El secreto de Pandora

Susan Stokes-Chapman · Capítulo 24 de 53

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El secreto de Pandora

Capítulo veintidós

Hezekiah desaparece todos los días en el sótano durante varias horas; cada vez que lo hace, Dora lo ve bajar y subir cojeando con una sensación que no había tenido nunca. Por muy justificada que esté, Dora se avergüenza de sí misma por sentir algo parecido.

Es odio.

Hasta ahora solo había sentido un vago resentimiento contra él; resentimiento por su descarado desprecio hacia la reputación de sus padres y del apellido Blake. Pero las falsificaciones de Hezekiah nunca la han perjudicado realmente. Durante doce años ha vendido sus baratijas sin incidentes y ella –siente remordimientos al darse cuenta– se ha ido volviendo cada vez más complaciente. Pensaba que tenía tiempo. Pero al descubrir ahora que Hezekiah se juega sin reparos no solo su cuello sino también el de ella… Puede que no haya pruebas directas de los hechos, pero, dados los recientes acontecimientos, ¿cómo puede dudarse de su culpabilidad? El motivo de que Hezekiah no se preocupe ni por la limpieza ni por la reputación de la tienda –la herencia que Elijah Blake, su propio hermano, legó a sus parientes– es que no tiene ninguna necesidad de tener clientela. Y así, el odio que ahora siente le reconcome el corazón como un gusano grueso y grasiento que se alimenta de ese resentimiento tanto tiempo enterrado en las profundidades.

Dora lo ha soportado lo mejor que ha podido. Los ratos que Hezekiah pasa en el sótano (de vez en cuando oye el rumor de sus pasos furiosos) los ha sobrellevado dibujando tras el mostrador con renovada energía, sin más interrupción que siete clientes, cuatro de los cuales se han limitado a dar una vuelta y mirar, y tres han comprado un jarrón Ming (una de las últimas adquisiciones de Hezekiah), una figurilla africana (tallada por el carpintero de Deptford) y un par de alfileres de sombrero que Dora no había visto nunca, y que han salido, según suponía, de una de las polvorientas cestas de curiosidades que había al fondo de la tienda.

Estos días ha hecho cinco diseños: tres collares, una pulsera y unos

pendientes. Considera que no hace falta más. En esta ocasión no se va a preocupar de preparar una muestra, dado que la probabilidad de que el señor Clements rechace su trabajo es preocupantemente alta. No, esta vez Dora ha preferido ser lista y prepara pocos diseños, pero de una calidad que sobrepasa con mucho todo lo que ha dibujado hasta ahora. Se concentra tras el mostrador para poner un último adorno en el diseño de una gargantilla de oro, que recuerda una de las grecas del pithos, inclinando la pluma para formar un ángulo agudo con el pulgar y dar la presión adecuada en el último toque.

En el piso de abajo se oye un gruñido de frustración y un golpe sordo.

Dora deja la pluma. Aunque el señor Lawrence (recuerda que tiene que llamarlo Edward) ha sido muy cuidadoso al volver a colocar cada cosa en su sitio, Dora teme que su tío pueda notar que alguien ha trasteado en el sótano. Pero Hezekiah no le ha dicho ni una palabra al respecto. No, las únicas exclamaciones que le ha oído lanzar son de frustración y de dolor.

Ha pasado más de una semana desde que Dora invitó a Edward a ver el contenido del sótano y en ese tiempo la pierna de su tío parece haber empeorado. Ahora camina con una pronunciada cojera (la sugerencia, por parte de Dora, de que usara bastón fue recibida con un feroz rechazo) y su actitud, que siempre había sido desagradable, ha alcanzado un nivel de hosquedad que no mengua nunca. Incluso Lottie ha tenido que soportar su malhumor. La noche anterior Dora oyó voces fuertes en el dormitorio de Hezekiah, acompañadas del estrépito de cristales rotos y del llanto de Lottie.

