El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 26 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo veinticuatro

Hezekiah espera a perder de vista el carruaje para enfrentarse a su sobrina.

Cierra la puerta de la tienda con mucha ceremonia y deja que el eco de la campanilla se vaya apagando mientras hace un esfuerzo para no dejarse vencer por la furia y el temor.

Trescientas libras. Esa es la única razón por la que ha consentido que se lleven la vasija; podrá pagar a Coombe y aún le quedará mucho dinero.

Pero dejársela a aquella vieja para exhibirla en una velada nocturna con todo el riesgo que conlleva, es un asunto que atenderá más tarde. Ahora es Dora quien le preocupa.

«Despacio –piensa el hombre–, despacio».

Se vuelve. Dora está pegada a la pared que hay detrás del mostrador y Hezekiah se pregunta a qué viene tanta cobardía. ¿Realmente es cobardía?

No es propio de ella, en absoluto, así que la actitud de la muchacha lo deja perplejo, inseguro. Si ella supiera a qué se dedica él, si hubiera descubierto el secreto de la vasija, no se portaría así. O sea que quizá aún esté a salvo.

–¿Cómo conseguiste entrar?

Por su propio bien, y por el de ella, Hezekiah procura hablar con calma y comedimiento.

–Yo…

Dora titubea. Eso es lo que le interesa a él.

–Forcé el candado.

–¿Con?

–Una horquilla.

No la cree. Pero si no es verdad, ¿cómo ha entrado entonces? Hezekiah toca la llave de bronce que tiene en el pecho y da un paso adelante conteniendo una mueca de dolor, porque la venda de la pierna le aprieta.

–Has bajado a mis espaldas.

–Yo…

Otro paso.

–¿Por qué?

Y entonces algo cambia en el rostro de Dora.

–¿Por qué? –La joven se aferra al mostrador con las manos y Hezekiah ve que la piel de los nudillos se le pone blanca–. ¿Por qué la escondió para que no la viera? ¿Por qué lo tiene todo escondido?

Hezekiah se detiene, considera las implicaciones de lo que oye, y está confundido, porque es posible que estén hablando de cosas totalmente diferentes.

–¿Todo?

En los ojos de Dora centellea algo que Hezekiah es incapaz de definir.

–Sí, tío –dice–. Todo. He visto las cajas de las estanterías, he visto lo que hay dentro.

Oh, esa rebeldía. Se parece tanto a Helen. ¡La hermosa e intrigante Helen! Hezekiah siente que pierde el control y respira hondo para dominarse.

–No era ningún secreto.

–No me habló de esos objetos y viene a ser lo mismo –responde ella–.

Está almacenando antigüedades auténticas en el sótano cuando podría estar vendiéndolas aquí arriba.

Hezekiah la fulmina con la mirada y gira dolorosamente sobre la pierna herida.

–Eso no es asunto tuyo.

–¡Soy una Blake!

Y en el tono torturado de la voz de la muchacha reconoce, de repente, qué es ese brillo de su mirada. Cólera, cólera pura, sin adulterar. Le sorprende. Lo asusta.

–La tienda siempre ha sido tan suya como mía –prosigue Dora–. Mi padre se avergonzaría de lo que ha hecho usted con ella.

Hezekiah aprieta los puños.

–Tu padre era un blando, Pandora. –Solo utiliza su nombre completo, ese nombre ridículo, cuando quiere ejercer autoridad, cuando nota que está a punto de perderla–. Dirigiré este lugar como a mí me parezca.

La joven niega con la cabeza y señala las puertas del sótano moviendo bruscamente el dedo en el aire.

–Durante años, el sótano estuvo cerrado para mí. Nunca lo cuestioné, porque estuvo cerrado para mí desde niña, pero entonces llegó esa caja… ¡y usted ha hecho todo lo posible para que yo no la viera! Ahora sé por qué.

–Ah, ¿sí? –pregunta. Cauteloso.

–El mercado negro.

Dora lo dice susurrando. Ahora hay odio en su mirada, pero al oír sus palabras, Hezekiah casi se ríe de alivio. ¿Eso es lo que ella cree? Se apresura a ocultar su repentina tranquilidad, se frota la cicatriz de la mejilla y su voz se vuelve empalagosa.

–¿Entiendes de qué me estás acusando, criatura?

–Sí. –Dora levanta la barbilla–. De querer vender ilegalmente el pithos y toda la cerámica de las cajas.

–¿Y por qué iba a hacer una cosa así?

–Porque no ha adquirido esos objetos por medios legales. Es la única explicación. Si no es así, ¿por qué no quiere venderlos aquí, en la tienda?

