El secreto de Pandora
Capítulo catorce
El aire comprimido sale con un susurro. Dora da un respingo, suelta la tapa y el ruido que produce al tocar el suelo retumba sordamente en las paredes.
El olor de la tierra podrida es caliente y acre. Le recuerda a tumbas oscuras y habitaciones mohosas, lugares que le resultan familiares y al mismo tiempo no. Los recuerdos le llegan fragmentados, como si los hubieran pasado por un tamiz.
Pero no hay ninguna voz. Nada que explique el susurro de su nombre ni los gemidos que ha oído antes y después. La habitación está ahora en un silencio total.
Dora se siente decepcionada. ¿Qué esperaba? ¿Qué quería que ocurriera?
–Estúpida –murmura.
Hermes ladea la cabeza y emite un débil graznido a modo de respuesta, como si estuviera de acuerdo con ella.
Dora levanta el candelabro, se pone de puntillas y mira por el borde de la vasija. Quiere ver si hay algo dentro, pero es demasiado grande y no ve nada, así que introduce la mano para palpar el borde en el interior. La vasija es áspera al tacto y en el silencio del sótano se oye claramente el rumor de la terracota rugosa al rozar la piel suave de la palma.
Hermes, en el respaldo de la silla, está cada vez más inquieto. Grazna, agita las plumas. Luego abre las alas, revolotea hasta el suelo y comienza a picotear la tapa como si estuviera muerto de hambre. Dora lo observa y nota con vaga satisfacción que la tapa no se ha roto. Ni siquiera una grieta.
Después se encoge de hombros y vuelve a concentrarse en la vasija.
Los relieves son espectaculares. Las paredes de la vasija están llenas de franjas que se entrelazan para formar una imagen perfecta, separadas por las grecas y los diseños griegos que Dora ha intentado, sin éxito, reproducir en sus bocetos. Se inclina para mirar de cerca la escena superior.
Zeus, padre de los dioses del Olimpo, está sentado majestuosamente en su magnífico trono. A sus pies hay abundancia de frutas, vino y miel. Dora empieza a dar la vuelta a la vasija, lentamente. Un poblado de seres
humanos. Unos parecen prostrados, como si estuvieran enfermos o muertos.
Otra figura masculina, esta vez Prometeo, sujeta un tallo de hinojo encendido. Otra vez el poblado. Esta vez los hombres están en pie, celebrando algo alrededor de una gran hoguera. Otra vez Zeus. El gran dios amenaza con el puño levantado al impenitente Prometeo.
Dora ha vuelto al mismo sitio y se fija en la siguiente cenefa.
Ahí están de nuevo Prometeo y Zeus, viajando por las estribaciones de una montaña. Más allá, Prometeo atado a una roca. Luego, dos águilas posadas sobre el pecho del titán. Ahora solo las águilas, transformadas en buitres. Lo devoran sin cesar.
La cenefa inferior muestra a Zeus con otro personaje que atiende una fragua: el herrero del Olimpo, Hefesto. Da otra vuelta alrededor de la vasija, ve la transformación de la ingobernable arcilla en una figura de mujer a la que se insufla vida. Y luego la última escena, la de la diosa Atenea bendiciendo esta nueva creación con todos los maravillosos dones que pueden encontrarse en el mundo.
Dora conoce la historia, por supuesto. Su madre le contó muchas veces esa leyenda a la hora de irse a dormir, mientras ella estaba arropada y calentita en su cama. La vasija describe la creación de su tocaya, la primera mortal, la mujer cuya curiosidad liberó las desgracias que cayeron sobre la humanidad como una plaga.
–La caja de Pandora.
Lo pronuncia en un susurro, pero entre las paredes del sótano las palabras parecen más altas y retumban casi como si tuvieran su propio poder. Y, de repente, Hermes parece cansarse: Dora oye el agudo chillido de la urraca, el ruido de sus garras al rascar el suelo de piedra y se vuelve justo a tiempo de ver que el pájaro echa a volar escaleras arriba y cruza la puerta. Sus plumas negras y blancas forman una silueta borrosa que se recorta contra la débil luz de la tienda.
Dora se queda mirando. Hermes nunca se había comportado de una forma tan extraña. El ataque al señor Lawrence era su manera de protegerla, eso lo sabe. Pero esto es más difícil de entender. Suspira y sacude la cabeza.