Sabe que debería preocuparse. Sabe que deberían llamar a un médico, porque el débil olor del pus impregna ya el aire cada vez que Hezekiah pasa cojeando.

No obstante…

«Que sufra –le susurra una voz malvada en el oído–. Él se lo ha buscado».

Dora aprieta los puños. El gusano se retuerce y sigue royendo.

Otro grito abajo, otro golpe sordo, como si su tío hubiera tirado algo al suelo, lleno de furia.

¿Por qué pasa tanto tiempo abajo? ¿Por qué, cada día, reaparece más frustrado que el día anterior? ¿Qué es lo que enfurece tanto a Hezekiah? ¿Es el pithos? Por enésima vez, Dora se pregunta por qué su tío no lo ha

vendido todavía. Seguro que un objeto de un valor tan monumental debería tener a sus corruptos compradores peleándose por adueñarse de él.

–Oh, padres míos –susurra. Pone el codo en el mostrador y apoya la barbilla en la mano, mientras observa tristemente la sombría tienda y las salpicaduras de la llovizna en los sucios cristales de las ventanas–. ¿Qué hago?

Dora los evoca como eran antes, cuando la tienda estaba en su mejor momento. En el recuerdo ve a su padre ordenando las mercancías –nuevas adquisiciones procedentes de Venecia o Roma, de Nápoles o Atenas– en un magnífico escaparate que obligaría a los viandantes a detenerse y mirar. Ve a su madre, preparando rótulos que atraerían a los clientes que titubeaban en el umbral, mientras ella tarareaba entre dientes una canción tradicional griega con su voz suave y cadenciosa. ¿Cómo era la letra? Dora intenta recordarla, pero su memoria no consigue rescatarla del pasado. Esos fragmentos del espejo roto han desaparecido.

Hermes grazna en su columpio detrás de ella y Dora se vuelve en el taburete.

–Bueno, querido, ¿tú sabes qué debería hacer? –La urraca la mira con sus ojillos negros, sin parpaderar–. ¿No? Qué poco servicial. –Dora recoge el cuaderno y lo pone ante el pájaro–. ¿Qué te parece esto? ¿Te gusta?

Esta vez, Hermes ladea la cabeza y Dora sonríe. Desde luego, a ella le gusta, estaría encantada de llevar una joya así. Pero ¿le agradaría a una señora de alcurnia?

Es una gargantilla ancha, pensada para rodear un cuello grueso, que quedaría exactamente encima de las clavículas. El motivo del pithos que ha elegido es el pavo real, pero adornado según su propio estilo. Con una base en oro de dieciocho quilates, cada una de las plumas del pavo se rellenaría con esmalte lapislázuli y quedaría separada de las otras por una turquesa cuadrada de la que colgaría un camafeo con base de azabache, todo unido por una fina cadena de oro. El relieve de la concha mostraría una representación de las habilidades concedidas a Pandora: pintura, costura, bordado, música, jardinería y curación. Exceptuando los camafeos, los dibujos están juntos, y Dora ha diseñado el collar tal como quedaría puesto en el cuello, junto con sus detalles más delicados. Ocho dibujos para una misma pieza, una oferta de lo más impresionante que, esta vez, seguro que el señor Clements no podrá rechazar.

Dora frunce los labios al pensar en la propuesta de Edward. Ahora teme que esté perdiendo el tiempo catalogando el contenido de las cajas con la vana esperanza de que se hayan adquirido legalmente. Pero Edward no conoce a su tío, no sabe de lo que es capaz, y sin la cooperación de los tres hermanos, sin enfrentarse al mismo Hezekiah, no hay forma de demostrarlo.

Aun así, ella desea la compañía de Edward. Dibujar en el sótano es una tarea solitaria. Pero si él no puede publicar el informe, si ella no consigue convencer al señor Clements…

Aun arrinconando el miedo a la horca, queda el asunto de adónde irá si Hezekiah vende la tienda. Dora piensa de nuevo en las palabras que su tío pronunció unas noches antes, lo que podría suponer para ella. «Un entorno más liberador». Pero ya no había vuelto a mencionarlo. Quizá estaba equivocada.

