El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 44 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 14

14

Horemheb bromeaba con su simpatía acostumbrada. Su mera presencia causaba respeto y su palabra tenía la virtud de embaucar, al tiempo que mostraba sus dotes de gran legislador. Se trataba de un hombre hecho a sí mismo, que había escalado la pirámide del poder paso a paso, pero con la firmeza de quien se siente un elegido. Era natural de Henen-Nesut, la capital de Naret-Khent, el Árbol del Sur, en la región de El Fayum, situado en el nomo XX del Alto Egipto. Durante el reinado de Akhenatón ya había dado muestras de sus buenas dotes en la Administración, y también como escriba militar, por lo que el dios lo reclamó para nombrarle, primero, escriba real, y luego superior de los Trabajos de Akhetatón.

En la ciudad del Horizonte de Atón hizo carrera, y con la llegada de Smenkhara al trono, Horemheb afianzó su posición dentro del ejército al ser nombrado general de las tropas en el Bajo Egipto, con lo que su figura cobró una importancia inusitada. Sus hombres lo adoraban, pues era una persona muy capaz en cualquier disciplina que acometiese. Sus juicios siempre resultaban acertados, y su perspicacia y fino olfato político le convertían en una especie contra la que nada podía la jauría humana. En la corte todos le temían, y él los desafiaba a diario con su sola presencia, con su aguda mirada, y con la elocuencia que, aseguraba, le regalaba Horus, su dios protector. Claro está que esto no siempre había sido así, pues durante los tenebrosos años de Amarna, Horemheb se había cuidado de reconocer un hecho como aquel. Él era un político de raza, y en aquel tiempo se llamaba Paatenemheb, que era mucho más adecuado, a la vez que conveniente para sus intereses. Su gran inteligencia solo era comparable a su ambición, probablemente al saberse muy por encima de cualquier otro alto cargo de la corte, incluido el faraón, a quien íntimamente aborrecía.

A Akhenatón lo llamaba «el rey perverso», aunque esto solo se supiera mucho después de que el dios hubiese fallecido, como es fácil de entender. Sin embargo, su buena vista le llevó a dibujar con exactitud el mapa del terreno en el que se encontraba; a reparar en la figura de Tutankhamón, un personaje que se le antojó anacrónico desde el primer momento. Este poco tenía que ver con aquella familia desnaturalizada debido a un pensamiento que iba en contra de la propia identidad de la Tierra Negra, de la cual él era un creyente convencido.

Tutankhamón parecía un alma perdida en medio de una vorágine de intrigas y ambiciones a las que estaba condenado a sucumbir. El general solo necesitó un golpe de vista para convencerse de que el pequeño no tenía la menor posibilidad de sobrevivir, y precisamente eso fue lo que le animó a estrechar un vínculo de amistad con él, a protegerlo dentro de sus posibilidades, pues algo le decía que algún día, con los apoyos convenientes, el joven príncipe podía ser la llave para reconducir a la Tierra Negra hacia el buen camino, y elevar su posición a lo más alto de la pirámide que, hacía ya muchos años, Horemheb había comenzado a escalar. Este era un maestro en el trato con los demás, pues leía en los corazones como si se tratara de un papiro. Además, no se le conocían escándalos ni debilidades, ya que ni siquiera tenía hijos, y la única mujer que le interesaba era Amira, su esposa de toda la vida.

La fragilidad de Tutankhamón supuso una oportunidad que supo aprovechar. A un hombre con su amplitud de miras le resultó sencillo ganarse su confianza, al convencerle de que poseía un corazón de león, así como que sus defectos no eran óbice para que, llegado el día, pudiese ponerse al frente de los ejércitos para combatir a los enemigos de Egipto. Tutankhamón terminó por adorar a aquel poderoso general, en quien veía representado todo lo que él ansiaba llegar a ser en la vida, y juntos compartían viejas historias de un pasado glorioso que terminaban por hacer soñar al príncipe.

—Algún día combatiremos juntos —le decía el niño mientras Horemheb asentía con una sonrisa, para alabar seguidamente su precisión con el arco, o el buen jinete en el que se estaba convirtiendo.

