El sueño de Tutankhamón
Capítulo 9
9
Desgraciadamente ambos tenían razón. Existía un interés general por finiquitar de una vez por todas aquella representación. Ya nadie parecía estar interesado en Tutankhamón, y lo mejor era enterrarlo lo antes posible para que Kemet recobrara su ritmo habitual. Dentro de muy poco Nebkheprura no sería más que un recuerdo, y eran muchos los que deseaban pasar página y olvidar el reinado de un niño cuya importancia en la historia de Egipto se les antojaba insignificante.
A la mañana siguiente Maya hizo introducir el sarcófago en el pr-nbw, la «casa del oro», nombre con el que se solía denominar a la cámara funeraria. Se trataba de un ejemplar espléndido, de cuarcita amarilla, tallado en una sola pieza, en cuyas esquinas se encontraban representados los Cuatro Milanos: Isis, Neftis, Neith y Selkis, las cuatro diosas que, con sus alas extendidas, protegerían la momia del faraón hasta el fin de los tiempos. Se trataba de una obra anterior al periodo de Amarna, pues la escala utilizada para tallar las figuras era de dieciocho cuadros, canon que se empleaba desde los pies hasta el final del cabello, y no de veinte, como había sido usual durante el reinado de Akhenatón. En la parte superior, el sarcófago estaba rematado por una cornisa en forma de mediacaña, y su base poseía un rodapié con los amuletos tyed y djed; el nudo de Isis y la estabilidad. Los textos jeroglíficos grabados en sus caras eran los habituales, aunque en uno de los laterales había un ojo de Horus. Sin embargo, la colosal pieza era una muestra más de la premura que encerraba aquel sepelio, ya que la tapa del sarcófago no correspondía a este.
—No había tiempo suficiente para tallar una obra semejante —se disculpó Djehutymose, el asistente que solía acompañar a Maya allá a donde fuese—, y ha sido necesario improvisar una tapa nueva.
Nehebkau no supo qué responder, anonadado como estaba, ya que para tapar el sarcófago se había dispuesto una gigantesca losa de granito rojo de una tonelada y cuarto de peso. Resultaba evidente que aquel sarcófago había sido tallado para otra persona, aunque el joven se abstuvo de preguntar a quién había pertenecido, para no sentirse aún más afligido.
—El rojo del granito combinaba muy bien con el amarillo de la calcita — oyó que le explicaba Djehutymose—, pero decidimos pintarla del mismo color que el sarcófago. No me negarás, noble Nehebkau, que las inscripciones lucen como si la obra hubiese sido trabajada desde un principio para el dios Nebkheprura. Me atrevería a decir que se trata de una composición deliciosa.
Con gusto el joven hubiese arrojado a aquel escriba a los cocodrilos, pero se abstuvo de abrir la boca, convencido de que aquello solo era el principio. Todo en aquella tumba era un remiendo, como muy pronto comprobaría por sí mismo.
El día del entierro toda Tebas se acercó a la orilla del río para despedir al faraón niño con respeto, mientras en la margen occidental tenía lugar una representación difícil de imaginar. Un asombroso séquito, que a Nehebkau le pareció interminable, desfilaba por el camino que conducía desde el embarcadero hasta el Valle de los Reyes, acompañado por los desgarradores gritos de cientos de plañideras. El joven pensó que todas las de Kemet se hallaban allí para expresar sus muestras de dolor, mientras un verdadero gentío escoltaba a una comitiva en la que no faltaba ni un cortesano. Per Hai se había quedado pequeño para acogerlos a todos, y quien más quien menos trataba de ocupar el lugar que creía le correspondía por su rango dentro del cortejo.