Suena la campanilla.

Lottie entra trastabillando por la puerta principal y la cierra tras ella con un golpe que hace que la campanilla tiemble ruidosamente en su soporte.

Hermes lanza un agudo graznido de queja, al tiempo que agita las plumas blancas y negras, y Dora cierra el cuaderno. Lottie se sacude el agua de los bajos de la capa, sin levantar los ojos del suelo. Dora piensa en su llanto de la noche anterior y observa a la mujer con inquietud.

–Lottie –pregunta con cautela–, ¿se encuentra usted bien?

Cuando la mujer se digna levantar la cabeza, Dora la mira estupefacta.

Está muy pálida y tiene un cerco negro alrededor de los ojos, como si se los hubiera frotado con los dedos sucios de carbón. Pero es el labio roto e hinchado lo que hace que se baje del taburete y alargue una mano. Por poco que le guste esa mujer, no se merece eso.

–Lottie, ¿qué le ha hecho?

–Nada, señorita. –Lottie no mira a Dora a los ojos y rechaza la mano que le ofrece–. Anoche tropecé cuando me iba a la cama. –Deja en el suelo la cesta que lleva en la mano. Dora ve dentro la punta de un paño descolorido, manchado de amarillo y rosa–. ¿Ha subido ya su tío? –pregunta Lottie.

El tono categórico de su voz es inconfundible y Dora tiene ganas de enfrentarse a esa mentira descarada, pero está claro que Lottie no va a decir ni una palabra más sobre el tema.

–No, todavía no –responde Dora.

–Entonces supongo que tendré que hacer la comida. ¿Sabe si ha comido

algo?

–Creo que no ha probado nada desde el desayuno.

–En ese caso le llevaré algo al sótano.

Recoge la cesta con cierta dificultad y desaparece por la puerta de la vivienda.

Dora se queda mirando la puerta cerrada.

Así que su tío ha pasado a la violencia. Hezekiah no parecía de esos.

Aunque perdía pronto los estribos, a Dora siempre le había parecido la clase de hombre que ladra mucho y muerde poco, que lanza amenazas y nada más. Pero ahora… se pregunta si Lottie sabrá algo, qué le habrá contado su tío. Está claro que el ama de llaves sabe más que Dora porque Hezekiah permite su presencia en el sótano, pero quizá, piensa la muchacha, también le oculte cosas a ella.

Sentada otra vez en el duro taburete, golpetea el cuaderno con el lápiz y medita.

Dora espera a que la catedral de San Pablo dé las tres para pedirle a Lottie, con algún titubeo, que la sustituya en la tienda. Aunque había previsto cierta resistencia, el ama de llaves no pone objeción alguna. De hecho, parece aliviada por la oportunidad de descansar un rato.

La niebla se ha levantado, pero ha dejado en su lugar una llovizna que empapa el aire de un fino vapor; Dora apenas lleva cinco minutos fuera cuando ya tiene todo el rostro mojado. Una gruesa gota le baja por la nariz, produciéndole cosquillas. Se la limpia y se remete en el sombrero un rizo húmedo.

Nunca había visto un invierno tan deprimente.

Camina deprisa, con la cabeza gacha y los brazos cruzados sobre el pecho, para que el chal que protege el cuaderno no se abra bajo la fría brisa.

La nieve se derritió hace tres días y el fango también. Ahora las calles están resbaladizas por la humedad y los pies se hunden en el barro. Cuando llega al patio de la catedral, camina sobre los adoquines para evitar los resbaladizos tramos de hierba.

Antes de que el empleado de librea la deje entrar en el establecimiento

del señor Clements, se limpia las botas en la esterilla de juncos. Espera bajo la débil luz de las velas a que el joyero termine de atender a un cliente.

