El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 3 de 53

Páginas del PDF

El secreto de Pandora

Capítulo dos

Creed Lane está abarrotada, es como una herida cubierta de gusanos.

El tráfico parece haber desbordado el hinchado estómago de Ludgate Street para desparramarse por las calles laterales con la violencia de una riada. El olor característico de la ciudad parece más punzante en los barrios cercanos: hollín y hortalizas mustias, pescado que se pudre. El hombre lleva un pañuelo pegado con firmeza a la boca y la nariz. Cuando por fin sale a la cuesta de Puddle Dock Hill, relativamente más tranquila, Hezekiah Blake echa a andar a toda la velocidad que le permite su corpulencia.

La carta (arrugada después de haberla leído tantas veces) había llegado más de dos semanas atrás, y habiendo calculado el tiempo que podrían tardar en recorrer esa distancia, esperaba que los Coombe hubieran llegado ya; la paciencia de Hezekiah estaba disminuyendo peligrosamente.

Reduciendo la velocidad, aparta el pañuelo y trata de recuperar el aliento.

Su inclinación a la pereza se nota en el fofo volumen de su cuerpo, aunque a los cincuenta y dos años le parece algo muy normal: es lógico esperar que un hombre con una trayectoria comercial tan larga como la suya disfrute de lo cosechado en el trabajo. Se tira de la peluca, ladea el ala del último sombrero que ha comprado y pasa la mano por el chaleco de muselina que le aprieta la redonda barriga. Desde luego, lamenta no tener más libertad para mimarse (¡los lujos que podría permitirse!), pero pronto, piensa con una sonrisa, pronto será libre para regalarse todo lo que le gusta. Ha tenido que esperar y sufrir los últimos doce años. En breve habrá terminado la espera.

Al acercarse a Puddle Dock, vuelve a llevarse el pañuelo a la boca.

Utiliza este muelle concreto para sus operaciones más turbias. Es donde el mal olor alcanza su punto culminante. Básicamente es el vertedero de toda la basura de las calles de Londres, por lo que es poco probable que se controlen los cargamentos que se desembarcan aquí. Da gracias porque esta transacción en particular vaya a realizarse en lo más crudo del invierno, porque en los meses de verano los vapores de la porquería ascienden e

impregnan todo lo que tocan: los pelillos de la nariz y las pestañas, la ropa, los cargamentos grandes y pequeños. Lo último que quiere para su objeto más preciado es que el hedor lo contamine. «No –piensa–, no estaría bien».

El muelle es pequeño y estrecho, como todos los muelles, y se encuentra encajado entre dos edificios altos cuyas ventanas están tapiadas con tablones de madera. Hezekiah tiene que pegar la espalda a las sucias paredes para pasar entre los estibadores: trata inútilmente de no fijarse en los hombres que vacían los carros de excrementos humanos y de no oír los desagradables chasquidos y chapoteos de los cubos llenos hasta los topes al golpear los adoquines. Pisa algo resbaladizo (se niega a imaginar qué puede ser) y cae sobre la espalda de un chino que lleva un cubo, cuyo asqueroso contenido amenaza con derramarse a causa del empujón. Hezekiah se apoya en la pared para recuperar el equilibrio y lo mira ofendido, pero no hay disculpas ni el menor indicio de que el chino se haya percatado siquiera de su presencia. De hecho, se aleja antes de que Hezekiah pueda decir nada.

Con lágrimas en los ojos y el pañuelo todavía pegado a la nariz, traga aire a bocanadas y sigue andando entre titubeos por la pendiente que llega hasta el borde del río.

El capataz, que dirige desde las barcazas el vertido nocturno para que lo lleven río abajo, está de espaldas a Hezekiah, y es tal la barahúnda que este tiene que gritar para hacerse oír.

–¡Señor Tibb, por favor! ¡Señor Tibb!

Jonas Tibb vuelve a medias la cabeza para ver quién lo llama, luego se gira de nuevo hacia las barcazas y, haciendo un gesto hacia el río, dice algo que Hezekiah no puede oír. El capataz se vuelve del todo y sube los escalones del muelle hasta la inclinada orilla, donde Hezekiah espera impaciente.