A la cabeza marchaba Ay, ataviado con una piel de leopardo, distintivo de los sacerdotes sem, quienes solían sustituir a Horus durante las ceremonias. El Divino Padre era el heredero, y su posición era la que correspondía al hijo mayor del difunto, título este que él mismo se había arrogado mientras Tutankhamón se encontraba en coma. Le acompañaba la viuda, Ankhesenamón, y los primeros profetas de los grandes cleros y, tras ellos, los bueyes que tiraban del catafalco junto a los más allegados al difunto. A su cabeza iban los dos visires, a los que seguían Maya y Neferabu, junto a otros ocho elegidos, tal y como Neferabu había dibujado en la sala mortuoria. Estaban a comienzos del mes de pashons, mediados de marzo, y Ra-Horakhty se alzaba en lo alto para, a su manera, dar la bienvenida a aquel faraón a quien muchos habían ignorado en vida.
La caminata se hizo larga, y a su llegada al hipogeo los bailarines mu danzaron como era habitual, ante la mirada de los capataces, quienes tenían todo dispuesto para introducir el enorme ataúd con los restos del dios. A una señal, lo descargaron del catafalco, y al punto descendieron los dieciséis escalones que los separaban de la entrada del túmulo. Ay, en compañía de algunos sacerdotes, los siguió para celebrar el sagrado rito de la «apertura de la boca», a fin de devolver todos los sentidos al finado en la otra vida, y proclamarse sucesor de facto al trono de Horus.
Con la mirada velada, Nehebkau observó cómo Ankhesenamón se adelantaba para depositar alrededor de la cabeza del féretro antropomorfo una guirnalda de hojas de olivo y flores de aciano azul, atadas con una tira confeccionada con médula de papiro, en tanto sollozaba desconsoladamente. Luego Ay desapareció en el interior del hipogeo con la azuela de hierro meteórico con el que completaría su ritual. Al finalizar este, los más allegados lo siguieron al interior de la tumba, y Nehebkau fue entonces testigo del comienzo de lo que terminaría por convertirse en una pesadilla.
El ataúd con el cadáver de Tutankhamón era enorme, de madera de ciprés revestido con yeso y una lámina de oro, que contenía otros dos ataúdes más en su interior, todos encajados, en el último de los cuales, de oro macizo de ciento diez kilos de peso, reposaba la momia del rey cubierta por una máscara también de oro. No sin dificultad, los trabajadores consiguieron introducir el féretro dentro del sarcófago, y al ir a depositar la tapa esta se rompió, pues resultaba evidente que el tamaño de aquel ataúd no estaba calculado correctamente para ocupar el espacio interior, y la tapa no encajaba. El joven no daba crédito a lo que veía, y el enorme ataúd tuvo que ser extraído del sarcófago y depositado sobre unas andas para que los obreros rebajaran los pies del féretro lo suficiente, y así se pudiese cerrar posteriormente el sarcófago.
Nehebkau miró a su amigo Maya, desconcertado, pero este permaneció impertérrito, como si aquellos problemas de última hora fuesen cosa de todos los días.
Allí finalizó el entierro, pues hasta el día siguiente no quedaron subsanados los remiendos. El ataúd por fin sería encajado en el interior del sarcófago, y la rotura de su tapa de granito, disimulada con una capa de yeso entre las dos partes, que luego se pintó de amarillo.
Nehebkau se sintió avergonzado, aunque el resto de los asistentes pareció no darle la misma importancia, pues acto seguido se celebró un banquete funerario al que asistieron ocho comensales para dar buena cuenta de una excelente carne de vaca, costillas de cordero, nueve patos y cuatro gansos; eso
sí, regado con el mejor vino que se podía esperar para la ocasión[71]. Luego, todos regresaron a Per Hai, uno de ellos convertido ya en faraón.