Cuando dicho cliente (un anciano caballero de apellido Finch, por lo que oye la muchacha) se va finalmente, apretando con fuerza contra el pecho una caja de copas de marfil por la que ha pagado una obscena cantidad de dinero, el señor Clements la ve y apenas tiene tiempo de ocultar su expresión de disgusto y resignación.

–Señorita Blake, yo…

–No me esperaba tan pronto, ¿verdad?

El orfebre suspira.

–No, me atrevería a decir que no.

–Pero a pesar de todo aquí estoy, como prometí.

Dora ha dejado el cuaderno abierto sobre el mostrador y enseña la primera página antes de que el hombre pueda objetar algo.

–Usted me dijo que los diseños griegos eran los más solicitados. He realizado cinco dibujos para someterlos a su aprobación. Primero, la pulsera.

Un diseño que recuerda las grecas, un aro elegante al que Dora no pudo resistirse a añadir su propio estilo.

–Las rosetas de diamante rompen las formas geométricas. Dentro de cada roseta va una pequeña amatista, aunque una esmeralda o un zafiro también quedarían muy bien. De oro –añade–, naturalmente.

El señor Clements se ajusta las gafas sobre el puente de la nariz. Dora vuelve la página.

–Los pendientes son más exquisitos. Los griegos, como ya sabrá usted –

dice Dora inclinando la cabeza en señal de deferencia al decirlo–, solían usar coronas de laurel. Aquí, dos laureles forman un arco del que cuelgan tres perlas como lágrimas. Me consta que los pendientes candelabro están muy de moda estos días.

El señor Clements vacila y asiente con la cabeza. Dora lo toma como un gesto de ánimo.

–Ahora tres collares –dice, y las páginas del cuaderno se doblan cuando las pasa de izquierda a derecha–. Como puede ver, son diseños muy diferentes, pero todos se adaptan al estilo griego.

El orfebre expulsa el aire en un gesto que Dora toma por admiración y reprime una ligera sonrisa. Contempla los dos diseños expuestos ante ella y

siente un chispazo de orgullo. Realmente, cree que son sus creaciones más logradas hasta ahora, mejores aún que la filigrana.

–Para este me inspiré en el paisaje mediterráneo. Puede hacerse tanto de oro como de plata, aunque yo preferiría la plata, que resaltaría mucho mejor las piedras preciosas, ¿no le parece?

Es una de las piezas más hermosas, además de su favorita. Dora piensa en la escena del pithos en la que se ha basado, la del viaje de Zeus y Prometeo a las estribaciones de la montaña. Un delicado collar largo, con varias gemas cuyos colores se alternan –topacio amarillo para el sol, jade más pálido para la montaña, ágata azul para el cielo–, separadas por un estornino en pleno vuelo.

El segundo collar es más recargado que el primero, pero no tan ostentoso como la gargantilla del pavo real que aparece dibujada en la página siguiente. Está hecho con una larga cadena que, si se mira atentamente, parece un conjunto de varias serpientes entrelazadas, separadas por eslabones planos y oblongos.

–La cadena puede hacerse con cualquier material. Yo diría que lo mejor sería emplear el latón Pinchbeck. La imaginería del collar se basa en el banquete de los dioses del monte Olimpo. Aquí –dice Dora, señalando el detalle de uno de los eslabones–, hay un delicado motivo de uvas, ¿lo ve?

Estas imágenes también podrían troquelarse en los eslabones, o quizá hacerse en marfil y pintarse, o grabarse en relieve.

El señor Clements asiente ligeramente con la cabeza. Dora llega a su oferta final, la gargantilla-pavo real. Explica el diseño y el significado de cada camafeo.

El joyero se golpea la barbilla con el dedo.

–¿Y el material?

–Oro, esmalte, turquesa. Azabache y conchas para los colgantes con camafeo, o cualquier material que consiga ese aspecto. ¿Caoba, quizás? –

dice Dora, mientras acaricia el camafeo de su madre que lleva al cuello–.

