El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 33 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo treinta y uno

Sir William sugiere que hablen en la terraza, donde hay menos gente y donde (añade el diplomático) puede oír sus propios pensamientos. Edward vuelve a pensar en lo que le ha dicho Dora mientras lo sigue.

«Me salvó la vida».

El viento sopla allí con menos fuerza. La parte posterior de la mansión da a la orilla del agua y los protege de las ráfagas más violentas. Edward agradece el aire fresco, tras la alta temperatura que reinaba en el salón de baile. Su claustrofobia (que ha intentado ocultar a Dora lo mejor posible) estaba empezando a manifestarse. Se siente totalmente fuera de lugar y muy ridículo. El calzado le roza los pies. Hay demasiada pompa. La decoración de lady Latimer, aunque sin duda impresionante, es demasiado ostentosa para su gusto. Edward prefiere la sencillez. Paz y tranquilidad. Le sorprende la cantidad de dinero que los ricos están dispuestos a gastar para entretenerse una sola noche.

Evitan a dos parejas que también han salido a tomar el aire y a un grupo de caballeros de avanzada edad que van disfrazados con togas. Edward, durante apenas un momento, cree ver un rostro conocido entre ellos (larga barba blanca y dos penetrantes ojos azules) y se vuelve para fijarse mejor.

–¿Señor Lawrence?

Hamilton se ha detenido y lo mira con expresión cercana a la impaciencia.

–Yo… –Edward se esfuerza por mirar, pero el hombre ya se ha marchado–. Discúlpeme, me ha parecido… –Sacude la cabeza–. No importa.

–Vamos, pues –dice el otro y Edward deja que sir William lo conduzca a una zona más alejada, en el extremo derecho del pabellón–. Y bien, señor Lawrence –añade Hamilton cuando están lejos de oídos indiscretos, apoyándose en el bastón. Tiene la mano sobre la empuñadura, que parece reproducir un rostro griego tallado en marfil–. Tiene usted toda mi atención.

La mirada del diplomático es tan directa que resulta molesta. Edward se

da cuenta de que no está dispuesto a perder el tiempo con cortesías, así que va derecho al grano.

–En mi carta, que escribí aconsejado por Richard Gough, decía que había encontrado un pithos. Ese precisamente –añade, señalando con la barbilla el salón de baile–. También decía que su propietario posee varios artículos de cerámica griega que podrían haber sido adquiridos de forma clandestina.

–Entiendo.

–Le escribí para solicitar su consejo.

Sir William está totalmente inmóvil.

–¿He de entender que la propietaria de esos artículos es Dora Blake, como ha indicado lady Latimer?

–Su tío.

La expresión de Hamilton se ensombrece.

–¿Sabe dónde los adquirió?

–No lo sabemos. Pero estoy intentando averiguarlo. –Edward piensa en Coombe. Está dispuesto a visitar su alojamiento en cuanto pueda–. Dora encontró el pithos en el sótano de la tienda.

–¿Y cómo ha llegado aquí?

–Lo utilizó para unos diseños de joyas. Lady Latimer se encaprichó de uno de ellos y quiso saber en qué se había inspirado.

Sir William asiente con la cabeza.

–Sí, lady Latimer siempre consigue lo que se propone. ¿Cómo se lo tomó el tío de Dora?

–Eso deberá preguntárselo a ella.

Hamilton guarda silencio y da vueltas al bastón sin levantarlo del suelo.

–¿Qué consejo esperaba que le diera, señor Lawrence?

Habían llegado al quid de la cuestión.

–Dora me dio permiso para hacer un estudio sobre el pithos, lo cual me permitiría solicitar la admisión en la Sociedad de Anticuarios. Ella ha estado dibujando las escenas de las paredes exteriores. Mi intención era escribir la historia de la vasija, pero el problema es que, ahora que sabemos que el origen de la pieza es cuestionable, la Sociedad no puede publicar el estudio. Yo esperaba que, como experto en antigüedades griegas, quisiera usted echarle un vistazo y explicarme cómo funciona el mercado negro y sus operaciones.

–¿Por qué?

Edward vacila.