Los días posteriores se tradujeron en una concatenación de hechos que venían a demostrar la poca consideración que, en el fondo, Ay sentía por su antecesor. El tiempo corría en contra del nuevo dios, al que no importaba demasiado el ajuar funerario que acompañaría a Tutankhamón al Más Allá. La mayor parte de este había pertenecido a su padre, su hermanastra Meritatón, y sobre todo a Nefertiti. Buena prueba de ello era la capilla canópica montada en la habitación anexa a la cámara funeraria. Se trataba de un santuario soberbio, de madera dorada, flanqueado por las cuatro diosas protectoras: Isis, Neftis, Neith y Selkis, y coronado por un friso de cobras de vivos colores. Era evidente que había sido diseñado hacía muchos años, en la época de Amarna, y en su interior se encontraba un catafalco de alabastro translúcido montado sobre un trineo, que guardaba en su interior los cuatro vasos canopes. Estos tenían un tapón con forma de cabeza humana de exquisita ejecución, también de alabastro, que contenían cuatro pequeños ataúdes antropomorfos de oro con las vísceras del difunto. Sin duda se trataba de una obra maestra, aunque al punto Nehebkau supiera que no habían sido realizados para su viejo amigo. Los rostros de las figuras eran claramente los de una mujer, y en el interior de los pequeños ataúdes los orfebres se habían visto obligados a cambiar el nombre original, que no era otro que el de Ankheprura, por el del difunto. Todo el conjunto formaba parte de un ajuar sobrante de su predecesor, como tuvo que admitir Maya con pesar.
—Me temo que no es lo único que perteneció a Nefertiti, como muy pronto podrás comprobar —se lamentó el superintendente—. Pero te aseguro que me he ocupado de que sus nombres quedasen borrados o sustituidos por el de nuestro real amigo.
Al escuchar aquello, Nehebkau sacudió la cabeza con pesar.
—Permanecerá junto a Ankheprura Nefernefruatón por toda la eternidad. No se me ocurre una ironía mayor —apuntó el joven.
—Sin embargo, se trata del ajuar propio de un dios. Será su nombre el que cobre vida y no el de su madrastra. Quedará sepultado envuelto en oro, la piel de los dioses, y eso es lo que importa.
Entonces le confió que el segundo ataúd, de los tres que habían depositado en el interior del sarcófago, había pertenecido a Nefertiti, así como la máscara mortuoria.
—También la máscara mortuoria —masculló el tebano, cariacontecido.
—Es espléndida, digna de un gran faraón, y los orfebres tuvieron buen cuidado a la hora de recomponerla, pues el rostro sí es de Tutankhamón.
Nehebkau hizo un gesto de extrañeza.
—Todo el tocado del nemes y los hombros eran de Nefertiti, pero no así el semblante. El nuevo rostro fue superpuesto por delante de las orejas para crear la máscara mortuoria. Luego borraron el nombre de Ankheprura de uno de los hombros, y añadieron unos tapones a las orejas para ocultar los
agujeros de los lóbulos[72].
Nehebkau asintió, ya que al menos Maya había tenido un especial cuidado a la hora de que el ajuar terminara por parecer que había pertenecido a Nebkheprura, y sobre todo que estuviese preocupado de tapar los agujeros de
los lóbulos, ya que ningún faraón adulto llevaba pendientes[73].
—En los próximos días se terminará de llenar la tumba con las pertenencias del dios, las que tú elegiste. Sé muy bien que es todo lo que Tutankhamón necesitará para ser feliz en el Más Allá.
Maya poco se equivocaba, ya que las siguientes jornadas constituyeron un ir y venir incesante de hombres portando los más variados objetos, que terminaron por ser amontonados en la antecámara y habitaciones anexas. Nehebkau hizo hincapié en que los enseres personales del rey fuesen depositados con el mayor cuidado y siguiendo un orden, pero al final su deseo se convirtió en una pesadilla más, pues eran tantos los objetos que no había espacio suficiente para todo en aquella pequeña tumba.
De este modo terminaron por quedar amontonados, los unos sobre los otros, de la mejor manera posible, para gran disgusto del joven, que vio cómo los carros desmontados se apilaban junto a los lechos funerarios y las camas, sobre un revoltijo de muebles y otros objetos tan variopintos como las cajas con comida preparada, aceites, vino, ungüentos y algunos ushebtis.
