El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 6 de 53

Páginas del PDF

El secreto de Pandora

Capítulo cinco

Hezekiah la ha dejado otra vez a cargo de la tienda. La llegada de un muchacho harapiento con una carta lo ha hecho marcharse a toda prisa; su tío ha dejado el desayuno a medias y ha salido del comedor como una liebre antes de que la joven tuviera tiempo de parpadear. Tras mirar el reloj (las ocho y veinte), se ha preguntado qué asunto tan urgente podía tener Hezekiah tan temprano con un muchacho que apestaba horriblemente a algo que Dora no se atreve ni a nombrar.

Ya en la tienda, Dora se sienta en un taburete (no es menos incómodo que el que tiene en el desván), y mueve las piernas con aburrimiento. Aunque sabe que hay un montón de cosas para entretenerse (si Lottie no piensa limpiar, bien podría hacerlo ella), Dora no es capaz de concentrarse en nada; su mente está tan tranquila como el mar en plena borrasca. Bajo el mostrador tiene el cuaderno de dibujo y el bolso, a mano, para poder escaparse lo más rápidamente posible en cuanto Hezekiah regrese.

Hoy es el día en que todo va a cambiar.

El dibujo de la filigrana está terminado. Lo único que necesita es un «sí», la confirmación de que su trabajo merece formar parte de esas hermosas joyas pensadas para que las luzcan miembros de la alta sociedad. Solo necesita empezar vendiendo un artículo, solo uno, a alguna mujer importante. Una señora, quizás una baronesa. O una duquesa. Por supuesto, piensa que es poco probable que a alguien de tan alto copete le gusten sus dibujos, pero si hiciera una venta, Dora obtendría una parte de su valor y recibiría encargos. Ese sería el principio. Se ganaría su independencia. Sería libre.

«¿Y la tienda? –susurra una vocecita en su cabeza–. ¿Qué le pasará si tú no estás?».

Dora deja de mover las piernas. La tienda es todo lo que conoce. Es su hogar. Abandonarla le rompería el corazón. Y si Hezekiah la vende, el legado de sus padres –o lo que quedaba de él– estará tan muerto como ellos.

Aunque las paredes están carcomidas y las vigas han empezado a debilitarse

como hojas secas, albergan su propia esencia, el recuerdo de lo que una vez fue.

Le vienen a la memoria unas Navidades que celebraron aquí. Los tenderos y los clientes se reunieron para brindar por la ocasión, para celebrar un año de comercio próspero. El Bazar de Blake era cálido y acogedor en aquella época, el suelo de roble se había pulimentado hasta alcanzar brillo, las vigas estaban libres de telarañas, y Dora recuerda haberse quedado hechizada por las luces de las velas que se reflejaban en los limpios e intactos cristales de las ventanas. Su padre la llevaba a cuestas y, aunque ella no entendía lo que decían, la incluían en conversaciones sobre expansión, cargamentos de la India o nuevos lotes para Christie’s. Se suponía que Hezekiah tenía que honrar ese recuerdo. Si es capaz de despreciar su lealtad tan fácilmente, ¿qué será de ella cuando llegue el momento de vender? Vuelve a pensar en lo que le dijo a la hora de la cena:

«Eres ya demasiado mayor para seguir viviendo bajo el mismo techo que yo».

Dora traga saliva con esfuerzo. Desde el principio, Hezekiah la ha tratado como una molestia. Aparte de buscarle una escuela dominical para que estudiara, su tío no demostró ningún interés en continuar la educación clásica que habían comenzado sus padres; cuando ella le pidió que le enseñara algo sobre el comercio de antigüedades, él se echó a reír y dijo que no había necesidad de llenarle la cabeza con esas cosas, aunque no tenía inconveniente en dejarla tras el mostrador, al cuidado de la tienda. Así que todo lo que Dora sabe procede de los recuerdos y de su aguda observación.

¿Dónde habría acabado de no ser por él?

Aunque negligente, Hezekiah nunca ha sido cruel con ella (después de todo, los cuadernos de dibujo los paga él), pero tampoco hay amor entre ellos. La tarde que su tío trajo a Lottie, pensó que las cosas cambiarían entre ellos. Dora recuerda el momento en que vio por primera vez a la mujer, en la estrecha escalera de la casa (menos de seis meses después de la muerte de sus padres), el día en que Hezekiah anunció que Lottie iba a vivir con ellos.

