonar ahora la vasija.

Y entonces, ¡ah, entonces! Hablaron de una colección privada, una fortuna que tenían en Londres, pero no dijeron dónde estaba. Vi que Helen sacaba un papel del bolsillo. Elijah le dijo que apuntara las instrucciones. Para ti, Dora. «Un método infalible», dijo él. ¡Una fortuna! Que me habían ocultado todo ese tiempo… Perdí los nervios. Volé hacia ellos. Helen sacó un cuchillo. –Hezekiah se acaricia con el dedo la cicatriz del rostro.

Dora traga saliva con dificultad, asqueada, mientras Hezekiah recorre la cicatriz con el dedo hasta llegar al final.

–¿Y qué ocurrió entonces?

Su tío esboza una sonrisa exenta de alegría.

–Le quité el papel y eché a correr. La tarde ya estaba avanzada.

Habíamos contratado a gente de allí, así que la excavación estaba vacía.

Mesimeri. Todo el mundo estaba durmiendo en las tiendas. Nadie me vio.

Tiré una pared, algunas vigas… El ruido fue ensordecedor. Todo se vino abajo con mucha rapidez.

Se miran. Dora respira intranquila.

–¿Cómo supo que había una nota en el pithos? ¿Por qué ha querido recuperarla después de todos estos años?

Hezekiah suelta el pico de repente. Dora da un respingo al oír el ruido que hace al tocar el suelo.

–No dejaba de preguntarme por qué no corrieron detrás de mí. Por qué no intentaron recuperar el papel. Si lo hubieran hecho, me habrían atrapado, estoy seguro. Pero no vinieron, y en la conmoción que siguió, ni siquiera miré el papel. Y más tarde vi que se había roto, y que lo único que tenía yo era un trozo de papel en blanco. Cuando recuperaron los cadáveres, no muy lejos de la entrada, y no se encontró ninguna nota… entendí lo que Helen había hecho. En el momento en que las paredes se derrumbaron a su alrededor, debió de esconder la nota en la vasija, sabiendo que Hamilton se haría cargo de la excavación. Aunque Helen también sabía que podían entregarme la nota a mí. Pero lo que no pudo prever es cuánto se tardaría en reabrir la excavación. Un método infalible, naturalmente. –Hezekiah introduce la mano en el bolsillo del pantalón–. Doce años me ha costado conseguir la vasija. ¿Tienes idea de lo mucho que he sufrido? ¿Sabiendo que había una fortuna, pero no dónde?

Dora no puede contenerse más.

–¿Planeaba matarme a mí también? –pregunta con un susurro doloroso.

Hezekiah agacha la cabeza.

–¿Sinceramente? No. Ni siquiera me di cuenta de que estabas allí. Es una pena que Hamilton consiguiera sacarte, pero, en fin, lo hizo. Y has sido una molestia desde entonces.

–¿Y por qué me mantuvo con vida?

Vuelve a oír algo tras ella, otro sonido ahogado.

–Ah, Dora –dice Hezekiah con aire burlón. Se vuelve para coger una vela que tiene detrás–. He hecho muchas barbaridades en mi vida, pero matar a sangre fría a una niña no va conmigo. Además –entorna los ojos–, tú no sabías nada de esto. Nunca habrías sabido que existía una fortuna, de no ser por mí. No, no servía de nada matarte. Después de todo, me has resultado muy útil. –Ladea la cabeza–. Date cuenta, Dora, de que no hay manera de que demuestres nada de lo que acabo de decir.

Hezekiah saca lentamente la mano del bolsillo. En ella lleva un papel doblado, con el borde inferior roto. Está arrugado, amarillo por el paso del tiempo, pero Dora sabe qué es.

–La nota –murmura.

Hezekiah mira el papel y pasa un pulgar sucio por el lado amarillento.

–«A la atención de sir William Hamilton, en nombre de nuestra hija, Pandora Blake» –lee. Desdobla la nota y mira a Dora de nuevo–. Dime, Dora, ¿qué es la llave dorada y negra?

El hincapié que hace en las últimas palabras la pilla con la guardia baja.

Mira a su tío con aire confuso.

–¿La llave dorada y negra?

–Ya me has oído.

Dora niega con la cabeza.

–No lo sé. La caja fuerte es negra y dorada…

–No es esa. Ya lo he probado.