Lo encontrará en su jaula, sin duda, profundamente dormido con la cabecita escondida entre las alas. Ya se ocupará de él más tarde. Pero antes…
Deja el candelabro en el suelo y se sienta con las piernas cruzadas delante de la vasija. Coge la tapa y le da la vuelta entre las manos. Es un objeto
pesado, con un profundo surco en la parte interior del borde. Está decorada con un uróboro –la serpiente que se muerde la cola, el símbolo de la eternidad–, que se repite como un elegante motivo decorativo. Aparte de eso, no hay nada notable en ella. Al menos nada que hubiera podido fascinar a Hermes durante tanto rato.
Se encoge ligeramente de hombros y deja la tapa boca abajo, al lado de la vasija. Luego, con dedos temblorosos, coge el cuaderno de dibujo y se pone a trabajar.
Horas después, cuando el sol ya ha salido y empieza a ocultarse rápidamente tras una sábana de nubes grises, Dora sale de su habitación del desván y afronta la compañía de su tío. Hezekiah ya está sentado a la mesa del desayuno, adelantando una taza de cerámica para que Lottie le sirva de una tetera humeante. Ambos levantan la cabeza cuando entra Dora y, por la expresión de reserva que de repente aparece en el rostro de ambos, la muchacha está convencida de que ha interrumpido una conversación que no tenía que oír.
–Hoy te has levantado tarde –dice Hezekiah, retrepándose en la silla.
Dora, cuyo corazón golpea furiosamente la cárcel de su pecho, no dice nada. Se limita a apartar su silla y sentarse. Lottie va al otro lado de la mesa, deja la tetera delante de Dora y se vuelve inmediatamente hacia el aparador.
Dora tiene la cabeza gacha, no es capaz de mirar a ninguno de los dos.
Teme que, al encontrarse sus miradas, descubran de algún modo su falsedad y sepan exactamente lo que ha hecho.
–¿Estás enferma? –pregunta su tío.
Evita mirarlo y se concentra en servirse el té.
–No he dormido mucho esta noche.
Después de todo, es la verdad. Cuando por fin volvió a su cama eran más de las tres de la madrugada.
Hezekiah gruñe. En el aparador, Lottie destapa una sopera. El aroma a pescado salado invade el comedor inmediatamente y Dora traga saliva, tratando de no marearse. El ama de llaves sirve primero a Hezekiah y luego
deja el plato de Dora delante de ella, sin ceremonias. La joven contempla los ojos ciegos y sin vida de dos arenques cuyas escamas flotan en mantequilla derretida. Levanta la cola de uno de los peces con la punta del tenedor y luego la suelta; cae con un chapoteo en el plato.
–Gracias, Lottie –dice débilmente.
El ama de llaves se sorbe la nariz y le ofrece a Hezekiah un cuenco con huevos de pato cocidos; el hombre se sirve dos con la mano. Cuando Lottie le pasa el cuenco a Dora, la muchacha niega con la cabeza.
–Pues aquí los dejo –dice Lottie, depositando el cuenco en el centro de la mesa. A la cruda luz de la mañana los huevos parecen piedras blanqueadas–. Será mejor que siga con mis cosas.
Hezekiah la mira con un trozo de cáscara de huevo en la mano.
–Te acordarás de cambiar las sábanas, ¿verdad, Lottie? Mi mejor colcha azul. La de damasco.
–Por supuesto, señor –responde Lottie, que saluda con la cabeza antes de cerrar la puerta tras ella.
Dora vuelve a fijarse en el pescado. Hay una cosa que tiene que admitir en lo que se refiere a Lottie Norris: nunca escatima nada a la hora de complacer a Hezekiah. Puede que el ama de llaves sea una cocinera mediocre, pero gracias a su diligencia toda la casa está impecable, exceptuando el suelo de la tienda y la habitación de Dora. Incluso los nudos y grietas de la escalera lucen como si Hermes los hubiera limpiado con el pico.
Corta un trozo de arenque; la carne plateada se desprende con facilidad –
demasiada facilidad– bajo su cuchillo. Al otro lado de la mesa Hezekiah come ruidosamente, resuella con pesadez, y Dora se distrae pensando en la vasija.
Es auténtica, de eso no le cabe duda. Seguro que vale un dineral.
Entonces, ¿por qué no exponerla en la tienda? ¿Qué tiene de especial para que su tío quiera guardarla bajo llave?
«¿Qué está tramando?».