Supuso que la mujer, vestida de un rojo que no le sentaba nada bien, sería como una madre para ella, que Hezekiah trataría a Dora con un poco más de cariño, pero se llevó un gran desengaño. No tardó en ser expulsada del confortable dormitorio de la segunda planta y enviada al frío y lóbrego

desván. Así que se desde entonces se sintió aún más sola, si es que eso era posible.

¿Y adónde iba a ir? El pensamiento le produce un escalofrío en la espalda. No tiene más familia que Hezekiah. Sus abuelos paternos murieron hace tiempo y su madre creció en un orfanato de Grecia. Hasta que pueda ganarse la vida por sí misma, no puede irse, no puede librarse de él. Sus únicas opciones –el asilo de los indigentes, las calles, los burdeles–, bueno, lo cierto es que no son opciones.

Los burdeles.

Piensa con inquietud en la forma en que Hezekiah la miró. «Yo pensaba que te alegraría cambiar de aires, mudarte a un entorno más… en fin, liberador. ¿No es eso lo que deseas?».

Sus macabros pensamientos se ven interrumpidos por el tintineo de la campanilla. Dora mira la puerta de la tienda, pero no, no es un cliente; solo Lottie, que ha llegado por la puerta de atrás.

–Señorita.

Dora resopla y pone recto el libro de contabilidad en blanco que tiene delante. Lottie cruza los brazos y mira a Dora con aire calculador.

–Está usted muy pálida. ¿Por qué no sale a dar un paseo? Ya me encargo yo de esto. –El ama de llaves vacila–. Un par de horas.

Dora mira el rostro redondo de Lottie con recelo.

–¿Usted?

Lottie enarca las cejas.

–¿Por qué no?

La propuesta es curiosa. Lottie nunca se ha ofrecido a encargarse de la tienda, ni se ha preocupado por la salud de Dora. Pero estos breves momentos de libertad son preciosos, así que Dora coge el cuaderno de dibujo que tiene bajo el mostrador.

No necesita que se lo digan dos veces.

El establecimiento de Clements & Co, joyero y orfebre de la más eminente reputación, está en la esquina noroeste del patio de la catedral de San Pablo.

Se accede tras bajar cuatro peldaños empinados y estrechos: Dora lleva bajo

un brazo su cuaderno de dibujo de cubiertas de piel y, con la otra mano, se aferra a la barandilla de hierro, descendiendo con cuidado de no pisar un agujero invisible a causa de su falda.

Tira de la campanilla y espera hasta que le franquea la entrada un empleado de rostro resplandeciente. En el interior, la temperatura es agradable, y el olor a velas de cera de abeja es bienvenido después del pútrido aire que reina en las calles. Las paredes están llenas hasta el techo de vitrinas de cristal, decoradas con relieves y elementos dorados, y repletas de objetos maravillosos. Las vitrinas que están al lado de la entrada tienen los objetos más cotidianos: copas macizas, grandes bandejas de servicio, cubiertos de plata cuyos mangos tallados de marfil representan perros de presa y jabalíes. Son bonitos, seguro, pero los objetos que están al lado del mostrador son los que aceleran los latidos del corazón de Dora.

Collares, pendientes, pulseras, anillos. Rubíes, zafiros, esmeraldas y diamantes. Vasos opalinos, perlas, acero tallado, una bandeja Wedgwood de cuarzo. Broches de mariposa, joyas abigarradas. Y allí, justo delante de ella, hay una nueva pieza, demasiado espectacular como para que se quede guardada bajo llave.

Es una diadema apoyada en una almohadilla. Trabajo de filigrana, con diamantes en forma de pera y talla rosa, y en el centro una flor cuyos pétalos brotan del pistilo como los rayos del sol. Acerca la cabeza, se pone de puntillas, trata de mirarla desde un ángulo diferente. Remates dobles de plata. Al moverse Dora, los diamantes brillan y bailan. Son realmente exquisitos. Dora aprieta la cara contra el cristal. Si mira atentamente, puede ver su reflejo en todas las diminutas facetas.