–¿Otra vez, señor Blake? –Tibb engancha los sucios pulgares en la cintura de los pantalones y vuelve los ojos al río. El clima, aunque frío, sigue siendo seco y radiante; el agua está tan tranquila como un estanque de patos, lisa como el cristal–. Ayer le dije que no había el menor rastro. La cosa no ha cambiado desde que el sol se ha puesto y ha salido.

Hezekiah deja caer los hombros. Siente agitarse el fastidio en la barriga, el duro puñetazo de una nueva decepción. Al ver la cara que pone, Tibb suspira, se quita el gorro de lana y se frota la calva.

–Señor, ya me dijo que sus hombres no vendrán por el camino más

rápido, que es la carretera. Hay casi ochocientos kilómetros desde Samson y, con las mareas de invierno, siempre hay que calcular un par de días de retraso. ¿Por qué sigue viniendo cuando le dije que le mandaría un aviso?

Normalmente Hezekiah no consiente que le hablen así. Después de todo, es un respetable comerciante y aquel hombre pasaría desapercibido para él en cualquier otra ocasión, pero Jonas Tibb no ha preguntado ni una sola vez por qué Hezekiah quiere llevar sus negocios de esa forma y la discreción del capataz siempre ha sido total.

–Por todos los diablos, Tibb. No tiene ni idea de su importancia. He pagado una buena suma por ese cargamento.

«Una buena suma –piensa ahora con inquietud–, que apenas puedo permitirme».

Tibb levanta los hombros con toda la intención de encogerlos, aunque parece pensárselo mejor. Entorna los ojos grises y acuosos mientras esboza una media sonrisa.

–Estoy seguro de que los hermanos Coombe no le dejarán tirado. Nunca lo han hecho, ¿verdad?

Hezekiah se anima.

–No, desde luego que no, por supuesto.

Tibb asiente con brusquedad, se pone el gorro y Hezekiah gruñe, enfadado consigo mismo por haber dado muestras de debilidad delante de un hombre de orígenes tan humildes.

–Bueno, bien –dice–. Esperaré a tener noticias suyas a su debido tiempo.

Espero que me envíe una nota en cuanto vea llegar el barco, ¿lo ha entendido?

–Sí, señor.

–Muy bien.

Así pues, Hezekiah, con el pañuelo de nuevo en la nariz, rehace el desagradable camino que ha seguido desde Puddle Dock Hill, a través de la atestada cloaca de Creed Lane, y vuelve al bullicioso ajetreo de Ludgate Street. A pesar de las palabras del capataz, está confuso y se siente agraviado.

¿Dónde están los hombres? ¿Dónde está su cargamento, su trofeo más anhelado? Quizá haya pasado algo; una emboscada, o quizá los Coombe han huido, o… –y aquí Hezekiah suelta una carcajada que llama la atención de una lechera, que lo mira con extrañeza y se tira del canesú– ¡o quizá

hayan naufragado! No, la idea es demasiado horrible, demasiado irónica y divertida como para tenerla en cuenta. «¡Rápido –piensa– rápido!».

Necesita algo que calme su agitación.

Hezekiah fija ahora su atención en los escaparates, y sus ojos corren hacia los objetos como bolas de billar cuando el taco las golpea. ¿Otra caja de rapé? No, ya tiene dos. ¿Otra peluca? Se acaricia el suave rizo de la oreja, el sedoso cabello humano elegido cuidadosamente. Mejor no, la que lleva le salió bastante cara. ¿Un alfiler de corbata, quizá? Pero entonces su mirada se fija en otro objeto y sonríe, siente el familiar impulso de desear, la satisfacción de saber que un objeto está pensado exactamente para él.

Entra en la tienda y, concedido el crédito, el intercambio se hace en unos momentos.

Al volver a la calle se acaricia el pecho, apretando con la palma el pequeño paquete que ha guardado cómodamente en el bolsillo interior del redingote. Sonriendo con ganas, se ajusta el sombrero y sigue andando.

OceanofPDF.com