El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 43 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo cuarenta

Ante la sorpresa de Dora, y por mucho que no le parezca la mejor idea, el señor Ashmole le ha permitido utilizar como taller la pequeña salita de la parte frontal de la casa. Han llevado un pequeño escritorio de otra habitación y, ahora, sus artículos de joyería están ordenados en los cajones y los restos de alambre, cintas y encaje dispuestos en los estantes. Aún queda mucho sitio para abrir cómodamente el cuaderno de dibujo. Dora acaricia el palisandro, suave y brillante, y huele la reciente capa de cera de la superficie pulida. Es la mesa más bonita en la que ha trabajado. La silla (de sedoso damasco) es la más confortable en la que se ha sentado para crear diseños. Nada que ver con su diminuto escritorio y el alto taburete.

Nada que ver con el mostrador de la tienda. Este nuevo lugar los supera a ambos con creces.

Pero…

El papel que tiene delante está en blanco. La inspiración que la acompañaba el día que la señorita Ponsenby y los de su clase cruzaron las puertas del Bazar de Blake se ha esfumado. Un vacío apático y frustrante la reemplaza en el espacio de su mente.

Se sube las gafas por el puente de la nariz.

No es la primera vez que la inspiración la abandona. Invariablemente, todas las mentes creativas sufren esa ausencia de vez en cuando. Pero lo único que podría haberla consolado está enterrado bajo un rosal en el jardín del señor Ashmole, así que no tiene nada que la reconforte, nada que alivie su sequía creativa.

Dora pasa las páginas del cuaderno de bocetos con aire ausente y se fija en sus anteriores creaciones. Las más recientes las tiene el señor Clements (Dora anota que ha de volver para recogerlas, junto con el dinero que le deben), pero las otras las tiene ella: el collar de filigrana con la piedra de cristal (ya está arreglado y lo lleva al cuello), los tres pares de pendientes, la pulsera de latón Pinchbeck y granates, los dos broches Vauxhall, la cinta con un ágata para el cuello, todas las creaciones que llegaron antes.

Entonces ve los dibujos del pithos.

Aquí están los bocetos, los dibujos esquemáticos de los relieves. Y a continuación los relieves mismos. Los observa y se siente profundamente orgullosa de la forma en que ha captado los detalles. Eran cuatro en total, aunque solo pudo dibujar tres. Piensa en lo que le había dicho Lottie, que Hezekiah pronto se llevaría la vasija, que su oportunidad para terminar los dibujos se perdería para siempre.

«¿Y eso sería un grave inconveniente?», se pregunta. Había obtenido del pithos lo que quería. No necesita los bocetos; el único que se beneficiaría de ellos ahora es Edward. Cierra los ojos. La furia que siente por el engaño masculino sigue ahí, aunque se ha reducido, como si alguien hubiera puesto un paño frío sobre una quemadura.

«No es cierto lo que crees».

¿Y qué es lo que cree? Que él ha utilizado la historia de Hezekiah y su comercio ilegal para preparar un informe que promueva sus intereses profesionales. Sabe que esto es cierto. ¿Y qué más? ¿Qué otras intenciones tiene? ¿Llevar a su tío ante las autoridades y a ella con él?

Esta hipótesis no le cuadra. Va contra todo lo que opina de él como persona. Como amigo. Si no hubiera sido por Edward, no estaría ahora en Clevendale, a salvo de Hezekiah. Si hubiera querido hacerle daño, ya se lo habría hecho. Suspira y cierra el cuaderno. No, debe terminar por Edward, se lo debe. Después de todo, hizo una promesa.

Además, hay otra razón.

Se quita las gafas con cansancio y mordisquea una patilla.

¿Por qué ha tardado tanto Hezekiah en vender el pithos? ¿Qué diantres estuvo haciendo todo ese tiempo en el sótano? ¿Por qué registró su cuarto?

¿Por qué mató a Hermes? No lo entiende. No tiene ningún sentido. Para descubrirlo, tiene que volver, y pronto.