Tal fue el cariño que Tutankhamón le llegó a profesar, que decidió nombrar a Horemheb su heredero en el caso de que muriese sin descendencia.

Los hechos que tuvieron lugar vinieron a dar la razón a la perspicacia del general, hasta convertirle en pieza fundamental en la llegada al trono del príncipe, así como en los acontecimientos que habrían de venir. El joven faraón nombró al general: «los ojos del rey de las Dos Tierras, y el que establece las leyes en las Dos Orillas», para disgusto de Ay, que a su vez trazaba sus propios planes.

Con esta familiaridad se presentó Horemheb una tarde al grupo que departía amigablemente en el jardín. Tutankhamón reía, divertido, al escuchar las historias que Nehebkau le relataba acerca de la invasión de cobras que había tenido lugar en el campamento de los Servidores de la Tumba, y que no se cansaba de oír, en tanto Shepseskaf asentía, pues se la sabía de memoria. Horemheb se unió a la conversación, y aprovechó para bromear y contar algunas de las anécdotas que tanto gustaban al dios.

—Háblanos de Sejemjet —le animó el faraón, ya que sentía verdadera predilección por este personaje.

—Fue un guerrero sin igual —aseguró el general mientras miraba a su buen amigo, Shepseskaf, con una media sonrisa—. No ha habido otro igual en Egipto. Quienes lo vieron combatir aseguraban que él solo se las bastaba para hacer huir al enemigo.

Tut abría los ojos, entusiasmado, cuando oía las historias de aquel personaje al que le hubiese gustado parecerse.

—¿Es cierto que acompañó al general Djehuty en la toma de Joppá? — insistió el faraón, que conocía la historia, pero le emocionaba volver a escucharla de labios de Horemheb.

—Tan cierto como que Ra-Atum desaparecerá esta tarde por el oeste para iniciar su viaje nocturno a través del Mundo Inferior —aseguró el general.

—Cómo me hubiera gustado presenciar aquella hazaña sin igual. Meterme en uno de los cestos que dejó de regalo para que el enemigo los introdujera en la ciudad. ¡Menudo engaño! Nunca vi tanta astucia.

—De seguro que habrías participado en la conquista de Joppá al salir por la noche del interior de uno de los cestos, como hicieron Sejemjet y el resto de los soldados, quienes aguardaron a que los ciudadanos durmieran para luego abrir las puertas de la ciudad al grueso del ejército, que esperaba pacientemente escondido.

—Hubiera cortado todas las manos de mis enemigos, o los miembros que no estuviesen circuncidados, ja, ja.

—A mi bisabuelo le gustaba esa costumbre —intervino Shepseskaf—. El dios Amenhotep II sentía verdadera veneración por Sejemjet, de quien decía era el único que podía igualar su fuerza.

—Recuerdo esa historia —dijo Tut, visiblemente excitado por el cariz que tomaba la conversación—. El dios era capaz de atravesar con sus flechas una plancha de cobre de notable grosor.

—Es verdad —aseguró el príncipe—, y también combatía en primera línea junto a los menefyt, sus veteranos, por quienes sentía un particular cariño. Fue un gran guerrero al que gustaba desafiar al peligro. El último que ha conocido esta sagrada tierra.

—¿Crees que algún día podría emular sus gestas? —inquirió Tut con expresión soñadora.

—Estoy seguro de que sí —dijo Horemheb, categórico—. Según tengo entendido te has convertido en un magnífico arquero, y conduces tu carro con destreza sin igual.

—Pocos aurigas se le pueden comparar —mintió Shepseskaf, quien conocía de sobra las dificultades que el faraón tenía para conservar el equilibrio sobre la biga.

—Ardo en deseos de pisotear al «vil asiático», ¿sabes? —señaló Tut dirigiéndose a Nehebkau—, y regresar a Kemet victorioso desde la lejana Nubia, con el cuerpo del rey kushita colgado de la proa de mi barco, como hicieron mis ancestros.

