El sueño de Tutankhamón
El libro de la cobra
1
Había nacido para sufrir. Por alguna causa Shai, el inescrutable dios del destino, así lo había determinado y nada se podía hacer para cambiar sus designios. Eso era al menos lo que Nehebkau pensaba, aunque este fuese incapaz de comprender de qué forma había podido ofender al taimado dios. Que Nehebkau recordara, las penurias lo habían acompañado desde el día de su nacimiento, y muchas noches, mientras dormía al raso, había llegado a pensar que su afrenta a Shai bien pudiera haber surgido ya en el vientre materno, al haber sido concebido por una prostituta.
Sobre este particular, él poco tenía que decir. En su opinión, las mujeres que se empleaban en las Casas de la Cerveza eran tan respetables como las hijas del faraón, o incluso como cualquiera de las mil diosas que velaban por la Tierra Negra y en las que apenas creía. Sin embargo, justo era reconocer que su madre, a quien nunca había conocido, alguna culpa debía de tener en todo cuanto le había ocurrido, pues según aseguraban lo maldijo con inusitada rabia antes de que Anubis se la llevara a la necrópolis. Murió sin siquiera dejar constancia de su nombre, para que su retoño no la recordase, tal y como si nunca hubiese existido, convencida de que de este modo ambos caerían en el olvido, lo peor que le podía ocurrir a un egipcio cuando pasaba a la «otra orilla», de camino al mundo de los muertos. Su memoria se perdería, cual si nunca hubieran existido.
¿Había sido hermosa su madre? Seguramente, aunque hubiese estado muy lejos de parecer una heset, una cantora al servicio de Hathor, la diosa del amor y la belleza; incluso podría haber sido una extranjera.
De su padre poco tenía que decir. Quizá se tratase de un soldado, un artesano o puede que un comerciante que se encontrara de paso. Si este era docto o ignorante poco importaba, y al pensar en ello Nehebkau se encogía de hombros igual que lo había hecho la ciudad de Tebas el día de su alumbramiento. Como bien sabía, Waset, la ciudad del Cetro, no se paraba en semejantes discernimientos y él por su parte tampoco lo haría; su vida solo le pertenecía a él, y bastante tenía con haber salido adelante en una época en la que los dioses de Egipto se habían entregado al llanto.
Sin embargo, era feliz, aunque fuese a su manera, y durante las noches estrelladas le gustaba abstraerse para recorrer con la vista el fecundo vientre de Nut plagado de luceros, a fin de admirar su belleza. La diosa que representaba la bóveda celeste era la única a la que estaba dispuesto a rendir pleitesía, y en su infinito templo trataba de escudriñar, entre aquella miríada de luces titilantes, los porqués de cuanto le rodeaba y la naturaleza de su sino. Toda la tierra de Egipto le resultaba un enigma; un inmenso lienzo enhebrado con hilos de magia, bajo el que se arrebujaba todo un pueblo en busca de la protección de sus dioses. Estos se encontraban por doquier, cual si formaran parte del paisaje: entre los palmerales, en cada recodo del río, en el inhóspito desierto, en la sombría necrópolis. A Nehebkau le parecía imposible poder llegar a conocerlos a todos, mas, no obstante, llevaba el nombre de uno de ellos; por extrañas circunstancias e incomprensible suerte.
En realidad, su vida bien podría formar parte de un prodigio. Un inconcebible milagro alentado por aquellos dioses en los que apenas creía. ¿Qué otra explicación podría haber? Ninguna; o al menos eso era lo que pensaban cuantos le conocían. Sin embargo, Nehebkau se encontraba alejado de tales entelequias y a sus diecisiete años estaba convencido de que la naturaleza le había regalado el don de la supervivencia.
El joven había venido al mundo una fría noche del mes de [1] parmhotep,
en el periodo de las «aguas bajas», cuando los campos se aprestaban a ser trabajados para la siembra. Eran tiempos de penuria, pues el dios que gobernaba la Tierra Negra desde hacía seis años, Akhenatón, estaba decidido a trasladar la capital al norte, a la ciudad que había empezado a construir y que bautizaría con el nombre de Akhetatón, la ciudad del Horizonte de Atón.
