El secreto de Pandora
Capítulo veintinueve
Cornelius no soporta las tardanzas. Es algo obsesivo en él y, en consecuencia, Edward reza para que Dora no los haga esperar. Ciertamente, es por el bien de la muchacha, piensa con tristeza mirando a Cornelius, que está retrepado en el asiento almohadillado del carruaje; no por el suyo propio.
El joven de pelo más oscuro está recostado, como aburrido, con una pequeña pipa entre los largos y delgados dedos. Una fina voluta de humo se eleva de la cazoleta y desaparece en la nada antes de llegar al techo del vehículo. Pero Edward sabe que Cornelius no es víctima del hastío. Su amigo está alerta e incómodo. Aunque está acostumbrado a las grandes ocasiones sociales, a Cornelius no le gustan. Edward se habría preguntado por qué Cornelius se ha empeñado en asistir si no fuera porque ya conoce la respuesta: a falta de una palabra mejor, desea ir de carabina.
Edward esperaba que su amigo cambiara de opinión sobre Dora cuando la conociera, que pudiera ver lo que él ve en ella: una mujer honrada y respetable, una compañera de sueños, una muchacha que se merece mucho más de lo que ha recibido. Sin embargo, no ha cambiado de opinión.
Cornelius está decidido a que no le guste. Y Edward no es capaz de imaginar por qué.
Lamenta haberle dicho que Dora le pidió que la acompañara, lamenta haberle mencionado además que le compró un vestido.
–¿Que has hecho qué? –preguntó Cornelius, resoplando con fuerza por la larga nariz en señal de reprobación.
–Le proporcioné los medios para comprar un vestido. No había tiempo para que se lo hicieran. Cuando dejamos el pithos, la llevé a una tienda de prendas usadas donde pudiera encontrar algo apropiado. Había uno que le quedaba bien… Dora estaba emocionada –terminó Edward, a la defensiva.
–¡Se supone que el dinero que te doy es para ti, para tu placer, no para el de nadie más! ¡Desde luego, no para el de esa joven!
–Comprárselo a ella me da placer a mí –respondió Edward, mirando a
Cornelius con expresión consternada–. ¿Y en qué otra cosa iba a gastar mi dinero? Tú me das todo lo que necesito –le recordó.
Recordarlo hizo que a Edward se le formara un nudo en el estómago, porque en aquel momento se dio cuenta de que, sin ningún género de duda, era un «mantenido».
¿Por qué no lo había pensado antes? ¿Por qué nunca había caído en la cuenta de que el dinero que ganaba en el taller de encuadernación salía de los fondos de Ashmole? Con ese dinero pagaba el alojamiento, la comida y las ropas que llevaba. Las dádivas que Cornelius insistía en deslizarle en el bolsillo o entre las páginas de un libro eran cosas que su amigo no le permitía rechazar. Las entregas regulares de papel, plumas, tinta… Edward aceptaba todas esas cosas con gratitud y, hasta ahora, sin pensarlo. Siempre le ha estado agradecido a Cornelius, y siempre se lo estará. Pero ¿desde cuándo la gratitud significaba aceptar una jaula?
La idea lo había dejado sin respiración, paralizado, y Edward no pudo evitar un dejo de crudeza en su voz.
–Caridad, Cornelius –dijo–. Lo hice por caridad.
–Lo hiciste porque te sentías culpable. No trates de fingir otra cosa.
–No –respondió Edward, aunque era consciente de que las palabras de Cornelius implicaban cierta verdad–. Lo hice por caridad. Es lo mismo que tú haces por mí, cada día –afirmó.
Solo entonces guardó silencio Cornelius, aunque un nervio le palpitaba en la mandíbula.
–Creo que iré a la velada de lady Latimer –dijo finalmente con voz cautelosa–. No me costará nada solicitar una invitación. Además, nunca has ido a un acontecimiento semejante. Podrías necesitarme.
En ese momento le tocó a Edward guardar silencio. Durante un momento se miraron por encima de la piel de tigre y Edward supo que no serviría de nada discutir. Cuando Cornelius tomaba una decisión, no existía la más mínima posibilidad de hacerle cambiar de idea.
El carruaje avanza por Fleet Street. Edward oye los ruidos de Londres, la alegría que brota por las puertas y ventanas rotas de las cervecerías, superponiéndose a las notas de un violín, las risas inspiradas por el alcohol.
Pero por debajo, como el susurro de las hojas mustias en el aire otoñal, oye otro sonido no tan reconfortante, un sonido fácilmente ignorado, pero con el
que Edward está muy familiarizado y que es capaz de reconocer de inmediato.
Mira por la ventanilla en busca del origen. Tarda un momento en localizarlo entre la multitud, pero al final lo ve: un niño que llora, con los pies descalzos y la mirada vacía. Aunque su llanto es un himno conmovedor, los viandantes lo ignoran. En Edward, en cambio, ese llanto despierta una sensación de desolación, de dolor, y siente que se le forma un nudo en la garganta que amenaza con asfixiarlo. Pero cuando las ruedas del carruaje saltan y traquetean sobre el firme desigual de las calles, Edward pierde al niño de vista y respira hondo, expulsando el aire lentamente.