—Pronto tendrás oportunidad de demostrar a Retenu tu valor —apuntó el general—. Marcharás al frente de tus ejércitos, y yo te acompañaré.

—¡Todos lo haréis! —exclamó el faraón, gozoso—. Recuperaremos nuestras viejas fronteras, y volveremos con un gran botín.

Los allí presentes alabaron aquellas palabras, aunque Nehebkau sintiera un gran pesar ante la evidente incapacidad de su amigo. De un tiempo a esta parte, los problemas de Tut para caminar se habían acentuado, y dependía por completo del uso del bastón para poder andar. Nadie se explicaba cómo era capaz de mantenerse en pie sobre el cajón de su carro, aunque Nehebkau sabía que todo se debía al gran coraje que ocultaba aquel corazón atormentado. El faraón nunca se daría por vencido, y este valor por superar las adversidades terminó por formar en el joven tebano un sentimiento de cariño y admiración por su señor, que le acompañaría durante toda su vida.

Luego conversaron sobre cuestiones militares, por las que Nehebkau no sentía el menor interés, sobre la necesidad de reorganizar el ejército y modernizarlo, de caballos, por los que Shepseskaf manifestaba una gran pasión, así como de la buena marcha que había iniciado el país y que invitaba a pensar que, dentro de poco, todo estaría en el lugar que debía.

Horemheb se interesó por las habilidades de Nehebkau, bien conocidas en la corte, y supo crear con este una empatía que sería el inicio de una relación que los conduciría hacia caminos insospechados. Aunque no se hubiese dedicado a investigarle, el general conocía todo lo que debía saber de aquel joven tebano, pescador en la lejana Waset, que tenía facilidad para tratar con las cobras. Estaba al corriente de su relación con el faraón, así como de la sincera amistad que ambos se profesaban y, como preceptor real que era, Horemheb seguía de cerca los pasos de Nehebkau, y hasta dónde podrían conducirle.

Una mañana, ambos tuvieron oportunidad de hablar en privado en el pabellón de caza que el faraón poseía en la meseta de Gizah, a donde habían acudido para practicar el deporte favorito del dios. Este y Shepseskaf se habían adelantado en persecución de un antílope, lo que aprovechó el general para conversar con el tebano.

—Demos un descanso a los caballos —dijo en tanto sonreía—. Hoy Ra-Horakhty está dispuesto a mostrarnos todo su poder, y es mejor no desafiarle.

Los dos estuvieron de acuerdo y se refugiaron a la sombra.

—Aunque procedo de El Fayum, siempre tuve en gran estima a las gentes del sur —señaló Horemheb mientras se sentaba—. En Tebas tengo buenos amigos.

—Allí estaba mi mundo, aunque ya ves la sorpresa que Shai me tenía reservada —apuntó el joven.

—Yo lo llamaría un gran honor, ¿no te parece? El dios te ama como a un hermano. Muy pocos podrían decir lo mismo. Yo le conozco bien y sé que escucha tus palabras con atención. Aunque no lo creas tienes influencia sobre él.

Nehebkau se sorprendió, y al cruzar su mirada con la de Horemheb percibió en ella la acostumbrada luz que solo poseían los poderosos. En ella había verdadera agudeza, y el joven no tuvo la menor duda de que aquel hombre no daba puntada sin hilo; que cuanto hacía obedecía a un propósito, y que sus intereses corrían paralelos a los de Ay, aunque no demostrara poseer la misma ambición.

—Horus, mi dios tutelar —continuó el general—, me ha bendecido con más de lo que nunca hubiera soñado. Yo también me crie junto al río, y los cocodrilos fueron parte de mi aprendizaje. Por eso amo esta tierra tanto como tú, y comprendo el legado que nos dejaron los dioses para mantener el equilibrio en Kemet. El sematawy es nuestro bien más preciado, y es mi deseo mantenerlo hasta que me llegue el momento de cruzar a la «otra orilla».

Nehebkau no dijo nada, aunque conocía el significado del sematawy, la unión de las Dos Tierras, que Horus y Set habían escenificado al atar el papiro y el loto, el norte y el sur.