El alumbramiento tuvo lugar en un lúgubre chamizo, entre horribles juramentos, con la ayuda de una vieja comadrona que asistió a la madre en el parto. Una nueva vida llegaba para cobrarse otra, y a fe que surgiría con fuerza inusitada, imparable, como de ordinario ocurría con la avenida de las aguas. Nada podía oponérsele, y cuando la partera tomó a la criatura entre sus manos no le cupo duda de que Heket la tutelaba. La diosa rana, junto a
Mesjenet, tendía el símbolo de la vida a aquel hermoso niño y a su [2] ka, para hacer honor al título que ostentaba desde tiempos inmemoriales: «la que hace respirar». Sin duda su esposo, el divino Khnum, había moldeado a conciencia al recién nacido en el claustro materno con su torno de alfarero, pues al punto el pequeño gritó al mundo, con furia inusitada, como si Sekhmet, la colérica diosa leona, lo animara a hacerlo.
Por un momento la vieja pensó en ello, aunque al ver cómo se había producido el parto se convenció de que este se asemejaba más al del temible dios Set, que desgarró el cuerpo de su divina madre, Nut, al nacer en la ciudad de Ombos.
La matrona miró a la parturienta un instante y movió la cabeza con pesar. Había asistido a tantos alumbramientos en su vida que no le extrañaba aquel desenlace en absoluto. En realidad, ocurría todos los días. Eran tantas las madres que morían en Egipto que no le sorprendía que muchas mujeres se sintieran aterrorizadas al saber que estaban embarazadas. Esto no dejaba de resultar curioso en una sociedad en la que cualquier egipcia consideraba la esterilidad como poco menos que una maldición, y con frecuencia llegaban a introducirse dátiles en la vagina, e incluso se daban friegas con sangre menstrual en el vientre para poner remedio a la infecundidad. Así eran las cosas en la Tierra Negra.
A la vieja partera le bastó echar un vistazo para saber que no había nada que hacer, y que esa misma noche aquella pobre mujer estaría camino de la necrópolis en compañía de Anubis. Sin embargo, había traído al mundo a una criatura en verdad hermosa, como no recordaba haber visto, de más de un
codo[3], y robusta cual si fuese vástago de Montu, el formidable dios tebano de la guerra. Era un niño de pelo rojizo y piel tan clara que bien se hubiera podido asegurar que procedía del Bajo Egipto, o puede que de las lejanas tierras del norte, bañadas por el Gran Verde, el mar que nunca había visto y en el que decían habitaba el iracundo Set. La palidez del pequeño contrastaba con el tono cetrino de la madre, y la matrona volvió a lamentarse en silencio, pues la vida no se paraba en tales consideraciones, y era capaz de cruzar caminos tan distantes que en ocasiones resultaba imposible llegar a reconocer.
Al verlo por primera vez, la madre emitió un gemido quejumbroso que
parecía proceder de las profundidades del Amenti[4].
—Set está en él —se lamentó la moribunda—. Es hijo del dios de las tormentas.
La matrona trató de calmarla con palabras que alababan la hermosura del recién nacido, pero la madre negó con desesperación.
—Su cabello será rojizo, como el desierto en el que habita el señor del caos. Set, el Rojo, está en él y yo le maldigo —dijo la mujer con rabia.
—No hables así —replicó la comadrona con suavidad—. Las siete vacas Hathor le bendicen y determinarán un buen destino para el niño. Elige un nombre poderoso para él.
—No tendrá nombre, tal y como si nunca hubiese existido —se lamentó la madre sin ocultar su sufrimiento—. Jamás debió nacer. Él es la causa de mi perdición. Trajo a Anubis de su mano.
La vieja hizo un gesto de disgusto, pero aquella desdichada hizo un esfuerzo para continuar.
—¡El niño está maldito y te desharás de él! —exclamó con desesperación.
Luego, asiéndose con fuerza a la túnica de la matrona, le conminó con evidente angustia:
—Prométemelo. Jura por las diosas madre de esta sagrada tierra que te desharás de la criatura.