No estoy tan familiarizada con la fabricación de camafeos como usted.

El señor Clements se queda callado. Alarga lentamente la mano y vuelve las páginas de principio a fin y luego al revés. Dora intenta descifrar su expresión, pero es inescrutable. Se aferra al mostrador de cristal con los dedos, tratando de ocultar su necesidad, sus ansias.

«Seré dueña de mí misma», piensa.

Finalmente el orfebre respira.

–Son… Señorita Blake, estoy asombrado. Son hermosos. De veras. De veras lo son.

Ya está, el tono de voz que –Dora lo sabe bien– precede al rechazo, otra vez.

–¿Cuál es el problema ahora, señor? Son exquisitos. Sabe que lo son.

Dora procura no dejarse dominar por el orgullo, pero no se puede negar el talento de su trabajo, la belleza de los diseños. Y dirige al señor Clements una mirada penetrante que el otro es incapaz de afrontar.

–Son exquisitos. Sobre todo este –dice el hombre, señalando el dibujo de la gargantilla de pavo real–. Pero… bueno, la verdad del asunto es que no puedo garantizar que vayan a venderse.

–¿Por qué? ¿Por qué, si es usted uno de los mejores orfebres de la ciudad? Solo su reputación ya garantizaría la venta de cualquier joya en esta tienda.

Es adulación pura y simple, pero Dora no va a dejarlo pasar tan fácilmente. Sabe lo que está en juego: su felicidad, su libertad. Traga saliva.

Su vida. No permitirá que Hezekiah la arrastre con él.

–¿No me ha oído? Seguro que su tío también estará notando los efectos.

Dora vuelve a la realidad.

–¿Perdón?

El señor Clements se endereza y la mira con una expresión cercana a la lástima.

–A principios de mes, Pitt decretó un aumento de impuestos para ayudar a financiar la guerra contra los franceses. Muchas personas se están apretando el cinturón ahora y dar crédito ya no será tan fácil como antes. Y

para empeorar las cosas, Napoleón ha plantado a sus ejércitos en Egipto, lo que ha cortado nuestro acceso a la India. Ahora es difícil incluso comprar materiales, por no hablar de vender el producto acabado. Quizá dentro de unos meses…

No puede evitarlo. A Dora empiezan a humedecérsele los ojos.

–¿Unos meses? Señor Clements, usted no lo entiende. Yo…

En ese momento suena la campanilla de la puerta. El joyero se vuelve, palidece de golpe y la nuez de Adán se le mueve vigorosomante bajo el corbatón.

–¡Mi querida lady Latimer! –Clements mira a Dora por encima de las

gafas y susurra–: Señorita Blake, tendrá usted que disculparme.

Empuja el cuaderno por el mostrador y antes de que Dora pueda decir nada, cubre el cristal con paños de terciopelo.

–¡Clements! Espero que mi encargo esté ya listo.

La voz es engolada y audaz. Dora se vuelve para ver quién la ha interrumpido tan bruscamente.

La mira con atención.

Una anciana se acerca al mostrador, embutida en un corsé tan ceñido que su enorme y arrugado busto está a punto de salirse de sus límites. En la cabeza (o más bien, encima de una gran peluca blanca que a Dora le recuerda un pastel de tres pisos) lleva un sombrero del que sobresale una pluma de avestruz. Unos pasos por detrás de ella espera un hombre alto y afeminado, vestido de pies a cabeza con una librea de color verde menta que, tras lanzar una breve mirada a Dora, dirige de nuevo la mirada al frente y adopta la postura firme de un soldado.

Cuando la señora llega al mostrador en medio de un revuelo de muselina y pieles, envuelta en un abrumador olor a espliego, Dora se aleja hacia el extremo del mostrador. Tras olvidar momentáneamente su contrariedad, trata de pasar desapercibida.

–Espero que esté preparado para impresionarme –dice lady Latimer, y el orfebre baja la cabeza.

