El secreto de Pandora
Capítulo dieciocho
Dora temía que llegara tarde, pero el señor Lawrence ya estaba esperando fuera de la tienda cuando ha abierto la puerta. Cruza el umbral soplándose las manos ruidosamente y Dora, con actitud furtiva, se lleva un dedo a los labios. Él asiente con la cabeza, hundiendo la barbilla entre los pliegues del pañuelo. Dora cierra con cuidado la puerta tras él, al tiempo que sujeta con una mano la campanilla para impedir que suene.
Las risas del café vecino suavizan la oscura quietud; las carcajadas de los borrachos atraviesan las paredes casi como un murmullo. Detrás de ella, encaramado en su columpio, Hermes grazna y el señor Lawrence se encoge.
–No va a hacerle daño, señor Lawrence –murmura la muchacha, mientras Edward le lanza al pájaro una mirada cautelosa.
–¿Está totalmente segura?
–Totalmente.
Dora pronuncia el adverbio con cierta vacilación y el señor Lawrence la mira con severidad. A pesar de la aprensión de la muchacha por lo que puedan encontrar en el sótano –la conversación que han mantenido antes sigue grabada en su mente–, se ríe entre dientes.
–Nunca se puede estar seguro del todo. Vamos, no debemos entretenernos.
–No –responde él en voz baja, pero Dora frunce el entrecejo cuando se vuelve para guiarlo al fondo de la tienda.
–¿Señor Lawrence? –El joven parece inquieto y contempla la tienda con una expresión que, si Dora no se equivoca, podría ser de miedo–. ¿Se encuentra usted bien?
Edward vacila y da una especie de sacudida.
–Está muy oscuro.
–Oh, conozco el camino muy bien. Hay quince pasos hasta…
–¿No podemos encender una vela?
Dora lo mira entre las sombras.
–Yo no me arriesgaría a encender una vela aún, mejor cuando estemos
abajo.
–Muy bien –responde el hombre con voz apagada.
–Vamos, deme la mano. Lo guiaré.
Le coge la mano casi al instante.
A Edward le da miedo la oscuridad, o eso piensa Dora mientras lo conduce por la tienda. Pero no, qué tontería, rectifica, cómo va a tener miedo de algo así un hombre adulto. Puede que solo sea un poco de aprensión. Después de todo, están corriendo un gran riesgo. Hezekiah o Lottie podrían sorprenderlos en cualquier momento.
Le suelta la mano y le entrega el cuaderno de dibujo para sacar la llave de la manga. Con cautela, abre el candado, sujeta la cadena para que no haga ruido y lo deja todo, cadena y candado, en el suelo. Luego se incorpora y señala el aparador que Edward tiene detrás.
–¿Le importa?
Él se vuelve a mirar y coge de encima del mueble el candelabro que Dora le ha señalado. La joven retrocede y alarga el brazo.
–Hermes –llama con suavidad–. Éla edó. Ven aquí.
La urraca no responde durante un rato. Agacha la cabeza, se balancea en el columpio. Parece que va a desobedecer, pero entonces vuela hacia Dora, se posa en su hombro y clava las garras en su vestido.
Lentamente, Dora abre las puertas del sótano. Les llega una ráfaga de aire frío que huele a cerrado.
–Tenga cuidado –murmura la joven cuando el señor Lawrence le devuelve el cuaderno–. Hay ocho peldaños. Sujétese fuerte a la barandilla.
No me perdonaría nunca que se rompiera usted el cuello. Y si mi tío nos oye, habremos fracasado antes de empezar.
Pero el señor Lawrence vacila, mirando a la oscuridad.
–¿Señor Lawrence? –dice Dora–. ¿Quiere que vaya yo delante?
–Creo que puedo arreglármelas –dice al fin el hombre, que baja el primer peldaño.
«Sí. Le da miedo la oscuridad», piensa Dora.
Mientras el compañero baja, Dora cierra las puertas tras ella. Lo escucha llegar al final –el sonido del tacón sobre la piedra– y se aferra con más fuerza a la barandilla, arañándose la mano con la madera astillada.
–A su derecha está el yesquero. Encima de una caja. ¿Podría…?
–Lo tengo.
Se oye un chasquido, brota una chispa y Dora ve el brillo ámbar entre los dedos del señor Lawrence, que enciende la primera vela cuando ella llega al final de la escalera. Dora lo mira a la cara y, bajo la suave luz, le parece que está muy pálido.
–Traiga. –Le deja encender la segunda vela y le quita la primera de la mano–. Yo encenderé el resto.