–Precioso –susurra.

–Desde luego, precioso.

El señor Clements sale de la trastienda con una bandeja de anillos. Es un hombre delgado y con gafas, que se sujeta con una cinta la espesa cabellera castaña salpicada de mechas grises; a Dora le recuerda a una aplicada nutria. Siempre viste ropas de color tierra, se anuda el corbatón con demasiada fuerza y parece embutido en la casaca. Es uno de los pocos caballeros del círculo de amistades de sus padres con quien Dora ha mantenido contacto regular; de él ha heredado su pasión por la joyería.

Hubo un año en concreto en que la madre de Dora, Helen, la llevaba a Clements & Co cada semana para admirar los escaparates y, mientras

tomaban té y dulces, el joyero (con el fin de documentar sus hallazgos) le explicaba a la madre de Dora la diferencia entre piedras preciosas y bisutería, el mejor sitio para conseguir turquesas o cómo llegaba a formarse el ópalo. Mientras hablaban, el señor Clements le daba a Dora una caja con abalorios para que jugara. Fue él quien le enseñó a fijar un cierre y a rizar un alambre, y el que le regaló el juego de pinzas y tijeras.

Todas las joyas de su madre las había confeccionado el señor Clements.

Dora acaricia suavemente el broche camafeo que lleva al cuello, la única pieza de la colección de su madre que sobrevivió (el resto lo vendió Hezekiah antes de que Dora se diera cuenta). El señor Clements había hecho el camafeo con una concha marina que Dora había encontrado en la playa de Pafos. Sencillo pero elegante, representa el majestuoso perfil de una mujer que lleva una corona de uvas que le caen sobre los hombros. Su madre siempre había dejado a Dora jugar con el broche antes de acostarse; solía girarlo una y otra vez, admirando el trabajo, sintiendo la frescura del objeto en las palmas. Su madre lo llevaba puesto cuando falleció.

–Señor Clements.

–Señorita Blake. ¿Cómo está usted, hija mía?

–Bien, señor. –Dora le alarga el cuaderno con las dos manos–. He traído más dibujos.

El joyero deja la bandeja de los anillos. A ella le parece ver un gesto circunspecto en el rostro del hombre, pero se inclina tras el mostrador, cambia la bandeja de anillos por un trozo de terciopelo negro y, cuando la vuelve a mirar, su expresión es abierta, afable.

–Pues vamos a verlos.

Dora pone el cuaderno sobre el mostrador de cristal y abre el bolso de red. Con mucho cuidado, una a una, va sacando las piezas. Tres pares de pendientes (unos colgantes, otros en forma de pez torpedo, otros redondos), hechos, respectivamente, con alambre y semillas, madera tallada y una canica. Una pulsera con granates de imitación hecha con cordones y cuentas de cristal; dos broches al estilo del cristal de Vauxhall, conseguido con los trozos rotos de un espejo; un collar atado con una cinta de botones de porcelana que ha pintado imitando ágatas.

Deja el collar de filigrana para el final. Bajo la luz dorada de las velas, se fija en lo bonita que se ve la piedra de cristal en el nuevo engaste. Dos noches ha trabajado en ese colgante, dos noches de dolores de espalda en el

alto e incómodo taburete, pero Dora está muy orgullosa de él. Con un cuidado minucioso consiguió doblar el alambre para que formara veinte florecillas espirales, la misma cantidad a ambos lados. Parece elegante, majestuoso. Es la mejor pieza que ha hecho hasta ahora.

Mientras Dora los enseña, el orfebre mira las piezas con detenimiento, por encima del borde de las gafas, se fija en los detalles, las deposita cuidadosamente sobre el terciopelo, murmura, suspira. Ella está encantada de verlo tan fascinado, pero todavía no ha terminado.