La comadrona la observó un instante, horrorizada por unas palabras que iban contra la misma esencia que encarnaban aquellas diosas ante las que pretendía que jurase. Neith, Hathor, Isis… Jamás aceptarían semejante atrocidad.
—Júrame que lo harás —suplicó la madre con un rictus de sufrimiento—. Solo así podré irme en paz.
La partera la miró fijamente, justo para ver cómo la vida se le marchaba. Era una joven hermosa, a la que Osiris reclamaba en aquella hora ante su tribunal, para celebrar un juicio al que nadie podía llegar tarde. Después de toda una vida en el oficio, la vieja había asistido a tantas parturientas durante su último trance que apenas suspiró con pesar cuando comprobó que la joven perdía su mirada y se aprestaba a cruzar a la «otra orilla»; al reino de las sombras.
Una luz se apagaba en tanto otra se encendía, y al observar cómo la criatura lloraba con inquebrantable ánimo, la matrona consideró la posibilidad de que Set apadrinara al recién nacido; que la semilla del caos anidara en su corazón. Mientras lo acunaba entre sus brazos pensó en todo ello, así como en el deseo desesperado de la difunta para que se deshiciera de su hijo. Todos los días aparecía algún niño abandonado junto a la orilla del río, pero nunca había oído que nadie quisiera acabar con la vida de un recién nacido. Los dioses en los que tanto creía abominarían de un acto semejante, y aun en su mísera existencia, la señora no estaba dispuesta a presentarse, cuando le llegara la hora, en la sala de las Dos Verdades ante los cuarenta y dos jueces para que estos la señalaran con su dedo acusador. Bastantes penurias había pasado ya en vida para que Ammit, la terrible devoradora de los muertos, despedazara su corazón al ser condenada por sus pecados.
Se hallaba en tales consideraciones cuando la frágil puerta del chamizo cedió, y al punto apareció un hombrecillo de exiguas carnes y mirada tan asustada que parecía haber surgido del Inframundo; o puede que se sintiera perseguido por algún genio del Amenti. El recién llegado permaneció inmóvil un momento, observando la lúgubre escena con los ojos muy abiertos, y un rictus de ansiedad en el rostro que la matrona supo leer al instante; luego, con paso vacilante, se decidió a avanzar hacia la partera en tanto señalaba a la criatura.
—Muéstramelo —dijo él sin ocultar su agitación.
A la comadrona no le cupo duda de que aquel hombre creía poder ser el padre del recién nacido. Claro que, al verlo más de cerca, pensó en las pocas posibilidades que tenía de ser su progenitor, ya que aquel individuo era tan cetrino como la difunta madre, con un cabello negro y encrespado como el de las gentes del lejano sur, que le hizo pensar que quizá se tratara de un kushita.
—Enséñame a la criatura —insistió el desconocido con voz ronca, como
la que acostumbraban a tener los aficionados al [5] shedeh.
La señora lo observó con más atención. Había conocido a tantos tipos como aquel que no le resultó difícil adivinar cuanto necesitaba saber. Que era un hombre de pocos recursos saltaba a la vista, así como su afición a la bebida. Seguramente frecuentaría las Casas de la Cerveza, donde gastaría los pocos bienes que poseyera en trasegar todo el shedeh que pudiese. Allí debió de conocer a la joven difunta con quien, no tenía duda, había yacido en más de una ocasión. Así era la vida y, que ella recordara, habían sido muchos los niños que había ayudado a traer al mundo en similares circunstancias. Como bien sabía, en demasiadas ocasiones los padres iban y venían, y el que tenía ante sí esa noche formaba parte destacada del heterogéneo grupo que nada tenía que ver con sus retoños.
Sin embargo, la comadrona le prestó toda su atención. Había un verdadero interés en aquel hombrecillo por conocer a la criatura, y la señora pensó que en él podía estar la solución del problema que la difunta le había traspasado. Un feo asunto, sin duda, que no solía terminar bien, pero que quizá pudiese solucionar.
—¿Es un niño? —preguntó el desconocido sin disimular su ansiedad, al tiempo que extendía sus manos.