–Por supuesto –responde el hombre, sacando de debajo del mostrador una caja roja, sin duda preparada expresamente para la visita. Mientras el señor Clements hurga el cierre, la mujer tamborilea impaciente con sus dedos enguantados–. Aquí está –dice–. Tal como pidió.

Abre la caja. Se produce un momento de silencio. Dora estira el cuello.

La caja contiene un juego completo: collar, pendientes, broche, diadema y gargantilla. Una hermosa colección, sin duda, hecha con diamantes, esmeraldas y rubíes, que sigue la moda francesa. El diseño es del señor Clements, reconoce Dora, y siente en el pecho un pinchazo de satisfacción mezclada con celos. ¡Los diseños de Clements no son nada en comparación con los de ella y, sin embargo, es él quien se gana la vida con su trabajo!

–Las piedras son de la mayor calidad –está diciendo el caballero–, y los detalles en filigrana son notablemente delicados, como puede ver. La duquesa de Devonshire en persona prefería…

–La verdad, Clements, esperaba algo mejor.

La mujer pronuncia esas palabras en un tono aburrido y desganado. Al joyero le cambia la cara.

–¿Mejor, señora?

Una pausa, un giro de las pesadas faldas.

–¿Sabe usted quién soy? –dice con voz cargada de desdén. No espera respuesta–. Soy una mujer que desea ostentación, para entusiasmar a mis mejores amigos y para despertar la envidia de quienes no lo son. Tengo que ser el tema de conversación de la ciudad, la favorita del baile. ¡Vivo para eso!

Dora intenta no mirar; una mujer de tantísimos años tiene las mismas posibilidades de ser la favorita del baile como Dora de ser un pato. Se fija entonces en el lacayo de la anciana, que sigue con la mirada al frente. Ni el más leve tic en su mejilla perfectamente lisa.

–Pero señora –tartamudea Clements–, ¡ese no es el estilo! La moda, señora mía, tal como está… Usted deseaba algo exótico y eso es justo lo que he creado. Algo que, en la medida de lo factible, incluso el mismísimo príncipe desearía ponerse.

–¿Ese bufón? –Las carnosas mejillas de la mujer tiemblan como si fueran de gelatina–. No deseo ponerme algo que podría llevar el príncipe. Quiero llevar algo que solo yo pueda ponerme.

El señor Clements ha palidecido tanto que su piel ha adquirido el matiz de la porcelana.

–Pero…

–Estoy muy disgustada, Clements. Está claro que mi presencia no es apreciada aquí, ni tampoco mi buena opinión.

–Lady Latimer –aventura de nuevo el señor Clements, pero la mujer ya se está retirando–. Por favor, señora…

–Señora, ¿me permite?

Dora no puede evitarlo. Las palabras le han salido de la boca antes de que pueda darse cuenta. Cuando tanto el señor Clements como lady Latimer vuelven la cabeza para mirarla (el orfebre con irritación mal disimulada y la señora con sorpresa, al reparar ahora en la presencia de Dora junto a la pared), el corazón le golpea en la garganta como un tambor.

–¿Y quién es usted, si puede saberse?

La mujer la mira de arriba abajo sin ocultar su interés. Dora se muerde el labio inferior.

¿No es lo que siempre ha dicho? Lo único que necesita es una persona de alta cuna. Solo una. La salvación de Dora está ahora mismo al alcance de su mano, pero solo si dice algo más…

–Me preguntaba –dice con voz forzada, incapaz de ocultar el nerviosismo– si sería usted tan amable de echar un vistazo a uno de mis diseños.

Lady Latimer entorna los ojos.

–¿Sus diseños?

Dora alarga una mano temblorosa para apartar los paños de terciopelo del señor Clements y desliza el cuaderno de dibujo por encima del mostrador de cristal. Lady Latimer, frunciendo la frente, recorre con los gruesos dedos el dibujo de la gargantilla del pavo real.

–Vaya –dice la mujer al cabo de un momento–. Este. Este me gusta.

