El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 18 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo dieciséis

Hezekiah se pregunta a menudo por qué su destino tiene que estar sujeto a la corrupción y suciedad de las podridas entrañas de Londres, por qué los vientos de la suerte insisten en eludirlo siempre.

Él se merecía algo más, algo más que introducir su corpulento cuerpo vestido de raso por los oscuros y húmedos callejones que huelen a orina de rata y a sucio populacho. Merecía algo más que esquivar charcos llenos de fango o vaya usted a saber qué (¡sus pobres zapatos!), mientras se aprieta la nariz con los dedos. «Más, más, más», pero aquí está, obligado por culpa del trabajo (si es que se puede llamar así a sufrir por cascajos antiguos) a degradarse en compañía de aquel maldito Matthew Coombe.

«Qué descaro», piensa Hezekiah, apretando en la mano la nota apenas legible del patán. ¡Exigir que él, Hezekiah Blake, fuera a ver a ese descerebrado lacayo costanero! Entorpecido por la pierna herida, sortea unas cajas abandonadas llenas de peras mohosas y abiertas, mientras intenta no pensar en que los hermanos Coombe tienen derecho a su dinero, que les prometió una pequeña fortuna (a ellos al menos) que todavía no ha entregado. Intenta no pensar que Matthew tiene el puño tan grande como su cabeza y que podría partirle la crisma igual que si fuera una ramita, y todo eso sin el más mínimo parpadeo de sus ojos de color azul lechoso. No, piensa Hezekiah al subir los peldaños de madera podrida del domicilio de los Coombe, tiene que dejar atrás esos pensamientos. Aquí el que manda es él y hay otras muchas maneras de desollar un gato.

El domicilio en cuestión, una habitación que da a los muelles de Pickle Herring Stairs, en la orilla sur del río, huele que apesta a descomposición.

Hezekiah arruga la nariz al cruzar el umbral y su anfitrión deja la puerta abierta, algo que Hezekiah no sabe si agradecer. El hedor de fuera o el hedor de dentro; no hay mucha diferencia. Aire fétido y viciado en todas partes. Respira por la boca. Añora desesperadamente su cama y una de las infusiones calmantes de Lottie.

–Será mejor que se dé prisa –dice Hezekiah lacónicamente, mirando

alrededor con asco. Se fija en la estufa cubierta de ceniza que hay en un rincón, en el feo y viejo buró que está al lado, y arruga la nariz–. He tenido que dejar al ama de llaves a cargo de la tienda. Mi sobrina todavía no ha llegado.

«No debería haber dejado que Dora se fuera», piensa. No le gusta perderla de vista. Esta nueva sensación de libertad de la muchacha le preocupa. Pero detenerla levantaría sus sospechas aún más. Así que lo permite. Por el momento.

Matthew Coombe se sienta en una de las tres pequeñas sillas de madera que rodean una burda mesa hecha con una caja boca abajo. Tiene en la mano una taza de estaño. Hezekiah ve que lleva un aparatoso vendaje en la muñeca. Detrás de él, una sábana sucia separa una parte del cuarto.

–No creo que tenga razones para hablar así –dice el anfitrión, recostándose en la silla y echándola hacia atrás–. Ya ha pasado una semana.

A Hezekiah le gustaría que Matthew le ofreciera asiento. El dolor de la pierna es una tortura.

–Ha habido un retraso. Una… complicación.

–Imaginaba algo así.

La voz de Matthew es dura. A pesar de sus buenas intenciones, Hezekiah siente que le arden las mejillas, por lo que se vuelve para ocultar el rostro y se acerca cojeando a una ventana pequeña y desnivelada. Al otro lado del río, la gran Torre de Londres se eleva inquietante sobre la niebla.

–La vasija… no se abre.

–¿No se abre?

–Es lo que he dicho, ¿no?

Matthew carraspea. Hezekiah se vuelve hacia él cuando cree que el rubor le ha desaparecido y ve que el otro hombre tiene las mejillas pálidas y sudorosas.

Al otro lado de la sábana se oye un ruido bajo y entrecortado.

Matthew examina la taza y la gira lentamente con las manos.

–Creo que le interesará saber –dice con tono comedido– que he guardado un registro de cada transacción que he hecho en su nombre durante estos años. –Señala con la cabeza el buró que hay detrás de él–. No me costaría nada denunciarlo a las autoridades competentes.

A Hezekiah se le seca la garganta. No consideraba a Matthew Coombe tan inteligente como para tomar tantas precauciones. Es más, no

consideraba siquiera que Matthew Coombe fuera capaz de pensar. Hezekiah se clava los dedos en la sudorosa palma de la mano.

–¿Me está amenazando?

–Sí.