—Tú formas parte de esa unión, Nehebkau, y en cierto modo te has convertido en su garante. Tutankhamón la representa, como Horus reencarnado que es, pero debemos ayudarle a soportar la carga que ello supone, pues es aún muy joven.

—Tiene el corazón de un león, y si le prestas atención puedes escuchar su rugido.

—Cierto, a pesar de que el resto no lo acompañe. Así lo decidió Khnum. Por eso nos necesita —señaló el general con naturalidad.

El joven se sintió incómodo, algo que no pasó desapercibido a su acompañante.

—No debe apartarse del camino que le lleve a convertirse en un gran rey. Estoy seguro de que deseas lo mismo que yo.

—Lo será, pues ama a Kemet sobre todo lo demás.

Horemheb asintió, antes de proseguir.

—Veo que el dios te ha abierto su corazón y has podido leer en él como corresponde. Mas has de velar por que no se aparte de la senda a la que me refería.

—Guardo su sueño, gran Horemheb, y le sirvo en cuanto me pide —dijo el joven con una velada desconfianza que el general captó al instante.

—Me siento satisfecho de ello —continuó este—, y así debe continuar. Por eso quería hablar contigo. Existen intereses muy poderosos que amenazan con influir en el dios. Ideas que no pueden llegar a convertirse en una rémora para su buen gobierno, de las que tú también deberás huir.

Nehebkau se quedó estupefacto, y al ver la expresión de su rostro Horemheb lanzó una carcajada.

—¿De qué te extrañas, Nehebkau? La corte es capaz de contar los pasos que das a diario. Encuentro natural tu conversación con el Divino Padre, Ay; incluso me extrañó que no se hubiese celebrado antes. Mañana mismo él también sabrá que hoy nos detuvimos a la sombra para descansar.

El joven dirigió la vista hacia otro lado, más debido al desagrado que le producían aquellas palabras que a otra cosa. No poseía alma de cortesano, y nunca la tendría, pues los aborrecía de forma particular. Se encontraba en sus antípodas y huía de ellos a la menor oportunidad, aunque resultaba imposible no verse salpicado por la intriga, a pesar de no participar en ella. La conversación con Horemheb era una buena prueba de esto. Sin desearlo, los poderosos se habían encargado de inmiscuirle en sus veladas disputas, en hacerle formar parte de sus ambiciones, sin que pudiese hacer nada al respecto. Sin pretenderlo se hallaba atrapado, y lo peor era que se daba cuenta de que, si quería sobrevivir, debía intervenir en el mismo juego que los demás. A su manera, Horemheb se lo hacía ver, aunque se abstuviese de usar palabras que le comprometieran. Todo estaba medido, y Nehebkau sintió una íntima pena, no por él sino por su amigo Tut, de quien pensaba sería sepultado en vida por los intereses ciclópeos que orbitaban a su alrededor.

—No te estoy pidiendo que espíes para mí —oyó el joven que le decía el general con gravedad—. Para ese cometido ya dispongo de los medios suficientes. Mi único interés, como el tuyo, es Tutankhamón. Recuérdalo cuando Ay te reclame a su presencia.

Nehebkau observó a su interlocutor con una expresión de preocupación.

—¿Acaso dudas que lo hará? —inquirió el general con una media sonrisa.

—Quizá el Divino Padre quiera proteger al dios a su manera —se atrevió a decir el tebano.

—Ja, ja. Esa es una buena reflexión. Te auguro un buen futuro en la corte, Nehebkau, y me alegro de que no necesite advertirte más sobre lo que hay en juego. Estoy convencido de que nuestra conversación te ayudará a ser prudente, y permitirá a Tutankhamón recorrer su camino por sí mismo. Ese es mi deseo, aunque llegues a pensar lo contrario. Existen ideas trasnochadas de las que debe librarse para siempre. Solo de este modo podrá convertirse en un gran faraón. Sé que me comprendes; no dudes en acudir a mí cuando lo necesites. Tu relevancia es mayor de lo que puedas imaginar.