El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 48 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo cuarenta y cinco

Dora aprieta el bolso de red, sorprendida de que le pese tanto.

No esperaba que el señor Clements fuera tan generoso, pero cuando el joyero le abrió la puerta (había ido tan temprano que ni siquiera había llegado su lacayo de librea), parecía incapaz de ocultar su sorpresa y su nerviosismo.

–¡Se lo han llevado todo, señorita Blake! Casi no puedo creerlo.

Empezaron a llegar a primera hora de la mañana del lunes. ¡Usted solo me dejó unos pocos diseños y cuando se acabaron, dejaron las vitrinas vacías! –

Parpadea por encima de las gafas–. Está creando más, ¿verdad?

Dora le aseguró que sí, y le habló de los encargos que ya le habían hecho, que Lady Latimer en persona le había ofrecido patrocinarla y el señor Clements se excusó para entrar en la trastienda. Cuando volvió llevaba en las manos un monedero del tamaño de su puño, lleno de billetes y monedas.

Una vez fuera, Dora se abre el bolsillo del vestido y guarda dentro el monedero. El peso la obliga a caminar de lado, pero no le importa. No obstante, la idea de que puedan atacarla para quitárselo, aunque la posibilidad es bastante remota a esa hora tan temprana, le recomienda moverse con mucha cautela.

Durante un buen rato piensa en lo que hará a continuación. Ve un banco vacío en el patio de la catedral de San Pablo y se dirige a él. El banco está mojado, pero de todos modos se recoge la falda y se sienta.

El cielo amenaza lluvia otra vez. «Qué desgraciado es este país», piensa, evocando mentalmente el cielo cerúleo, la calidez de la brisa mediterránea, el mar verdiazul y las montañas alfombradas de cipreses. Todas las alegrías perdidas de su infancia. Lentamente, saca la pluma blanca y negra que había guardado entre la manga del vestido y la piel de la muñeca, y le da vueltas con el pulgar y el índice, observando con nostalgia cómo la luz refleja el recuerdo del color irisado de Hermes.

«No puedes eludirlo eternamente».

Dora sabe que Edward tiene razón… No puede posponerlo más tiempo.

Se levanta del banco y echa a andar lentamente hacia el Bazar de Blake.

Piensa en el informe de Edward. Dejó que lo leyera, con las páginas dobladas entre las piernas desnudas de ambos. Se ruboriza al recordarlo.

–Ya ves –había murmurado él, apartándole un bucle del cuello. Luego posó los labios sobre la piel suave que había dejado al descubierto y Dora sintió escalofríos en el cuero cabelludo–. Tu nombre no está aquí. Ni tampoco el de él. Nunca te haría daño, Dora. No podría. Sería como hacerme daño a mí mismo.

Y a continuación la había besado y ella lo había atraído hacia sí.

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