El sueño de Tutankhamón
Capítulo 21
21
A la mañana siguiente Nehebkau desapareció del campamento sin que nadie supiese por qué. Durante un tiempo no hubo noticias suyas, aunque uno de los semedet que distribuían sus hortalizas al Lugar de la Verdad asegurara que le había visto vagar por la orilla del Nilo, antes de subirse en su barca para salir a pescar. Al parecer el río lo llamaba de nuevo, y a nadie le extrañó, pues se creía que el poder que Hapy, el señor de las aguas, ejercía sobre sus criaturas no tenía parangón. De ellas había surgido la vida, y en el campamento terminaron por encogerse de hombros, ya que no en vano aquel joven era muy diferente a los demás.
La realidad resultaba evidente para quien supiese leer los corazones. Nehebkau huía de cuanto le rodeaba, pero sobre todo de sí mismo, aunque todavía no fuese consciente de ello. Cada vez que lanzaba sus redes se aferraba a su pasado, quizá con la esperanza de devolver a su ba la luz que había perdido. Si la sala de las Dos Justicias, en la que todo egipcio creía, existía, su alma pesaría más que la pluma de la verdad y Ammit la devoraría. Pero no era la condena eterna lo que le preocupaba, sino el saberse capaz de repetir cuantas traiciones fuesen necesarias para saciar su pasión. No era de fiar, pero, no obstante, buscaba entre las aguas una señal que le convenciese de que no existían las culpas cuando se obraba por amor. Este le había pintado el único escenario en el que deseaba vivir, aunque amenazara con oscurecer su conciencia o hacerle perder su verdadera identidad.
Aseguraban algunos que Hapy podía escribir sus mensajes en la corriente del río, pero Nehebkau fue incapaz de hallarlos. Cuales fuesen los designios del dios del Nilo, este no estaba dispuesto a compartirlos con el joven, pues las aguas permanecieron mudas. Muy pronto estas comenzarían a subir, y Nehebkau tuvo la impresión de que, de algún modo, se vería arrastrado por ellas, abandonado a su suerte, sin saber qué sería de él.
Neferu se encontraba cercana a la desesperación, nerviosa y hasta poco propensa a razonar. Su carácter impetuoso la había llevado a abominar de los dioses en cuya fe había sido educada, y su naturaleza ardiente a martirizarla con un deseo que la reconcomía. No comprendía lo que ocurría, y se negaba a aceptar que Nehebkau hubiese desaparecido para siempre. Estaba enterada de todo cuanto había ocurrido en el campamento hasta el menor detalle, y por ende del encuentro de su amado con su marido. Imaginaba que la escena debía de haber resultado escabrosa, aunque pensaba que no tenía la menor trascendencia. Ipu no significaba nada como esposo, y tampoco lo sería como amigo. El amor era lo único que importaba, el juez supremo de una obra en la que solo había lugar para dos. Los remordimientos o la mala conciencia no tenían cabida, y mucho menos el sentimiento de la traición. Este solo era una pérdida de tiempo que conducía a la confusión o, peor aún, a extraviarse del camino que se debía seguir. Estaba segura del amor de Nehebkau, y ante su ausencia temió que algo le hubiese ocurrido. Luego corrieron rumores de que le habían visto en el río, y ella pensó que quizá hubiera alguna sospecha acerca de su relación, y que su enamorado se había alejado para tratar de protegerla. Esa podría ser la causa, sin duda, y a ella se agarró para convencerse aún más de que su tiempo en el Lugar de la Verdad estaba cumplido, que debía abandonar la aldea para siempre.
Sin embargo, los días fueron pasando, y las noches se convirtieron en una especie de pesadilla en la que Neferu terminó por consumirse. Su amante era su alimento, y sin él acabaría por marchitarse en la peor de las agonías. Los padecimientos sufridos en el Amenti no podían ser peores; ya daba igual lo que le ocurriese a su alma. Por eso, invocó a Hathor con todas sus fuerzas, ofreciéndole sacrificios hasta el final de sus días, si era preciso. La diosa del amor siempre la había escuchado, y ahora que por fin le mostraba cuál era la senda que debía seguir, estaba segura de que la ayudaría, que con su infinita magia haría que Nehebkau regresara para llevarla muy lejos de allí, donde pasarían juntos el resto de sus vidas.
