El secreto de Pandora
Capítulo treinta y tres
Antes de la cena, sir William se había ofrecido a enseñar a sus invitados la extensa colección de antigüedades que guarda en una habitación reservada expresamente para ellas. Dora, que para alivio de Edward se había dignado acudir, no le había dirigido la palabra y había permitido que lady Hamilton la acaparase por completo para impedir que Edward se le acercara. El joven, decepcionado, había tenido que conformarse con observarla de lejos.
Al ver a Dora recorrer con la yema del dedo las líneas curvas de una Atenea de mármol, se había quedado tan hechizado (no por la belleza de Atenea, sino por la de Dora) que ni siquiera se había dado cuenta de que Hamilton le había hecho una pregunta. Cornelius había entrado bruscamente en su campo visual y había comentado con sequedad que sir William era afortunado por haber adquirido la estatua antes de que lo hicieran los franceses.
Es ese tema, precisamente, el que anima ahora la velada, mientras los comensales dan buena cuenta del plato de lenguado al vino blanco.
–Él tiene esa idea absurda –dice el diplomático–, de que el robo no es robo, sino botín de guerra. Y también cree que Francia es el mejor lugar para los objetos que roba. Pero Napoleón no entiende el valor que tienen, lo que significan para las naciones a las que se los arrebata. No lo aprecia.
Escapa a su comprensión. Para él solo son fruslerías y adornos.
Golpea la mesa con el puño. La cubertería tintinea contra la porcelana y lady Hamilton (espléndida con su vestido azul oscuro) aprieta los labios en actitud de reproche.
–Para él todo es un juego y nosotros somos sus peones –continúa Hamilton, concentrado en su tema–. ¡Las pinturas que se ha llevado! Se dice que tiene cuadros de Rafael, Correggio, Tiziano, Da Vinci… Es imperdonable.
–Entonces, ¿es cierto –pregunta Edward– que actualmente los delegados franceses pueden entrar en cualquier edificio de Europa, público, privado o religioso, y confiscar obras de arte?
Sir William hace una mueca.
–Lamentablemente, sí. Sé de buena tinta que ya han confiscado trescientas antigüedades de la colección privada de un cardenal.
–¿Cómo se atreve? –dice Dora, dejando de comer, con un ligero pliegue entre las cejas.
A Edward se le forma un nudo en el estómago. ¡Oh, si al menos le dirigiera la palabra!
–Se atreve, querida –responde su anfitrión–, porque no responde ante nadie, solo ante un Dios en el que dudo que crea siquiera.
Cornelius adelanta la cabeza, dando vueltas ociosas al tenedor, que empuña por el mango.
–¿Hay algún peligro, sir William, de que Bonaparte llegue a Inglaterra?
Hamilton suspira y coge la copa de vino que tiene al lado.
–Tiene un ejército formidable, eso no puede negarse. Estamos al borde de una invasión, pero confío en la capacidad de nuestra flota –dice al tiempo que mira a su mujer–. Después de todo, tenemos a un gran hombre al timón.
Lady Hamilton, sentada al otro lado de la mesa, se ruboriza.
–Si Napoleón no puede invadirnos –dice Sir William como si no se hubiera dado cuenta–, está dispuesto a ver sufrir a Gran Bretaña como sea.
¿Saben que desde que sentó sus reales en Egipto ha interceptado nuestro comercio con la India? –La pregunta, formulada a todos los presentes, es recibida con movimientos cautelosos de cabeza–. Entonces también tienen que ser conscientes de que los impuestos han aumentado precisamente por eso: será el bolsillo de nuestro pueblo el que sufra las consecuencias. Si no se detiene a Napoleón, en pocos años… bueno, podríamos llegar a una revolución. Si ocurriera eso, Bonaparte habría ganado, aunque no de la forma que había previsto.
La idea es inquietante. Edward, pensativo, parte una espina con los dientes.
–¿Cómo cree que se verá afectado nuestro comercio de antigüedades?
–Con las rutas comerciales interrumpidas, será más probable que las ventas procedan de colecciones particulares y no de fuentes exteriores. Y si Bonaparte se ha apropiado de la mayoría… –dice Hamilton, al tiempo que sacude la cabeza–. Es como una urraca con los objetos brillantes.
–Hablando de urracas –dice Cornelius, quien al parecer se aburre
soberanamente con la conversación–. La señorita Blake tiene una. Como mascota.
Edward lanza a Cornelius una mirada poco amistosa desde el otro lado de la mesa. Esperaba que su amigo mostrara algún remordimiento por lo que había hecho la noche anterior, y aunque Cornelius se había disculpado con Edward por lo que él había denominado lapsus linguae, no había dado muestra alguna de arrepentimiento.