Dora se ocupa de las velas y deposita suavemente a Hermes en el respaldo de la silla. El pájaro bate las alas y corretea por el borde como si fuera una cuerda floja. Cuando Dora se vuelve, ve al señor Lawrence inclinado con las manos en las rodillas, estudiando la vasija. Levanta la cabeza cuando ella se acerca y el corazón de Dora empieza a latir peligrosamente en la caverna de su pecho.
–¿Y bien?
El señor Lawrence se endereza.
–Bueno. –Se quita el pañuelo que lleva al cuello y retuerce la lana con las manos, una y otra vez, Dora no sabe si por los nervios o por la emoción–.
Ciertamente parece auténtica. Necesitaría un análisis del material para estar seguro. No podría datarlo con precisión de otra forma, y tendría que ver la parte inferior.
–¿Por qué? –pregunta Dora.
El señor Lawrence sonríe ligeramente. El color ha vuelto a sus mejillas.
–Los falsificadores suelen marcar las vasijas por debajo. Todos sus objetos orientales –dice señalando el piso de arriba– tienen un sello que no debería estar ahí, pero los falsificadores insisten en ponerlo porque creen que induce a los compradores a suponer que el objeto es auténtico. La cerámica griega, sin embargo, raramente está marcada. Poquísimas vasijas atenienses llevan la firma del pintor o del ceramista. El caso es que el ceramista y el pintor no siempre eran la misma persona, aunque podrían serlo.
–Explíquese, por favor.
–Algunos ceramistas pintaban sus artículos y otros los enviaban a que los pintaran otros. Pero los falsificadores no tienen eso en cuenta. A menudo marcan la parte inferior con una firma que no tiene ningún sentido desde el punto de vista del lugar, el estilo y la época histórica. Y esto –añade el señor Lawrence, señalando la vasija–, es un pithos, no una vasija normal. Es
mucho mucho más difícil de copiar debido a su tamaño. Los falsificadores no suelen tener tanta paciencia.
Dora frunce el entrecejo al oír la palabra, que le suena vagamente.
–¿ Pithos?
Poco antes, el señor Lawrence parecía animado, pero ahora calla, como si lo hubieran pillado con la guardia baja.
–Un pithos –dice con paciencia– es una tinaja de barro cocido que los antiguos griegos usaban para almacenar grandes cantidades de grano o líquidos como vino y aceite. ¿No lo sabía?
Dora suspira y cruza la habitación para poner en el candelabro la vela que lleva en la mano.
–Como le dije, señor Lawrence, no soy una experta. El poco conocimiento que tengo procede de mis recuerdos de infancia. Estoy rodeada de falsificaciones que solo sé que lo son porque he visto cómo lleva mi tío la tienda. No sabría diferenciar una vasija de un pithos más que… –
Dora guarda silencio, en parte porque no se le ocurre ningún ejemplo y en parte porque el señor Lawrence la está mirando con expresión de desconcierto–. Siento decepcionarlo, señor –termina, poniéndose a la defensiva.
Pero él está negando con la cabeza.
–No estoy decepcionado –se apresura a decir él–. Confieso que yo solo sé todo esto porque he leído mucho. Supongo –añade con una sonrisa triste–, que tanto usted como yo somos aficionados.
–Usted sabe mucho más que yo.
Una pausa.
–¿Eso la entristece?
La pregunta la sorprende, sobre todo porque no creía ser tan transparente.
Dora se acerca lentamente a la vasija, o mejor dicho, al pithos, y pone una mano en la tapa.
–Sí –admite–. Si mis padres hubieran vivido, me habrían enseñado. Mi tío, que conoce el negocio, decidió no darme esos conocimientos. Dijo que no hacía ninguna falta que supiera nada. –La ira le calienta la garganta y aprieta la mano contra el barro–. Habría podido hacer mucho en este sitio si se me hubiera dado la oportunidad.
Él está muy cerca. El pañuelo le cuelga de las manos hasta el suelo. Dora
se atreve a mirarlo. Bajo el dorado brillo de las velas, ve una sombra de vello en la barbilla angulosa del joven.
–Lo siento –dice el señor Lawrence en voz baja.
Dora está pensando en ese momento que el señor Lawrence tiene una mirada muy amable cuando, de repente, nota un calor inusitado en la mano.
La aparta de la vasija ahogando una exclamación y Hermes lanza un agudo graznido.
–¿Qué ocurre?
–¡Mi mano! Eso…
Pero el calor se ha ido tan rápidamente como ha aparecido. Dora se mira la mano y luego observa el pithos.
–La tapa. Era como si ardiera.
Arrugando la frente, el señor Lawrence la toca con los dedos un par de veces, para probar. Se encoge de hombros y levanta la mirada.
–Está fría.