El señor Clements, al parecer incapaz de reprimir su enfado, se endereza de golpe.

–Señora, esto no es apropiado…

La dama lo fulmina con la mirada.

–Es un collar, ¿no?

–Sí, pero…

–Y perfecto para mi velada.

–Señora, me temo que este diseño en particular no forma parte de mi…

–Clements –exclama con un dejo de advertencia en la voz–. Ya sabe que no me gusta que me lleven la contraria.

–Yo… –dice el joyero, pero se interrumpe, resignado–. No, lady Latimer.

La mujer se vuelve hacia Dora.

–Explíquemelo –dice clavando el dedo en la página.

–¿Explicárselo? –pregunta Dora parpadeando.

–¿Qué materiales se usarían? ¿Qué piedras preciosas?

Dora, por el rabillo del ojo, ve la mirada penetrante del señor Clements y se ruboriza. Acerca de nuevo el cuaderno hacia ella.

–Verá, señora, todo depende del señor Clements y sus empleados, pero yo pensaba en…

Dora describe el collar exactamente igual que se lo ha descrito un momento antes al joyero. Durante sus explicaciones, la anciana suspira y asiente con la cabeza, y Dora se atreve a observar un instante su rostro

arrugado. Parece totalmente absorta. Animada, Dora se concentra de nuevo en los diseños.

–Discúlpeme porque sin duda ya lo sabe, señora, pero esto es lo que se llama una greca. Los griegos utilizaban este diseño en arquitectura, tanto en frisos como en pavimentos, y a menudo lo plasmaban también en su cerámica.

Dora calla. Se muerde el labio. Lady Latimer golpetea el papel con el dedo enguantado. Otra vez el asfixiante olor a espliego. Asiente con la cabeza una vez, dos veces, antes de mirar a Dora como si también fuera un artículo de cerámica.

–¿Y cómo, querida, ha imaginado un diseño tan hermoso?

Dora vacila.

–Me inspiré en una vasija griega que poseo, señora. De gran tamaño.

–¿Muy grande?

–Mucho, señora.

Lady Latimer chasquea la lengua.

–¿Cómo se llama usted?

–Dora Blake, señora.

–¿De?

–¿De? –repite Dora, parpadeando.

–¿No tiene usted un establecimiento?

Un asomo de impaciencia. Incredulidad.

–No exactamente. –Dora calla y decide contar la verdad a medias–.

Ayudo a mi tío en su tienda de antigüedades. El Bazar de Blake de Antigüedades Exóticas. Está en Ludgate Street, señora.

–Vaya –dice lady Latimer. Se aclara la garganta y mira al orfebre desde debajo de la ancha ala de su pamela–. Clements, quiero este collar. Hágalo exactamente como lo ha dibujado la señorita Blake. Lo quiero listo para el sábado, ¿me ha entendido?

–Lady Latimer –dice el orfebre, como si acabaran de pedirle que echara a volar–, para eso solo faltan cuatro días.

–Y ya me ha hecho alguna joya antes en menos tiempo. No finja que no puede.

Al parecer, el señor Clements se ha rendido, pues ha dejado caer los hombros.

–Sí, lady Latimer.

–Eso está mejor. Ya me enviará la factura cuando lo tenga. Pagaré lo que sea, ya sabe que eso no es un problema. No me decepcione. En cuanto a usted, señorita Blake –dice la mujer, volviéndose a Dora–, me interesaría ver esa vasija de su propiedad. Mañana pasaré por su tienda. Espéreme a la una en punto.

–Sí, señora –dice Dora con voz débil.

No hay posibilidad de discusión.

–Bien. Horatio –añade la anciana en un tono más ligero, dando por terminada la conversación–, vámonos.

El lacayo se planta a su lado de inmediato y le ofrece el brazo con una profunda reverencia. Lady Latimer, sonriendo de oreja a oreja, se coge de su brazo, y Dora y el señor Clements los ven salir con la boca abierta.

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