Da un respingo cuando se abre la puerta y se vuelve en la silla con una pregunta en la punta de la lengua. En el umbral está la señora Howe, que no se ha tomado con mucho entusiasmo que Dora vaya a convertirse, en el futuro inmediato, en un nuevo huésped de la casa. Tiene las cejas tan enarcadas que Dora teme que le lleguen hasta el nacimiento del pelo.

–Una tal lady Latimer ha venido a verla, señorita.

–¡Ah! –Dora se pone en pie–. Por favor –dice torpemente, porque no está acostumbrada a dar órdenes–, hágala pasar.

Y la señora entra, envuelta en plumas de un tono azul claro y oliendo profusamente a espliego. El lacayo Horatio está a su lado.

–¡Señorita Blake! –exclama la mujer, mientras la peluca blanca se balancea peligrosamente–. ¿Cómo es que me han hecho ir y venir por media ciudad?

–¿Disculpe?

Lady Latimer la mira con impaciencia.

–He ido a su tienda y allí una zafia empleada me ha dicho que usted había dado instrucciones de que enviaran a esta dirección a todos los clientes interesados por sus diseños. Como la he encontrado aquí, supongo que es correcto. –Al ver que Dora asiente con la cabeza, la mujer continúa–: Es de lo más inconveniente. ¿Tiene usted idea, señorita, del tráfico que hay a estas horas del día?

–Me temo que no lo sé, señora.

–Pues claro que no. –Lady Latimer mira alrededor, ve la otra silla de damasco y va directamente hacia ella. Horatio la sigue de inmediato.

Cuando llega a la silla, el lacayo se inclina y le levanta las faldas–. Abajo –

dice lady Latimer, y cuando se sienta, Horatio las suelta. La seda rosa revolotea antes de caer a sus pies.

Dora oculta la sonrisa con la palma de la mano y, de repente, siente una oleada de gratitud. Es la primera vez que sonríe en dos días.

–Bien, veamos –dice lady Latimer, mirándola–. Es un cuarto encantador, debo reconocerlo. –Dirige la mirada hacia la vitrina situada junto al escritorio de Dora–. Qué globos tan bonitos –comenta, señalando los globos terráqueos alineados en el interior. Luego vuelve a concentrarse en Dora–.

Y ahora cuénteme, señorita, ¿cómo es que la encuentro aquí?

Tiene ya la excusa en la lengua, que por otro lado es verdad, o al menos una versión de la verdad.

–Tuve un desacuerdo con mi tío, lady Latimer. Pensé que sería mejor alojarme en otro sitio hasta que pueda establecerme por mi cuenta.

Lady Latimer agita una mano enjoyada.

–Ah, sí, está usted mucho mejor sin él. Ese establecimiento que se cae en pedazos no hace honor a su talento. Todo el mundo estaba poniéndola por las nubes al día siguiente de mi fiesta. –Frunce el entrecejo–. Aunque también hubo muchas quejas. Parece que muchos de mis invitados cayeron enfermos la mañana siguiente.

–¿De veras?

–¿No se ha enterado? Parece ser que fue por el ponche.

–Lady Hamilton no dijo nada.

Lady Latimer arruga la nariz.

–Emma no es muy partidaria del ponche. Ella prefiere el vino. Pero los que lo bebieron… bueno, el caso es que al día siguiente se sentían fatal.

¡Imagine lo que podría haberles pasado a mis macetas de helechos, Horatio!

No quiero ni imaginarlo.

Dora decide que, dadas las circunstancias, es mejor no decir nada, pero piensa en el mono que vio con la cola metida en la ponchera y se pregunta si habrá tenido algo que ver.

Lady Latimer está mirando otra vez a su alrededor mientras asiente con gesto de aprobación, lo que hace que su ridícula peluca oscile peligrosamente. Horatio parece listo para cogerla al vuelo en cualquier momento.

–Su señor Lawrence tiene una hermosa casita.

Dora tose, por la mención del supuesto propietario y por la descripción.

Ella no diría que Clevendale es una «casita». Aunque comparada con la casa de lady Latimer, debe de parecerlo.