Buen argumento. Sin embargo, la muchacha solo sabe la mitad. Hezekiah da un pequeño paso adelante y respira con pesadez.

–Estoy restaurándolos. Nada más.

Dora lo atraviesa con la mirada.

–Mentira. No necesitan que los restauren. El pithos, por lo menos, está en perfectas condiciones, si tenemos en cuenta su extraordinaria antigüedad.

–¿Su extraordinaria antigüedad? –repite Hezekiah.

–Sí, tío. Sé que esa vasija es tan antigua que no se puede datar. Es anterior a toda la historia conocida.

Hezekiah trata de ocultar su sorpresa. Luego piensa que se está burlando de él, que se ríe de él. Pero la expresión del rostro de la muchacha no es divertida y eso le da que pensar.

Dora tiene que estar equivocada. Además, ¿cómo puede saberlo? Ella no sabe nada de antigüedades, solo lo que ha visto dentro de los límites de la tienda. Unos límites que él mismo ha establecido para impedir que la muchacha se entrometa. Pero parece que sabe mucho más de lo que él esperaba. De todos modos, lo que más le preocupa no es cómo lo ha averiguado. «Anterior a toda la historia…».

Él sabía que era antigua. Por supuesto que lo sabía… Al fin y al cabo, ayudó a Helen a encontrarla, ¿no? Pero no tenía ni idea de que fuera tan antigua. Ni siquiera Helen creía que tuviera tantos años. ¡Vaya, entonces es posible que lo que él busca ni siquiera tenga ninguna importancia!

Esto le recuerda algo.

–¿Lo has abierto?

–¿El pithos?

–¡Pues claro que el pithos!

–Sí, yo…

–¿Se abrió?

La pregunta parece pillar a Dora con la guardia baja. Frunce las cejas.

–Sí.

–¿Cómo?

–Pues… levantando la tapa.

–¿Y ya está? –pregunta Hezekiah con tono de duda.

Dora parpadea.

–No entiendo.

Ni él tampoco. Hezekiah intenta tragar saliva, pero su paranoia ha reaparecido y el aire le comprime dolorosamente el pecho, como si tuviera una piedra encima.

–¿Había algo dentro?

–No.

Dora ha dudado. ¡Ha dudado! La expresión del rostro de la joven es de perplejidad, pero Hezekiah siente que la sangre abandona sus mejillas; no le gusta que ella sea más inteligente. Casi lo ha engañado, la muy bruja.

–¿No?

Hace la pregunta casi con amabilidad, observándola.

–Eso he dicho –añade Dora lentamente, porque ella también lo está observando a él.

–¿Nada?

–Nada en absoluto.

Y ahí está, en ese rostro que tanto se parece al de su madre (o, mejor dicho, idéntico al de su madre): la expresión de engaño descarado.

La tapa se abre fácilmente. Se levanta al momento, sin ninguna dificultad.

¿Por qué? ¿Cómo?

Hezekiah busca un mecanismo, algo que le hubiera impedido abrirla antes.

No hay nada.

Da la vuelta a la tapa, pasa un dedo gordezuelo por el profundo surco del borde interior. El dedo se le llena de un polvo rojizo.

Pero… Nada.

Hace lo mismo en el borde del pithos, pone la mano en el cuello y le da vueltas y más vueltas.

Nada.

Coge la silla del escritorio y se sube encima, con dificultad, para mirar dentro. No se ve nada. Vuelve con una vela, la coloca en ángulo, trata de ver el fondo.

Sombras danzarinas de una llama sobre la arcilla.

Y no hay nada. ¡Nada!

Oye un siseo. Frunciendo el entrecejo, apaga la vela de un soplido. El siseo se detiene.

Perplejo, baja de la silla y se apoya en el alto respaldo.

«Dora lo ha encontrado –piensa Hezekiah–. Tiene que haberlo encontrado, ¡y por tanto lo sabe! ¡Tiene que saberlo! Pero si lo sabe, ¿por qué no ha dicho nada?».

Entonces es que trama algo. Quiere distraerlo hablando del mercado negro, solo para asustarlo. Pues bien, no se lo va a permitir. Ha llegado demasiado lejos, ha esperado demasiado para fracasar ahora.

–¿Hezekiah?

Lottie lo llama con voz vacilante desde lo alto de la escalera. Él está de espaldas a ella, con la mano en el borde de la vasija. Su furia está ahora en pleno apogeo, su frustración es feroz.

–¿Está usted…?

–¡Largo de aquí, maldita sea! –grita Hezekiah.

–Pero…

–¡Largo!

Hezekiah la oye alejarse. Oye sus pies que se arrastran torpemente y la campanilla que separa la tienda de la vivienda. Se esfuerza por respirar con normalidad.

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