El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 41 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo treinta y ocho

Al principio no sabe dónde está. La habitación está en silencio, oscurecida por unas cortinas que no bloquean del todo la luz del día. Dora se remueve bajo las mantas, hundida en aquella cama desconocida. Saca las manos de debajo del cubrecama. Terciopelo azul pastel. Mira alrededor, los cuadros enmarcados de las paredes: todos orientales, todos de paisajes, una colección de montañas, bosques, lagos, bonitas escenas florales. Se queda mirando fijamente el que representa tres mariposas blancas, con diminutos puntos negros en las alas, revoloteando sobre matas de hierba ornamental.

En aquel momento, un pájaro entona su canción de mediodía y de repente lo recuerda todo.

Oye cantar al pájaro con desolación. Hermes. El que fue su único amigo durante tanto tiempo. Y Hezekiah se lo ha arrebatado. Pero ¿por qué? No lo entiende. ¿Por qué hacerle daño, si no es por maldad? A su tío nunca le había gustado, siempre se burlaba del cariño que ella sentía por él, su más querido amigo. Entierra el rostro en la almohada y deja escapar un sollozo.

Suave, blanda, limpia. No se parece en nada a las de su casa.

Su casa.

Otra sacudida. Siente un dolor en el pecho al darse cuenta de que el Bazar de Blake, el lugar que siempre ha sido la única constante en su vida, ya no es su casa y nunca volverá a serlo.

En sus padres no quiere pensar.

Se queda acostada, mirando al techo durante más de una hora. Es entonces cuando, en algún lugar de la casa, oye que un reloj da la una y media, y empieza a estirarse.

Aparta las mantas y se alegra de ver que aún lleva puesto el vestido.

Quiere decir que nadie ha intentado desnudarla. Ya es algo. Pero cuando se está poniendo los zapatos en los pies, todavía enfundados en las medias, se da cuenta de que debe volver. El vestido que lleva… Dora lo mira.

Arrugado. Con el borde sucio. La manga está descosida. No le servirá indefinidamente.

Se acerca al tocador que está junto a la ventana y se mira en el espejo ovalado. Su piel olivácea está pálida, tiene manchas oscuras alrededor de los ojos. Intenta remeter un rizo suelto bajo la cinta verde que lleva en el pelo, pero no sirve de nada. Sin un cepillo para peinarse, será imposible domarlo. No, tiene que volver. Y cuanto antes mejor. Pero no va a arriesgarse a ver a Hezekiah, si puede evitarlo.

«Entrar, salir, ya está».

El señor Ashmole ha debido de oírla descender, porque cuando va por la mitad de la escalera aparece en el vestíbulo para saludarla. «Me ha estado esperando», piensa, y cuando la saluda al pie de los peldaños, no sabe qué decir. Él también parece haberse quedado mudo.

–¿Qué tal ha dormido? –pregunta al fin.

–He dormido –responde ella–. Eso ya es algo, supongo.

A pesar de todo, no puede disimular el malestar que se refleja en su voz, el recuerdo del papel que ha representado este hombre en el engaño de Edward, y el señor Ashmole tiene el detalle de ruborizarse. Mira a otro lado, hacia el reloj de viaje. Son casi las dos.

–Ha dormido usted profundamente.

Es una redundancia. El señor Ashmole parece darse cuenta también, porque gira con torpeza sobre sus talones. Y verlo la irrita.

–¿Qué han hecho con Hermes?

Su tono es cortante, acusador. El señor Ashmole levanta las manos con las palmas hacia ella y los dedos abiertos, a modo de defensa.

–La señora Howe lo tiene en el almacén frío. Está… –dice el señor Ashmole, buscando la palabra apropiada– conservado, hasta que usted decida qué quiere hacer con él. Puedo hacer que lo disequen, si lo desea.

Capta, en la voz de Ashmole, un matiz de ese sarcasmo al que ya está acostumbrada, pero el intento de dar un giro frívolo a la charla fracasa y Dora simplemente se lo queda mirando.

–Me gustaría enterrarlo.

El señor Ashmole entiende que la broma no ha sentado bien y asiente levemente con la cabeza.

–Tengo un jardín.

El tictac del reloj de viaje suena con fuerza en la caja, el crujido de los engranajes coincide a la perfección con los latidos de la sangre en su cabeza.

–Tengo que volver a la tienda –dice Dora–. A recoger mis cosas.

Él asiente de nuevo y señala detrás de ella.

–Su capa y sus guantes…

Dora se vuelve y los encuentra colgados en el inicio de la barandilla.

Alarga la mano para cogerlos.

El señor Ashmole mira a Dora mientras esta se pone los guantes y se ciñe la capa alrededor del cuello. La joven advierte por el rabillo del ojo que el hombre parece debatirse en algún conflicto, porque mueve los dedos, abre la boca, la cierra y luego la vuelve a abrir.

–¿Quiere que la acompañe? –dice al fin, y ella no pierde la ocasión.

–No. –Su voz vuelve a ser cortante. Esta vez no lo pretendía–. No –repite más suavemente.

Desestimando el intento de Ashmole por ser galante, pasa por su lado, abre la pesada puerta ella misma y sale a la fría calle.