–No es del señor Lawrence, señora. –La mujer parpadea–. Es la casa del señor Ashmole.

Un silencio.

–¡Ah! Entonces el señor Ashmole y usted…

El significado de la frase está muy claro.

–Por Dios, no, señora, en absoluto. –Dora vacila–. El señor Lawrence no podía ofrecerme su casa, porque vive de alquiler. Aquí al menos hay habitaciones de invitados y la señora Howe, el ama de llaves, sirve de carabina.

Lady Latimer parece aliviada.

«Como si mi doncellez pudiera correr peligro con Cornelius Ashmole», piensa Dora irónicamente. Recobra la compostura y carraspea.

–¿Y a qué debo el placer, lady Latimer?

–Ah, sí. –La mujer se arregla las faldas–. Me gustaría encargarle más piezas. Pero ahora que veo que está en una situación inestable, me sentiré más que feliz de esperar a que se haya establecido. ¿Tiene capital? –Dora vacila, pero la señora no parece darse cuenta–. En cualquier caso, estaría

encantada de ofrecerle mi patrocinio. Le estoy muy agradecida, querida, por convertir mi disfraz en el mayor éxito de mi velada, y lamentaría mucho que se perdiera una mujer de su talento. Supongo que habrá más mujeres que se hayan acercado a usted para hacerle encargos.

Dora a duras penas consigue asentir con la cabeza tras oír el comentario de lady Latimer. ¿Patrocinio? ¿Lo dice de verdad?

–Muy bien. Pero por hoy, no la molesto más –dice lady Latimer, levantándose de la silla envuelta en una asfixiante nube de espliego–.

Dejaré que lo piense, ¿qué le parece?

Dora no puede dormir. Se pasa horas dando vueltas y más vueltas. Su mente revolotea frenéticamente, como una mariposa atrapada en un tarro de mermelada.

Piensa en la oferta que le ha hecho lady Latimer. Por una parte está emocionada, pero la propuesta de la dama queda ensombrecida por todo lo demás. Dora no puede olvidar la pérdida de Hermes, la verdad sobre…

Cierra los ojos con fuerza. No puede ni pensarlo. Todavía no.

Cuando el reloj da la una, admite la derrota. Se levanta y busca el batín de su padre, que consiguió salvar de su cuarto del desván. Se ciñe el cordón alrededor de la cintura y frota las hombreras con los dedos. Trata de recordar cómo se sentía cuando Hermes se posaba allí y hundía las garras en la tela, pero ahoga un sollozo al darse cuenta de que el recuerdo ya ha empezado a desvanecerse.

Su intención es ir a la salita delantera para dibujar algo. Pero cuando llega al pie de la escalera, advierte un resplandor naranja en las baldosas. Se vuelve. Ve luz por debajo de la puerta del fondo, la que da a la biblioteca en la que entró el primer día que estuvo en la casa.

El señor Ashmole está despierto.

Durante un momento, vacila en la escalera. Por una parte no desea verlo ni hablar con él. Pero la compañía, aunque sea la del señor Ashmole, es mejor tónico que sus inquietos pensamientos, así que, a regañadientes, se dirige hacia allí por el pasillo y llama a la puerta.

Cornelius abre vestido con un batín parecido al de Dora, aunque más

majestuoso y moderno. Está desabrochado a la altura del pecho y la joven no puede evitar fijarse en la piel suave, cincelada como un busto griego. Se ruboriza y desvía rápidamente la mirada.

–No se preocupe –dice él con aire cansado–. Ya sabe que no voy a tocarla. Pase –añade, volviendo a su sillón, al lado del fuego–. Cierre la puerta, ¿quiere?

Dora hace lo que le pide y lo sigue por la habitación. El hombre le señala el sillón gemelo.

–¿Bebe?

Levanta una licorera que contiene un líquido de color ámbar. « Whisky o brandi», piensa ella afirmando con la cabeza, con ganas de nublarse los sentidos. El señor Ashmole le sirve con generosidad y le alarga el vaso por encima de la alfombra de tigre. Dora toma asiento.