Hathor no la defraudó. Como en tantas ocasiones, la diosa volvió a ser proclive a oír los ruegos de su acólita, y una mañana ambos amantes volvieron a encontrarse en el recodo de uno de los caminos que serpenteaban junto a la aldea. En realidad, el joven la había estado siguiendo en la distancia, sin que hubiese tenido necesidad de implorar la ayuda de ningún dios. Durante demasiadas noches se había entregado a los brazos de su amada mientras viajaba por las estrellas. Como de costumbre se había dejado llevar por la pasión, autocomplaciéndose hasta quedar exhausto. Tendido sobre su esquife había amado a Neferu de todas las formas imaginables para terminar por caer en una lucha sórdida contra sí mismo; en un combate en el que nunca podría vencer. La pasión y la mala conciencia se alzaban frente a él con armas que se le antojaban formidables, y a las que se sentía incapaz de hacer frente. Dos colosos entre los que se elevaba Neferu, como surgida de un sueño; un sueño en el que deseaba permanecer toda su vida.
Debía regresar para verla de nuevo caminar por la aldea con su andar cadencioso, que tanto le excitaba, para asomarse a su mirada y caer presa de su embrujo, prisionero de sus labios, de sus caricias, sin que los juicios tuviesen la menor importancia. Por eso, al volver a encontrarse en el lugar de costumbre, se dijeron cuánto se amaban, y casi atropellándose prometieron volver a verse aquella noche, pues sus kas se hallaban perdidos, mientras sus almas sufrían terribles padecimientos.
Esta vez la espera se les hizo insufrible. Oculto en el lugar de costumbre, Nehebkau aguardó pacientemente a que las sombras cubrieran el Lugar de la Verdad. Se encontraban en el plenilunio, y la luna se elevó bien pronto, pletórica sobre el horizonte. Sin embargo, la atmósfera se presentaba particularmente difusa, ya que una sutil bruma cubría la aldea para crear sobre ella extraños juegos de luces que terminaban por dibujar formas fantasmagóricas, producidas por el reflejo lunar. La magia parecía haberse adueñado del ambiente y, mientras se dirigía a casa de su amada, el joven pudo sentirla sin ninguna dificultad, pues no en vano él era una criatura del país de Kemet, la tierra nacida del prodigio.
Al encontrarse de nuevo, ambos amantes cayeron presa de la locura, de una pasión que hacía ya tiempo los había devorado para transformarlos en seres irreconocibles. Se habían convertido en ánimas errantes cuyo único alimento se hallaba en sus caricias, en sus interminables besos, en el ansia desmedida con que se tomaban el uno al otro. Esa noche todo resultaba exagerado, sin que acertaran a ver ninguna explicación, y juntos cabalgaron de nuevo, con brío inusitado, por los parajes que tan bien conocían y que jamás se cansarían de recorrer. Ambos parecían ser dueños de una fuerza inaudita, de un vigor inagotable que los llevaba al paroxismo, una y otra vez, como si formasen parte de una fuente imposible de secar. El placer surgía de esta a raudales, como si Khnum, el señor de la riada, hubiese ordenado inundarlos con su poder hasta anegar sus corazones con el limo vivificador, igual que hacía cada año con los campos de Egipto. Esa era su cosecha, la mejor que se podía desear, una abundancia sublime que ambos disfrutarían hasta sentirse ahítos, dispuestos a engullir cada grano nacido de las gavillas.
—Seshat, la que mide el tiempo, nos apremia —dijo ella, todavía sudorosa, mientras trataba de recuperar el aliento después de haber amado hasta quedar exhausta.
Nehebkau asintió, en tanto respiraba con dificultad.
—Dentro de dos noches regresarán los trabajadores y esta vez Ipu los acompañará —continuó Neferu.
El joven guardó silencio, y luego perdió la mirada, pensativo.
—No puedo continuar aquí —se lamentó ella—. Jamás volveré a yacer con mi esposo, amor mío. Si Shai ha dispuesto un camino para nosotros es el momento de que lo sigamos.
