El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 4 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo tres

La cena es un momento penoso. A diferencia del resto de la casa, el pequeño comedor, con su rico papel de pared granate y el fuego que arde alegremente en la chimenea, es acogedor y cálido, y sería agradable sentarse en ese rincón si la compañía fuera otra. Pero Dora y Hezekiah nunca han sido dados a conversaciones placenteras, sobre todo en las últimas semanas. La Navidad pasó sin dejar un momento divertido, ya que Hezekiah estaba de pésimo humor y no dejaba de rezongar, lo que hizo que fuera una amarga experiencia. Ese estado de ánimo continuó (algo inaudito, al parecer) al empezar el nuevo año: Dora se había esforzado todo lo posible por evitar la lengua afilada de Hezekiah, la irritación que parecía emanar de él como la niebla del Támesis. En ese momento, Dora aprieta la servilleta con los dedos. Preferiría pasar la velada en su húmedo y frío dormitorio, engastando la piedra en el collar, sin más compañía que la de Hermes. Desde luego, tiene conversaciones mucho más productivas con la urraca que con ningún otro ser, aunque solo sea un pájaro.

Dora mira a su tío con aire pensativo. Hezekiah está más distraído de lo habitual; come despacio y no aparta la mirada del gran mapa del mundo que cuelga de la pared, detrás de ella, mientras se acaricia con aire ausente la cicatriz –una fina raya blanca– que le recorre toda la mejilla. Tose y se mueve inquieto, golpetea la copa de vino con el pulgar, y el tintineo se hace tedioso durante la velada. De vez en cuando acaricia con la otra mano el brillante reloj de bolsillo que le cuelga del chaleco; la cadena resplandece a la luz de las velas.

Dora observa fijamente el reloj cuando Hezekiah lo acaricia por sexta vez e intenta recordar si lo ha visto antes. ¿Pertenecía el reloj a su padre? No, lo recordaría. «Entonces es una nueva adquisición», piensa Dora, pero se muerde la lengua. La última vez que le preguntó a Hezekiah cómo podía permitirse comprar tales adornos, el hombre se puso de un alarmante color rojo y la riñó con tanta vehemencia que a la joven le estuvieron pitando los oídos hasta la mañana siguiente. Cuando su tío vuelve a toser, haciendo

temblar peligrosamente un redondo pedazo de cordero que ha ensartado con el tenedor, Dora se dice que ya no aguanta más.

–Tío, ¿está usted enfermo?

Hezekiah se sobresalta y la mira por primera vez en todo el día. Durante unos momentos, en sus ojos aparece un nerviosismo que ella no ha visto antes, pero lo disimula de inmediato.

–Vaya idea. –Se lleva el tenedor a la boca y mastica con la boca abierta, como una vaca. Dora mira con asco la carne triturada que se le ve encima de la lengua. Una gota de salsa aterriza en su barbilla–. Estaba pensando en el futuro de la tienda. Creo…

Dora se endereza en la silla. ¿Por fin va a hablar de la dirección de la tienda con ella? ¡Porque tiene ideas, ideas maravillosas! En primer lugar, se desharía del peso muerto y volvería a llenar el local con artículos buenos y auténticos suministrados por los antiguos contactos de su padre. Segundo, ganaría el suficiente dinero para contratar hombres que hicieran excavaciones en ultramar y emplearía a artistas y grabadores para catalogar sus descubrimientos. Podrían volver a entrar en el directorio de Christie’s, ser refugio de estudiosos y coleccionistas privados, alojar un pequeño museo, una pequeña biblioteca. Quizás, en relación con el aspecto más frívolo del negocio, ofrecer servicios para las caprichosas veladas temáticas de los aristócratas. Recuperar la antigua gloria de la tienda. Comenzar de nuevo.

–¿Sí?

Hezekiah engulle el bocado y toma un largo trago de vino.

–Acabamos de empezar otro año y creo que ha llegado el momento de vender. Estoy cansado del comercio. Hay otras cosas mucho más placenteras por ahí, otros negocios en los que invertir mi dinero.

Su voz es brusca, casi fría, y Dora mira a su tío desde el otro lado de la mesa.

–¿Quiere vender la tienda de mi padre?

Hezekiah la mira con indiferencia.

–No es su tienda. Pasó a mis manos cuando murió. ¿Pone Elijah en la puerta o pone Hezekiah?