–¿Usted tampoco puede dormir?

Ashmole apoya la cabeza en el respaldo.

–Nunca puedo dormir.

Dora bebe un trago y hace una mueca.

–Ron –dice el señor Ashmole.

El fuego crepita. Una chispa cae al suelo, brilla un segundo y se apaga. El amigo de Edward la mira fijamente.

–Lamento lo de su urraca.

Un silencio.

Dora asiente con la cabeza.

El señor Ashmole se vuelve a mirar las llamas que bailan en el hogar. Al principio parece preferir el silencio, pero luego se vuelve en la silla y deja escapar el aire como si se dispusiera a iniciar una conversación.

–Cuando regresé del Grand Tour por Europa –dice– y fui a Sandbourne, escribí a Edward, al taller de encuadernación. Por entonces pertenecía a un comerciante llamado Marcus Carrow, un monstruo de hombre, aunque solo lo supe meses más tarde. –Dora acaricia su vaso–. Escribía todas las semanas. Nunca recibía respuesta. No se me ocurrió pensar que pasara algo.

Pensaba… –dice Ashmole, frotándose los ojos con la mano–. Pensaba que habría hecho nuevos amigos y había olvidado nuestra infancia juntos en Staffordshire. Y eso me puso furioso. Me dolió. Después de todo lo que había hecho por él. Había compartido mis libros, mi hogar. Mi vida. Y mi padre le había dado los medios para ganarse el sustento por su cuenta, una

vida mucho mejor, ¿y qué había hecho Edward? Coger lo que quería y no mirar atrás. –Tuerce los labios en una sonrisa. Vuelve a mirar a Dora y desvía la mirada–. Eso es lo que yo creía. No es sorprendente que me costara hacer amigos. He sido un tonto engreído toda mi vida. Detesté el tiempo que pasé en Oxford. Detesté que me enviaran a Europa. Oh, aprendí cómo funciona el mundo, eso es verdad. Conseguí una educación sólida, me moví en todos los círculos adecuados y también conseguí respeto. Entendí cómo funcionan las categorías sociales. Pero yo solo quería estar en casa.

Con él. Y que me rechazara… me dolió infinitamente.

Dora ve que el señor Ashmole observa el vaso que tiene en el regazo.

–¿Cuándo se dio cuenta de que estaba enamorado de él?

Ashmole ríe por lo bajo, aunque no parece divertido.

–¿Cómo lo ha sabido? ¿Por el lacayo?

–Un poco antes, en realidad.

Por toda respuesta, el señor Ashmole sacude la cabeza y se lleva el vaso a los labios. Dora se da cuenta, por su incapacidad para mantenerlo derecho, que ha estado bebiendo desde mucho antes de que ella bajara por la escalera. El joven bebe un trago de ron, hace una mueca y silba entre dientes.

–Lo comprendí cuando lo encontré. Después de unos nueve meses, quizá diez, ahora no lo recuerdo, aún no había obtenido respuesta a mis cartas y no podía dejar las cosas así. Fue el orgullo lo que me lo impidió al principio, y nunca me perdonaré por eso. Si hubiera ido a buscarlo al ver que no respondía a mi primera carta… –Vuelve a sacudir la cabeza–. Al final vine a Londres y fui a buscarlo. Pero no estaba allí. «No, lo entendía.

¿Se había ido? No señor, no que yo sepa. Entonces, ¿dónde está? Oh, por ahí. ¿Por ahí? ¿Qué significa eso?». –El señor Ashmole toma otro sorbo de ron–. Carrow se burlaba de mí, no le importaba que su misma vaguedad lo convirtiera en objeto de sospecha. Pero comprendí que no iba a responderme y me fui. Alquilé un cuchitril enfrente del taller de encuadernación y estuve al acecho. Nunca vi a Edward, pero había un hombre, que resultó ser Tobias Fingle, que se ausentaba del establecimiento durante una hora, todas las mañanas. Y siempre aparecía con alguna magulladura. Al cabo de una semana fui a verlo y le exigí que me contara qué estaba pasando allí dentro. Tardé tres días en conseguir que hablara.

