El secreto de Pandora
Capítulo veinte
Cuando llega el señor Lawrence, al poco de oírse las campanadas de medianoche, en medio de una niebla espesa y de una humedad asfixiante, Dora capta en sus ojos un brillo inusual, como si una fiebre se hubiera apoderado de él. Le pregunta, pero el señor Lawrence le aprieta la mano y se limita a decir:
–Espere.
Pero esperar es difícil cuando saben que están a punto de rematar algo.
Una vez que el sótano ya está abierto y las velas encedidas, y ambos están sentados con las piernas cruzadas en el suelo, mientras el pithos se alza ante ellos como un centinela, Dora se muestra inquieta y nerviosa.
–Por favor, señor Lawrence, me está preocupando.
–No era mi intención, señorita Blake. Es que…
–¿Sí?
–Discúlpeme, temo alarmarla. Ha ocurrido algo.
Hay algo extraño en su actitud, ¿por qué parece tan intranquilo? Dora advierte su esfuerzo por formar las palabras con la lengua.
–Se trata de la muestra de arcilla –dice al fin–. He recibido hoy los resultados.
La muchacha cruza los dedos para que dejen de temblar.
–¿Es una falsificación, después de todo?
El señor Lawrence vacila.
–Parece que es todo lo contrario. Señorita Blake, es… –Guarda silencio y lo intenta de nuevo–. No pueden datarlo. Los científicos de Gough aseguran que es anterior a toda la historia conocida.
Se produce un momento de silencio. Un ligero crujido, como si el aire se hubiera movido y fragmentado, los sobresalta a los dos. Un movimiento atrae la mirada de Dora; la llama de una de las velas está parpadeando. Solo ha sido una corriente de aire.
Respira hondo y vuelve a mirarlo.
–Vamos, señor Lawrence –dice–. He notado en usted cierta tendencia a
dramatizar, pero esto me parece un poco exagerado, ¿no cree? –dice Dora, que empieza a irritarse–. Sobre todo considerando mi situación. Me atrevería a decir que es una broma de muy mal gusto –añade.
Edward levanta inmediatamente las manos con las palmas hacia fuera, como si se defendiera de un tigre a punto de saltar.
–Por favor, señorita Blake, entiendo su escepticismo. Yo tampoco lo creí al principio. Pero la Sociedad es de fiar. Le aseguro que no estoy bromeando. Casi desearía que fuera así.
Dora lo mira fijamente y a continuación observa el pithos. Hermes, encaramado en el respaldo de la silla, emite un sordo graznido.
¿Y si es verdad? Entre extasiada y temerosa, Dora alarga un dedo y recorre el borde inferior de las grecas, las elegantes plumas, los ojos del pavo real.
–Pero –susurra– ¿cómo es posible?
–No lo sé –dice Edward sacudiendo la cabeza.
La sorpresa de la muchacha ante el descubrimiento se multiplica por dos.
Su antigüedad, por sí sola, resulta ya pasmosa. Pero… Dora siente náuseas de repente, como si alguien la hubiera zarandeado con tanta fuerza que el estómago se le hubiera desplazado. Esto no es lo que ella esperaba; pensaba que sería un simple caso de comercio bajo mano, de venta ilícita. Ahora está claro que hay algo más siniestro en juego. ¿Dónde demonios ha encontrado su tío un objeto tan antiguo? ¿Y de dónde ha sacado los medios para procurarse un objeto tan misterioso y caro como ese? Solo hay una explicación y Dora cierra los ojos. Piensa en su padre, en su madre, en que ellos nunca lo habrían permitido. El apellido Blake convertido en algo tan ponzoñoso y perjudicial como el agua de las alcantarillas.
Cuando Dora vuelve a prestar atención al señor Lawrence, ve en su rostro una expresión que no es capaz de descifrar.
–¿Qué ocurre? –pregunta.
Él tarda un momento en responder y, cuando lo hace, su voz es prudente, considerada.
–¿Dijo usted que no deseaba enfrentarse a su tío?
–No puedo.
Las palabras se le atragantan y tiene que hacer un gran esfuerzo para no llorar.
–Pero aun así, ¿me permitirá que haga un informe sobre el pithos?
–Yo…
–Señorita Blake, seguro que en el mundo hay muy pocas obras de cerámica tan antiguas como esta y, a la vez, totalmente intactas. Sería una pena no catalogarla. La muestra de arcilla es muy antigua, pero se pueden hacer más pruebas. Si usted lo permite, necesitaríamos conocer el origen de la arcilla para saber qué personas pudieron fabricar esta vasija. ¿No tiene la menor idea de dónde la adquirió su tío?
Sin embargo, Dora no escucha sus palabras: está abrumada, derrotada por la idea del engaño de Hezekiah, por la importancia histórica del pithos que tiene delante… Pero entonces se da cuenta de que el señor Lawrence espera su respuesta y, confusa, niega con la cabeza.
–Ni idea, no sé nada. –Pero añade–: No, espere. La trajeron tres hombres… tres hermanos, creo. Me los encontré al llegar a casa.
–¿Sus nombres?
Dora trata de recordar si Hezekiah los pronunció, pero su memoria está vacía, es un banco de niebla tan espesa como la de la calle.
–No los recuerdo.
–Entonces tenemos que averiguarlo –dice el señor Lawrence–. Pero mientras tanto insisto en la importancia de que termine sus dibujos.
Dora se siente aturdida, le palpita la cabeza.
–¿Por qué?
El señor Lawrence se inclina y apoya los codos en las rodillas.
–Entiendo por qué deseaba hacer un boceto del pithos. Pero… señorita Blake, he tenido una idea. –Dora espera. El señor Lawrence respira hondo–.