La vieja asintió, y al punto aprovechó aquel ademán para darle la criatura. El hombrecillo la tomó entre sus brazos mientras emitía un pequeño gruñido. Al observar su rostro pareció aún más asombrado.
—Ahora entiendo tu desazón —dijo la partera con sorprendente aplomo —. El niño tiene tu misma cara. Eso nadie lo puede negar.
El extraño la miró, desconcertado.
—¿Tú crees? —se atrevió a balbucear en tanto volvía a fijar la vista en el pequeño—. Pero… es blanco como la leche, y hasta tiene el cabello rojizo.
—Ja, ja. Qué poco sabes sobre los recién nacidos —aseguró la partera con una suficiencia que no admitía réplica—. Algunos vienen al mundo oscuros como una noche sin luna, para luego transformarse en verdaderos akh, seres luminosos que da gusto ver, y a otros, en cambio, les ocurre lo contrario. En pocos años la criatura adquirirá tu color de piel, y su pelo será tan negro como el tuyo. Fíjate bien; el niño es igualito que tú. Eso nadie lo puede dudar.
—¿Estás segura? —apenas se atrevió a decir el desconocido mientras estudiaba las facciones del recién nacido.
—Completamente. ¿Eres devoto de los dioses?
El extraño asintió sin ocultar su temor.
—En ese caso debes entender que es Khnum, el dios alfarero, quien nos crea en el claustro materno para darnos forma a su conveniencia. Su divino criterio nada tiene que ver con el nuestro. Él nos entrega impregnados con su luz, y luego nosotros nos encargamos de revestirnos con nuestras imperfecciones, hasta conseguir incluso que no nos parezcamos en nada.
El desconocido asintió sin mucho convencimiento.
—¿Piensas que tus pasos te condujeron aquí por azar? —inquirió la comadrona, muy seria—. Fueron los dioses quienes te guiaron; no tengas ninguna duda. Tueris, la diosa hipopótamo, nos observa en este momento con atención. Como bien debes saber ella es la que se ocupa de la buena crianza del recién nacido y la que se encarga de apartar los genios malignos de él. Ahora está bajo su protección.
El extraño volvió a asentir en tanto estudiaba al pequeño.
—¿Negarías ante la diosa que tuviste amores con la desdichada madre? — prosiguió la partera, a la vez que señalaba a la difunta.
El hombrecillo miró a la matrona, atemorizado, pero no dijo nada.
—Ya veo. Pretendes ocultar tus actos, como hacen tantos otros. Pero te advierto que no te valdrá de nada —sentenció la vieja con aplomo—. Esta noche Anubis se presentó en esta humilde casa para cobrar su tributo y tú tienes culpa de ello. ¿Qué crees que te ocurrirá cuando se celebre tu juicio en la sala de las Dos Verdades? Los cuarenta y dos jueces te señalarán con su dedo acusador y no dudarán en condenarte.
El extraño sintió un escalofrío, y al momento recordó las incontables veces que había acudido a la Casa de la Cerveza, en busca de las caricias de la mujer que ahora yacía sin vida en aquel pobre chamizo. Había desarrollado tal obsesión hacia ella que había llegado a gastar hasta su última pertenencia con tal de conseguir su favor. Ella siempre lo había tratado con desdén, e incluso se había mofado de su aspecto en no pocas ocasiones. Sin embargo, él no había desfallecido en su empeño por alcanzar sus propósitos y, al conseguirlos, había copulado hasta la extenuación. Las cuentas estaban claras, y aquel recién nacido bien podría ser hijo suyo. La partera le leyó la duda en el corazón al instante, y al punto prosiguió:
—Bien veo la sombra de la incertidumbre en tu [6] ba, pero recuerda quién nos observa. Si la agravias, Tueris se transformará en un ser terrible; una bestia sanguinaria que algún día surgirá de las aguas para destruirte.
El hombrecillo miró a la partera con espanto, cual si hubiese sido sentenciado a vagar por el Inframundo por toda la eternidad, y acto seguido movió la cabeza con pesar. Sabía que aquella desgraciada joven estaba a punto de dar a luz, y esa noche él había seguido sus pasos movido por una fuerza que no era capaz de comprender, que había terminado por llevarle hasta allí.