–Para preparar un estudio diferente.

–¿Y sabe Dora que usted me escribió?

Edward vuelve a vacilar y mueve los pies, pero hace una mueca cuando los zapatos le rozan.

–Ella sabe que le pedí consejo sobre el pithos. En cuanto al otro asunto…

–Hum.

Hamilton no le suelta la reprimenda que Edward está seguro que tiene en la punta de la lengua. La reprimenda que se merece.

–¿Y qué piensa hacer con lo que averigüe?

Edward siente calor en las mejillas. La culpa otra vez, revolviéndose en el fondo del estómago.

–Mi intención es publicar lo que descubra.

–¿Piensa mencionarla a ella?

–No pienso mencionar a nadie.

Sir William frunce el entrecejo.

–¿Se da cuenta de lo peligroso que es esto? Habrá que tener en cuenta a las autoridades. Tanto si menciona a Dora y a su tío como si no… ¿Entiende lo que quiero decir?

Edward lo entiende. Cierra los ojos con fuerza y los vuelve a abrir; unos puntitos negros danzan ante ellos como hormigas. Respira hondo para calmarse.

–Me preocupa mucho el bienestar de Dora. Créame, señor. Entiendo el peligro. Pero no permitiré que a ella le ocurra nada.

En efecto, no lo permitirá. Está completamente decidido.

Hamilton se queda observándolo. Luego se vuelve y se acerca al borde de la terraza, golpeando las losas del suelo con el bastón. Se apoya en la balaustrada de piedra y contempla la noche. Edward lo sigue y se queda a su lado.

Ante ellos, el agua se mece en silencio. En alguna parte grita un búho.

Del salón de baile les llegan carcajadas mezcladas con los compases de un cotillón.

–No me cabe la menor duda de que Hezekiah Blake adquirió tanto su colección como el pithos por medios ilícitos –dice al fin sir William.

Edward lo mira, sorprendido, porque en ningún momento ha pronunciado el nombre de Hezekiah–. Siempre supe que era un granuja. Como le he dicho

antes a lady Latimer, conocí a los Blake hace muchos años. Fue en Nápoles.

Helen, la madre de Dora, era una gran pintora y yo le encargaba dibujos a menudo. Por entonces, Hezekiah solía viajar con ellos. Se le daban bien los mapas.

Hamilton se pierde en sus recuerdos y Edward observa su rostro. Su nariz aquilina, sus pronunciados pómulos… Todo se acentúa aún más a la luz de la luna. El viento agita la cinta escarlata de su peluca. Como Edward, también ha decidido acudir a la fiesta sin disfraz.

–¿Cómo le salvó usted la vida la Dora?

Su acompañante se vuelve para mirarlo a la cara.

–Dígame –dice, ignorando la pregunta de Edward y formulando otra–:

¿Qué sabe usted del pithos?

–Sé, por lo que han dicho los científicos de la Sociedad, que es anterior a la historia conocida. Es una de las razones de que le escribiera a usted. –

Edward guarda silencio para ver el efecto que causan sus palabras, pero sir William parece extrañamente indiferente a este dato. Edward carraspea–.

Gough les ha encargado que investiguen el origen geográfico.

Hamilton resopla.

–Puedo ahorrarles el trabajo.

–¿Disculpe, señor?

–Ese pithos se desenterró en las estribaciones del monte Licaón. Hace seis meses.

Edward lo mira fijamente.

–¿Como lo sabe?

–Porque yo organicé la excavación.

–Al fin te encuentro –dice lady Hamilton desde el otro extremo de la terraza, con un tono alegre y rebelde, cuando descubre a Edward y a su marido concentrados en la conversación.

Edward se yergue y trata de fingir una despreocupación que no siente.

No, en absoluto. Más bien siente un cansancio tan repentino como insoportable. Lo que le ha contado el diplomático está más allá del alcance

de su imaginación. Mira a sir William, cuyos ojos fijos en él llevan una advertencia implícita que no se puede malinterpretar.

«Ni una palabra –dicen–. Todavía no».