–¿Por qué tengo que arrepentirme? –había dicho, después de que Dora bajara sin ceremonias del carruaje y los dejara solos–. Esto demuestra que es culpable, ¿no?
–¿Una mascota? –exclama lady Hamilton, dando alegres palmaditas–.
¡Qué maravilla!
–Pájaros sucios, en mi opinión –exclama Cornelius, ajustándose el corbatón–. Pero me pareció un dato interesante para compartirlo con el grupo.
Dora carraspea para aclararse la garganta y deja con gran cuidado el cuchillo y el tenedor al lado del plato.
–No son sucios –dice con calma y perfecta compostura, aunque Edward nota su furia desde el otro lado de la mesa y se mueve incómodo en su silla–. Hermes es muy limpio. Escandalosamente presumido, en realidad. Se pasa horas acicalándose las plumas la mar de contento. Es un pájaro muy bello.
–Pero tiene mal genio –dice Edward bromeando, para disminuir la tensión. Levanta la mano–. Esto acabará en cicatriz, estoy seguro.
No es cierto. La herida se está curando bien y Dora lo sabe, pero los esfuerzos del joven por añadir algo de humor no rompen el hielo. Es más, ella no le hace el menor caso.
–¿Le dio un picotazo? –dice sir William, tomando un sorbo de vino.
–Para proteger a Dora –explica Edward–. Creo que pensó que iba a atacarla.
–Es posible –dice Dora con calma– que pensara que era usted alguien que no era.
El comentario escuece. Edward, deprimido, baja el tenedor.
–¿Las urracas no son aves de mal agüero? –pregunta lady Hamilton al cabo de un rato, rompiendo el incómodo silencio que ha caído sobre la
mesa–. Ese poemilla de John Brand. ¿Cómo era? ¿Una urraca es pena, dos son dicha?
–No, no, querida –dice Hamilton con tono ligero–. En China se dice que las urracas traen buena suerte, y matar a una todo lo contrario. En realidad, se las asocia con la felicidad. Y en el noreste las consideran sagradas. La dinastía Manchú que gobierna China utiliza la urraca como símbolo de su régimen imperial.
–¿De verdad? –dice Dora, sonriendo a sir William. Edward siente un injustificado brote de envidia porque Dora le ha sonreído a alguien que no es él–. No lo sabía.
El diplomático levanta su copa como si brindara. El ambiente vuelve a animarse.
–Sin embargo –dice su esposa–, tener solo una… Es una superstición, claro, pero de algún sitio habrá salido. La superstición en sí misma tiene un poder inquietante.
–El poder está en su capacidad de inquietarnos, querida –responde Hamilton–. Todo está en nuestra mente. A menudo nos preocupamos demasiado imaginando que algo tiene un gran significado, cuando en realidad no tiene ninguno.
–¡Oh, basta ya, por favor!
Cornelius se limpia la boca con la servilleta y la arroja junto al plato. Está disgustado, al parecer, porque todas las estratagemas que ha probado han fracasado y Edward está dividido entre alegrarse por ello y el deseo de golpearle por su insolencia.
–Mi querido señor Ashmole –dice riendo Lady Hamilton–, tiene usted muy malas pulgas. ¡Ha sido usted quien ha sacado el tema!
–Es cierto –responde, evitando conscientemente la mirada de Edward–.
Pero me distraigo con facilidad, estoy seguro de que lo habrán notado.
–¡Eso parece! Me recuerda mucho al rey Fernando. A él también le gustaba saltar de un tema a otro. Volvía loca a la pobre María.
–Entiendo que es usted muy amiga de su majestad la reina.
Lady Hamilton resplandece.
–Muy amiga, señor Ashmole. Me ha confiado muchas muchas cosas. –Le dedica un gracioso mohín a su marido desde el otro lado de la mesa–. Echo de menos la corte.
–Sabes que nuestro regreso era necesario, Emma. No podíamos retrasarlo
más tiempo –dice sir William.
Dora se inclina hacia delante.
–¿Por qué regresó, sir William?
Edward aprieta los labios. Esperaba, por el bien de Dora… Hamilton, que se sienta junto a él, deja la copa sobre la mesa.
–Ah, sí. No esperaba llegar tan pronto al tema. Confiaba en que esperásemos a después de cenar. Querida –dice, mirando a su esposa–, ¿te importa si hablo del Colossus?
Lady Hamilton agita la mano.
–Ya sabes que no pongo objeciones, William. Estoy tan consternada por el resultado como tú. Una pérdida terrible. Casi la mitad de tu colección, desaparecida.
En la frente de Dora aparece una arruga.