Dora vuelve a tocarla con gesto vacilante. Tiene razón. Está fría, no está en absoluto caliente. Pero estaba tan segura…
Se estremece, se frota los párpados con la mano.
–Debo de estar imaginando cosas. Espero que sea por el cansancio.
–Entonces debemos continuar –dice el señor Lawrence–. Tenemos mucho que hacer.
Edward empieza por el pithos.
Un examen superficial, porque, al fin y el cabo, como había dicho el señor Lawrence, Dora lo está dibujando y lo único que tiene que hacer él es encontrar pruebas. Saca del bolsillo del redingote un pequeño tubo de cristal y un escalpelo y, con mucho cuidado, rasca algunos granos de arcilla justo debajo del borde de la tapa. Luego intenta mirar debajo, pero le resulta imposible incluso cuando Dora sujeta la tapa por un lado.
–Demasiado pesada –gruñe, decepcionado–. Y no me atrevo a meter la mano, no vaya a ser que se me caiga encima. Pero quizá la muestra de arcilla sea suficiente.
Luego toma notas en un pequeño cuaderno negro que saca del otro
bolsillo. Medidas, señales características, una descripción de las escenas que Dora le está explicando… Por último, Edward deja que la joven siga dibujando y él se pone a inspeccionar las estanterías. Dora lo ve vacilar un momento antes de dejarle el candelabro y coger una vela de un candelero del escritorio. Se mueve despacio, porque Hermes lo mira fijamente con ojo crítico.
–Está decidiendo si confiar en usted o no –dice Dora cuando el señor Lawrence se aleja del pájaro con gran cautela–. Es posible que se deje acariciar después de unas cuantas visitas.
–Creo –dice Lawrence mientras retrocede hacia la seguridad de las estanterías– que prefiero guardar las distancias, si no tiene usted inconveniente.
Dora asiente, sonríe y continúa copiando la segunda escena.
Empieza trazando unas líneas sencillas, rozando apenas el papel con el lápiz: un arco irregular para la montaña y suaves remolinos para el ventoso sendero. Se mueve despacio alrededor del pithos, procurando que cada elemento de la escena esté debidamente situado. Traza óvalos para las águilas y los buitres, y un triángulo para la roca. Luego vuelve a su posición inicial en el suelo, se ajusta las gafas y entorna los ojos para dar cuerpo a las figuras de Zeus y Prometeo.
–Hum.
Dora levanta la vista. El señor Lawrence ha colocado en un semicírculo, a sus pies, algunos de los objetos griegos de barro y se está dando golpecitos en los dientes con la punta del lápiz.
–Aquí hay un par de falsificaciones, pero también hay algunos objetos auténticos. –Señala un par de vasijas de escasa altura que ha puesto al lado de su pie derecho–. El mismo estilo, pero una es claramente una imitación.
Y de las malas, además. –Mira a Dora–. ¿Quizá uno de los intentos fallidos de su tío?
–Quizá. –Mira la colección que tiene a los pies–. Entonces, ¿algunas son auténticas?
–Sí. La verdad es que bastantes.
Dora siente un vacío en el estómago.
–¿Y puede datarlas?
–Pues… –El señor Lawrence se pone en cuclillas y vuelve a darse golpecitos en los dientes con el lápiz–. Creo que sí. Mucho mejor que el
pithos. –Levanta una especie de cuenco para que ella lo vea–. El pithos es de arcilla nada más, sin pintura, solo con relieves. Puede que se trate de una pieza muy antigua o, sencillamente, que no llegaran a terminarla. Sin embargo, esta es de las que llaman «melanomorfas», es decir, de figuras pintadas en negro. Este estilo no apareció hasta el siglo vii a. C. Esta otra –
añade, señalando una pieza más alta que tiene a la izquierda– es de una técnica llamada «de fondo blanco» porque las imágenes están pintadas sobre un fondo blanco. Y esto no se hizo hasta, más o menos, unos quinientos años antes de Cristo. –El señor Lawrence vuelve a dejar la vasija en el suelo. Emite un ruido ligero cuando roza la piedra–. Bien. Al menos, puedo darle una idea general.
Dora se pone el cuaderno en las rodillas.
–Entonces –dice con resignación–, mi tío vende falsificaciones y baratijas en la tienda, pero guarda antigüedades auténticas en el sótano, para…
No es capaz de acabar la frase. Al menos, no en voz alta. Baja el lápiz y apoya la cabeza en la mano.
Es muy posible que Hezekiah guarde estas antigüedades en concreto con la intención de venderlas legalmente en algún momento. Pero Dora conoce a su tío lo bastante bien para entender que si no tiene reparos a la hora de vender falsificaciones como si fueran piezas auténticas, es muy probable que tampoco los tenga a la hora de vender objetos auténticos por medios más cuestionables, si eso le proporciona un beneficio mayor.