Dora no dice nada. Hezekiah la mira fijamente durante un largo momento.

–Esta nota era para ti. Helen dice que uses la llave dorada y negra. Tenía que saber que eso significaba algo para ti.

A Dora le late el corazón con fuerza y no entiende qué es lo que su tío quiere de ella. Mira a Lottie, atada tan cruelmente a su espalda, el pithos, los escombros en el suelo… Confusa, niega una vez más con la cabeza.

–Pero para mí no significa nada –susurra.

Hezekiah vuelve a mirarla con fijeza. Luego levanta la mano y pone la nota ante sí como si fuera un libro de oraciones.

–Bueno, está bien. Si yo no puedo tener la fortuna de tus padres, tú tampoco la tendrás. Después de todo, aún me queda el pithos. Piensa en todo el dinero que ganaré solo con eso.

Hezekiah le dedica una sonrisa petulante, de suficiencia. Dora siente una punzada en el estómago y tarda un momento en entender lo que va a hacer su tío. Pero entonces ve que mueve la vela, que acerca la llama a una esquina del papel…

–¡No!

El papel arde ya. Hezekiah sonríe de oreja a oreja mientras lo ve arder y comienza a reír como un maníaco. Y al cabo de un momento, su risa

alcanza una nota más aguda, cada vez más aguda. Horrorizada, Dora se da cuenta de que Hezekiah ya no se está riendo.

Está gritando.

Las llamas se le han extendido por el brazo con una velocidad inusual. El fuego le llega al pecho y le baja por las piernas. Desesperado, Hezekiah se tira de la camisa, pero tiene las manos envueltas en llamas y no consigue asirla. Dándose cuenta de que no sirve de nada, intenta correr, pero la pierna herida se lo impide y, cuando cae de rodillas, Dora es incapaz de apartar la mirada.

Observa lo que ocurre, petrificada. La piel de Hezekiah se ha cubierto de ampollas y el olor a carne quemada es tan fuerte que Dora tiene arcadas. El humo empieza a elevarse desde su cuerpo en volutas y cuando las llamas le llegan a la cara, Hezekiah alarga hacia ella una mano abrasada y temblorosa. Durante una décima de segundo, sus miradas se encuentran, pero las llamas lo envuelven ya por completo y Hezekiah grita desesperadamente, una y otra vez, debatiéndose en medio de las llamas.

Tras ella, Dora oye los gritos ahogados de Lottie. Volviendo en sí, Dora deja de mirar la antorcha humana, corre hacia el ama de llaves y le quita la mordaza.

–¡Señorita!

–Tranquila, Lottie, lo sé. Tenemos que salir.

–No –exclama Lottie mientras Dora le afloja las ataduras de los pies–. Su joven amigo. ¡Está en la caja fuerte!

Dora la mira fijamente. Hezekiah ha dejado de gritar. Ya solo quedan los chisporroteos de las llamas, el olor a carne quemada y el humo.

–¿Qué quiere decir?

–¡No hay tiempo para explicaciones! –grita Lottie–. Mire.

Y Dora mira. La barandilla de la escalera ha empezado a arder.

– Theé mou… –Con dedos temblorosos, Dora desata la cuerda que rodea las muñecas de Lottie–. ¡La llave, Lottie! ¿Dónde está la llave?

–¡Sigue en la cerradura!

Con el corazón en un puño, Dora corre hacia la caja fuerte Bramah, gira la llave y Edward cae al suelo, derrumbándose en sus brazos.

–¡Edward, lo siento! No sabía, yo…

Dora intenta levantarlo, pero el hombre pesa demasiado, no puede sola con él.

–¡Lottie! –grita Dora por encima del crepitar de las llamas, pero Lottie ya está al otro lado de Edward.

–Lo tengo –dice, y Edward se agita entre las dos.

–Dora…

–Edward, despierta –dice Dora mientras entre Lottie y ella lo arrastran, Respira aliviada cuando, al pasar por delante del pithos, ve a Edward alargar la mano y utilizar la vasija para apoyarse y levantarse. Ya en las escaleras del sótano, las llamas amenazan con alcanzarlos a los tres, pero de alguna manera consiguen cruzar el fuego y subir por la escalera hasta llegar a la tienda dando traspiés. Finalmente, salen los tres juntos a Ludgate Street y respiran a bocanadas el aire frío de la mañana.

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