–Sé que son burdos en comparación con lo que se hace en su tienda –dice Dora abriendo el cuaderno de dibujo–. Pero puede advertir en mis dibujos lo que estaba tratando de conseguir. Mire esto –añade, volviendo a la filigrana–. Oro y aguamarina. Quedaría bien tanto en su forma pura como en bisutería, mientras el color sea el adecuado… –En vista de que el señor Clements no responde, Dora empieza a hablar más deprisa–: Será un placer dejarme guiar por su experiencia, por supuesto. Añada más adornos si quiere. Las flores irían bien, quizá también plumas si quisiera recortar el…

–Señorita Blake… –la interrumpe el señor Clements, acompañando sus palabras de un largo suspiro.

A Dora se le hace un nudo en el estómago. Las páginas le tiemblan en los dedos.

–No le gustan.

–No es eso. Hija mía… –Guarda silencio y parece incómodo–. ¿Cómo puedo decírselo con delicadeza? La atiendo por la memoria de sus padres, Dios bendiga sus almas inmortales. Pero… –dice, tratando de esbozar una sonrisa amable–, sus dibujos son, se lo digo sinceramente, muy bonitos en sí, pero bonitos es todo lo que puedo decir de ellos.

–Pero… –Dora se interrumpe, decepcionada, y lo intenta de nuevo–. Me hizo una promesa.

El señor Clements se quita las gafas y las deja con cuidado sobre el mostrador.

–Yo no prometí nada. Solo dije que lo tendría en cuenta para mi colección.

Dora lo mira fijamente. Luego, muy despacio, pone las manos en el mostrador y se apoya en ellas.

–Señor Clements, me sugirió que rellenara un cuaderno con dibujos y realizara algunos para demostrar su viabilidad. Puede que no dijera

exactamente que los aceptaría, pero si creía que mis dibujos no tenían ningún valor, si solo los consideraba el bonito entretenimiento de una simple mujer, ¿por qué me animó, dándome falsas esperanzas?

El joyero levanta las manos para aplacarla, pero nada puede acallar la decepción y la frustración de Dora.

–Me ha hecho perder el tiempo, señor Clements. El mío y el suyo.

El orfebre lanza otro suspiro.

–Señorita Blake. Dora. No quería ofenderla. Estos dibujos –dice, al tiempo que acerca la mano a las piezas colocadas sobre el terciopelo y la detiene sobre la piedra azul lechoso del collar estilo filigrana– son realmente muy bon…

–Señor Clements, si vuelve calificar mi trabajo de «bonito»…

–Encantador, entonces.

–¿No es lo mismo?

El hombre frunce los labios.

–Tiene mucha habilidad, eso se lo concedo. Lo que ha hecho con los materiales más burdos es realmente sorprendente. Pero no hay nada de excepcional en ellos, nada que diferencie su trabajo del de los hombres que trabajan para mí. Hoy en día, las modas cambian tan deprisa como los catarros y estas piezas que me ha dado… bien, no sirven. Este mes se habla del estilo griego, pero el mes que viene podría hablarse del estilo oriental.

Lo siento, señorita Blake, pero mi respuesta es no.

Dora parpadea.

–¿Griego?

El señor Clements parece hundirse al reconocer su error.

–Sí… –dice, arrastrando las letras.

–¿Y si hiciera algo de ese estilo?

–Señorita Blake…

–Por favor, señor, déjeme hablar. Ya conoce mi linaje, es consciente de la materia en que se especializaron mis padres. Si me permitiera hacer otros dibujos para que los considerara… No hay nada de malo en eso, ¿verdad?

Solo una pequeña selección, y si, después de eso, siguen sin gustarle, cesaré en mis esfuerzos. No puede ser tan cruel como para negarme una última oportunidad de demostrar lo que valgo, ¿verdad?

–Yo…

El joyero parece afligido y Dora, al verlo flaquear, juega su última baza.

Se toca el camafeo que lleva al cuello.

– Se iketévo. Por favor. Por el recuerdo de mi madre.

Se hace el silencio. A Dora le late la sangre en los oídos. El señor Clements suspira.

–Señorita Blake, es usted muy insistente. –El orfebre suaviza la expresión y, derrotado, sacude la cabeza–. Muy bien. Pero no le prometo nada –advierte–. Nada, ¿está claro?

–Lo está –responde Dora, mientras recoge el cuaderno y lo cierra de golpe–. Pero yo sí le prometo algo, señor. No lo decepcionaré.

OceanofPDF.com