El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 28 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo veintiséis

–¿Se puede saber qué te pasa?

Apenas se ha cerrado la puerta detrás de Dora cuando Edward se vuelve hacia Cornelius. Se siente avergonzado, totalmente avergonzado de que su amigo pueda tratar con tanta frialdad e insensibilidad a una mujer a la que él admira tanto.

–¿Cómo has podido ser tan grosero con la señorita Blake?

Cornelius se retrepa en el sillón que no se ha dignado abandonar cuando Edward ha acompañado a Dora a la puerta.

–No he sido grosero.

–Lo has sido y lo sabes.

–¿Y no es una grosería presentarse en mi casa sin anunciarse? –responde Cornelius, rellenándose la copa con la licorera que tiene al lado del codo–.

Cuando vuelva a ver a Fingle se va a enterar de lo que es bueno. ¿Con qué derecho divulga mi dirección sin mi permiso?

–No harás tal cosa –dice Edward, instalándose en el sillón que Dora ha dejado vacío. Todavía está caliente. Capta el débil perfume a lilas–. Ha sido muy amable al ayudarla… Está claro que la muchacha me necesitaba.

–Qué halagador para ti.

El comentario tiene un tono desdeñoso, pero Edward lo pasa por alto.

Esperaba de verdad que Dora estuviera equivocada, que las fechorías de Hezekiah Blake se limitaran a vender las falsificaciones y nada más. Pero, al parecer, no se puede negar el hecho más tiempo. Gough, piensa Edward con una mueca, estará emocionado cuando se lo cuente. Al menos se siente agradecido porque, en lo que a Dora respecta, la suerte de la joven ha cambiado. De alguna manera, le calma la conciencia.

–No te digo lo mucho que me alivia que lady Latimer haya comprado uno de sus diseños –le dice Edward a Cornelius–. Es precisamente la clase de respaldo que necesita la señorita Blake. Espero que salga algo bueno de eso. Pero según lo que acaba de contarnos, le conviene asegurar su futuro lo antes posible, por si denuncian a su tío. –Edward arruga la frente–. Permitir

que el pithos se exhiba tan abiertamente en un lugar donde alguien podría reconocerlo es un movimiento muy audaz por su parte. Se arriesga mucho…

–Trescientas libras. Muchos se arriesgarían por menos.

Edward se frota la barbilla con aire pensativo. Si denuncian a Hezekiah a consecuencia de la velada, Dora estará en peligro.

–Quiero ayudarla, Cornelius.

–No estoy muy seguro de que lo merezca.

Ese desdén otra vez. Edward traga aire, está molesto.

–Ya te he contado mi plan. Ella ha accedido a permitirme usar sus dibujos del pithos, aunque por el momento no sabe en qué contexto voy a usarlos. –La culpabilidad le forma un nudo en el estómago–. Pero estoy dispuesto a mantener en secreto el apellido Blake. No quiero ponerla en peligro. Voy a ayudarla. Y cuando consiga ser miembro de la Sociedad, dibujará para mí. Podemos formar un equipo, dejar la tienda. Un empleo que la mantenga a salvo.

Se produce una pausa larga y tensa.

–Entiendo –responde su amigo.

Edward percibe el escepticismo y la reprobación en la voz de Cornelius y mira a su amigo con aire implorante.

–Cornelius, si hubieras estado con nosotros… Era evidente que no sabía nada de lo que su tío guardaba en ese sótano. Nada en absoluto.

–¿Por qué estás tan seguro?

–Lo estoy y ya está.

–Eso no es una respuesta.

Edward se queda mirando la chimenea. Lo asalta de nuevo el recuerdo de la desolación, la sensación de estar perdido, de gritar una y otra vez en una oscuridad que parecía respirar…

–Está atrapada –dice con calma–. Eso lo entiendo yo mejor que nadie.

Tengo que ayudarla. Igual que tú me ayudaste a mí.

Ante aquellas palabras, Cornelius adopta una actitud reservada. Cierra los ojos y los vuelve a abrir.

–Es que no confío en ella, Edward. Por lo que a mí respecta, es tan culpable como su tío.

Edward suspira. No hay nada más que pueda decir, no sirve de nada intentarlo, así que se quedan en silencio los dos. Mientras el fuego

chisporrotea en la chimenea, Edward se muerde con los dientes la cara interior de las mejillas.

Piensa en la visita que le hizo a Gough esa mañana: deslizó por encima del ornamentado escritorio el cuaderno negro donde guarda sus notas sobre el pithos y observó al hombre mientras las leía.

–¿Ha sabido algo del señor William? –preguntó el director.

–No, señor. Le escribí, pero no he recibido respuesta.

–Le responderá a su debido tiempo. Su vuelta de Italia ha hecho que esté muy solicitado. Entiendo que hay muchos asuntos que tiene que poner en orden y seguro que eso lo mantiene ocupado. Perdió un cargamento de antigüedades en diciembre, el barco que las transportaba se hundió cerca de las islas Sorlingas.

–Eso es terrible.

–Desde luego. Pero le pido paciencia. Cuando hay objetos griegos en juego, Hamilton es incapaz de resistirse. Por el momento, yo no haría nada.

¿Cuáles serán sus próximos pasos?

Era una prueba, Edward lo supo instintivamente. Una forma de medir, pensó, sus conocimientos y su sinceridad.

–Me gustaría que se examinara más a fondo la muestra de arcilla, para determinar su origen geográfico. No creo que pueda llegar más lejos en mis investigaciones sin ese dato.

–Muy bien –dijo Gough–. Hablaré con nuestros científicos. ¿Ha sabido algo más sobre cómo se obtuvo el pithos?

Edward titubeó.

–Me han hablado de tres hombres que podrían arrojar luz sobre sus orígenes. Es decir, sobre cómo se adquirió.

–Entonces dese prisa, señor Lawrence. –Gough le devolvió el cuaderno negro–. En asuntos como este, el tiempo es esencial.

Ahora, Edward sigue mirando el fuego en la biblioteca de Cornelius.

Hace mucho tiempo que quiere que su vida tenga un sentido. Durante muchos años ha sufrido por sus propios defectos, ha temido su propia sombra. Esos primeros años en Londres… siguen siendo una mancha para él, una peste que lo ha seguido como un espectro, que lo ha despertado en lo más profundo de la noche con la piel y las sábanas húmedas de sudor. Dora Blake le ha dado ese sentido. En ella se encuentra la clave de su éxito.

Darse prisa, naturalmente. Es lo único que puede hacer ahora.

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