El tebano se emocionó cuando depositaron los pequeños ataúdes con los fetos momificados de las hijas del rey, de cinco y siete meses, en el anexo a la cámara funeraria, pues recordaba muy bien el gran drama que vivió su amigo a raíz de los abortos sufridos por su Gran Esposa Real. En la entrada de aquel pequeño almacén se dispuso una figura de Anubis, echado sobre un cofre, como guardián de las capillas canópicas. El chacal estaba cubierto por un lienzo de lino que había pertenecido al ajuar de Akhenatón, pues llevaba impreso el año siete de su reinado, y Nehebkau siempre recordaría su estampa y el misterio que envolvía a aquella figura que en verdad parecía proceder del Más Allá.
En total se apilaron seis carros en el interior del hipogeo, de los cuales solo cuatro pertenecían a Tutankhamón. Al parecer el resto habían sido utilizados por Nefertiti, para disgusto de Nehebkau, quien había puesto un gran cuidado al elegir el ajuar personal de su viejo amigo. Ahora se daba cuenta de que su celo había valido de poco, pues entre los casi cinco mil cuatrocientos objetos depositados en la tumba, solo una quinta parte eran propiedad de Tutankhamón. Resultaba obvio que el sueño de este no había sido más que una ilusión, aunque el verdadero asombro del joven tebano llegaría con el montaje de los santuarios que cubrirían el sarcófago del rey.
Había una gran premura para instalarlos, pues solo después se podría levantar la pared que faltaba en la cámara mortuoria. Se trataba de cuatro capillas que irían dispuestas unas dentro de las otras, como si formaran un nido, y que ocuparían la mayor parte de la sala. Los sepulcros eran de madera de cedro unida con tendones de buey, bronce y espina santa, y cubiertos por láminas de oro exquisitamente trabajadas. Cada uno de dichos sepulcros tenía una puerta de doble hoja que quedaría cerrada mediante un pasador de ébano que corría en un enganche de cobre forrado de plata, y luego asegurado mediante cuerdas selladas. Sin duda eran magníficas, y cargadas de simbolismo, como el que representaba el enorme lienzo oscuro que cubriría el armazón de la segunda capilla. En él llevaba bordados pequeños rosetones de bronce, que encarnaban a las estrellas sobre el cielo nocturno que el difunto Tutankhamón podría divisar desde el interior de su ataúd.
Los obreros se afanaron en el montaje ante la decepción de Nehebkau, pues ninguno de aquellos sepulcros había sido construido para el faraón niño. El segundo de ellos había pertenecido a Akhenatón, y los tres restantes a la ínclita Nefertiti, o al menos eso le habían asegurado. Para mayor disgusto los paños fueron mal instalados al hacer los trabajadores caso omiso de las marcas que indicaban dónde debían ser colocados, y al ver el error que habían cometido decidieron ajustar las planchas a martillazos y a toda prisa, como si en verdad tuviesen miedo a que los dejaran encerrados en el interior de la tumba para siempre.
Cuando Nehebkau advirtió lo ocurrido ya era tarde. Ay deseaba que el hipogeo se cerrara lo antes posible, sin importarle las chapuzas de última hora. Al menos el joven tuvo tiempo de colocar dos espléndidos arcos entre la tercera y la cuarta capilla, y once remos mágicos entre la primera y el muro norte de la cámara, para que su amigo pudiese remar en la barca sagrada y recorrer el cielo infinito.
La decepción se apoderó por completo del tebano al comprobar que la mayoría de las figuras rituales poco tenían que ver con su buen amigo. Casi todas estaban envueltas en chales fechados en el año tres de Akhenatón, y el joven pensó que seguramente habían sido desechadas por el faraón hereje al abandonar la construcción de su primera tumba en el Valle de los Monos, antes de decidir trasladarse a Amarna, a Akhetatón, la ciudad que edificó de la nada.