No había duda de que solo los dioses podían encontrarse detrás de aquel impulso. Sin embargo, al verse en aquel lúgubre lugar sus emociones lo habían traicionado. Apenas había sentido pesar ante el fallecimiento de su amada; una mujer que había encendido su pasión hasta el extremo de caer prisionero de una concupiscencia difícil de imaginar, que había terminado por corroer su corazón hasta anularle la voluntad. Era el llanto de aquel niño lo que le había conmovido, y al tomarlo entre sus brazos tuvo el convencimiento de que un lazo invisible lo atrapaba con un nudo imposible de deshacer; cual si Isis lo hubiese anudado con su magia. No encontraba otra explicación.
—¿Cómo se llama? —preguntó él de improviso sin dejar de mirar a la criatura.
La partera se encogió de hombros, y el desconocido hizo una mueca de asombro, ya que la madre era la encargada de dar un nombre a los hijos varones.
—Anubis se la llevó antes de entrar en esos detalles —aclaró la matrona en tanto señalaba a la difunta—. Me temo que en esta ocasión serás tú quien tenga que elegirlo.
El extraño frunció el ceño y la vieja lo miró con severidad.
—Supongo que te harás cargo de él —dijo la señora en tono conminatorio —. ¿No querrás ver a tu hijo abandonado junto al río, entre los cañaverales?
El hombre tragó saliva con dificultad, pues no entraba en sus planes tener una boca más que alimentar.
—¿Por qué crees que viniste hasta aquí? —repitió la comadrona leyendo de nuevo su pensamiento—. Ya te dije que la mano de los dioses está detrás de ello. Mira si no la criatura que ha venido al mundo. Es hermosa como pocas. Quien no vea en ella un regalo es que está ciego. Si lo desprecias te arrepentirás.
Aquellas palabras sonaron en los oídos del hombrecillo como una amenaza en toda regla. Una advertencia que envolvía una maldición como las
que acostumbraban a lanzar los [7] hekas o las hechiceras, que tanto proliferaban en el Valle. Al escucharlas, no pudo reprimir un escalofrío, ya que era muy supersticioso.
—Ahora debes tomar al niño y marcharte; he de ocuparme de que den la mejor sepultura posible a esta pobre desgraciada.
Durante unos instantes, el desconocido pensó en lo que ocurriría si se presentaba en su casa con aquella criatura, y de nuevo la matrona fue capaz de leerle el corazón.
—Si es una buena hija de Kemet[8], tu mujer lo acogerá con alegría, ya lo verás; tú sabrás qué contarle, pero antes de irte llévate esto —dijo la matrona en tanto le entregaba un brazalete.
El extraño extendió una mano con evidente desconfianza.
—Es el único bien que poseía la difunta —aclaró la señora.
El desconocido lo examinó, sorprendido, ya que parecía muy valioso.
—Guárdalo hasta que el niño se haga hombre. Entonces deberás entregárselo —señaló la partera con tono misterioso.
Aquel hombre la miró un momento, dejando traslucir el desconcierto que le invadía, y la comadrona le hizo un gesto de displicencia a la vez que daba por cerrado el asunto.
—Ahora vete y no vuelvas más por aquí.
Incapaz de decir una sola palabra, el extraño abandonó aquel chamizo como si fuese un autómata, con un niño entre los brazos y el convencimiento de que los dioses le condenaban a pagar su culpa por lo que había ocurrido. Que en cierto modo era culpable bien lo sabía él, así como que los padres divinos lo vigilarían para que fuese fiel al maat: la justicia y el orden cósmico que era necesario cumplir para alcanzar el equilibrio y la armonía. Toda la Tierra Negra se hallaba sujeta a aquel cumplimiento, y él no podía transgredirlo. Sin embargo, de camino a su casa, el extraño estuvo tentado de abandonar al recién nacido en alguno de los palmerales que festoneaban la orilla del río, pero al momento recordó las palabras de la vieja partera, e imaginó la furia de Tueris si hacía tal cosa. La diosa hipopótamo surgiría de las aguas para castigarlo con toda su furia y él jamás correría semejante riesgo, pues no en vano era pescador.