No sabe cuánto tiempo se queda frente a la puerta de la tienda. A Dora le parece que en un momento está en Clevendale y al siguiente delante de la desconchada fachada del Bazar de Blake, sin recordar cómo ha llegado allí ni cuánto tiempo ha tardado en recorrer el trayecto. Es como si estuviera totalmente aturdida, como si su cerebro hubiera registrado lo ocurrido, lo que se le había revelado en casa de sir William, pero su corazón fuera incapaz de aceptarlo. Comprende pero no siente, ve pero está ciega ante las consecuencias, y aun entendiéndolas, no sabe cómo obrar.

En cualquier caso, no puede quedarse allí todo el día.

«Entrar, salir. Ya está».

Dora se recobra y empuja la puerta. La campanilla tintinea. Casi siente alivio al ver que Lottie está sola en mitad de la tienda, con la escoba en la mano. Se miran un momento. Dora cierra la puerta.

–¿Dónde está? –pregunta.

El ama de llaves no consigue disimular el temblor de la barbilla.

–Ha salido otra vez –dice. Vacila–. No estoy segura de adónde ha ido.

Pero la verdad es que a Dora no le importa en absoluto dónde se encuentra su tío.

–Ha limpiado usted.

La estantería está de nuevo en pie y la cerámica rota ha desaparecido. El polvo también. Lottie se ruboriza.

–Siempre me decía que limpiara, ¿no?

Dora la mira. Lottie le devuelve la mirada. Como la primera guarda silencio, el ama de llaves se muerde el labio.

–Siento mucho lo de su páj…

–No –la interrumpe Dora–. No debemos hablar de eso. No quiero oírlo.

«No es verdad», se dice mientras sube al cuarto del desván. Pero ahora no puede pensar en eso. No debe. Ha venido a recoger sus cosas y a irse antes de que Hezekiah vuelva. No, no es el momento de dejarse llevar por las emociones.

Y con esa idea en la mente, recoge sus vestidos, la ropa interior, las camisolas. La bolsa de tela de alfombra de su madre (Dora tuerce el gesto al ver el desgarrón) todavía sirve, la ropa no se carerá por la abertura, pero pone en el fondo un vestido viejo por si acaso, y dobla lo demás encima.

Exhala un suspiro de alivio al encontrar sus gafas, milagrosamente intactas, pero se detiene al ver el monedero, la cajita de la cera y el duplicado de la llave del sótano. Así que lo ha descubierto. Entonces se detiene, consciente de lo que eso significa.

«Lo ha descubierto».

¿Qué diantres estaría buscando?

–¿Señorita?

Dora levanta la cabeza. Lottie está en la puerta, con el cuaderno de dibujo de Dora en las manos.

–Dejó esto debajo del mostrador. –El ama de llaves da un paso al frente–.

Espero que no le importe, pero lo he estado mirando. Son… –Lottie respira hondo–. Son muy bonitos.

–¿Qué quiere usted, Lottie? –dice Dora, con la paciencia agotada ya. El dolor de cabeza, que ha empezado a insinuarse al salir de la otra casa, amenaza con clavarle las uñas en el cráneo–. Nunca había sido usted tan amable conmigo. ¿Qué es? ¿Culpa?

–Sí.

Dora parpadea. No esperaba esa respuesta. Ni tampoco Lottie, al parecer, porque se ruboriza profundamente. El cuaderno se le cae de las manos y queda sobre las tablas del suelo.

–¿Por qué?

Pero Lottie mueve la cabeza y a Dora le duele demasiado la suya para presionarla.

–Haga lo que quiera –murmura.

Mete el resto de sus cosas en la bolsa: el camafeo de su madre, un cepillo de pelo, los artículos de joyería, los diseños (la imitación de filigrana tiene un alambre suelto), tijeras, hilo… Lottie sigue junto a la puerta medio caída del desván.

Cuando Dora se decide por fin a mirar la jaula del pájaro y a coger una de las suaves plumas irisadas del interior, el ama de llaves vuelve a hablar:

–La está vendiendo.

Dora acaricia la pluma con cariño. Siente un nudo en la garganta y guarda la pluma en la bolsa antes de que el nudo se haga más grande y la ahogue.

–¿Vendiendo?

–La vasija.

El pithos. La causa de sus desgracias.

–¿A quién?

–No lo sé. Esta mañana ha venido un hombre a verla. La va a subastar.

–Entiendo.

¿Y qué le importa ya a ella? Como dijo sir William, no hay pruebas. Ni entonces ni ahora. Así pues, ¿qué diferencia supone para ella que Hezekiah la venda o no?

–He visto sus dibujos. En el cuaderno. –Lottie lo señala con la cabeza; aún está caído en el suelo–. Todavía… todavía no ha terminado de dibujarla, ¿verdad?

–No –dice Dora.

–¿Por qué la ha dibujado?

Dora respira hondo.

–Por mis joyas. Por… –se interrumpe y hace una mueca.

Por Edward.

–Pues si quiere terminarla –sugiere el ama de llaves–, será mejor que se dé prisa. –Cuando Dora la mira por fin, Lottie parece seria–. Verá, señorita, Hezekiah quiere llevarla a la casa de subastas la semana que viene.

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