–¿Desaparecida, sir William?
–Dora, llámame solo William, por favor. Después de todo, nos conocemos desde hace mucho tiempo. Y me temo que lo que tengo que decir te concierne a ti.
Dora parpadea.
–¿A mí?
Edward gruñe para sus adentros. Habían acordado que Edward no le diría a Dora nada de lo que habían hablado la noche anterior, ni la menor insinuación, y que sería sir William quien le diera la información a la joven personalmente. Sin embargo, Edward teme la reacción de Dora, sobre todo después de lo ocurrido la noche anterior. Cree que lo mejor es que se lo cuente un amigo, si es que él sigue siéndolo…
–Dora, la historia que debo contar tiene dos partes –dice Hamilton, apoyando los codos a ambos lados del plato y juntando los dedos para formar una pirámide–. Como sabes, he pasado muchos años coleccionando antigüedades griegas. Y mi interés ha crecido tanto que se ha convertido en algo más que una afición…
–Una obsesión más bien, diría yo –interrumpe su esposa y sir William la mira ceñudo.
–Sí, una obsesión, lo admito. –Carraspea–. Colecciono antigüedades desde que me fui a vivir a Nápoles, hace treinta y cinco años. Dado que la situación en el sur de Italia era cada vez más inestable, hace dieciséis años decidí enviar parte de mi colección a Londres. El cargamento llegó sano y
salvo. Pero el año pasado, cuando los franceses volvieron a ocupar Nápoles, pensé que sería prudente enviar a Inglaterra, junto con mis mejores obras de arte, la segunda mitad de mi colección de cerámica. Por desgracia, no llegó.
Cornelius se apoya en el respaldo de la silla. Edward está cautivado, a pesar de sus objeciones a cualquier conversación que afecte a Dora.
–Emma y yo viajamos en el siguiente paquebote. Yo debía atender ciertos temas militares en Londres, pero tuve que esperar unos días para finalizar los asuntos de Italia antes de zarpar, después del Colossus. Y menos mal que lo hicimos así, supongo, porque de lo contrario habríamos estado a bordo cuando el barco se hundió.
–¿El barco se hundió? –Dora ha abierto los ojos, sin hacer ya el menor caso del plato de lenguado.
Hamilton, comprensiblemente, está dolido.
–Planeo organizar una expedición, pero no tengo muchas esperanzas. Me dijeron que el barco se partió al tocar el fondo marino y con un tiempo tan monstruoso… –Sacude la cabeza–. Lo perdí todo. O al menos eso creía.
Imagina mi sorpresa cuando anoche llegué a casa de lady Latimer y vi, plantado con toda la pompa, un objeto prácticamente igual a uno que yo había perdido.
Dora está muy quieta.
–El pithos.
–El mismo.
Dora mira a Edward por fin. Luego, lentamente, aparta el plato y pone las manos sobre el mantel almidonado.
–Me gustaría pedirle que, por favor, sea franco conmigo.
Sir William asiente con la cabeza.
–Muy bien. Hace doce meses inicié unas excavaciones en Grecia. No fue una tarea fácil, pues tardamos seis meses en llegar por fin a la cámara que buscaba. Allí encontramos el pithos. Era muy grande, extremadamente pesado y se necesitaron cinco hombres para sacarlo.
Hamilton se interrumpe.
–Prosiga –dice Dora, muy seria.
–Eliminamos el polvo y el barro. Fuimos muy meticulosos al limpiar la vasija. Y nos sorprendió descubrir que no tenía ni una sola señal. Estaba en perfectas condiciones. Yo era el único que sabía su valor, que sospechaba su antigüedad. Pero la verdad, Dora, es que el pithos no me pertenece a mí
realmente. Nunca me ha pertenecido. Yo solo había estado salvaguardándolo todos estos años. Así que hice que lo envolvieran y lo enviaran a Palermo, donde lo guardé en un almacén hasta que llegó el momento de embarcarlo hacia Inglaterra.
En el centro de la mesa, las llamas de las velas tiemblan en sus cabos.
Parece que todos los reunidos contienen la respiración hasta que Dora deja escapar el aire.
–La encontró en Grecia.
–Sí.
Dora cierra las manos.
–¿En qué parte de Grecia? –pregunta con voz clara y tranquila.
Sir William la mira unos momentos.
–En el monte Licaón. Dora, yo reabrí la excavación de tus padres.
Se hace el silencio. Edward observa el desfile de emociones que pasan por el rostro de Dora, del dolor a la comprensión y a la resignación, y quiere ir a su lado y cogerla en sus brazos.
La joven crispa el rostro y apoya la cabeza en las manos.
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