–No puede venderla –susurra Dora–. Es que no puede.

Hezekiah hace un gesto de desdén con el brazo, como si estuviera espantando una mosca.

–Los tiempos cambian. Las antigüedades ya no están à la mode. El dinero de la venta sería suficiente para comprar una buena casa en una parte de la ciudad con mejor reputación. Para mí sería un agradable cambio. –Se limpia las comisuras de la boca con una servilleta–. Se podría conseguir un buen precio por el edificio, al igual que por su contenido, estoy seguro.

Dora está conmocionada. ¿Vender la tienda? ¿El hogar de su infancia?

Respira con dificultad.

–Pero sería una pena, tío; debería pensárselo mejor.

–Vamos, Dora. La tienda ya no es lo que era…

–¿Y de quién es la culpa?

Hezekiah resopla por la nariz, pero hace caso omiso de la pregunta.

–Yo pensaba que te alegraría cambiar de aires, mudarte a un entorno más… en fin, liberador. ¿No es eso lo que deseas?

–Ya sabe lo que deseo.

–Ya –dice con desprecio–. Esos dibujitos tuyos. Te iría mucho mejor si encontraras a alguien que te regalara joyas en lugar de hacerlas tú misma.

Dora deja en la mesa el cuchillo y el tenedor.

–¿Y dónde las luciría, tío?

–Bueno, en fin… –Hezekiah vacila y suelta una risita con un matiz que Dora no puede descifrar–. ¿Quién sabe dónde nos llevará la fortuna? No querrás quedarte aquí para siempre, ¿verdad?

Dora aparta el plato, ya sin apetito (nunca abundante por culpa de la mediocre cocina de Lottie).

–Tío, prefiero pensar en empeños más prácticos que en fantasías sin sentido.

–¿Y diseñar joyas es un empeño práctico o una fantasía? –Dora desvía la mirada–. Lo he pensado mucho –añade Hezekiah en tono aún más desdeñoso–. Ningún orfebre aceptaría diseños de una mujer, ya lo sabes, te lo he dicho un montón de veces, pero no escuchas. Malgastas los cuadernos de dibujo que te compro. ¿Tú sabes cuánto cuesta el papel?

En ese momento Lottie aparece para recoger los platos. Menos mal, porque Dora está al borde de las lágrimas. Cuando el ama de llaves desliza el plato de su señor por el mantel, Dora agacha la cabeza. Prefiere morir antes que permitir que la vean llorar.

–Yo no quiero trabajar para un orfebre.

–¿Qué has dicho?

Ha hablado en voz muy baja, lo sabe. Respira hondo y levanta la cabeza para mirar abiertamente a su tío.

–No quiero trabajar para un orfebre –repite–. Quiero abrir mi propio establecimiento, trabajar sin depender de nadie.

Hezekiah la mira fijamente un momento. Lottie también la mira con un plato vacío en la mano; una gota de salsa amenaza con caer al suelo.

–¿Quieres decir hacer las joyas tú sola?

La voz de su tío tiene ahora un tono alegre, de burla, y eso hace que Dora se ruborice.

–Me gustaría llegar a ser una artesana respetada, y que un joyero haga los diseños en mi nombre. El amigo de mi madre, el señor Clements quizá.

Se hace el silencio. Dora no esperaba que Hezekiah apoyara la idea (sería esperar demasiado) y cuando la burla brota de los labios de su tío en forma de risa cruel y caótica, a la que se unen la risita y los bufidos de Lottie Norris, el pecho se le encoge de angustia.

–Oh, Dios bendito. –Hezekiah llora de risa y suspira, mientras se seca los ojos con los gordos pulgares–. Es lo más gracioso que he oído en semanas.

¿Has oído, Lottie? ¡Qué chiste más bueno!

Dora aprieta la servilleta que tiene en la mano, concentrando toda su frustración en los dedos.

–Le aseguro, señor, que hablo totalmente en serio –dice con gravedad.

