El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 47 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo cuarenta y cuatro

Cuando Edward abre los ojos, ve que Dora se ha ido.

Se estira en la cama y, por primera vez en su vida, se siente feliz. Se deleita unos momentos en la emoción que lo embarga, sonríe con la boca pegada a la sedosa almohada.

En la calle se oyen los ruidos de la ciudad que despierta, los gritos de los vendedores ambulantes que quieren hacerse oír por encima del fuerte viento. Oye el traqueteo de los carruajes, el chapoteo de las ruedas en los charcos que ha formado la lluvia. Pero la ausencia de Dora se abre camino hasta su estómago y se incorpora en la cama, frunciendo el entrecejo ante la tenue luz del amanecer.

–¿Dora?

Quizá esté en el otro cuarto. Se levanta, sale desnudo del dormitorio, se detiene en la puerta y ve que el otro cuarto está vacío.

¿Dónde estará? Se pregunta brevemente si habrá vuelto a Clevendale, pero por algún motivo, por algún motivo, no puede desprenderse de la sensación de que no ha ido allí, de que ha hecho exactamente lo que le dijo él la noche anterior que debía hacer.

«Debes descubrir la verdad sobre tu tío».

Se maldice entre dientes y corre a recoger sus ropas del suelo.

La puerta está cerrada con llave. No hay respuesta cuando llama. Ni Hezekiah, ni Lottie, ni Dora. Edward se queda allí un rato, escrutando la oscuridad de la tienda. No hay el menor rastro de movimiento, ninguna vela arde en los candeleros, y Edward siente que la queja de su estómago se transforma en un nudo de miedo.

No puede quedarse allí toda la mañana. ¿Y si Dora está dentro y Hezekiah le ha hecho daño? «Y si…». Pero se detiene, no quiere ni pensarlo.

Mira a su alrededor con aire furtivo. Nadie va a prestar atención, nadie lo oirá con el tráfico que circula por Ludgate Street. Con rapidez, antes de que le dé tiempo a cambiar de idea, golpea con el codo un panel de cristal de la puerta. Hace una mueca de dolor al oír que se rompe y vuelve a mirar alrededor para ver si alguien se ha dado cuenta.

Nadie lo ha visto. Nadie ha parpadeado siquiera.

Introduce la mano por el hueco a toda velocidad, localiza el herrumbroso cerrojo y lo descorre. Entra y oye la campanilla que tintinea sobre su cabeza. Cierra la puerta a sus espaldas.

La tienda está en sombras. Tarda un momento en acostumbrar los ojos a la oscuridad.

–¿Dora? ¿Lottie?

El vello de la nuca se le eriza.

Temblando, respira hondo y avanza lentamente hasta el centro de la tienda, mirando las puertas del sótano a través de los estantes.

Y se queda inmóvil. Están abiertas de par en par, pero no es eso lo que lo deja estupefacto. Las tablas del suelo…

–¿Qué diablos?

Echa a andar y vuelve a detenerse. Percibe algo, hace una mueca.

Un olor. El mismo olor que el del cuarto de los Coombe.

Oye un crujido a su espalda. Siente un dolor cegador.

Y después, nada.

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