–De veras, William, ¿es necesario que pases toda la noche hablando de trabajo? –comenta lady Hamilton cuando llega junto a los dos hombres, lanzando destellos de color bronce–. Has obligado a tu nuevo amigo a desatender por completo a la señorita Blake.

–¿Dónde está? –pregunta Edward.

La mujer sonríe al ver su interés y le toca el hombro alegremente con el abanico.

–Ajá, pues exactamente detrás de mí, con el señor Ashmole. –Se vuelve sonriendo–. ¿Lo ve? Ahí está, sana y salva.

Y en efecto, ahí está Dora, cruzando con Cornelius las puertas del salón de baile. Edward va a sonreírle, pero entonces ve la expresión de Dora –

circunspecta, rígida, muy distante– y titubea.

«Algo va mal», piensa.

–Los he encontrado, señorita Blake –dice lady Hamilton, echándose a reír–. ¡Típico de los hombres! A nosotras las mujeres nos dejan a un lado cuando tienen asuntos que tratar. Y ahora la noche cae y la señorita Blake está cansada y desea irse a su casa. Sinceramente, señor Lawrence –añade, volviendo a sacudir el abanico. Una pluma de oro se sale de la costura–,

¿cómo ha podido descuidar sus responsabilidades?

–Dora –dice Edward con gran cautela, tratando de leer su mirada–. Lo siento mucho. No era mi intención robarle tanto tiempo a lord Hamilton.

¿De veras deseas irte?

–Sí. Creo que, sin saber cómo, me han aguado la fiesta.

Su tono es como el hielo. A Edward se le hace un nudo en el estómago.

Mira a Cornelius. Su amigo lo mira a su vez con un aire de advertencia que Edward no sabe interpretar.

–¿Estás segura? –insiste.

Dora vuelve la cara y Edward se da cuenta, consternado, de que no quiere mirarlo.

–Ya le he presentado mis excusas a lady Latimer.

–Creo que yo también debería retirarme, querida –dice sir William–. Ya sabes cuánto me agotan estos acontecimientos.

Lady Hamilton chasquea la lengua.

–Por supuesto, William, si es lo que deseas.

Hamilton se vuelve hacia Dora.

–¿Qué se hará con el pithos cuando acabe la velada?

Edward mira a la muchacha con el corazón desbocado. Quiere hablar con ella. Tiene que saber qué ha pasado. Por qué sonríe a sir William y a él no…

–Volverán a llevarlo a la tienda mañana. Después, no sé qué habrá planeado mi tío.

Dora lo mira ahora, pero inmediatamente después vuelve de nuevo la cabeza. Es suficiente. Ve la acusación en sus ojos, la furia que con tanta diligencia suele tener a raya. Edward se vuelve hacia Cornelius, alarmado, pero su amigo tiene la mirada clavada en el suelo.

–Entiendo –dice Hamilton–. Dora, me gustaría invitaros a cenar con nosotros mañana, a ti y al señor Lawrence, y también al señor Ashmole, por supuesto. No tienes inconveniente, ¿verdad, Emma?

–¡En absoluto! Aprovecharé la oportunidad para hablar con la señorita Blake en un entorno más íntimo. Tengo en mente una creación soberbia. Mi querido Hora… –se interrumpe, se ruboriza en un abrir y cerrar de ojos, y añade, dirigiéndose a Dora–: Sí, por favor, venga. Será un honor.

Dora titubea brevemente y luego asiente con una leve inclinación de cabeza.

Sir William golpea el suelo con el bastón y sonríe. Es la primera vez que Edward lo ve sonreír en toda la velada, aunque parece un gesto forzado.

–De acuerdo entonces –dice.

Lady Hamilton agita el abanico.

–Bueno, como ya se retiran, yo vuelvo al baile. Me encanta bailar,

¿saben?, y pienso seguir haciéndolo hasta que termine la velada. Ya se encuentra mucho mejor, señorita Blake, ¿verdad?

Dora respira hondo.

–Sí, señora. Muchas gracias.

–Entonces les deseo a todos muy buenas noches.

Y lady Hamilton se aleja entre un revuelo de faldas, convertida en un hermoso fénix que despide fuego.

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