Dora sabe lo que significa «mercado negro». Aprendió lo suficiente oyendo las conversaciones entre su padre y sus trabajadores en las excavaciones arqueológicas, y las advertencias dirigidas a los clientes de la tienda: cualquier mercancía que cambiara de manos de esa forma se consideraba mercancía robada. Comercio ilegal. Y si detenían a Hezekiah…
solo había un castigo posible.
Un castigo definitivo.
–¿Señorita Blake?
Dora suspira y levanta la cabeza.
–¿Podemos saber con seguridad dónde los consiguió?
–Solo si guarda los registros de la transacción.
El señor Lawrence mira el escritorio. Hermes inclina la cabeza hacia él y sus ojos negros brillan a la luz de las velas.
–En ese escritorio solo están los libros de contabilidad de la tienda –dice Dora en respuesta a la pregunta que el joven no formula–. Es todo legal, ya lo he comprobado. –El señor Lawrence la mira otra vez con expresión adusta, pero no dice nada. Dora suspira y consulta el reloj de bolsillo que lleva atado con una cinta en la cintura–. Será mejor que continúe. Solo nos queda una hora.
Siguen con su trabajo. Dora procura poner coto a sus peores pensamientos mientras copia los relieves del pithos. Después de todo, ahora es su única esperanza de escapar. Si no puede vender los dibujos, entonces…
«Basta –se dice–. No pienses en eso».
Completa las siluetas de Prometeo y de Zeus, los detalles de la montaña, las nubes, los abetos y los pinos, los estorninos que vuelan. Por un breve instante, siente el mismo escalofrío que sintió al abrir las puertas del sótano.
Se aprieta el chal alrededor de los hombros y se pincha la mejilla con la punta del lápiz.
«Concéntrate».
Los detalles del relieve son realmente impresionantes. Sin embargo, piensa Dora, hay algunos elementos del pithos que no podrá trasladar a los diseños de joyas. Se fija en las grecas y se da cuenta de por qué fallaron sus intentos anteriores. Las líneas son más delgadas, las formas más apretadas.
En comparación, sus dibujos parecían garabatos infantiles. Copia metódicamente en el papel los motivos decorativos.
El señor Lawrence también es metódico. Examina todas las cajas de la estantería, toma notas sobre cada objeto y los vuelve a colocar exactamente como estaban antes de bajarlos. Consigue examinar cuatro más antes de que Dora anuncie la hora otra vez:
–Faltan siete minutos para las dos.
–Dos horas es muy poco, no da tiempo a hacer nada.
–Sí –dice Dora, cerrando el cuaderno–. Pero es todo lo que podemos permitirnos. ¿Cuánto le falta a usted?
El señor Lawrence devuelve una caja al anaquel y recoge el pañuelo de la barandilla, donde lo había dejado colgado.
–Dos cajas más en este estante, otros dos estantes encima… –Vuelve la cabeza para confirmarlo–. La estantería de enfrente, las cajas que hay ahí, en el suelo. Y por supuesto, lo que haya tras la escalera.
Miran al mismo tiempo. Al otro lado de la escalera, un espacio en sombras.
El señor Lawrence vacila.
–Está muy oscuro.
Dora casi le pregunta por qué le tiene tanto miedo a la oscuridad, pero algo en su rostro la obliga a guardar silencio.
–Quizá no sea tan profundo como parece –se limita a decir.
–Quizá. Pero el suelo de la tienda se alarga por ese lado.
–Podemos acercarnos con las velas a echar un vistazo…
–Otra noche.
Las palabras brotan cortantes, muy cortantes, y Dora lo mira, pero el señor Lawrence ya ha dado media vuelta y se está poniendo el pañuelo en el cuello. Mientras da la última vuelta al pañuelo, señala la caja fuerte de Bramah que está al lado del escritorio.
–¿Tiene la llave de esa caja?
Dora niega con la cabeza.
–Mi tío solo lleva una llave colgando del cuello y no encaja en esa cerradura.
–Si tiene algún documento –dice el señor Lawrence–, seguramente estará ahí. Tiene que guardar la llave en algún sitio.
–Sí, seguro. Pero no se imagina usted lo que me costó conseguir la llave del sótano.
Dora reprime un escalofrío al recordarlo. De todos modos, el señor Lawrence le lanza una mirada inquisitiva.
–Otra noche –dice ella.
Edward hace una mueca al darse cuenta de que Dora le ha devuelto sus propias palabras.
– Touché, señorita Blake.
– Touchée, en efecto.
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