Esta noche no pensará en esas cosas. Arrinconará esas ideaciones oscuras en lo más profundo de su mente. Esta noche solo pensará en Dora, en la perspectiva de conocer a William Hamilton. «Piensa en el futuro –se recuerda a sí mismo–. Piensa solo en lo que está por venir».
Cornelius, delante de él, aspira otra vez su pipa. Edward se inclina hacia delante.
–¿Estás seguro de que él estará allí?
Cornelius expulsa el humo por la ventanilla y mira aburrido a un hombre que mea contra una farola.
–Es el mayor acontecimiento de la temporada en Londres, Edward –dice, recuperando en parte su habitual calidez–. La vieja Latimer no va a perder la oportunidad de invitarlo si sabe que está en la ciudad. A ella le gusta pasarlo bien.
–¿Pasarlo bien?
Cornelius deja de mirar fuera y esboza una sonrisa sarcástica.
–La mujer de Hamilton, Emma. Una corista que recogió en Nápoles; parece que se la endilgó su sobrino. Es varios años más joven que sir William y se dice que ahora abre su alcoba a lord Nelson. Un escándalo. –
Se quita una hebra de tabaco de la lengua–. Ah, sí, Latimer disfrutará inmensamente con su presencia.
El carruaje aumenta la velocidad. El traqueteo de las ruedas obliga a Edward a sujetarse a las correas de cuero, con tanta fuerza que se le clavan en las manos.
Edward respira de alivio al ver que Dora los espera en la puerta de la tienda.
Al acercarse, se da cuenta de lo perdida y desamparada que parece.
Luego se fija en cómo se abraza apretándose los codos y piensa que el aire frío debe de morder la suave carne de sus brazos. Mientras la ayuda a subir al carruaje y le pone una manta de lana sobre las rodillas, le dice que debería haberle comprado una capa de noche y que siente mucho no habérsela comprado. Al instalarse a su lado, la muchacha quita importancia a sus desvelos.
–Oh, por favor, no te preocupes. Has sido más que generoso. Te estoy muy agradecida.
Edward, por el rabillo del ojo, ve a Cornelius fruncir los labios y se pregunta si su amigo hará algún comentario. Sin embargo, este se limita a echar una breve mirada superficial a Dora, tras lo cual da un golpe en el techo para que el vehículo siga avanzando. Pronto vuelven a perderse en la noche.
El carruaje da un bandazo. Dora golpea el hombro de Edward y este, momentáneamente distraído por el aroma del perfume de lilas femenino, contiene la respiración. Dora alarga una mano para apoyarla en la ventanilla y mantener el equilibro; murmura una disculpa ruborizándose y aprieta con fuerza la manta.
Luego se queda en silencio. Mientras Edward piensa en algo que decir, advierte que las luces de la calle perfilan los rasgos de Dora, especialmente la suave curva de sus mejillas y la elegante línea del largo cuello. Sin pensarlo, baja la mirada hacia su cuerpo. La joven luce en torno al cuello un complicado collar de volutas en espiral y florecillas, con una piedra ovalada en el centro del tamaño de un huevo. La piedra contrasta con el pálido color almendrado de su piel y parece casi gris.
–¿Una de tus creaciones?
Dora mira hacia abajo y deja escapar una risa tímida.
–Sí. Imitación de filigrana. Una de mis piezas favoritas. Yo… –Edward la ve vacilar–. Supongo que parecerá fuera de lugar en el sitio al que vamos, pero he pensado que si llevaba algo mío, podría despertar el interés de otras invitadas.
–¿Y por qué no? –dice Edward, dispuesto a hacerla sentir más cómoda–.
Lady Latimer te invitó, estoy seguro, precisamente para que otros se interesen por tu trabajo. Espero que recibas muchos encargos esta noche.
Dora agacha la cabeza.
–Gracias –dice la joven. Hace una pausa antes de continuar–: ¿Cómo se encuentra esta noche, señor Ashmole? Agradezco que haya pasado a recogerme. Me consta que han tenido que desviarse bastante de su camino.
Durante un momento, Edward no está seguro de que Cornelius la haya oído, porque su amigo tiene los ojos fijos en el exterior. Pero al cabo vuelve la cabeza, se muerde la mejilla por dentro y dice:
–Edward ha insistido mucho porque no quería que fuera usted sola.
Imposible discutir con él, ya que es usted la invitada de honor de lady Latimer.
En su voz hay cierta ironía, pero también una mezquindad inusual en él, y Edward agradece que la penumbra del carruaje lo ayude a ocultar la vergüenza que siente.
Dora mira a Edward.
–Bueno, espero que no haya sido un gran inconveniente para ti.
–No lo ha sido –dice Edward, fulminando a Cornelius con la mirada. Su amigo mira a otro lado y sigue mordiéndose el interior de la mejilla–. No ha sido ninguna molestia. Ninguna molestia en absoluto.