Antes de salir del sótano, Dora había inspeccionado rápidamente las cajas del suelo y las que se amontonaban en las estanterías, y todas ellas, según descubrió con gran emoción y sorpresa, contenían cerámica con dibujos griegos. Luego había echado un vistazo al escritorio, pero solo había encontrado los libros de contabilidad de la tienda. Los rollos de papel de los
estantes superiores solo eran mapas; recuerdos, supuso, de los años de Hezekiah como cartógrafo. Finalmente, había intentado abrir la caja fuerte de Bramah, pero se había llevado una decepción al ver que su llave no encajaba en la cerradura ni, cuando se le ocurrió comprobarlo, tampoco la llave dorada y negra que había encontrado en el aparador de la tienda.
Al otro lado de la mesa, Hezekiah emite un gruñido que parece más bien un graznido. Dora baja el tenedor y ve a su tío hacer una mueca.
–¿Cómo está su pierna, tío?
El hombre vacila, parece darle vueltas a algo en la cabeza.
–Al igual que tú –gruñe–, he dormido mal. La herida… está supurando.
Dora parpadea.
–Entonces debería ir a ver al médico.
–¿Y pagar una fortuna para que me toquetee la herida y no haga nada más?
–Pues a un boticario, entonces.
Hezekiah da un manotazo al aire.
–Brujos, son todos unos brujos.
–Pues entonces no digo nada, tío.
–Eso sería lo mejor, digo yo.
Su tono es cortante; Dora sabe cuándo tiene que dejarlo. Comen en silencio, aparte del ocasional ruido de succión que hace Hezekiah cuando tiene que quitarse una espina de la lengua.
Dora hace un verdadero esfuerzo para terminarse un arenque y, tras coger la taza de té, bebe un largo trago y se enjuaga la boca con el líquido para quitarse el sabor a sal. Está terminando de cortar el segundo pescado cuando Hezekiah pregunta:
–¿Has visto mi monedero?
Dora se queda paralizada, con el tenedor delante de la boca. La mantequilla gotea hasta el plato, produciendo un ruido ligero.
–No, tío. ¿Dónde lo vio por última vez?
–Hum. En el bolsillo del redingote. La bolsa negra con las costuras de satén. Estaba ahí el otro día, estoy seguro.
Dora se alegra de llevar un vestido de cuello alto que esconde el rubor delator de su piel. Sacude ligeramente la cabeza de un modo que no significa nada concreto. Hezekiah se muerde la mejilla por dentro. Dora completa la trayectoria del tenedor.
A su tío no se le ocurrirá que ella es la responsable de la desaparición de la bolsa, piensa Dora, dado que siempre ha sido una buena chica. Un monedero es un objeto fácil de perder, tanto si ella ha tenido algo que ver como si no. Y él se merece perderlo, ¿verdad?
Dora mastica pensativa, jugueteando con una espina entre los incisivos y la lengua.
No cree que sus bosquejos de la vasija estén terminados. Solo llegó a copiar la primera escena (Zeus y el fuego), luego empezaron a dolerle los dedos y a escocerle el roce de las gafas. Si quiere cerciorarse de que hay suficientes motivos de inspiración para los diseños de joyas, sabe que tiene que volver al sótano, y más de una vez, sin duda: debe acabar todas las figuras antes de que Hezekiah la pille o, peor aún, cambie la vasija de sitio.
¿Tendrá tiempo de explorar el resto del sótano y de examinar minuciosamente las cajas llenas de paja?
Dora se muerde el labio inferior, golpea el tenedor con la yema del dedo.
Quizá…
–¿Tío?
–¿Sí?
–¿Le importa si salgo unas horas?
–¿A la calle? –La voz de su tío es cortante. Hace rodar el segundo huevo por la mesa con la mano izquierda y la cáscara se rompe bajo la presión–.
¿Para qué?
Dora no quiere que la vea suplicar, pero aun así le sale sin querer un tono lastimero.
–Para dibujar. Este sitio es muy oscuro y lóbrego, me gustaría escaparme un rato.
–A todos nos gustaría. –Hezekiah la mira durante un rato antes de seguir pelando el huevo–. Supongo que puedo prescindir de ti. Lottie se ocupará de la tienda.
La joven oye las palabras que él no dice («Te quiero fuera de aquí») y empuña con fuerza los cubiertos.
–Gracias, tío.
A la propia Dora le sorprende lo tranquilas que suenan sus palabras. Por dentro, tiene el corazón en un puño.
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