–Y ahí es donde está la gracia –grazna Hezekiah–. ¡Empeños prácticos, nada menos! No tienes ni la educación ni el capital necesarios para sacar algo así adelante. Nadie en su sano juicio se tomaría en serio a una huérfana medio extranjera como tú. Se reirían de ti y te echarían sin contemplaciones, antes incluso de que comenzaras. –Se recuesta en la silla con expresión más sobria–. Es cierto que tienes el talento creativo de tu madre. Pero al igual que tu madre, le das demasiada importancia. Estaba convencida de que junto a tu padre, mi querido hermano que Dios tenga en su gloria, podían hacer fortuna con las antigüedades, que serían reconocidos en el mundo entero por sus, ejem, hallazgos exclusivos. Pero mira adónde los llevó la ambición…

Dora guarda silencio. Se ha acostumbrado al desinterés de su tío, aunque durante los primeros años le resultó doloroso. Sus ataques de rabia son llevaderos. Pero ese desprecio cruel… es algo nuevo y se le hace insoportable. Aspira con avidez un aire que le duele al entrar en los

pulmones y empieza a echar la silla hacia atrás, cuando Hezekiah levanta la mano.

–Siéntate. Aún no hemos terminado.

«Pero yo sí». Las palabras se le quedan pegadas a la lengua, no llegan a salir mientras hace lo que le mandan, pero Dora fulmina con la mirada el plato desechado y recita el alfabeto griego en su interior para calmarse.

«Alfa, beta, gamma, delta…».

–Lottie –oye decir a Hezekiah–, ¿quieres servir el té?

El ama de llaves es toda risitas y reverencias. Cuando la puerta se cierra detrás de Lottie, Hezekiah se vuelve hacia Dora y también ríe, pero sin humor.

–Al menos puedo admirar tus aspiraciones, aunque sean exageradas y poco realistas. Dibuja si quieres. Te mantendrá entretenida en los próximos meses. Yo incluso seguiré regalándote el papel.

Hay algo extraño en su voz. Dora frunce el entrecejo. Levanta la mirada.

–¿Tío?

Hezekiah se está acariciando la cicatriz con aire perezoso.

–En este último año te has convertido en una preciosa mujer. Te pareces mucho a tu madre… –Un tronco crepita en la chimenea–. Tienes veintiún años –continúa él, apoyando todo el peso del cuerpo en los codos–. Una mujer. Eres ya demasiado mayor para seguir viviendo bajo el mismo techo que yo.

Dora se queda un momento en silencio, asimilando la importancia de aquella afirmación. Traga saliva con esfuerzo.

–Quiere usted librarse de mí.

Él abre las manos.

–¿Y tú no quieres librarte de mí?

Ella vacila, no puede discutírselo.

–¿Adónde piensa mandarme? –pregunta.

Hezekiah, sin embargo, se limita a encogerse de hombros y sonríe.

A Dora se le ha formado una bola en el estómago que no deja de dar vueltas. No entiende el significado de la sonrisa, pero conoce lo bastante bien a su tío para comprender que en ella no puede haber nada bueno.

Se abre la puerta a sus espaldas. Dora se acuerda de respirar y Lottie coloca la bandeja con el té en el aparador. Las tazas de porcelana tintinean.

–Aquí está, señor –dice con vivacidad–. Y he traído las ciruelas

confitadas que encargó, recién hechas esta mañana.

Lottie enseña una caja de forma hexagonal.

–Ofrécele una a Dora, Lottie.

El ama de llaves vacila y entorna los ojos, pero hace lo que le manda Hezekiah. Dora observa fijamente la caja y las golosinas que contiene.

Desplaza la mirada lentamente hacia su tío, que la observa con las manos unidas bajo la barbilla.

–¿Qué es? –pregunta la muchacha con recelo. No puede evitarlo.

–Ciruelas confitadas, como ha dicho Lottie. Un manjar exquisito.

Lottie pone la caja bajo la nariz de Dora. Esta capta el aroma del azúcar.

Titubea.

–Adelante –insiste Hezekiah–. ¿Por qué no pruebas una?

Con cautela, elige una ciruela de la capa superior y le da un mordisco, hundiendo los dientes en la gelatina. Durante un segundo, Dora saborea este dulce e inesperado regalo. El sabor le explota en la lengua. Vainilla, especias, un toque de naranja y nueces… No se parece a nada que haya probado en su vida, pero entonces ve a Hezekiah observándola desde el otro lado de la mesa. Está mirando a Dora como no la había mirado nunca.

Como un gato que mira a un ingenuo pajarillo. Hambriento, calculador.

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