Recuerdo lo flaco que estaba. Al final, fue la comida lo que le soltó la lengua.

El señor Ashmole bebe un largo trago. Cuando baja el vaso, solo queda un dedo de ron.

–Resultó que el canalla del propietario maltrataba a todos sus empleados… pero Edward, por ser tan pequeño, era el que se llevaba la peor parte. Carrow los hacía trabajar hasta la extenuación sin pagarles y raramente los dejaba dormir, mucho menos comer. Ese año ya habían muerto tres muchachos, según me contó Fingle. Él mismo tuvo que tirar los cadáveres al río. En cuanto a Edward… nunca sabré cómo sobrevivió todos esos años. Carrow lo tuvo en una leñera, negra como la pez, durante días interminables.

Dora siente un escalofrío al recordar el lugar sombrío que vio aquel día en el taller de encuadernación. Piensa en las velas de su oficina, en la vacilación de Edward al bajar al sótano la primera noche y en su miedo a la oscuridad. Horrorizada, mira al señor Ashmole.

–¿Y qué hizo usted?

–Lo denuncié a las autoridades. Detuvieron a Carrow… lo ahorcaron en Tyburn al año siguiente.

–¿Y Edward?

El señor Ashmole entorna los ojos.

–Yo mismo lo saqué del almacén. Dios mío, debería haberlo visto.

Esquelético y lleno de magulladuras. Lo llevé a la casa de campo de mi padre para que se recuperara… y ya conoce usted el resto.

Dora quería llorar. «Oh, Edward…».

–Él no habla de eso. Ya han pasado unos años y sigue sin mencionarlo.

Una vez intenté que me lo contara, pero se fue y no volvimos a hablar durante una semana. Desde entonces, no he vuelto a mencionarlo. –El señor Ashmole la mira a la cara por fin–. Sé que Edward nunca corresponderá a mis sentimientos. Nunca me amará como yo a él. Pero supongo que seguía esperando que, quizás, un día… Y entonces apareció usted.

La mira durante un momento interminable que parece girar sobre sí mismo. Todos los celos y la decepción que siente Cornelius están concentrados en esa mirada. Luego vuelve la cara y se queda otra vez absorto, contemplando las llamas.

–No castigue a Edward por su ambición, señorita Blake. –Su voz es un

murmullo, un hilo de seda–. No quería hacerle ningún daño con su informe.

Todo lo que siempre ha deseado estaba a punto de hacerse realidad. Yo no debería haber puesto las cosas difíciles entre ustedes dos. Sé lo que usted significa para él. Tan probable es que él le haga daño como que se lo haga yo a él.

El fuego chisporrotea y a Dora se le encoge el estómago. El señor Ashmole vacía su vaso y ella espera a ver si habla de nuevo. Como sigue en silencio, Dora se levanta y deja su vaso, todavía lleno, en la mesita que está al lado del sillón.

–Me voy a la cama.

Al principio él no responde, pero cuando llega a la puerta, susurra su nombre, tan bajo que al principio Dora no sabe si lo ha imaginado.

–Él no lo sabe –dice el señor Ashmole–. No creo que se le haya ocurrido siquiera. No ha tenido tanta experiencia en la vida como para… –Se interrumpe y contiene la respiración–. No se lo dirá, ¿verdad?

Dora niega con la cabeza.

–Por supuesto que no.

Su anfritrión asiente con la cabeza.

Silencio.

Dora da media vuelta para marcharse, pero se gira una vez más hacia el señor Ashmole.

–No le he dado las gracias. Por alojarme. Ahora se las doy, gracias.

–Bueno. –Vuelve el rostro para mirarla–. No me ha quedado más remedio, ¿no cree?

Sarcástico otra vez. Pero ahora le gusta.

–Buenas noches, Cornelius Ashmole.

Una sombra de sonrisa.

–Buenas noches, Pandora Blake.

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