Allá donde se encontrara Tutankhamón, seguro que se sentiría humillado ante semejante desvergüenza, aunque para el joven el mayor agravio llegó al ver cómo almacenaban una de aquellas figuras rituales, colocada de pie sobre un leopardo, cuyos pechos evidenciaban que se trataba de una mujer, o la de un maniquí con rasgos femeninos que no había visto antes.
Nehebkau sintió deseos de que todo terminara cuanto antes, y experimentó un gran alivio al ver cómo las obras de la pared que faltaba por levantar quedaban finalizadas. Neferabu se había visto obligado a decorarla sin que el enlucido estuviese seco, aunque ya poco importara. Al menos el artista había hecho bien su trabajo, y el tebano pudo admirarlo en silencio. Para la representación había utilizado el tradicional canon de dieciocho casillas, que contrastaba con claridad con algunas de las otras figuras que en su día habían quedado dibujadas siguiendo la moda de Amarna, de veinte cuadrículas.
Sin duda las figuras eran menos estilizadas, pero Neferabu las había ejecutado con evidente maestría. Como ya le adelantara en su día, había dispuesto a Hathor en actitud de dar la bienvenida a Tutankhamón, esta vez representado con sus habituales atributos, seguido por Anubis, el señor de occidente, tras el cual esperaba Isis, la señora del cielo, dispuesta a darle la
vida[74].
—Al menos la diosa madre lo recibirá para darle la luz durante toda la eternidad —dijo de repente Neferabu, claramente apenado por todo lo ocurrido.
—Es una sala espléndida. Una verdadera pr-nbw, una «casa del oro» digna de un dios gracias a ti, amigo mío —le animó Nehebkau, al tiempo que se aseguraba de que los nichos de las paredes contuviesen los ladrillos mágicos como correspondía: Osiris en el muro norte, Anubis en el oeste, un pilar djed en el sur y un ushebti del difunto en el este.
El maestro hizo un gesto de resignación y se dispuso a abandonar la habitación.
—Es hora de tapiar el acceso a la cámara mortuoria, gran Nehebkau. Los obreros esperan con impaciencia.
Este asintió y pidió al artista que lo dejara solo unos momentos. Deseaba despedirse de su buen amigo a su manera, y para ello extrajo una pequeña figura de su zurrón y la depositó a la entrada de la habitación anexa. Se trataba de una cobra de madera dorada, erguida en toda su majestad, primorosamente trabajada.
—Ella continuará velando tu sueño, Tut, como yo tuve el privilegio de hacer. Vigilará tu descanso durante toda la eternidad. Adiós, amigo, algún día nos volveremos a ver.
Acto seguido salió de la sala, y durante un rato vio cómo los trabajadores levantaban el pequeño muro que condenaba aquella cámara funeraria al olvido. Tras enlucirlo, colocaron dos grandes estatuas del rey, talladas en madera barnizada con resina negra brillante, envueltas en chales, enfrentadas, una con el tocado khat y la otra con el habitual nemes, para que guardaran al buen dios Nebkheprura durante millones de años. La antecámara se disponía a dormir el sueño eterno, y todos los presentes se prepararon prestos a abandonar aquel lugar para siempre.
Maya lo esperaba a la salida. El superintendente también había dejado una muestra del amor que había sentido por Nebkheprura al depositar un precioso ushebti como recuerdo. Sin embargo, Nehebkau fue el último en salir, y antes de tomar el pasillo que conducía al exterior, volvió su vista atrás unos instantes. Allí quedaba Tutankhamón, apenas separado por un muro de quien fuese su madrastra, cuyo rastro se perdería para siempre. Entonces, Nehebkau tuvo la impresión de que, desde lo más profundo de la tumba, Nefertiti lanzaba una carcajada, pues el misterio que la envolvía perduraría eternamente.