Dora asiente con la cabeza, una vez.
Edward está avergonzado.
El resto del trayecto transcurre en silencio. Tras conseguir atravesar el laberinto de Fleet Street y dar un rodeo por Holborn, el carruaje empieza a avanzar milagrosamente más rápido.
Cuando llegan a los alrededores de la villa de lady Latimer, las calzadas son más lisas, el aire huele menos a leña quemada y a hortalizas podridas, y el barullo callejero ha bajado significativamente de volumen. Aun así, la fiesta de lady Latimer ha reunido a una multitud y es evidente, por la acumulación de carruajes, que no será fácil entrar. Cornelius sugiere que se apeen y vayan andando. Sopla un fuerte viento y el incómodo grupo de tres se abre camino hacia la casa.
Cornelius se adelanta a zancadas, dejando a Edward y a Dora atrás.
Edward le ofrece el brazo a Dora, que lo acepta –o eso cree él– con gratitud.
–Tengo que disculparme en nombre de Cornelius –murmura en voz baja para que su amigo no pueda oírlo–. No entiendo por qué se comporta de esa manera.
–Ah, ¿no? –responde Dora, presionando los dedos en la manga de Edward–. Creo que es obvio. No le resulto simpática.
No tiene sentido negarlo.
–Es cierto. Pero también es cierto que no entiendo el motivo. De veras que no. Nunca ha sido tan descortés, que yo sepa. Y menos con una dama.
–Quizá no me considere una dama.
–Por supuesto que lo eres.
Ella ríe por lo bajo.
–Soy una simple dependienta, como él mismo subrayó muy oportunamente. No puedes echarle la culpa por tenerme en tan poca estima.
Edward abre la boca para decir lo contrario, para recordarle que él también es un simple «dependiente», pero entonces la calle desemboca en una plaza y Dora y Edward se detienen.
Cuando llevaron el pithos, el círculo de césped estaba bellamente cuidado, pero sin ornamentos. Esta noche la plaza está engalanada con antorchas encendidas, conectadas entre sí por guirnaldas de hiedra que cuelgan de pedestales de piedra. Encima de cada pedestal hay una jaula dorada con un loro de vivos colores. En total son doce, e incluso Cornelius se ha detenido en seco.
–La vieja se ha superado a sí misma.
–Es…
Edward trata de buscar la palabra apropiada. «Ostentoso» serviría, desde luego. Una extravagancia innecesaria, eso seguro, pero claro, ¿cómo va él a entender los caprichos de la alta sociedad?
–Excesivo –dice Cornelius, como si le hubiera leído el pensamiento a su amigo.
Dos señoras entradas en años y con la cara empolvada pasan por su lado, sujetándose desesperadamente las pelucas blancas para que no se las lleve el viento. Otras tres mujeres, estas más jóvenes, corren entre risas y se sujetan con fuerza la capa. Un sirviente forcejea con una sombrilla, tratando sin éxito de protegerlas.
Cornelius ha reanudado su rápido avance y Edward conduce a Dora más allá del alboroto de los carruajes. Esquivan una yegua blanca que ha
aprovechado este preciso momento para vaciar el intestino en la calle adoquinada y se reúnen con Cornelius en la cola que se ha formado para entrar en la villa. A ambos lados de las puertas hay dos lacayos, de rostro tan parecido que bien podrían ser gemelos. Edward se sorprende pensando que todos los lacayos de lady Latimer parecen salidos de un mismo molde.
–Tiene un personal muy joven y apuesto, ¿verdad? –le susurra a Dora.
Al oír esto, Cornelius se vuelve hacia los lacayos, les lanza una mirada superficial y, por útimo, se tira del encaje del puño.
No tienen que esperar mucho. Pronto cruzan las inmensas puertas y Edward se queda sin respiración. Le aprieta la mano a Dora. Ha sido una decisión táctica por su parte no llegar demasiado pronto: esperaba desaparecer entre la multitud para evitar una atención explícita, pero ahora que están allí, rodeados de hombres y mujeres bellamente ataviados, Edward siente un pinchazo de pánico, de claustrofobia. Cornelius se le acerca y le pega la boca al oído.
–¿Estás bien? –Al ver a Edward asentir con gesto vacilante, se aparta de nuevo y dice en voz más alta–: Voy a ver qué terreno pisamos. Supongo que la señorita Blake y tú os desenvolveréis bien sin mí.
No está mirando a Edward, sino a Dora. Edward se da cuenta de que Cornelius no quiere dejarlos solos y esta muestra de hostilidad hace que Edward olvide su incomodidad.
–Por supuesto, Cornelius –exclama, a punto de perder la paciencia–.
Puedo sobrevivir sin ti durante media hora.
Cornelius lo mira fijamente. Dora se vuelve a mirarlo también.
–Muy bien. –Cornelius se ajusta el corbatón–. Os buscaré más tarde, si no estáis ocupados en otra cosa.
Habla como si hubieran herido sus sentimientos. Edward se muerde el labio.
–Cornelius, yo…
Pero su amigo ya se ha ido.
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