—Sí, el momento ha llegado —musitó él, como para sí.
—El día que nuestras miradas se cruzaron volví a nacer. Desperté a una nueva vida en la que tú eres lo único que me importa.
—Viajaremos adondequiera que ella nos lleve —apuntó Nehebkau con ensoñación.
—Juntos la compartiremos. Sin temor a que nos azoten, o a ser desorejados.
—Eso nunca ocurrirá —aseguró él mientras atraía a su amada hacia sí.
—Tendré todo preparado para mañana. Para cuando Ipu regrese, nos encontraremos lejos de aquí.
—Pero Kahotep… creerá que ha ocurrido alguna desgracia y…
Neferu puso un dedo sobre los labios de él.
—Habré muerto para todos —dijo esta con gravedad—. También para mi padre. Es el precio que he de pagar.
Nehebkau la abrazó con fuerza, sobrecogido por la determinación que demostraba su amada.
—Tienes razón —observó el joven—. Al abandonar el Lugar de la Verdad, una parte de nosotros quedará aquí enterrada para siempre.
—Así debe ser. El futuro solo nos concierne a nosotros. Vimos la luz para amarnos. Fuimos creados para eso. Si no lo hacemos los dioses nos castigarán.
Nehebkau volvió a besarla, y al poco ambos se amaron de nuevo como si una fuerza demoledora los impulsara a ello. Todo estaba escrito con jeroglíficos que podían llegar a ser indescifrables, pues así era como a Shai le gustaba determinar el destino.
Poco antes de que Ra regresara por los cerros del este de su viaje nocturno, ambos amantes se despidieron con el propósito de huir juntos la noche siguiente.
—Te estaré esperando —le dijo Neferu, después de besarse con la misma pasión de siempre.
Él asintió antes de mirarla con inusitado fulgor.
—Lo tendré todo dispuesto.
Esa misma noche, Meresankh se sintió particularmente intranquila. La aldea parecía envuelta en una pátina teñida de plata que turbaba a la joven de forma singular. La extraña bruma creaba formas caprichosas que a veces se deshilachaban para dar paso a la luz de la luna. Sus rayos le traían mensajes, al tiempo que cubrían de misterio el cielo sutilmente encapotado. Hablaban de amor y de desgracia, de vida y también de muerte, como parte de designios imposibles de desentrañar. Sin embargo, era una señal, y Meresankh no albergó dudas de que en aquella hora Aah contaba sus secretos a quien fuese capaz de escucharlos. El dios lunar todo lo veía y tenía el privilegio de conocer lo que habría de venir, las consecuencias de cada paso. Él se adelantaba a los tiempos, pues poseía el don de escudriñar a través de la oscuridad más insondable, así como el de poder cambiar la naturaleza de las cosas, de influir sobre las criaturas.
La Tierra Negra siempre escuchaba su voz, aunque le llegara suave como un susurro. Aah no necesitaba de más, y Meresankh se estremeció al comprender que esa noche el cielo se manifestaba cubierto de símbolos, de toda una pléyade de signos con los que conformar una historia, un enorme papiro en el que quedaban registrados los avatares de toda una vida, como si un escriba se hubiera encargado de transcribirlo. Hablaba de lo que ocurriría, de los extraños sucesos que tendrían lugar, de lo intrincados que podían llegar a ser los caminos que Shai había dispuesto, de la fragilidad de quienes estaban prestos a recorrerlos, del formidable poder de los dioses. Lo que hoy se encontraba arriba mañana estaría abajo, y nada ni nadie podría evitarlo.
Antes de abandonar la azotea, la joven se detuvo a considerar cuanto creía haber visto. Ahora entendía lo que había sucedido; que nada era casual. Ella misma formaba parte de un escenario con el que pocos contaban, y vislumbraba la influencia que todo lo ocurrido tendría en su vida. Supo cuál sería su papel, y volvió a estremecerse ante su envergadura. En él estaba escrita la espera, aunque esto no la sorprendiera en absoluto. Su mundo se hallaba tejido con los hilos del misterio, y el tiempo en él tenía una distinta medida. Solo le quedaba aguardar.