Usted me ofreció la oportunidad de usar para mi estudio el pithos y cualquier otro objeto que encontrara aquí. Lo que he escrito nunca se ha cuestionado en el aspecto literario, disculpe mi arrogancia, aunque el tema nunca haya conseguido mucha aceptación –dice con un dejo de amargura–.
Pero en lo referente a las ilustraciones… bueno, me temo que mi talento para el dibujo deja mucho que desear. –Como Dora no responde, el señor Lawrence continúa hablando deprisa–: El suyo, en cambio, es mucho mayor y sobrepasa con creces cualquier dibujo que pueda hacer yo. He pensado que podríamos ayudarnos el uno al otro.
–¿Cómo?
Edward vacila. Lentamente, alarga la mano para coger la de la muchacha.
Ella no se lo impide.
–Señorita Blake, Dora –dice, tanteando el terreno. Al ver que ella no pone objeciones (de hecho, da la sensación de que escuchar su nombre de labios del joven le parece reconfortante) sigue hablando, aunque con cierto titubeo en la voz–: Todavía no hemos descartado la posibilidad de que tu tío adquiriera estos objetos legalmente, y en ese caso se podría redactar un informe oficial. Y mientras no descubramos lo contrario, bueno, que hicieras los dibujos para acompañar el informe, sería de gran ayuda.
También podrías dibujar los objetos de las otras cajas. Ciertamente, añadirían valor al informe. Y… –Edward esboza una sonrisa insegura–, si el estudio tuviera éxito, te pediría que fueras mi ayudante en todos los proyectos futuros de la Sociedad. Sería un empleo remunerado, claro.
¿Querrías…?
–Ser independiente. Libre –dice Dora para terminar la frase.
–Sí.
–¿Y mis joyas? ¿Y si tuviera éxito con ellas?
Una pausa.
–¿Y por qué no podrías hacer las dos cosas?
Dora lo medita en la pausa que se produce a continuación. Parece un sueño, algo tan delicado como un vidrio hilado.
Independiente.
Libre.
Segura.
Y sin embargo… ¿Qué posibilidades tiene de alcanzar el éxito? ¿Y si tanto sus ambiciones con las joyas como las aspiraciones académicas del señor Lawrence se derrumban como la pared de un acantilado en el mar? Se imagina azotada por heladas corrientes de aire, luchando por respirar, ahogándose en su propia locura, en sus insensatas fantasías.
–Por favor, señor Lawrence –susurra Dora–, tiene que entenderlo. Esta tienda es lo único que he conocido en mi vida. Pertenecía a mis padres. Yo esperaba que algún día fuera mía. Pero mi tío echó a perder sus posibilidades, su credibilidad. Y ahora descubro… –Sacude la cabeza y se muerde el labio con tanta fuerza que teme que sangre–. ¿Sabe cuál es el castigo por vender en el mercado negro? –A Dora no le hace falta decirlo, pues lleva la respuesta claramente grabada en el rostro–. La posibilidad de que mi tío se haya hecho con estos objetos legalmente es muy remota. Así que mi vida, en todos los sentidos, depende de mi éxito. Si fracasamos en
ambas causas, ¿qué será de mí? ¿Qué pasará? Usted tiene sus encuadernaciones. Puede ganarse la vida de forma honrada. Pero si descubren a Hezekiah, a mí me condenarán por cómplice. Me ahorcarán.
Las facciones se le han congelado.
–Escucha –dice Edward, irguiéndose con expresión seria y apremiante–.
El director de la Sociedad me ha aconsejado o, mejor dicho, me ha pedido que me ponga en contacto con un experto para recopilar más información sobre el pithos. ¿Tengo tu permiso?
–Señor Lawrence, yo…
–Tutéame, por favor…
–Edward, yo… –Dora balbucea, lo intenta de nuevo–. Si el pithos es tan antiguo como dices, entonces mi tío querrá conseguir una fortuna por él. Y
si lo vende, ni tú ni yo nos beneficiaremos. Ambos lo perderemos.
–¡Y precisamente por eso debemos trabajar con rapidez! Y obtener toda la informaciónn que podamos.
Dora abre la boca y la vuelve a cerrar.
–Dora. –El señor Lawrence… no, Edward, le aprieta la mano. Se había olvidado de que se la tenía cogida–. Sé que tienes miedo. Pero, por favor, déjame investigarlo. Podría haber una explicación inocente. Déjame intentarlo.
Intentarlo. Una palabra llena de promesas. De esperanza. Pero aun así…
Dora sacude la cabeza; los engranajes de su mente giran como las ruedas de una calesa. Para detenerlo, retira la mano y se pone en pie con algún titubeo.
–Tienes más fe en mi tío que yo. Pero de acuerdo, te doy permiso para seguir mirando en esas cajas y llevarte todo lo que creas útil para tu estudio.
Mientras, yo seguiré dibujando el pithos para mis joyas. Cuando haya terminado, podrás disponer de lo que he hecho y te deseo suerte, de veras.
Pero no nos entretengamos con fantasías que puede que nunca se hagan realidad.
Edward también se pone en pie.
–Hablas como Cornelius.
Dora no responde. Se acerca al escritorio para recoger el cuaderno de dibujo donde lo había dejado al bajar al sótano. Hermes le guiña un ojo y extiende las alas, formando un abanico blanco y negro. Dora le acaricia
suavemente la cabeza con el dorso de la mano. Cuando se vuelve, ve que Edward la está mirando con expresión preocupada.
–¿Qué ocurre?
Edward abre la boca y la vuelve a cerrar. Niega con la cabeza.
–Nada. Nada –repite.
Luego se encoge de hombros para quitarse el redingote, se desprende del pañuelo, se acerca a las estanterías y comienza a levantar cajas.
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