Matthew deja la taza. Hezekiah lo mira fijamente. Cuando Coombe le había pedido (o, mejor dicho, ordenado) que fuera a su casa, no esperaba ser recibido con amenazas, sino más bien una humillación lastimosa que podía rechazar fácilmente. Por un momento, Hezekiah se queda sin habla a causa de la sorpresa.

–Si me denuncia, Coombe, usted también se enfrentará a la horca.

Hezekiah ha inyectado un matiz de bravuconería en su voz, una confianza que no siente, para disimular el vuelco que le ha dado en el estómago, pero Matthew se limita a mirarlo con desdén.

–¿Cree que me asusta? ¿De veras piensa, después de todo lo que he visto y hecho, que la horca tiene algún poder sobre mí?

Hezekiah percibe en Matthew Coombe una desolación salvaje que no había visto nunca. Le recuerda a un lobo que vio una vez en Italia, atrapado entre los dientes metálicos del cepo de un cazador. Al parecer, había dejado de forcejear mucho antes de que Hezekiah, Elijah y Helen lo vieran.

Recuerda la expresión del animal antes de que su hermano, movido por los ruegos de Helen, le disparara una bala a la cabeza: los ojos abiertos y la mirada feroz aunque contenida, como si se hubiera resignado a su suerte.

Matthew tiene exactamente la misma expresión.

–La muerte tiene poder sobre todos –susurra Hezekiah, desesperado.

Matthew ríe sin emoción. Se levanta de la silla, que cae al suelo con un golpe sordo. Lentamente, comienza a quitarse la venda de la muñeca y Hezekiah retrocede hasta la húmeda pared.

–Ya lo creo. –Matthew recorre el corto espacio que los separa en cuestión de segundos–. ¿Cree que mi muerte llegará rápido o despacio?

La venda se afloja. La herida huele a pus. A medida que Coombe va desenrollando la tira de tela, el color va cambiando del blanco al amarillo y luego al verde. Cuando el hombre se quita la venda del todo, Hezekiah tiene que hacer un esfuerzo para no vomitar. El olor es pútrido, nauseabundo. Los ojos le lloran. Se lleva la mano a la boca y la nariz, y aprieta con fuerza.

La muñeca de Matthew es una herida abierta, una franja en carne viva

llena de pústulas húmedas que brillan bajo la débil luz. La carne está amoratada en los bordes.

–¿Recuerda que le conté cómo recuperé su precioso cargamento? Tuve que sumergirme con una linterna, atármela a la muñeca con un bramante.

Una herida superficial, apenas un arañazo, y a pesar de eso… –Matthew gira la muñeca y la observa como si estuviera examinando algo que no tiene nada que ver con él–. Dígame, señor Blake, ¿no debería haberse curado ya?

Hezekiah no es capaz de mirar la herida. No puede.

–Por favor –consigue decir a través de la mano. Vuelve la cabeza–. ¡Por el amor de Dios, aleje eso!

Matthew lo mira durante unos largos segundos. Luego se inclina a recoger la venda y envuelve la herida otra vez, pero el hedor permanece.

–Bien –dice–. Ya puede mirar.

Hezekiah se quita la mano de la boca poco a poco. Mira a aquel hombre fornido y enfadado, y ahora que la horrible visión ha desaparecido, consigue imprimir cierta fuerza a su voz.

–Debería buscar un médico –dice, pero entonces sufre un escalofrío.

Acaba de recordar que Dora le ha dicho esas mismas palabras por la mañana y que él le ha respondido con una feroz reprimenda.

Matthew lanza otra carcajada.

–¡Si me pagara, podría buscarlo! Si me pagara, un médico podría cambiar las cosas –dice, acercándose a la sábana–. ¿Quiere ver algo más?

Hezekiah no quiere ver nada más. Quiere dejar aquel cuchitril maloliente y enfermizo, y no volver nunca. Pero Matthew le está haciendo señas con el dedo y Hezekiah, con una fuerte opresión en el pecho, advierte que sus pies se mueven solos sobre las crujientes tablas del suelo.

–¿Qué es? –pregunta con un susurro.

Matthew hace una mueca. No dice nada. Alarga la mano hacia la sábana y la aparta a un lado.

En la cama yace otro de los hermanos –Samuel, le parece– y Hezekiah traga saliva al verlo. El joven tiene los ojos empañados, la piel amarillenta y sudorosa. En las comisuras de los labios se le ha formado una sustancia blanca. El otro hermano, Charles, está sentado en una silla al lado de la cama, mirando la pared con expresión abstraída.

–¿Qué ha pasado aquí?

–Su vasija, eso ha pasado.

–¡No sea absurdo!

–¡No sea ingenuo! –dice Matthew, al tiempo que pone la manaza en el brazo de Hezekiah–. Sam se vio afectado por esta fiebre dos días después de que le entregáramos el cargamento. Charlie –dice señalando al hermano que sigue aletargado en la silla– no ha hablado desde el momento en que subimos la caja a la superficie. Dígame entonces, señor, si no ha sido su preciosa vasija la responsable de esto.

El veneno de su voz le da miedo. Hezekiah lo mira con incredulidad.

–Es una pieza de barro cocido –dice, pero Matthew Coombe no escucha y le aprieta el brazo con más fuerza. Hezekiah da un grito de dolor.

–¡Mírelos! Uno está a punto de morir y el otro se ha vuelto loco. ¿Cree que si muere Sam seré indulgente con usted? ¿Cree que si pierdo la mano me será fácil encontrar trabajo? ¿Cómo voy a mantenerlos? ¿Cómo voy a cuidar de Charlie? Esto lo ha hecho su vasija.

–No es cierto.

–Sí lo es.

–Habrán contraído algo –dice Hezekiah. Tira del brazo. Matthew lo suelta y el anticuario da un paso vacilante hacia atrás, hacia el espacio abierto del cuarto–. Alguna enfermedad del mar. O a lo mejor han cogido algo en el vertedero. Quizá sea hereditario –añade con maldad. Ahora que se ha librado del doloroso apretón de Matthew siente que le vuelven las fuerzas, el valor para desdeñar–. La enfermedad de los Coombe. O… –

Hezekiah agita los brazos, desesperado–. Mire la pocilga en que viven. No me extraña que estén todos enfermos.

En el rostro de Matthew aparece algo sombrío. La fanfarronería de Hezekiah desaparece por ensalmo. Da otro paso hacia la puerta abierta y Matthew suelta la improvisada cortina, que vuelve a quedar colgando y roza el suelo con su deshilachado borde.

–¿Cómo está su pierna?

Hezekiah palidece.

–Mucho mejor.

Matthew ríe con sorna.

–Es un embustero. Le he visto cojear. Empezará a pudrirse, igual que esto. –Se señala la muñeca, luego a él–. Usted nos ha traído la enfermedad.

–¡Es una vasija! Alfarería griega, nada más.

–Entonces, ¿cómo explica todo esto?

–Casualidad.

–Una línea muy delgada separa la casualidad y el destino –dice, y Hezekiah adopta una expresión burlona. Matthew lo observa–. ¿Por qué es tan importante para usted? –pregunta al fin.

Hezekiah mira a otro lado.

–Eso no es asunto suyo, maldita sea.

–Creo que acabamos de llegar a la conclusión de que sí lo es.

Hezekiah vacila.

–Es… Me pertenecía. Hace muchos años. Solo la estoy reclamando, eso es todo.

–¿Cuánto vale? –pregunta Matthew.

Hezekiah vuelve a vacilar.

–Bastante.

–Entonces, ¿por qué no la ha vendido?

–Ya se lo he dicho –insiste con terquedad–. No quiere abrirse.

–¿Hay algo dentro?

La conversación le resulta agotadora. Hezekiah piensa que no debería ser interrogado así, como si fuera un delincuente. Pero cuanto más rápido responda, antes podrá irse, y mientras piensa en la pregunta se da cuenta de que no tiene sentido mentir.

–Sí –responde–. En cuanto haya recuperado lo que necesito, la venderé.

La ruta habitual. No entiendo por qué no se abre –concluye con amargura.

–Puede que no quiera abrirse.

–Es… una… simple… vasija –dice Hezekiah, escupiendo las palabras.

–Y… está… maldita –responde Matthew, imitándolo.

–¡Y yo repito que usted solo dice sandeces! Tiene una tapa y por lo tanto se abre. Tiene que haber un mecanismo, un sello, algo que no encuentro.

Antes estuvo abierta, así que puede volver a abrirse. Sé lo que digo.

Se hace un silencio tenso. Fuera, el río lame el embarcadero y la furia del agua al estrellarse contra las orillas embarradas es, de alguna manera, extrañamente tranquilizadora.

–No voy a esperar, Hezekiah –dice Matthew. El lacayo nunca se había dirigido a él por su nombre de pila y, al oírlo en su boca, al anticuario se le pone el vello de punta–. Necesito tratamiento médico para mis hermanos.

Para mí. Yo solo no ganaré lo suficiente con pequeños trabajos. Nuestro bienestar está en sus manos.

–Yo… –Hezekiah se pasa la mano por la cara–. Le enviaré a Lottie por ahora. Sabe mucho. Ha curado manos, se lo aseguro. Y le daré el dinero. Lo haré.

–Iré a las autoridades si no cumple su palabra.

–Le conseguiré el dinero. –Hezekiah no puede evitar el tono gimoteante de su voz y se detesta por ello–. Solo necesito más tiempo.

–Tiempo –responde Matthew Coombe–, eso es precisamente lo que no tenemos.

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